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Las notificaciones no se detienen. En las últimas tres semanas, cada vez que desbloqueo el celular hay algo nuevo.
Algunas imágenes me arrancan una sonrisa.
Otras me dejan un destello de aquel caos que todavía parece proyectarse sobre todo lo que hago, un recordatorio de errores que no puedo borrar.
Un edit con mi rostro a cámara lenta, un hilo de teorías sobre Julien y Leonel, fanarts de los dos —a veces adorables, a veces extrañamente íntimos— y algunos de Seren y yo. Y memes, claro. Los hay a montones.
Analizo todo con la urgencia de que nadie perciba un error en lo que hago. La mayoría deja un hueco incómodo en mi estómago. Aunque aparezco en todas partes, no soy el centro. El centro ni siquiera es Leonel Salvatore. Es Seren Montiel.
Continuamos con las entrevistas. Aún no nos toca participar en programas de variedades, pero sé que pronto Josh llegará con la desagradable noticia.
Aunque no entiendo la diferencia en sí. La última vez —hace tres días— nos pusieron, a Seren y a mí, a jugar y competir en un «adivina la escena».
Tuvieron la osadía de comparar Ritmos de Ruina con «La leggenda del pianista sull'oceano» y «Shine». Al menos, gané la competencia.
Aprendí que Seren ni siquiera aprecia el cine de la misma manera que yo.
Para nada sorprendente, considerando nuestra última conversación.
Aun así, en vez de sentir decepción, me perturbó darme cuenta de que lo escuchaba con una fascinación que no lograba disimular.
Prefiero creer que nadie notó cómo me quedaba con la boca abierta cada vez que hablaba; solo de pensarlo, me quitan las ganas de volver a aparecer en pantalla.
Con entrevistas y videos en la cuenta oficial de Lunaris que soy un envidioso por aún no seguirlo en Instagram.
Estoy de acuerdo con sus afirmaciones. El talento de Seren frente a las cámaras va más allá de la personalidad inventada por Ivanka.
Tiene un don innato para entrar en personaje, aprende con rapidez todo lo que le enseñan y desarrolla habilidades de manera casi inhumana.
Sobresale. Es digno del amor del público.
Y me duele más de lo que debería. Una vez más, incluso en el papel principal de la serie, tanto Julien Bec como Ded Rossel yacen bajo la sombra de alguien más.
Por eso, aún no me atrevo a presionar el botón de «seguir».
Me reprendo por centrarme tanto en él, cuando lo crucial ahora es no equivocarme para que la atención no recaiga sobre mí de manera indeseada. Si fallo, temo que todo lo que Jillian luchó por construir se desvanezca. Soy yo quien debe seguir esforzándose por sobresalir.
Me cuesta demasiado ver a Seren directo a la cara cuando nos encontramos en la sala de juntas.
Al menos, estamos todo el tiempo rodeados de productores, guionistas y ejecutivos, por lo que no me veo forzado a dirigirle la palabra.
Me paso toda la reunión con los hombros caídos y jugueteando con la etiqueta de mi botella de agua.
Tanto así que incluso Hellen me golpea la pantorrilla por debajo de la mesa.
Solo pongo atención cuando alguien dice:
—Segunda temporada.
Latorre siempre es quien habla más en las reuniones, pero es Ivanka quien ha decidido poner esa idea sobre la mesa. Añade cosas como renegociación de contratos. Sensación de triunfo total. Cifras extraordinarias en pocas semanas. Y Seren, Seren, Seren.
Le lanzo una mirada incrédula a Hellen, pero no más que la que me lanza ella, porque debe estar estupefacta por lo poco encantado que parezco con la idea.
Y es que es así. No he tenido tiempo de recuperarme de todo lo que pasó en la noche del estreno.
De la conversación que tuve con Seren en el jardín.
De asimilar mi realidad próxima, ni el éxito de la serie, ni siquiera mi inexistente éxito.
El éxito sabe distinto cuando llega tarde y compartido.
Cuando tu nombre aparece, pero siempre después del de otro.
Cuando en las entrevistas los periodistas dirigen más preguntas al que supuestamente llegó recién.
Cuando los fanáticos gritan más por él. Me bloqueo, lo hago cuando quiero permanecer con los pies en la tierra.
Pensar me genera inestabilidad y me convierte en un eco de mí mismo.
Escucho cómo las personas alrededor ríen mientras ven la pantalla de la tablet de Ivanka.
Chocan las palmas. Aplauden. Nos felicitan por nuestro trabajo y por lo bien que han salido las promociones postestreno.
Yo asiento, sonrío. Seren también. Pero su sonrisa es más discreta, como siempre.
No habla cuando Latorre lo felicita con un apretón de manos y un abrazo que lo deja tieso.
