El dilema de mirar un cielo estrellado 16
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Caminamos juntos hacia el vehículo de Hellen apenas nuestra media hora finaliza, antes de que subiera por nosotros y nos arrastrara por las orejas. Sé que es capaz de hacerlo.

Dentro del vehículo, Seren vuelve a ser él mismo.

Se mantiene silencioso, incluso se coloca audífonos y mira por la ventanilla durante todo el trayecto.

Yo, incapaz de soportar ese gesto de indiferencia —y aceptando que es momento de hacerlo—, tomo mi celular para abrir mi cuenta de Instagram y lo sigo.

Sé que va a llamar la atención de todos, pero lo que más me interesa ahora es llamar su atención, y solo esa notificación me lo concede.

Seren toma su celular y mira apresurado la pantalla, hasta que repara en mi notificación.

Se gira despacio, con las cejas alzadas y una línea recta en sus labios. Ladea su cabeza.

— ¡ Sorpresa ! —gesticulo.

Seren toma su celular y teclea. Luego me muestra su pantalla, donde hay un número de teléfono, y señala su rostro.

Yo muevo mi cabeza en negativa, como primer impulso, pero cedo cuando se encoje de hombros, lo bloquea y vuelve a mirar hacia la ventanilla.

Estoy demasiado acostumbrado a que me insistan.

—Está bien —susurro intentando sonar poco convencido de mi decisión.

Me vuelve a mostrar la pantalla de su celular. Esta vez, lo anoto en el mío. Y cuando estamos tan perdidos en esa pequeña acción, como si acabáramos de hacer algo muy malo, una bocina nos sobresalta. Entonces, me percato de que Hellen ha estado atenta a nosotros todo este tiempo.

Lo primero que hacemos es dejar a Seren en su casa. Ni siquiera pregunto cómo es que Hellen conoce su dirección. Claro que debe saberlo, supongo que es parte de su trabajo.

Este hombre vive en un lugar algo apartado de la ciudad.

No está en las alturas de Saras, como mi apartamento, pero sí bastante lejos de la agencia.

La casa está justo al final de una curva, donde el tráfico suena a los lejos, y es la única que no está aparejada como las demás.

Estoy seguro de que desde la ventana de su habitación puede ver las luces del centro.

Lo mucho que habla de ti una casa es impensado, pero esta no me muestra a Seren.

No parece un lugar donde él habitaría de forma usual.

El estuco amarillo de la fachada y el techo con tejas algo gastadas de un tono marrón oscuro desentonan por completo con las cercas de hierro, que parecen haber sido pintadas de negro hace poco.

—Uh, se ve que te gustan los jardines —me burlo. Pero es que no puedo evitarlo, el pequeño jardín en la entrada, pese al pasto bien recortado, tiene también un par de macetas con de flores secas.

—Mi segunda pasión —contesta antes de bajarse. Luego, se acerca a la ventanilla del copiloto para alzar la mano hacia Hellen—. Gracias por traerme.

Lo observo hasta que entra a casa. Y me quedo ahí viendo por un tiempo más hasta que Hellen hace sonar su garganta.

—¿Desde cuándo son tan cercanos? —cuestiona con una ceja alzada y una pequeña sonrisa.

¿Cercanos? Ni siquiera había considerado añadir esa palabra a los adjetivos de nuestra relación.

—No lo sé. —Me enfoco en la ventanilla—. Solo se dio.

—Solo se dio —repite en un suspiro—. ¿Todo bien al menos?

Mi única respuesta es «sí». Y cambio de tema para que tanto la conversación como el trayecto a mi apartamento sean menos tensos para mí.

Si lo pienso con calma, no entiendo qué es lo que me causa tensión, solo que debo tener sumo cuidado con lo que los demás ven y saben de mi relación con Seren.

Cualquier movimiento en falso podría causar problemas entre nosotros, nuestros representantes o nuestros asistentes.

Mientras hablamos de una potencial segunda temporada de Ritmos de ruina , se vuelve más rápida nuestra llegada a mi apartamento. Le agradezco por ello cuando llegamos al estacionamiento, pero ella me detiene.

—Tengo que pasar al baño —dice.

Subimos hasta mi apartamento en silencio. Me siento tan agotado de repente, espero que no decida quedarse. Ni siquiera seré tan amable de extenderle una invitación a comer.

