12
Podría vivir en Vespra. Es una de esas ciudades que no se agotan con una primera caminata.
Al contrario, parece diseñada para el que vuelve y repite el trayecto como quien repite una frase en voz baja e intenta desentrañar el sentido oculto detrás de cada palabra.
Calles empedradas que crujen bajo los pasos, árboles viejos que inclinan sus ramas con una dignidad sabia y librerías diminutas, donde el polvo tiene el buen gusto de no molestar.
Y los cafés —que solo visito para pedirme un té— con esas sillas desparejas y la música de fondo que parece siempre haber estado ahí, incluso cuando no suena.
La idea de alejarme de las promociones, de las juntas, del murmullo constante de mi propia agenda, me resulta cada vez más tentadora. Desaparecer del mapa, perderme por un par de semanas entre las sombras de sus edificios, mirar sin necesidad de hablar, observar sin ser visto, de caminar sin rumbo.
Llegamos de noche. Hellen me deja en mi habitación con un papel lleno de instrucciones tan tajantes que suenan a órdenes militares: no salir hasta la cena, permanecer dentro toda la noche.
Me hace gracia verla fruncir el ceño con aire maternal aunque tengamos casi la misma edad y yo le saque unos quince centímetros.
Para no asfixiarme, me escapo al balcón.
Desde esta altura, en pleno centro de la ciudad, las calles se vuelven un dibujo impreciso.
Apoyo los antebrazos en la baranda, el mentón en mis manos y exhalo un resoplido que suena a risa cansada.
Recuerdo la última vez que Jillian me llevó a un lugar parecido.
Ella siempre insistía en que cada calle tenía su historia, que incluso las sombras guardaban secretos.
La echo de menos más de lo que me atrevo a admitir.
En cada paso que doy, ella me recuerda que debo seguir descubriendo el mundo, sin importar cómo este me reciba.
En momentos así, sé por qué Hellen repite las normas hasta el cansancio.
Mi libre albedrío sigue vivo, da patadas.
Empiezo a buscar un lugar adónde ir; todavía es temprano, puedo escabullirme si quiero.
No sería tan difícil, salvo que Hellen haya pedido seguridad extra, lo cual me parece improbable.
—¿Adónde vas? —pregunta alguien a mi lado.
Alguien que me provoca un reflejo que no alcanza a convertirse en alarma. Ese alguien es Seren. Pequeño detalle que a Hellen se le olvidó mencionar. No creí que estaría en la habitación de al lado.
Mi cuerpo no ha terminado de acomodarse desde lo ocurrido antes del ensayo.
Tiene la espalda apoyada en la baranda y el celular en la mano.
Su sonrisa sobresale por encima de todo, porque no se le escapa con mucha frecuencia.
Con esa pequeña curva me demuestra socarronería por haberme atrapado.
Claro, mi expresión de sorpresa es evidente.
Su presencia es demasiado oportuna. ¿Habrá sido a propósito?
No es como si Seren pudiese detenerme. A lo sumo, podría regañarme o avisarle a Hellen para que me retuviera.
Ella me conoce a la perfección. Sabe que voy a pasar horas analizando este movimiento. Justo como lo hago ahora. Esta mujer sabe jugar.
—¿Por qué? ¿Hellen te mandó a preguntar? —Ya estoy a la defensiva.
Silba y alza las cejas como si lo que acabo de decir fuese lo más impresionante que ha escuchado jamás. De pronto, se convierte en un torbellino de gestos. No sé cómo lo hace, pero siempre encuentra una forma nueva de desconcertarme. Se nota cuánto lo disfruta.
—Pues sí. —Se encoge de hombros—. Se preocupa por ti. La última vez lo pasó muy mal buscándote.
—No pasa nada. Ahora llevo el celular con batería, no me perderé.
—¿Por qué haces esto? —Se coloca la capucha de su sudadera. Luego guarda su celular y manos en los bolsillos.
—Solo voy a dar un paseo. No es para tanto.
—Pero no puedes salir. Al menos, no solo.
Me contengo. Aprieto los labios.
¿Y qué si salgo? Ser artista no debería convertirme en un prisionero de mi propio nombre.
Lo comprendo, hay reglas, compromisos, una imagen que mantener.
Lo he seguido todo. He moldeado toda mi vida en torno a esta carrera, me entregué con rigor para que mi apellido nunca volviera a ser susurrado con desprecio.
Pero también soy una persona que necesita respirar sin sentir el peso de mil ojos sobre sus hombros.
Me irrita esta suposición de que no puedo cuidarme solo.
Aún juego a favor del anonimato, mi rostro no es del todo reconocible, puedo caminar por la calle sin que me señalen.
Y mientras ese margen exista, pienso aprovecharlo.
Con cautela, sí —soy muchas cosas, pero no imprudente—.
Solo necesito un poco de espacio para existir fuera del guion, caminar sin escolta y sin instrucciones.
He de recordarme que no todo en mi vida tiene que estar escrito de antemano.
—Te pones en un riesgo innecesario. Me parece un poco estúpido.
Estoy al borde responder con un infantil «no te metas» y salir de aquí. Sin embargo, caigo en cuenta de que su voz no tiene la seriedad de alguien que intenta detener lo incorrecto.