Apenas articula un «gracias», con su voz ronca cuando lo libera.
Tras esa efímera euforia por el éxito, todos vuelven a su lenguaje habitual de tecnicismos y la sala reacomoda su coreografía para no perder la productividad.
Josh, con una energía que convierte cualquier emoción en métrica —una cara que pocas veces le veo—, toma la palabra mientras aún se abotona la camisa.
Ha llegado con una idea que, según él, puede abrir una nueva capa de conexión con el público.
Nos mira a Seren y a mí. Luego, a Ivanka y al resto.
Propone que comencemos a hacer transmisiones en vivo.
Ivanka alza una ceja, como si hubiese dicho oro.
—La audiencia quiere cercanía —dice Josh—, o al menos la ilusión.
Esa es la palabra mágica, «ilusión». No se trata de honestidad, sino de su simulacro.
Trasmisiones breves, quizá desde el set, quizá fingiendo espontaneidad; mostrando un desayuno, contestando preguntas que nadie escribió al azar.
Quieren que seamos reales, pero reales en alta definición, con buena luz y timing emocional.
Reales para la cámara. Reales para el algoritmo.
Reales pero no demasiado. Lo suficiente como para que el público crea que nos conoce.
Quieren al Seren espontáneo y al Ded que parece mirar por encima del hombro. El complemento perfecto. El tropo grumpy x sunshine ideal.
Pongo mi límite de inmediato. No es una mala estrategia, las transmisiones en vivo ayudan en demasía, pero les pido que olviden la idea de que Seren y yo fingiremos más de lo que ya lo hacemos en las entrevistas. Ya mantenemos una imagen de colegas ideal, no necesitan más.
Hellen me sonríe. Esa curva en sus labios que significa «estoy contigo» me ayuda a tolerar la indignación en la mirada de Ivanka.
La resignación en la mirada de Josh. Y la ira que me genera ver que Seren baja la mirada y no dice una palabra sobre el tema.
Supongo que estaba listo para aceptar lo que dijeran. Ahora, acepta mi decisión.
Cuando se lo comento a Hellen, una vez la reunión acaba, ella solo responde:
—Ivanka es controladora, ya lo sabes. —Se encoge de hombros—. Tienes suerte de tener a Josh.
—Y ella tiene suerte de tener a Seren —mascullo.
Seren se levanta junto a su representante para marcharse y yo espero a que salgan de la sala para levantarme.
No digo nada más sobre el tema, solo le pido a Hellen unos minutos antes de que me lleve a casa y sigo a Seren por el pasillo.
Cuando lo llamo, es Ivanka quien detiene el golpeteo de sus tacones y da media vuelta.
—¿Qué quieres?
—Seren, ¿puedo hablar contigo?
—¿Qué necesitas, Dedrick? —vuelve a preguntar Ivanka—. Ya nos vamos.
—Cinco minutos.
Mantener la compostura hace que me duela el cerebro.
Quisiera poder poner los ojos en blanco, tomar a Seren por el brazo y sacarlo de aquí.
Pero ni siquiera tengo una excusa para eso.
No tengo nada que decir. No tengo idea de por qué vine a buscarlo.
Me toca inventar. Sin dirigirme a ella en ningún momento, incluso si Seren solo me mira en silencio, me invento algo.
—Tengo que pedirte un favor… —vacilo, como si me diese vergüenza la petición—. Sobre la melodía. Ya sabes cuál. Como esa vez en que me ayudaste.
—Eso le va a tomar más de cinco minutos. —Ivanka se cruza de brazos—. Que sea mañana, Rossel.
—Puedo irme solo a casa —interviene Seren.
—Yo puedo llevarlo —añade Hellen, quien aparece a mi lado—. No te preocupes.
Solo entonces, luego de un lapso de segundos insufribles, Ivanka acepta. Bien, gracias. Ahora me toca sostener mi mentira por seguir un impulso idiota. ¿En qué estaba pensando?
—¿Cuánto se van a tardar? —nos pregunta Hellen—. No tengo todo el día. Bien podían hacer esto mañana temprano antes de la entrevista.
—Media hora, máximo. Tengo algunas ideas y me gustaría que Seren las escuchara. ¿Te vemos abajo?
—Bien —suspira Hellen y se aleja de nosotros—. ¡ Treinta minutos ! ¡ Los voy a cronometrar !
Caminamos en silencio hasta el Estudio B.
El teclado ha vuelto a ocupar su lugar habitual, lo que me ofrece una especie de alivio cálido, familiar…
, al mismo tiempo que un nudo en el pecho.
El espacio es diminuto y sofocante para alguien como yo, que se ahoga en el aire de cada palabra que no dice, que se tambalea entre la necesidad de hablar y el vértigo de que mis frases se quiebren antes de nacer.