El dilema de mirar un cielo estrellado 17
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Salgo de casa con una sensación nítida de propósito.

El cielo está nublado pero tranquilo, como si conspirara a favor de una jornada productiva.

Hoy, después de una reunión breve sobre la entrevista de la tarde, planeo encerrarme en el estudio y continuar con la composición.

Hay una idea que me viene rondando hace días y por fin parece querer dejarse escribir.

Entro al edificio con paso decidido y saludo a todos con una sonrisa medida, la que uso cuando tengo la cabeza en otra parte. Camino por el pasillo mientras Hellen me explica lo que haremos antes de la reunión y el tiempo exacto que tengo para trabajar en mi música.

—¿Crees que pueda venir cuando salgamos? Mi vecino decidió que no me dejará hacer ruido nunca más, después del escándalo del viernes…

Hellen se sonroja de golpe y me dice que lo intentaremos, pero que no vuelva a mencionar nada de lo que hizo ella esa noche. Entre risas, abro la puerta de la sala de juntas. Es tan temprano que estaremos solos hasta que…

— ¡ Sorpresa ! —escucho y me detengo en seco.

Sam casi salta frente a mí con un pequeño pastel sobre sus manos.

La acompaña gran parte del equipo, entre ellos, Ivanka, Latorre, Velandia y Seren, quien graba el momento con una expresión tranquila y una cámara enorme que le cuelga del cuello.

Detrás de ellos, guirnaldas se mueven al compás del suave aire acondicionado.

Globos dorados y plateados en forma de números, me susurran que permanezco en mi batalla hacia los cuarenta desde hace ya cinco años.

Me toma un instante procesarlo. El aire vibra con ese canto universalmente incómodo —la letanía de «cumpleaños feliz», que suena igual en cualquier idioma— y yo, con la sonrisa puesta como en un fotograma de comedia romántica, intento parecer natural.

Respiro hondo, permito que el momento me roce la piel y me aferro a la calidez de quienes lo prepararon.

Hellen me coloca un sombrerito de cartón, con estrellas plateadas y un elástico incómodo bajo la barbilla. Seren me toma una fotografía.

—Oye, borra eso —alego.

Niega con su cabeza y me toma otra mientras… se ríe.

—Solo son recuerdos, Dedrick, disfruta este momento. —Luego, se acerca un poco y con voz más baja dice—: Feliz cumpleaños.

Sus brazos me envuelven. Por instinto, cierro los ojos y pongo mis manos en su espalda. El corazón se me acelera. Me aparto antes de que Seren pueda notarlo y, para disimular, murmuro un «gracias».

El pastel queda sobre la mesa central. Recibo regalos envueltos con papel de colores.

Mis ojos bailan por la sala en lo que todos me abrazan, algunos con entusiasmo ruidoso, otros con suavidad.

Puede ser la sensación de protección, pero incluso el abrazo de Ivanka me parece sincero, lo que me conmueve. En fin, me dejo querer.

El momento es agradable, incluso si sé que no tardarán en subirlo a redes. Espero esos videos cortos con música de fondo y frases que se sienten casi guionadas. Más les vale que digan algo como «el mejor compañero, el más talentoso», o estaré de verdad ofendido.

Más tarde, dejo los regalos en el vehículo de Hellen y caminamos juntos hacia el estudio donde se realizará la entrevista.

El pasillo huele a desinfectante barato y café recalentado, una mezcla que se me pega en la garganta.

Frente a la cámara nada parece extraordinario.

Lo extraordinario es fingir que lo disfruto. Fingir siempre es el trabajo real.

Nos hacen preguntas tan abiertas que podría hablar durante horas y aun así sentir que no digo nada. Seren, como siempre, se metamorfosea en alguien más brillante y yo le sigo el juego, nuestra camaradería es un refugio dentro de este decorado.

Lo confieso, ahora me resulta más fácil sobrellevar todo esto que hace unos años.

Me escucho responder con fluidez, gesticular con soltura, sonreír incluso cuando por dentro deseo apartarme.

En esos segundos recuerdo cuántas veces la gente confunde espontaneidad con disponibilidad.

Qué poco nos dejan respirar sin espectáculo.

Cuando la cámara se apaga, mi cuerpo sigue caliente por la luz y el esfuerzo, pero no llego exhausto a la agencia. Ya es de noche y siento que, pese a todo, conservo la energía suficiente como para cerrar el día sin que se me derrumbe encima.

—¿Estás seguro de que puedes irte a casa solo? —me pregunta Hellen cuando bajo de su vehículo.

—Me ofendes. —Ella alza una ceja—. ¡ Aquí vivo ! No me voy a perder. Me iré directo a casa, lo prometo.

No es que no quiera que me acompañe, pero la jornada ya ha terminado y siento el peso de esa frontera invisible entre lo laboral y lo personal.

Me sabe amargo pedirle que se quede, como si estuviera repitiendo las mismas prácticas que critico en los demás: el abuso de tiempo, la devoción mal pagada al trabajo.

Solo a mí me retuerce la urgencia de terminar esta composición para la agencia, así que le repito que tiene toda libertad de marcharse.