Pero todas mis ideas de descanso se quedan atrás cuando abro la puerta. Dentro de mi sala la voz de mi mejor amiga chilla:

— ¡ Sorpresa !

Corre hacia mis brazos y salta de emoción mientras me besa las mejillas. Hay un pastel sobre la mesa de centro de la sala. En el sofá, Boomie descansa plácidamente; a su lado, Josh se levanta y me sonríe. Hellen me abraza después de que Callan me suelta.

—Mi cumpleaños es el lunes —digo.

Callan baja los hombros y me mira con los ojos entornados.

— ¡ Qué mal agradecido ! —alega y me da un golpe en la sien—. Está bromeando. Ya, no seas malo. Ni siquiera estaban seguros de si era correcto venir y tú los miras así.

No es que celebremos mi cumpleaños antes, pasa que ella no podría venir el lunes, por lo que no había considerado hacer una celebración en casa.

A lo más, aceptaría un saludo en la agencia de quien se acordase, me da igual.

Mi única persona especial ya no está en Saras y tampoco podría viajar para estar con mi familia.

Un cumpleaños en soledad, para mí, no tiene sentido.

—Gracias a todos —digo—. No estoy molesto, solo no me esperaba esto.

Es lindo saber que hay más de una persona cerca con la que puedes contar más allá de lo profesional; saber que de verdad tienes lazos importantes y que apoyaron la idea de tu mejor amiga para hacer una celebración sorpresa para ti.

Josh trajo vino —mucho más del necesario— y Callan, fiel a su estilo, compró el pastel con crema y frutos rojos más grande que encontró, mi favorito.

Hellen, por su parte, me entrega un pequeño regalo.

La sala se convierte por unas horas en un lugar más cálido y vívido de lo que ha sido en este último tiempo, desde que Callan se marchó.

Hablamos de todo menos del trabajo. De lo mucho que cambia uno con los años.

De lo que aprendimos a soltar y de lo que aún cargamos sin saber por qué.

Nos reímos. Mucho. De cosas que no recordaremos luego con exactitud, pero que en este momento saben a ligereza. No puedo sentirme más en paz.

En la madrugada, cuando apenas ya abrimos los ojos, Hellen se pone a cantar —mal— una canción antigua que según ella es perfecta para la ocasión; Josh la acompaña entonando aún peor. Acaban abrazados, tambaleándose, en un intento dramático por mantenerse en pie.

—Creo que no deberían conducir —digo con media sonrisa, como quien mira a unos niños.

—¿Y dormir dónde?, ¿en el horno? —Hellen arrastra las palabras. Intenta quitarse los zapatos sin caer de espaldas.

—Callan puede prestarte una camiseta… y su cama. —Callan entorna la mirada—. Y Josh, tú puedes quedarte en el sofá. No te quejes.

—No pienso discutir contigo hoy —Josh murmura y se deja caer con un suspiro satisfecho.

La sala queda en silencio no mucho después. Todos duermen. Y yo, por fin, apago todas las luces.

Por la mañana, el desastre es digno de una película indie con filtro sepia.

Hay copas a medio vaciar, servilletas en lugares insospechados, una vela derretida sobre una bandeja.

Hellen y Josh se despiden con cara de crudo arrepentimiento —y algo de resaca espiritual—.

Callan y yo, por nuestra parte, nos ponemos manos a la obra.

No hablamos mucho al principio. Ya nos conocemos bien en ese silencio.

Es eficiente y cómodo. El tipo de pausa que no exige.

—¿Cómo va el trabajo? —le pregunto.

Necesito distraerme, y me gusta ver cómo sonríe embobada cuando lo menciono.

Me habla del laboratorio, de los telescopios, de los espectros de luz que analiza, de cómo una estrella muerta hace millones de años aún puede contar su historia si sabes dónde mirar.

Yo apenas entiendo la mitad, pero me basta.

Me encanta cuando menciona nombres de galaxias que parecen hechizos —Messier, Andrómeda, Centaurus A.

— o cuando compara los datos con mapas antiguos, pues para ella las constelaciones son solo una forma de narrar el caos del universo, de trazar sentido donde solo hay distancia.

Dice que, en el fondo, el trabajo allí no es muy distinto del de un poeta, también suelen recoger lo invisible y tratan de traducirlo de manera que lo podamos entender.

