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Posterior al evento de estreno, posamos para algunas fotografías con figuras clave del medio, influenciadores cuyo alcance —nos aseguran— vale más que cualquier crítica especializada.
Me mantengo al margen, aunque no por eso dejo de sonreír o de ofrecer una frase cordial a quien se me acerca.
Aprendí hace tiempo a ser amable sin abrir demasiado la puerta.
Seren, en cambio, se entrega a cada encuentro con un entusiasmo que, para mi gusto, roza lo teatral. Me pregunto cuánto de eso es una coreografía.
La respuesta me llega más tarde, cuando ya estamos de regreso en el vestuario.
Seren bosteza tres veces en menos de un minuto mientras le extienden el atuendo que llevará a la siguiente celebración.
Una más, sorpresa y cortesía de nuestra queridísima agencia, que parece convencida de que aún nos queda alma para una ronda más de sonrisas impostadas y discursos vacíos.
En el coche, camino a la fiesta, le pregunto a Hellen si de verdad es necesaria mi presencia en ese lugar. Ella me lanza una de sus miradas que contienen todos los regaños existentes y forma en la boca una línea delgada.
—¿Cuánto rato debo quedarme? —suspiro.
—Idealmente, varias horas. Eres la estrella, Dedrick, esta noche todos tienen el ojo puesto en ti.
Me tiende el celular cuando se lo pido, pero apenas lo tengo en la mano, me arrepiento. Las notificaciones parpadean como pequeñas insinuaciones de un mundo que hoy no puedo sostener. No esta noche. Así que lo dejo a un lado, boca abajo.
Me basta para imponer silencio a mi mente. Respiro hondo. Le creo a Hellen. Acepto su versión de los hechos, su manera de envolver las cosas con una capa de calma, y prometo que esta noche haré bien lo que me toca.
Un par de horas pasan hasta que la fiesta inicia.
Contra todo pronóstico, no resulta tan terrible como lo anticipé.
No es agónico para mí compartir con las personas, solo que en el último tiempo no me he estado sintiendo del todo bien.
He comenzado a perderme con mayor frecuencia y ante estímulos o detonantes que solían ser insignificantes.
Me preocupa tener una crisis en plena celebración.
Al menos, Hellen y Josh están a mi lado.
El lugar es un salón amplio en la primera planta de un edificio que seguro en su otra vida fue un banco o una oficina de arquitectos: techo alto, columnas gruesas y paredes blanco marfil.
Todo está estratégicamente dispuesto para no parecer demasiado planeado, lo que solo me confirma que alguien pasó días organizándolo.
Las bebidas corren como si alguien hubiera abierto una llave invisible. Hellen me ofrece una copa delgada de vino blanco; aunque la acepto, no la bebo ni pretendo hacerlo.
Tiempo después llega Seren y su equipo, con prendas más cómodas y —para nada sorprendente— muy guapo. Él sí toma un sorbo de uno de esos vasos curvos llenos de cóctel de mango y hace una mueca que disfraza con una sonrisa.
Me escabullo entre los meseros para llegar a él entre bandejas negras llenas de cuadrados de pan y minihamburguesas.
Siento que todo esto es una broma privada que no me contaron, pero da igual, no tengo hambre.
Lo que anhelo es incumplir mi promesa y salir de aquí sin que nadie lo note.
Sin embargo, Hellen me sigue los pasos y alcanza a Ivanka y Velandia antes de que yo pueda llegar a Seren. Nos saludamos todos con una sonrisa.
Sé que Ivanka desearía no estar aquí tanto como yo, lo noto por la forma en que sostiene una botella de agua sin mucho ánimo. Me asombro cuando me felicita por mi presentación y, aunque sus ojos brillan como si no me soportara, sé que sus palabras son genuinas por la forma en que sonríe.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta Seren cerca del oído, en un murmullo.
Sé a lo que se refiere, por lo que giro de manera defensiva hacia él. No puede estar tocando este tema justo ahora, justo aquí.
—Bien —es todo lo que digo por un largo rato.
Nuestros compañeros se disuelven de a poco en la multitud, pero flotan cerca, orbitando con su fidelidad y discreto cuidado.
Se mantienen atentos cada vez que un extraño se nos acerca.
Nos acompañan en las conversaciones que no queremos tener y nos siguen a los asientos cuando el cansancio roza nuestros hombros. Hay algo reconfortante en eso.
La celebración tiene su encanto, incluso si parece que todos se esfuerzan por impresionar a otros.
A mi alrededor, las voces forman una sinfonía irregular, son risas que estallan como burbujas, cumplidos dichos con ternura o desdén —a veces ambas—.
Ráfagas de sinceridad que apenas logran asomarse antes de ser sofocadas por un trago más o una broma innecesaria. Todo dura apenas lo justo.
Solo me relajo cuando la atención colectiva gira hacia la pista de baile.
Me doy cuenta de que muchos se están acercando, arrastrados por el ritmo.
Primero, los valientes de siempre, esos que bailan aunque nadie más lo haga.
