El dilema de mirar un cielo estrellado 17 #2
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Mis dedos recorren el envoltorio. Sé lo que hay dentro: una tetera.

La forma del paquete lo delata, pero el cuidado con que está presentada me hace sonreír.

No es una caja, es un estuche de papel kraft grueso.

En la tapa, un sello en tinta negra con el logotipo del taller: «LM».

Al abrirla, huelo el aroma delicado de la madera y el papel.

Dentro, la tetera está envuelta en un paño de lino crudo, atado con un nudo elegante.

Estoy por agradecerle, cuando un pequeño tarjetón cae al suelo.

Seren lo recoge por mí y me lo entrega, tiene la mano algo temblorosa.

La tarjeta contiene unas líneas sobre la arcilla, el esmalte y la temperatura del horno, un consejo sobre cómo cuidarla.

Del otro lado firma: «Felicidades, Dedrick Rossel.

Con afecto, Los Montiel. 8 de junio de 2026».

Una risa corta se escapa, nerviosa y feliz.

No puedo evitar inclinarme un poco hacia Seren.

Mi corazón late más rápido de lo habitual y siento un calor en la garganta.

Quiero decir algo, cualquier cosa que capture mi sorpresa y mi gratitud, pero las palabras me traicionan.

Así que solo sonrío, un gesto que no logra ocultar que he sido profundamente tocado.

Cada pequeño detalle susurra: «esto es para ti».

—Esto… es increíble —consigo decir.

Antes de que Seren pueda decir algo, me levanto y lo abrazo.

Se tensa un poco, pero me devuelve el abrazo con delicadeza y me acaricia la espalda tal como lo hizo antes.

No dejo de repetir, casi atropellándome con las palabras: «Gracias, gracias, gracias…

». Tardo en soltarlo, y me siento avergonzado cuando Seren parece relajarse apenas lo hago.

—Mi familia se ha vuelto fan tuya desde que se estrenó Ritmos de Ruina —dice con una sonrisa nerviosa—. Iba a hacerla yo mismo, pero mi padre insistió en ayudarme… Al final terminó haciéndola él solo.

—¿Estás bromeando? —Le alzo ambas cejas—. ¿También eres artesano?

—Creo que te lo comenté alguna vez.

—Dijiste que vienes de una familia de artesanos, no que tú lo fueras.

—Bueno, tiene sentido, ¿no? Me tocó aprender. Se suponía que continuaría con el negocio familiar. —Se frota la nuca, incómodo—. No soy muy bueno.

—Con un poco de práctica, lo lograrías. Eres bueno en todo, ya lo sabes.

Pongo los ojos en blanco y guardo la tetera con cuidado en su envoltorio. La dejo en un rincón del estudio para que no se dañe y regreso a mi lugar frente al teclado.

—Gracias. De verdad.

Seren sisea mientras se frota la nuca de nuevo.

—¿En qué estás?

Toma mi libreta, antes de que pueda ocultar la canción. Aunque no debería, se lo permito, lleno de vergüenza absurda por la intimidad que implica dejarlo revisar esto. ¿Qué más da? Ya me ha escuchado.

Me pide un espacio frente al teclado. Me aparto apenas, como si el aire entre nosotros pudiera ensancharse por arte de magia.

Sin embargo, aún siento que su hombro roza el mío, la tela de su camisa contra mi piel.

Respiro hondo, el olor del té se mezcla con su perfume amaderado.

Muevo los dedos sobre el borde del teclado en busca de algo que me distraiga.

—¿Puedo? —murmura.

¿No es esto una forma de pedir permiso para invadir mi intimidad de manera desgarradora?

Si permito que toque una sola nota de esta canción, entonces estoy permitiendo que tome algo de mí y se lo lleve con él para siempre.

Me pregunto si podré vivir con eso, con la idea de que se conecte a mi dolor.

Seren toca la primera nota y ya no tengo el valor para detenerlo.

Mucho menos cuando a la melodía se une el cálido tono de su voz.

Se me acelera el corazón de manera inexplicable.

Debo aferrarme al borde de mi chaqueta, una forma de evitar las ganas que tengo de apoyarme en su hombro y pedirle que no se detenga.

Que, si la canción acaba, inicie otra vez. Que cante por la eternidad.

Lejos del impacto que suele generar una voz nueva, mi admiración surge ante la capacidad de Seren Montiel de apropiarse de todo lo que toca.

Ni siquiera me sorprende cuando comienzo a cantar junto a él en voz baja.

Eso dibuja una sonrisa en su rostro, la cual se mantiene hasta que finaliza.

Bueno, más bien hasta que no le queda nada que interpretar, porque mi canción no está terminada.

Mi ensoñación acaba y, antes de que intente voltear la hoja, coloco mi mano sobre la suya para impedirlo.

No entiendo qué me sucede, pero Seren se gira hacia mí con una expresión de incredulidad y algo dentro de mi pecho se enciende una vez más.

Cedo, pero no alejo mi mano de la suya para dejar que se enfoque en la libreta, la tomo con cuidado y las apoyo juntas sobre mi regazo.

Cedo a mi propio impulso de querer tocarlo.

Seren baja la mirada hacia nuestras manos. No se aleja, al contrario, se aferra un poco a la mía.

—Espero que algún día puedas terminarla —Su voz suave me endulza el oído—. Es hermosa.

—¿No te parece algo pretenciosa? —bromeo.

Seren exhala una diminuta risa que se esconde en su boca sellada por una pequeña curva. Me pierdo al mirar cada detalle de su rostro.

No tengo idea de lo que hago, solo sé que, tal vez, debería detenerme.

Pero ¿cómo? Si ya he pegado mis labios a los suyos y he creado uno de esos momentos en los que no hay vuelta atrás, sin importar lo que suceda después.

Seren desliza su mano libre hacia mi nuca, enreda sus dedos en mi cabello y me presiona contra su boca tibia.

Su lengua demanda más atención de la que pensaba darle.

No se la niego. Al contrario, abro más mis labios.

Estoy seguro de que nuestras bocas se rozan como una partitura desordenada: silencios, respiraciones irregulares, mientras nos volvemos a besar después de una pausa. Al fondo, oigo una melodía que apenas entiendo. Un vals entre nebulosas. O, el giro de Saturno entre notas suspendidas.

Que sus ojos aún brillen al encontrarse con los míos es algo que me deja indefenso. Ilusionarme es un evento que incluso la luna observa con envidia; ocurre cada cien años. El roce de su mano es un sonido tembloroso, como una cuerda que vibra por primera vez después de siglos de silencio.