El dilema de mirar un cielo estrellado 3
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Ignorar las redes sociales es imposible. Desde que Ritmos de ruina ascendió al puesto número dos en la plataforma de AquilaTV, todo ha comenzado a estallar en diferentes direcciones.

Primero fueron hashtags sobre la serie en sí.

Luego, teams de Julien y Leonel, incluso algunos de Aurora Bec.

Análisis y reclamos sobre temas que quedaron en el tintero y exigencia masiva de una segunda temporada para obtener respuestas.

Qué ingenuos, si tan solo supieran que se trata de vacíos argumentales que Latorre fue incapaz de acomodar.

Una segunda temporada no estaba prevista, solo entró en consideración hace apenas un mes.

Me atrapo atento y casi encerrado en la pantalla del celular durante horas.

Leer mi nombre una y otra vez entre cientos de halagos y críticas no es fácil de digerir, pero tampoco de soltar.

Es la primera vez que tantas personas lo pronuncian al mismo tiempo, enlazándolo con palabras que a veces se sienten extrañas, incluso incómodas, por lo íntimo que resulta que un desconocido piense algo así de mí.

Seren me envía edits y fanarts de nosotros con emojis partiéndose de risa.

Bueno, de #JulienxLeonel . Algunos son fáciles de ver, otros no tanto.

Me pregunto si esta será su forma de comunicar que se muere por verme hacerlos realidad y tenerme encima de él.

O simplemente le divierte el atrevimiento que tienen las personas para especular sobre la intimidad de dos desconocidos.

Pensar en cualquiera de las dos opciones y anticipar reacciones ajenas me provoca una incomodidad física difícil de ignorar.

¿Qué diría Josh? ¿Cómo lo leería Hellen?

¿En qué punto exacto esto dejaría de ser manejable?

Desde que perdí a Jillian, entendí que es mejor desconfiar de todo lo que desordena el pulso.

Hay mezclas que vuelven todo impreciso, y cuando eso ocurre soy yo quien empieza a quedar fuera.

Estas semanas han sido de trabajo constante. Saltamos de entrevista en entrevista. De estudio en estudio. Juntos. En solitario. A veces hacia sesiones de fotos en revistas que apenas he hojeado antes.

Me cuesta fingir comodidad bajo los destellos de las cámaras.

Nos hacen repetir anécdotas preparadas, responder con espontaneidad ensayada, aunque haya dormido tres horas.

Nos maquillan, nos peinan, nos acomodan como muñecos humanos y nos sueltan frente al mundo.

Sonreímos una y otra vez bajo las mismas demandas: «un poco más natural», «un poco más cercanos».

Por momentos, parece que nuestra personalidad también tiene guion.

Hay días en los que Seren y yo apenas nos vemos.

Otros, viajamos juntos a algunas ruedas de prensa y conferencias breves.

Ensayamos líneas fuera del set, nos corrigen la postura, nos enseñan a evitar palabras polémicas.

Nos corrigen cómo debemos mirar al público, cómo alzamos las cejas, cómo evitar parecer demasiado pretenciosos o callados.

Nuestros nombres comienzan a sonar más. En la radio.

En artículos online. En cuentas de fanáticos.

Nos vuelven fragmentos editables de algo más grande.

Una marca, una serie, un fenómeno. Todo circula con una velocidad que me deja atrás.

Aun así, a veces lo real se filtra en momentos mínimos, torpes, como un error de continuidad.

Como cuando uno de nosotros olvida qué responder y el otro suelta una carcajada honesta.

Tengo que detenerme y abofetearme internamente todo el tiempo para no pensar en lo agradable que sería tomar su mano frente a las cámaras.

Seren suele ser quien busca más contacto.

Lo hace sin mirarme, con naturalidad, como si no hubiera nada que pensar.

Sus dedos buscan los míos por debajo de mesas, entre traslados, en rincones donde nadie presta atención.

Algunas veces me lo permito. Otras, tengo que responder un mensaje, ajustar el micrófono, acomodar mi cabello o revisar una nota.

Gestos funcionales que nos devuelven al lugar correcto.

Sé que lo nota, aunque no dice nada. El silencio es su arma, pero no es mortal, es un alivio. En el trabajo, Seren no avanza más allá de ese límite. Se mantiene firme, casi inmóvil, sobre todo cuando hay otras personas cerca.

Todo lo que no se ve es lo que más me agota: mantener el humor, parecer accesible, no dejar que la voz se me quiebre, no mostrarme fuera del personaje que es Ded Rossel. Ser serio y cálido a la vez. Entregarme sin un límite, pese a tener «cara de pocos amigos». Es lo que me toca hoy.

«El ensayo eterno» es uno de los programas de variedades con mayor rating del año.

Octavio Valverde lo conduce con esa mezcla extraña de humor rápido y ternura persistente, heredada de los viejos anfitriones de la televisión de los setenta, con un pie en el espectáculo y otro en la cercanía del espectador.

De los pocos que quedan. Cada emisión de El ensayo eterno parece un domingo en Technicolor, con público enrojecido de entusiasmo y risas que se propagan como humo tibio entre las butacas.

Apenas cruzo la puerta del estudio, algo no encaja.

El aire huele a cables calientes y maquillaje barato, una mezcla dulce y eléctrica que solo respiran los que esperan su turno bajo las luces.

Es mi debut en un programa de variedades, mi entrada a un escenario donde todo brilla como un set de Showgirls pero cruje como un decorado de cartón.

Valverde será quien pondrá en juego la posibilidad de que este sea el primero de muchos más o el primero y el último.

