El dilema de mirar un cielo estrellado 2
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—Escríbeme —murmura Seren antes de irse. Escapa antes de que Ivanka lo encuentre en el estudio.

Fingir que no me arde el rostro cuando cierra la puerta es una tortura. El clic de la cerradura retumba un segundo más de lo normal. Al menos, me doy la libertad de lamerme los labios durante todo mi camino de regreso a casa. Los noto todavía sensibles, como si no los hubiera recuperado del todo.

Me tiene toda la noche divagando con la misma idea.

Cada sensación que provocó la cercanía de Seren en mi cuerpo.

El roce de sus dedos en mi cabello, la humedad de su boca, la demanda de las caricias de sus labios.

Algo dentro de mi pecho insiste en presionarse.

Mi cerebro demanda con insistencia volver a tenerlo y, al mismo tiempo, sabe que no debería.

A pesar de que lo tolero bien, es sucio.

Intento distraerme, no escribirle, escribirle, borrar el mensaje, volver a escribirlo.

Las yemas de mis dedos están frías; el resto del cuerpo, caliente.

Me desagrada lo insistente que puedo llegar a ser cuando mi cabeza se obsesiona con algo.

La pantalla ilumina mis manos y, por un segundo, no parecen mías.

Las veo desde arriba. Parece ser de alguien más.

Cuando Seren responde, el estómago me da un vuelco y me duele.

Una punzada pura. Cada vibración del celular me acelera un latido y me corta otro.

Cepillarme los dientes con el teléfono en la mano es patético, pero no puedo soltarlo; si lo dejo, me arrancarán una parte que no estoy dispuesto a entregar.

Apenas estoy en la cama, decido llamarlo.

Las conversaciones más íntimas y traicioneras siempre surgen en la madrugada, cuando todo se siente más frágil.

No sé qué es lo que tienen, pero supongo que la luna nueva que nos hace compañía es una parte del estímulo.

Seren me cuenta cosas que para mí son un roce extraño con su intimidad.

Nunca creí que tendría una oportunidad para conocer algo sobre él, más allá del rostro perfecto del actor novato de Lunaris nadie lo obligó a tomarla como la única salida. No tenía por qué quedarse.

Sé lo distinta que sería mi vida si él no hubiese aparecido. Tal vez habría sido mejor conocernos de otra forma, en otra vida. Sin el desgaste de verlo crecer a mi costa.

No hablamos del beso, porque sería extraño, ¿no?

Convertirlo en tema de conversación, darle a Seren un discurso sobre cómo lo sentí.

Y, sin embargo, deseo saber qué pasó por su mente cuando mis labios buscaron los suyos.

Si pensó lo mismo que yo. Si quiere volver a besarme o quiere lavarse la boca hasta que le duela.

A mitad de la noche, veo la pantalla borrosa, la habitación se tambalea.

Caigo dormido de madrugada, con el celular en la mano, después de años sin siquiera prestarle atención a las notificaciones.

Maldigo la mañana del martes. Hellen me llama enojada porque no estoy listo y vamos tarde.

Su mirada me perfora cuando entro en el vehículo.

—Lo siento, dormí poco. —Tengo la voz ronca por el cansancio.

—¿Tú?

Suena demasiado incrédula, como si no me creyera. Y tal vez no debería; no dormí lo que me hubiese gustado, tampoco estuve despierto. Algo en el medio, suspendido. Me acomodo en mi lugar con los brazos cruzados y cierro los ojos.

—Espero que recuperes la energía pronto, porque se viene un día pesado.

No me sorprende para nada que la agencia decidiera obligarnos a hacer tres entrevistas en un día.

El éxito de Ritmos de ruina nos tiene bajo demanda absoluta, sobre todo a Seren y a mí.

Estoy tan agotado, mas no pretendo quejarme de algo que durante años se me negó.

Es una oportunidad única para salir del agujero negro del olvido.

Nuestra primera parada es en una estética.

Hellen me arrastra a cortarme el cabello, por supuesta orden de la agencia —aunque yo sé que la orden es de ella—.

Estoy de acuerdo con que el cabello bien recortado me queda mejor.

Además, un cambio en la apariencia de los actores da la sensación de que algo se traen entre manos.

Es hora de comenzar a dar falsas señales de que se confirmará una segunda temporada de la serie, aun si ni siquiera estamos cerca de llegar a un acuerdo.

Al llegar al estudio de grabación, las luces demasiado blancas y altas me reciben de golpe. Se trata solo de entrevistas grabadas, por lo que siento algo de calma hoy.

El estilista me arregla el cabello con poco cuidado, alega que lo he cortado demasiado y que no debería permitir que Hellen se entrometa tanto en mi estilo personal.

No hago más que reír algo nervioso, pues sé que tiene la razón hasta cierto punto.

Le aclaro que el cabello más corto es cómodo para mí.

Seren: dónde estás?

Se me cierra la garganta. Coloco el celular con la pantalla hacia abajo para evitar que el estilista alcance a ver algo.

