15 #2
Me detengo frente al teclado, noto el pulso acelerado, la punta de los dedos me hormiguea como si quisieran escapar.
Intento sonreír, me digo que esto es solo trabajo, que la ansiedad es un lujo que mi edad me debería permitir controlar, pero mis propias expectativas se resbalan entre mis manos.
El mundo allá afuera se siente ridículamente ordenado, trivial en comparación con este caos silencioso que me traga desde dentro.
Seren se sienta a un lado del teclado y me señala el asiento frente a este.
—¿Qué has preparado?
He pasado algunas noches en vela preparando una melodía, lo que me viene genial justo ahora que la segunda temporada es una posibilidad.
Aunque no es nada que tuviera intención de mostrarle a nadie, en realidad.
De hecho, ni siquiera tenía ganas de volver a componer con Seren.
La verdadera razón por la cual lo traje aquí es porque parte de mí quiso alejarlo de las garras de Ivanka por un instante; que cuando alguien le pregunta algo deje de bajar la mirada y ella deje de responder en su lugar. Me parece tan injusto.
Claro que no voy a confesarle eso, así que mantengo mi mentira. Tomo la libreta de mi bolso y se la enseño. Hay algunas notas dibujadas a medias y un montón de borrones. Solo treinta segundos de una melodía que debe tener una extensión de cinco minutos o más.
—Si la temporada se concreta, necesito que salga perfecta —digo. Como él solo asiente, me animo a insistir un poco—. ¿Siquiera te emociona?
—Me emociona que volvamos a grabar juntos. —Hace una pausa, aparta la mirada y se rasca la nuca—. Echo de menos a mi familia, pero me estoy acostumbrando a que esto es así.
Sé que debo tener el ceño más fruncido de lo usual, pues todo lo que le dije la otra noche no sirvió de nada. Sigue con la mirada en otra parte, como si no tuviera el mundo entero a sus pies.
Decido desviar mi atención. Interpreto para él la versión más pausada y lenta de mi patética y breve melodía; dura más tiempo su mirada en mí. Seren es silencioso, pero sus ojos siempre gritan cosas que no logro descifrar.
—¿Qué tal?
—Va por buen camino.
—¿Buen camino? —Asiente lentamente—. ¿Qué le falta?
—No podría decirlo ahora. Aún no le falta nada. Te digo que va por buen camino.
—¿Te gusta?
Ah. De repente, me importa demasiado lo que piensa sobre mi música.
—Un poco.
—¿Cómo que un poco?
Seren ríe. Una diminuta carcajada que eleva sus comisuras y muestra sus dientes. Se me aprieta el estómago con un gesto tan simple. Con la forma en que se cubre los labios con el dorso de la mano.
—Estoy bromeando —dice entre risas suaves—. Me gusta. Suena bien.
Ahí está la risita, otra vez. Sé que estoy con una expresión de absoluto desconcierto y mis cejas deben llegar hasta el borde de mi cabello. Seren Montiel sonríe. Seren Montiel ríe. Seren Montiel hace bromas. Me hace bromas. A mí.
—Solo es un borrador. Tengo que cambiar algunas cosas.
—No lo hagas. —Toma mi libreta y señala—. Y aun así si vas a hacerlo, quiero que sepas que este acorde funciona como acento de apertura, marca el primer cambio de tonalidad.
Él señala la libreta. Yo tengo mis ojos fijos en su perfil.
El vientre se me llena de cosquillas solo por la forma en la que habla sobre música.
Sé que percibe mi mirada; estamos demasiado cerca para que pueda fingir indiferencia.
Y cuando se gira hacia mí con deliberada lentitud, como si me ofreciera una oportunidad para sostenerle el gesto, lo confirmo.
Siempre me ha gustado el cine policial. Los misterios.
La obsesión de leer entre líneas, la adrenalina de encontrar pistas, de hilar teorías con los retazos más mínimos.
Me gusta anticipar los finales, sentir que tengo el control de la historia, aunque esta se deshaga después.
Pero nada de eso me sirve aquí. Ninguna película, ningún guion que haya diseccionado me preparó para lo que veo en él.
Por más que intento adivinar lo que escribe su mirada, no puedo.
Su expresión es neutra. Pero sus ojos no obedecen.
Brillan con intensidad. Es como si estuviese luchando contra algo.
Mi media melodía comienza a desplegarse al tiempo en que Seren desvía la mirada hacia mi libreta una vez más, hasta detenerse en ese acorde que no ha dejado de señalarme, y que crea algo.
Lo prueba. Lo rehace. Luego regresa al principio.
Intenta otra variante. Y acabo batiendo las pestañas cuando las notas se transforman.
Con ellas, yo cambio de piel, no alcanzo a contenerme, jadeo con asombro.
Eso parece animar a Seren hasta el punto en que acentúa el pasaje.
Es una alquimia imperfecta de admiración y temor.
Una tensión que no sé cómo manejar, como si en el fondo evitar el pensamiento fuese la forma más precisa de protegerme.
Y, sin embargo, tiene sentido. Todo en ella parece existir con una lógica que me desarma.
El azul oscuro de su cabello, que cae con desorden deliberado.
Los labios, siempre levemente hinchados.
Y esos ojos de pestañas largas. La cercanía, tan sencilla y tan contundente, junto con la ausencia de cualquier interrupción, me empuja a reparar en su aspecto con más atención de la que debería permitirme.
Es ahí, cuando me sonríe una vez más, que siento el impulso ridículo de tocarle el brazo, confirmar con la yema de los dedos que alguien tan atractivo no es solo una figura en mi imaginación.
¿Qué significa cuando me miras así? ¿Por qué sigo escuchando la melodía si ya ninguno de los dos está tocando?