—Entonces, ¿qué sugieres?
—Simple: sal con un escolta.
—Qué aburrido —bufo—. Ni siquiera se puede conversar con los de seguridad.
Tal vez estoy alucinando, pero creo que un atisbo de sonrisa intenta formarse en sus comisuras una vez más. La contiene al lamerse los labios.
—¿Dónde quieres ir que necesitas tan buena compañía?
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Pero quiero salir.
—Conozco buenos lugares…
¿Qué le hace creer que es algo que me apetece?, ¿que nuestros representantes van a aceptar algo como eso sin enviarnos con un escolta? Hasta sería decepcionante si no lo hicieran.
La idea, en el fondo, no suena tan absurda como debería.
Es peligrosa, sí, pero no en el sentido convencional.
Es peligrosa porque me obliga a pensar en la última vez que estuve con él a solas, cuando la realidad se me partió en dos como una rama reseca.
¿Por qué siempre tengo que querer justo lo que más me desestabiliza?
—Bueno…, hay un lugar que me gustaría visitar —tanteo antes de que se arrepienta.
—Puedo llevarte —suena a la respuesta que estaba esperando.
—Pero sin seguridad.
Menea la cabeza y se pellizca el puente de la nariz.
—¿Siempre eres así de difícil?
—Podemos escapar.
—Hellen se va a molestar contigo —vacila—. Lukas me va a matar.
—Me da igual. ¿Vienes? Te espero en el pasillo.
Tardo un par de minutos en tomar mis cosas, junto a unas gafas oscuras y la gorra que utilizo siempre que quiero ir a lugares donde podría ser reconocido. Amplío una sonrisa cuando encuentro a Seren esperándome en el pasillo.
—¿Cuál es tu plan? —pregunta mientras me sigue los pasos.
—Solo diré que vamos a salir por un café. Hellen se ofrecerá a comprarlo por mí, entonces, tú dirás que me acompañarás y ella aceptará. —Me mira como si fuera el plan más estúpido que ha escuchado. Y lo es—. ¿Se te ocurre algo mejor?
—Salir por el estacionamiento trasero sin decirle a nadie.
Me detengo de golpe.
—Comienzas a agradarme.
Seré acusado de corromper al nuevo tesoro de Lunaris no quiero darle la razón.
—Ya pasaron muchos años y no lo he repetido. Me siento culpable por hacerles pasar un mal rato. —Pausa—. A veces me tratan como a un niño, pero también entiendo que no quieran volver a perderme de vista. No fue solo un arranque de rebeldía, les hice perder tiempo y dinero.
—Yo creo que deberían confiar más en ti. —Se encoge de hombros—. Como diría mi madre: no puedes vivir pagando siempre por lo mismo.
—Acabo de escaparme, te traje conmigo y te obligué a apagar el teléfono, ¿no te parece que sigo sin aprender?
Eso lo hace reír; ya debo sonar más cómico que estresado. Su intento por aliviarme me hace bajar un poco la guardia.
—No me obligaste a nada —dice—. Pero, en ese caso, usaré a mi favor una frase de mi abuela: errar, lo he hecho yo; culparme, eso ya es de otros.
—Tu familia suena muy sabia —bromeo.
—Me criaron a punta de frases motivacionales. Era más fácil para mí recordar las lecciones, creo que se nota —tuerce los labios—. Le hablaré a mi abuela, creo que contigo voy a necesitar unas cuantas más.
Su sonrisa tiene un matiz distinto. No lo veo así todos los días y no se parece al brillo que les regala a las cámaras. Me levanto y muevo mi cabeza al decir:
—Terminemos lo que empezamos.
Alcanzamos a bajar hasta el primer piso, donde me golpea un sudor frío, supongo que por mi mala condición física. O puede que sea porque nos topamos de golpe con Hellen y Velandia en el pasillo.
—¿A dónde crees que vas? —pregunta ella—. De verdad, Dedrick Rossel, ¿ahora usas al niño para escaparte?
Seren, de pie detrás de mí, ríe. Sí, ríe. Y, en consecuencia, yo también rio. Nos cuesta quedarnos callados por un momento. Nuestros asistentes mantienen la misma expresión —una mezcla clara de decepción y resignación—, que ni siquiera se altera un poco por esos breves segundos.
—¿En serio pensaban escaparse? —pregunta Velandia—. No puedo creer esto de ti, Seren.
— ¡ Y con el celular apagado ! —le responde Hellen. Luego, me señala—. Te llevó minutos corromperlo.
Silencio. Miro a Seren de reojo, tiene las mejillas sonrojadas a más no poder.
—¿O sea que no nos van a dejar salir? —pregunto.
—Te propondría ir con un guardia, pero ahora estás vetado de las salidas hasta con compañía.
Hasta que regresemos a Saras. —Hellen me toma del antebrazo y me arrastra hacia el ascensor.
En ese breve trayecto, masculla—: Y te cambiaré de habitación.
Tienes prohibido hablar con Seren fuera de un set hasta nuevo aviso.
Cumple con su promesa. Me trasladan al segundo piso, justo al lado de ella, donde antes estaba Ivanka. El cambio es rápido y funcional.