Vuelve a vibrar.

Una mano se asoma por la cortina que separa este salón del de vestuario.

A través del espejo me encuentro a Seren con expresión neutral, la cual se transforma poco a poco cuando me ve.

Pese a que desvía la mirada e intenta disimular su sonrisa, la noto y se me acelera el corazón como a un loco.

Después de lo de ayer, incluso mirarlo me parece un poco indebido.

Esto no es ternura. Es alarma. Mi cuerpo reacciona como si acabara de cometer un error.

El estilista le pide que se instale a mi lado, pues está por terminar conmigo.

Intenta conversar con él, se burla de mi corte de cabello y se ríe como si fuese el mejor chiste que ha hecho en su maldita carrera.

Seren lo mira con su típica expresión impasible.

Nunca dice nada con esa cara, es tan vacía que hasta yo me siento incómodo.

Por ende, el estilista se queda en silencio en tanto termina con su trabajo.

Me pregunto en qué momento de estos últimos dos años Seren dejó de verse como un niño asustado.

Sus ojos de cachorro siguen brillando con cierta inocencia, pero algo ha cambiado en él.

O tal vez, es mi perspectiva de él la que ha cambiado.

Porque bien las cosas pueden mejorar o irse a la mierda en cuestión de segundos.

Incluso ayer, fueron segundos sin respiración pero un antes y un después para mí.

—¿En qué piensas? —le pregunto cuando nos quedamos solos.

Nos miramos a través del espejo. Aunque yo estoy más pendiente de las cortinas detrás de nosotros. Sobre todo, cuando él desliza su mano con cautela para tomar la mía. Los dedos se me entumecen.

Seren gira su cabeza hacia mí. No puedo hacer lo mismo.

—En muchas cosas. Pero, justo ahora, pienso en lo bien que te ves con ese corte de cabello.

Puedo jurar que me tembló el interior de los muslos con esas simples palabras.

Es absurdo que un comentario así me deje casi sin aire.

Quiero decirle algo que no puedo —gritarle que mantenga distancia, que no se acerque más—, pero no me sale.

En lugar de eso, finjo revisar el celular y retiro mi mano, como un gesto casual.

—Creo que está demasiado corto —me burlo del estilista sin apartar la mirada de la pantalla—. Cuesta peinarlo así.

—Que imbécil. Solo no lo mandé a callar porque sería demasiado obvio.

—¿Qué?

Lanza un suspiro. Noto que se acomoda en su silla y desvía la mirada hacia el espejo. Me atrevo a observar su perfil. Estamos cerca. Seren apenas se mueve, hasta que percibe mi atención. Entonces desliza la mano y me toma la mandíbula.

— ¡ Seren ! —grita alguien desde la distancia.

Misma distancia que ponemos entre nosotros, cuando Velandia se asoma por la cortina y suspira aliviado al encontrarlo. Él siempre es amable, por lo que no me resulta incómodo mantener contacto con él. Seren, por su lado, toma su celular y nos ignora hasta que las maquilladoras aparecen.

Al finalizar el día, incluso si la tercera entrevistadora ya me expresa que nos ve agotados, todo me resbala. Solo quiero irme. Mi cuerpo dejó de sentirse mío desde que salimos de la sala de maquillaje; camino, hablo y asiento por inercia hasta que estoy en el vehículo.

Hellen me comenta sobre una reunión importante que tendremos dentro de esta semana.

Ha conseguido que me den un spot publicitario individual.

Asiento, debería alegrarme porque es la primera vez que obtengo algo así en toda mi carrera, pero algo se me aprieta bajo las costillas.

A partir del próximo mes, mi rostro aparecerá en la televisión publicitando una bolsa de papas fritas.

Mi primer logro, después de años. Y lo único que se me clava es la idea de que debo hacerlo perfecto.

Le cuento a Callan al respecto. Bueno, la mitad buena. Ella se ríe, a la par que me felicita, añadiendo que comprará esas papas a diario, incluso si no le gusta comerlas. Su objetivo a partir de ahora es que no dejen de usar mi cara para promocionar productos en los supermercados.

Es difícil no extrañarla, pero es tan emocionalmente responsable conmigo que apenas siento que estamos lejos. Tenemos, sin falta, una llamada a diario. Incluso si está cansada de tanto trabajo, siempre deja unos minutos al final de su día solo para mí. Ella es el claro ejemplo del amor verdadero.

Seren: estás dormido?

—¿Estás bien? —pregunta Callan con los ojos bien abiertos mientras se acerca a la pantalla—. Te has puesto rojo de repente.

—Hay algo que no te he contado…

Creo que habría sido gracioso grabar su reacción. Le cuento lo que pasó entre Seren y yo —no puedo creer que realmente esté diciendo «Seren y yo» en ese sentido—.

Lo primero que ella hace es chillar:

— ¡ Siempre supe que este día llegaría !

Yo lo que más deseo es devolver mi última comida del día.