—Quiero que me envíes tu ubicación —dice resignada—. ¿Qué harás con los regalos?

—Mañana me los llevo a casa.

Me alejo a paso apresurado. A toda costa evito que ella decida que sí me acompañará y no me dé otra oportunidad para negarme.

He logrado avances en la nueva melodía, no mucho y desde luego no al ritmo que me gustaría, pero eso también es parte del proceso.

Cada nota me exige más y eso me gusta. Hay días en los que ninguna me parece digna y otros en los que una sola me sacude tanto que temo que nadie más pueda escuchar lo que yo oigo en ella.

A veces, me pregunto si eso es belleza o solo mi intensa sensibilidad.

Son horas de trabajo invisible, horas que no siempre dan frutos, pero ahora, al tocar con calma, logro notar algo.

La estructura cobra sentido. No es excepcional pero tiene alma.

Incluso, y esto me sorprende, alcanzo por fin ese punto de inflexión que durante semanas se me escapó.

No sabría explicar el placer exacto de crear algo y saber que será escuchado, considerado, tomado en serio. Que no soy solo alguien que toca, sino un artista. Un artista completo. Y aún más extraño es que otros me vean como tal.

Desde que la actuación se volvió una grieta, un lugar donde mi entrega emocional empieza a desbordarse hasta dejarme agotado, la música ha sido refugio y redención.

Un espacio sin juicio. Cuando toco el dolor retrocede, las ansias ceden.

Me reencuentro. Mis pies vuelven a tocar la tierra, justo cuando más cerca están de abandonarla.

Tocar es recordar quién soy. O al menos, quién quiero seguir siendo.

Esas hojas viejas y gastadas, inútiles para cualquiera que no comprenda su valor, contienen mi dolor en forma de versos, con rimas desordenadas y un nudo constante en la garganta.

Dos horas más tarde, me tomo un descanso e incluso voy por un nuevo té a la cafetería de la agencia. Me queda una hora de trabajo aún, las que podrían ser dos.

En lo que le doy vueltas a las hojas de mi libreta, me encuentro con unas pegadas.

Logro separarlas y deseo no haberlo hecho en primer lugar.

Mi vientre se presiona. Es una canción que escribí para Jillian hace años, la que abandoné porque nunca tuve el valor para terminarla siquiera.

Estaba tan decepcionado de mí en ese momento que preferí olvidar que alguna vez existió.

Me entristece lo mucho que pierdo la esperanza cada vez que recuerdo que Jillian debería estar aquí conmigo. En lo injusta que ha sido la vida con ella.

Pero hoy estoy solo.

¿Qué más da si me rompo por un instante?

Cada palabra escrita debajo de las notas cuenta con más borrones de los que podría imaginar, pero de alguna forma embellecen la construcción de la canción.

Veo con claridad al Dedrick de hace unos años.

Su mano temblorosa, su frustración que arde a fuego lento, su necesidad de arrancar la página como si así pudiera arrancarse el dolor.

Esa obsesión por dejar ahí todos los rastros de su vulnerabilidad.

Cierro los ojos, dejo que el aire me entre despacio y empiezo a cantar.

Cada verso cae con el peso exacto de lo que he vivido.

Hay una calma que me envuelve mientras canto en nombre de Jillian, como si por fin el cuerpo y la canción fueran parte del mismo lenguaje.

No necesito subir el volumen ni dramatizar, todo está en la intención, en la pequeña grieta que se forma en mi voz cuando llego a la frase que más me cuesta.

Esa que todavía me duele un poco nombrar.

«Mi adorada Jillian».

Me detengo en el momento exacto en que se me escapa una lágrima y noto que un mechón de cabello azul se asoma por el marco de la puerta entreabierta.

Como siempre, no hace ruido, no interrumpe, solo escucha.

No sé cuánto tiempo lleva ahí ni cuánto escuchó.

Solo sé que no siento ganas de huir, y eso me asusta más que su presencia.

—Dijiste que no cantas. —Sigue escondido detrás de la puerta. Su voz suena tranquila—. Y sí lo haces.

—No canto como… Jeff Buckley.

—Ni como Nick Drake.

Aun si no muestra su rostro, por alguna razón, sé que sonríe y mira al suelo.

—Ni como Sufjan Steven.

—Ni como Troye Sivan.

—O Bowie.

—O Hozier.

—¿De verdad vamos a hacer esto? —Esta vez sí se asoma.

No estaba equivocado, sí está sonriendo y apenas me ve, baja la mirada. No sé si competimos por nombrar artistas o por ver quién se atreve a mirar al otro primero.

—Cantas como Dedrick Rossel… y es más que suficiente.

—Me gustaría ser mejor.

—Lo eres.

—Siempre puedo ser mejor.

— Eres el mejor.

Seren cierra la puerta tras de sí y, sin titubear, se acerca. Me entrega una bolsa de regalo con un gesto sencillo, casi tímido. Yo parpadeo sorprendido antes de recibirla.

—Feliz cumpleaños…, otra vez. —Apenas sonríe, como si tuviera miedo de estorbar. La misma mueca que se forma en mis labios cuando empiezo a desenvolver el paquete.