Ella habla, yo me dejo llevar. Me permito no pensar en nada más. Porque cuando la escucho, incluso lo lejano parece tener un lugar. Incluso yo.

—Y tú, ¿cómo vas con todo? —pregunta una vez se queda sin más que añadir. Seca un plato y apoya la espalda contra la encimera.

—Eh… bien, pero… No sé, es raro.

Quiero decir, va bien, sí. Pero me siento algo sobrecargado.

Hay días en que todo fluye y pienso que sí, que esto es exactamente lo que quiero Y otros en los que no entiendo nada.

Callan asiente. Luego, irrumpe en el silencio, antes de que pueda formarse, y me comenta que la temporada de Ritmos de ruina le está gustando más de lo que esperaba.

Me cuenta sobre sus teorías y cómo le he ido sorprendiendo cada vez más con el personaje de Julien.

En ningún momento habla sobre Leonel, ni de su intérprete.

Soy yo quien piensa todo el tiempo en ambos.

Lucho contra esa voz dentro de mí que se cuestiona si todo lo que hago es suficiente para sobresalir o si solo es mi mejor amiga quien es capaz de notarlo.

Si yo soy suficiente. Si lo que compongo y lo que quiero que se escuche basta.

Si mi forma de afrontar el trabajo es adecuada.

Si mi manera de mirar mi carrera y luchar por ella es válida.

Aun si no logro externalizar esos pensamientos, es Callan quien entiende la complejidad interna que muestra mi sonrisa y dice:

—Yo creo que siempre lo haces excelente.

Excelente, no perfecto. Excelente, no excepcional. Excelente, no mejor que Seren Montiel. Si no puedo ser el mejor, ni siquiera ante los ojos de Callan, entonces, ¿qué me queda?

—Dedrick, eres el mejor —destaca—. Incluso Seren lo piensa. ¿Qué otra respuesta quieres?

Un largo silencio. Termino bufando.

—Solo lo dices porque me quieres.

—No puedo contigo a veces. —Deja el paño de cocina sobre la isla con un golpe suave pero seco, y me da la espalda para guardar las copas en el mueble sobre el lavaplatos—.

Te han dado un montón de oportunidades que demuestran que confían en tus capacidades, tu cara está en todas las redes sociales, tienes un talento que traspasa las pantallas. Dedrick, ¿qué más quieres?

No me mira. Cuando habla demasiado en serio, sus ojos se llenan de una presión que amenaza con quebrarla y sé que su siguiente movimiento será llorar por la frustración.

Callan es la única persona que me tolera al cien por ciento, pero llega un punto en que incluso ella se satura.

La observo mover las manos entre las copas y siento que el ácido de mi propia toxicidad me recorre, caliente y pegajoso.

Como siempre, lo que mi mente grita sobre mí mismo es lo único que consigo aceptar.

En algún momento de nuestras vidas, cuando mi imagen estuvo al margen de lo visible y me sentía invisible, Callan me propuso buscar apoyo profesional.

Ha sido la única discusión fuerte que hemos tenido a lo largo de nuestros años de amistad.

Ella insistente. Yo, negado de manera rotunda.

Hoy vuelvo a hacerlo, solo que con un cansancio que me pesa en los hombros y me hace desear que todo pase sin chocar.

No quiero discutir, no quiero que todo se tense entre nosotros y se vaya a casa molesta.

—¿Por qué no?

—No servirá de nada. —Callan, finalmente, da la vuelta—. Mira, puedo conmigo, ¿sí? Solo han sido días intensos. Me estoy acostumbrando.

—Llevas más de un año acostumbrándote.

—Y los que me quedan.

Es mi manera de clausurar el debate, de deslizarme sobre la superficie rugosa de la conversación sin caer en el abismo.

No necesito apoyo; siempre he navegado estas aguas turbulentas solo, aunque mis palabras se desborden como un río de tinta negra y mis pensamientos me atraviesen hasta sangrar.

Puedo sostenerme. Solo necesito un respiro diminuto entre el clamor ensordecedor de mi propia mente.

Medio actor, medio espectador, vivo con la certeza de que puedo conmigo mismo, aunque el mundo me empuje a tropezar.

Puedo conmigo. Lo repito hasta que mi voz se escucha lejana pero firme.