No estoy del todo seguro de querer que salga bien para que se repita.

Hay algo en ese entusiasmo fabricado que me repele.

Todo está diseñado para parecer ligero, gracioso, despreocupado.

Pero debajo late un juego de trampas que se disfraza de entretenimiento.

Y yo, en medio, con la piel demasiado fina para fingir que no siento el filo de cada trampa.

—Solo fluye. —La sonrisa de Hellen parece dibujada por hilos tirantes, traga de forma reiterada.

—Sí, claro. Fluye —me burlo—. Ni siquiera sé qué es lo que tengo que hacer. No conozco este programa.

—Te dije que vieras algún episodio…

—No pude terminarlo, sentí ganas de vomitar.

Hellen pone los ojos en blanco.

—Todo saldrá bien. Solo sigue la corriente, ¿bueno? Al menos, Seren se puede permitir un poco más de extroversión, pídele ayuda cuando la necesites.

El mundo se inclina. Cierro los ojos con fuerza, me clavo las uñas en la palma de la mano, agito una pierna y contengo mis ganas de echarme a llorar. Dejo caer mi cabeza para tomar un respiro.

—Dedrick —murmura Hellen—. Relájate. Los programas de variedades no son tan difíciles de llevar. Te juro que no necesitas un guion para esto. Solo sé Ded Rossel, es más que suficiente.

¿Más que suficiente? Jamás lo he sido. Y ella lo sabe bien.

Entrar en ese set, mientras me veo desde una esquina, no es lo que tenía planeado.

Lo que menos quería era sentirme fuera de mí, pues ya es una situación que está —en gran parte— fuera de mi control.

Las luces del set son tan intensas que se sienten como agujas detrás de los ojos.

El público aplaude incluso cuando nadie dice nada.

La ovación es, al menos, un poco reconfortante.

Algunas personas llevan carteles, otras solo están sentadas aplaudiendo y gritando nuestros nombres.

Valverde es de esos tipos que convierte todo en broma, incluso lo que no se debe tocar.

Hoy decide que soy el blanco. Donovan me ha dado más de una palmada en el hombro para pedirme que sonría.

Josh, detrás de un camarógrafo, me pide lo mismo.

Hellen sonríe, pero no deja de revisar su celular.

Yo me observo desde el público y me doy indicaciones mentales.

—Tú eres el calladito del grupo, ¿verdad? —lanza Valverde al primer minuto, apenas termina de explicar a la audiencia de qué trata la serie.

No logro entender el chiste.

—Supongo. —Intento formar una sonrisa.

Uh, desde el público me abucheo. Qué mal se ve.

—¿Y eso es porque no tienes nada interesante que decir o porque estás aquí por error?

Risas. Del público. De los otros actores. Incluso de Seren, que me mira como pidiéndome que lo deje pasar. Hellen mueve sus manos como si limpiara el aire y niega con su cabeza. Josh se ha cubierto los ojos.

Sigo respirando.

El juego de preguntas empieza. «Respuesta o castigo». ¿Tan rápido? Sé que estos programas son una excusa barata para incomodar a las personas, pero no creí que fuesen directo al grano. Claro que soy el primer elegido. Trago en seco y alzo el mentón.

—¿Cuál de tus compañeros es el más sobrevalorado?

Otra risa del público. Yo miro a la cámara, como buscando un escape. Hellen posa dos dedos en su frente. Mi lengua se queda pegada al paladar. No respondo.

Doy unos pasos al pasado, solo unos meses atrás.

Tampoco es fácil de responder, pero sí más que ahora.

Aun sin decir un nombre, insinúo que suelen ser las personas confeccionadas para ocupar el lugar del más querido.

Luego, me río y cambio de tema. Si me permito hablar sin filtros y sin miedo al escrutinio público, digo que la sobrevaloración apunta directo a los mediocres, a las marionetas del alto mando que carecen de carácter para decidir, porque en el fondo no tienen idea de lo que hacen.

Sin embargo, incluso dicho con convicción, la palabra sobrevalorado no alcanza para describirlo a él.

Ser aceptado y admirado, como lo es Seren Montiel, no debería resultar tan sencillo.

Todos notan lo especial que es, lo que lo vuelve más irritante e imposible de ignorar.

Me obliga a mirarlo, a darme cuenta de cómo todo gira a su favor mientras yo me arrastro bajo la sombra de mis propios fracasos.

—Nada, ¿eh? Bueno, entonces el castigo. ¡ A bailar !

En la pantalla gigante aparece una coreografía vergonzosa. Sí, ellos saben a la perfección que yo no bailo.

Me rio por compromiso. Me levanto, doy un paso hacia el centro del set y, luego, me devuelvo a mi asiento. Entrelazo mis dedos y es el momento exacto en que siento mi corazón subir hasta mi garganta. Un pequeño subidón de energía que me devuelve al eje.

—No voy a hacer esto —canturreo—. Apenas estamos comenzando, deja mis habilidades artísticas para el final.

Veo que Hellen baja los hombros y esta vez me sonríe de manera genuina mientras me aplaude.

Las risas del público se escuchan más fuertes y reales.

¿Me tenían poca fe? También yo, pero es sencillo jugar con las personas cuando tienes el poder de tu imagen pública en tus propias manos.

Ded Rossel sigue siendo una estrella en ascenso, pero en algún momento brillará como una estrella fugaz, avanzará ardiendo y dejará rastro.

Y si tengo que pasar por situaciones ridículas como esta, estoy dispuesto.