13
Los días siguientes me los paso entre paredes ajenas, ensayando solo, con la compañía silenciosa de Hellen.
Ella me observa con una mezcla de resentimiento y frustración.
Mientras sus ojos cargan con esa molestia, yo intento ahogar los nervios que me carcomen.
Me concentro en cada línea, en cada pausa, en cada pequeño detalle que puedo mejorar para que todo salga perfecto.
Seren y yo nos encontramos de nuevo en la pequeña sala de maquillaje del teatro.
Donde se preparan también los demás miembros del reparto, incluidos Donovan, Landon y Liora.
Está perdido en un punto fijo de la sala, por lo que bate las pestañas cuando hago ruido al chocar con mi silla, y me presta atención.
—Hola, castigado —dice.
—¿Hola? —Frunzo el ceño—. ¿Ahora bromeas conmigo?
— ¡ Uy ! Amanecimos de malas pulgas —alega Donovan.
No debí decir eso. Tal vez soné demasiado rudo.
No quería herirlo; estoy irritable, las sienes me palpitan por lo preocupado que me tiene la presentación.
Seren desvía la mirada y se enfoca en la maquilladora otra vez, quien se muestra incómoda, supongo que por haberse reído de las palabras de Seren antes.
Él no vuelve a dirigirme la palabra hasta que Sam nos da las instrucciones de entrada para ingresar al escenario. Nos ordena uno detrás de otro; yo soy el primero en la fila.
—Oye, perdona… Estoy un poco nervioso —le digo a Seren.
Está concentrado en la persona que le ajusta el transmisor inalámbrico, así que tarda en levantar la vista.
Cuando lo hace, guarda silencio. Entrecierra los ojos un instante, como si descartase sus palabras, y se encoge de hombros.
Luego me da una leve palmada en el hombro y me desea éxito en la presentación antes de que subamos al escenario.
El teatro está plagado de personas, las entradas para el estreno se agotaron en cuestión de unas semanas.
Algo impensable para todos en el equipo, pues Seren y yo no somos actores reconocidos.
Solo somos un actor fracasado y un novato.
Según Hellen, las entrevistas y la promoción previa surtieron su efecto deseado y me felicita por ello, como si tuviera algún tipo de mérito.
Bien sabe que Seren y yo solo seguimos el guion y las instrucciones.
Con el estómago apretado, me presento con el público. Hablamos sobre detalles relevantes de la serie, sobre el proceso de producción junto a Latorre. No termino de relajarme, pero lo llevo bien hasta que nos sentamos todos en la primera fila para ver el primer episodio.
Después de la proyección, llega el momento de la noche que más he esperado, mi turno de interpretar la novena melodía. Me gano una mirada rápida de Seren cuando me levanto. No sé si en sus ojos hay algo que decidió callar o si es mi euforia la que insiste en inventarlo.
El mundo se inclina. Mi pulso se dispara. Mis pies comienzan a flotar.
—¿Ded? —Sam busca mi mirada—. Tienes que entrar.
Me quedo estático detrás del escenario, mientras, me veo subir a este y tomar asiento frente al piano. Los aplausos inundan mis oídos, pero estoy demasiado lejos como para emocionarme con ellos. Al menos, no necesito hablar antes de comenzar.
Cuando intento tocar las primeras notas, mis dedos no sienten las teclas. No es la primera vez que pasa, pero nunca deja de sorprenderme. Sé que estoy ahí, y al mismo tiempo creo que podría levantarme, salir y desaparecer sin que lo notasen.
Un nudo en la garganta amenaza con sofocarme. Cada error que imagino me martilla la cabeza. Es la misma grieta de siempre, abriéndose justo cuando todo debería sentirse correcto. Pienso que si Jillian estuviese entre las butacas, intentaría animarme aunque la hicieran callar.
Mis manos siguen inmóviles sobre las teclas.
No confío en ellas. No confío en nada de lo que podría pasar en los próximos segundos.
Cada posibilidad se multiplica y todas terminan mal.
Quisiera poder quedarme en este punto donde todavía no he tocado nada, donde todavía no hay ningún error posible, donde puedo fingir que Jillian está en alguna parte.
Quisiera no tener que hacer esto sin ella.
No tener que acostumbrarme a esta forma incompleta de existir.
Son segundos que parecen eternos. Miro hacia el público, donde encuentro la mirada de Seren.
Es posible que note qué me pasa porque ya ha visto la expresión que pongo en esta situación.
Se lleva la mano al hombro y, para mi sorpresa, gesticula: «te siento».
Es un susurro que se extiende como un hálito tibio y me abraza. «Te siento», repite.
No basta para que todo vuelva a su sitio, pero sí para que, al menos, mis dedos recuerden que el piano está ahí. Que las teclas tienen frío. Que el silencio necesita romperse.
Apenas suenan las primeras notas, siento cómo el aire dentro del teatro cambia.
Es un viaje entre acordes que, sin esfuerzo, encuentra cada oído.
El público se vuelve parte de la música, como si respiraran conmigo la misma verdad.
La vibración de las notas me devuelve poco a poco a la tierra.
Hasta que la última se desvanece. El aplauso estalla, un rugido cálido y sincero, una ola de energía que me sube hasta la cabeza.
Las sonrisas iluminan los rostros y me pierdo por un instante en esos ojos que brillan, que me confirman sin palabras que algo verdadero tuvo la oportunidad de nacer esta noche.
Me quedo ahí, suspendido en esa atmósfera que huele a triunfo y a promesa, entre el eco de la ovación y el palpitar de mi corazón. Más que éxito, siento una conexión profunda, un puente invisible que ahora une a todos los presentes con algo que va más allá de la pantalla.
Mientras las voces se entrelazan entre risas y conversaciones, una mezcla dulce de satisfacción y ansiedad por lo que vendrá me inunda.
Cuando me encuentro con esa curva dibujada en el rostro de Seren, quiero pensar en que esta vez no es solo el simple estreno de un proyecto lo que carga con mi ilusión.