Luego, los ebrios en sus múltiples formas: los que ríen con los ojos cerrados, los que no paran de hablar, los que se abrazan como si mañana no existiera.
La música es un bajo persistente, una letra fácil y repetitiva.
Descubro que estoy moviendo el pie y sonrío ante esa parte de mí que se niega con convicción a disfrutar del momento, pero termina cediendo.
Hellen conversa con Ivanka en un extremo del salón, las dos inclinadas hacia adelante como niñas que comparten un secreto.
Sus risas son demasiado agudas para ser sobrias.
Josh está cerca de ellas, con expresión de que quiere estar en otro sitio, sobre todo porque sus comentarios parecen no ser escuchados.
No noto de inmediato que estoy solo. Completamente solo. Apoyado contra una pared, en un rincón. Seren ha desaparecido con ese sigilo suyo.
Aprovecho la instancia para alejarme. Miro a cada lado y me pierdo entre las personas.
El murmullo y la música me siguen como un oleaje hasta que leo «salida de emergencia» en una puerta al fondo del pasillo.
Empujo la barra metálica y me encuentro en otro corredor más estrecho.
El aire cambia, ya no huele a perfume y a licor, sino a pintura y a polvo. Al final hay otra puerta.
Un escalofrío me detiene. Siento que estoy abandonando algo, a pesar de que estoy seguro de que no es así.
Las sombras del pasillo parecen alargarse, supongo que quieren recordarme que la responsabilidad no se desvanece con la distancia.
Intento respirar pausado. Intento ser valiente.
Entonces, aún con las manos temblorosas, salgo al jardín.
El ruido queda amortiguado de golpe. Solo se oye un eco lejano y el cántico de un grillo a lo lejos.
Es un espacio amplio, sin árboles altos, todo podado.
Arbustos esféricos y simétricos. En uno de los bancos de hierro pintados de blanco, apenas iluminado por un farol que dibuja un círculo de luz cálida, está Seren.
Tiene la cabeza alzada hacia el cielo y las manos apoyadas en el respaldo.
La camisa le cae suelta y los zapatos descansan a un lado, el pasto bajo sus pies descalzos parece una alfombra.
Hay algo en su figura tan humana y tan fuera de esquema que no desentona, sino que rompe con elegancia la geometría del lugar.
Es como una nota manuscrita en un menú impreso, un verso colado en una ecuación.
Envidio su calma. Seren y el silencio; Seren y su necesidad de ser invisible. Sé que sabe que estoy aquí porque deja de tamborilear el respaldo con los dedos. No dice nada. Espera quieto a que, quien quiera que sea, termine de acercarse.
Relaja los hombros cuando me siento a su lado.
Toma distancia, retira las manos del respaldo y las entrelaza entre sus piernas.
Yo escondo las mías en los bolsillos de mi chaqueta.
Respiro hondo y miro hacia donde él mira, aunque es imposible saber qué ve con exactitud.
Eso también me causa envidia, sus movimientos impredecibles, sus palabras ausentes.
Envidio cómo poco a poco se ha vuelto dueño de su seguridad, mientras yo vivo comparándome con todo lo que hace.
Cómo ha ganado reconocimiento, atención, admiración.
Detesto que a pesar de nunca tener la intención de acercarse a otros, conecta con ellos sin esfuerzo.
Cada detalle en Seren me recuerda lo que me falta.
Se gira hacia mi perfil. Me cuesta fingir que no me pone nervioso, pero al menos esta vez no puede sentir cómo me desarmo.
—¿Qué es lo que ves? —hablo con suavidad cuando encuentro algo de valentía.
—¿Mh? Nada, en realidad.
«Oh, no respondas así». Me obligo a sostener su mirada.
—Seren, ¿qué es lo que ves?
Traga. Sé que no entiende mi pregunta cuando me explica que miraba el cielo. Insisto. Quiero que me diga qué ve en mí, más allá de a Ded Rossel, su colega.
—Por ejemplo —digo—, yo veo una máscara.
Veo tu cabello azul oscuro, despeinado por el viento y tu rostro enmascarado.
Veo un sinfín de capas de indiferencia. Una sonrisa que le enseñas a todo el mundo, aunque es evidente que no la sientes.
No sé qué es lo que ocultas, Seren, pero quiero que sepas que eres libre de ser tú mismo cuando estás conmigo.
Tengo el corazón atascado en la garganta, late con furia y me arde. Pero como no me tiembla la voz, es imposible que él lo sepa.
—¿Por qué dices eso?
—Porque cuando estás solo brillas de verdad. Y siempre noto cómo, apenas llega alguien, te escondes un poco en la sombra, aunque intentes mostrar lo contrario. Me sorprende que ahora te veas más cómodo que cuando estabas en el escenario.
Tiene una curva dibujada hacia abajo en los labios, esculpida como desdén. Sé que he tocado algo que él creía invisible y eso le incomoda. No es solo la imagen que quiere dar al público —todos tenemos derecho a ocultar lo que queramos—, es que fingir esa personalidad animada y cálida debe agotarlo.