11
No encuentro el teclado eléctrico en el Estudio B. Hellen me explica que debieron trasladarlo a la sala de espejos para realizar un ensayo general para el domingo del estreno. Y es ahí donde lo encontramos, justo frente a los espejos.
Mi pánico estuvo al borde de sacarme de aquí. A veces estas salas amplias, con espejos tan fríos y luz blanca, me proyectan fragmentos de recuerdos que preferiría olvidar. Al menos, en este horario no hay nadie.
—A las ocho en punto llega Seren —dice Hellen—. A las ocho y media, el resto del equipo.
Seren. No lo veo desde la última reunión, donde nos explicaron a todos cómo será el evento de estreno.
Eso fue hace una semana. Nunca ignoro su presencia, es él quien ignora la mía.
La de todos, para ser realista. Tiene incluso el descaro de quedarse dormido en medio de las reuniones, sin importar cuántas veces lo regañen.
Hellen me avisa que saldrá por un café y que, de paso, me traerá un desayuno para que sobreviva.
Será una mañana extensa y agotadora, por lo que debo estar bien alimentado.
Se lo agradezco. No puedo darme el lujo de estar débil en el ensayo.
Ser un Rossel significa sostenerse, a pesar de que el cuerpo suplica rendición.
Jillian lo decía siempre incluso cuando ya era evidente que no podía sostenerse ni a sí misma.
Me dispongo a sumergirme en la partitura. No me fatiga interpretar la novena melodía; su puente modulante me fascina. Ansío el día del estreno, imaginarme envuelto en aplausos me provoca un temblor anticipado. Ha pasado tiempo desde la última vez que sentí ese calor en la piel.
Y como si mis deseos hubieran estado afinándose hasta volverse inevitables, la puerta del salón se abre en medio de la ejecución.
Las notas quedan suspendidas como pájaros que dudan alzar el vuelo, mientras mi atención se centra en un cabello azul gastado.
Cuando los ojos redondos y brillantes de Seren Montiel se clavan en mí, la sala entera se queda en un silencio expectante.
Mi entrecejo late. Es extraño: cada vez que aparece, algo se me afloja y me lleva tiempo recomponerme.
—Continúa —pide con suavidad.
Apoya la espalda en la puerta. Tiene una curva pequeña dibujada en los labios, supongo que le incomoda que lo inspeccione en exceso.
Pero no me detengo. En ocasiones, siento el impulso de acercarme a él y tomarle la cara solo para asegurarme de que es real.
No es posible que a alguien le brillen los ojos así, de forma natural.
—¿Qué tal? —pregunto en lugar de volver a mi tarea.
—Quiero escucharte. Me gusta esta melodía.
Mi pulso podría delatarme si tan solo se acercara un par de pasos.
Aunque supongo que me delata el calor en mi rostro.
Sus palabras son un eco placentero en mi cabeza.
Quisiera arrancarle más palabras, más peticiones, más opiniones.
Seren y su interminable silencio. Seren y su eterna necesidad de decir lo justo.
¿Podría pedirlo una vez más? Lo hace. Con una mirada, con sus cejas algo fruncidas y un movimiento de su cabeza.
Bien, me conformo. Se lo concedo. Interpreto la novena melodía, inevitablemente nuestra desde aquel día.
Resuelta gracias a él. Es maravillosa. Se me llena el vientre de mariposas cada vez que escucho ese punto de inflexión tan marcado e intenso.
Su atención incrementa mi sensación de placer, vibra entre las notas.
Trato de evitar tocar de forma automática, pero no dejo de preguntarme qué significa esa mirada.
¿Qué ve Seren Montiel en mí en este momento?
El mundo se inclina. Cierro los ojos en el momento en que el brillo de los espejos me golpea como un reflejo demasiado conocido.
Un instante. Un destello. Como si volviera a ver luces estroboscópicas sobre caras que no recordaba.
Mi mente retrocede sin pedir permiso y mi cuerpo la sigue hacia un rincón de la sala.
Me detengo a media interpretación. Me pierdo en el recuerdo y en el deseo irreprimible, en el agobio de sentir ambos.
—¿Dedrick?
La voz de Seren está más cerca de lo que esperaba. Alzo la mirada. Estamos frente al espejo, él justo a mi lado. Bato mis pestañas, intento controlarme. Su mano está en mi hombro.
—¿Qué pasa?
Oh, su cálido susurro.
Presiona sus dedos en mi ropa. ¿Estoy temblando? No estoy seguro. Ni siquiera puedo sentir los efectos de mi propia respiración.
—No me toques —mascullo.
Él me ha estado viendo todo el tiempo, no a mi reflejo, a mí.
Me arrepentiré de esto, pero no tengo alternativa.
A riesgo de verme como un desquiciado, me levanto y pongo distancia entre nosotros.
Seren repite mi nombre y, aunque me mantengo lejos, termino encontrándome con sus ojos.
Inhalo hondo y los cierro de inmediato; ha sido una mala idea.
Si sostengo su mirada un segundo más, voy a desmayarme.
Apenas intenta acercarse, le aseguro que estoy bien con esa frase automática que he perfeccionado con los años, la que uso cuando necesito seguir siendo funcional en plena perdición.
Presiono las uñas contra las palmas de las manos.
Suele funcionar como ancla, me recuerda que todavía soy de carne y hueso.
—¿Dedrick? —Suena tembloroso.
Oh, cómo lo lamento.
Me obligo a abrir los ojos. Seren no está asustado.
No hay ni rastro de juicio en su expresión.
Solo preocupación. Simple, devastadora preocupación.
Y me odio un poco. Necesito que invada mi espacio y me sacuda.
Que me pregunte qué demonios estoy haciendo.
Que me obligue a justificarme. Que sienta y demuestre vergüenza ajena. Que incluso muestre repulsión.
—¿Qué sientes? —me pregunta.
—Nada —respondo al instante—. A veces pasa. No siento nada, ni siquiera a mí.
Solo me percato de lo cerca que está Seren cuando toma mi mano.
Sin soltarme me arrastra hacia el centro de la sala.
Me acomoda frente al espejo con precisión casi teatral, como si supiera de antemano dónde debe ir cada cosa, incluso yo.
Luego se coloca detrás de mí. En el reflejo, me observa.
Se inclina hacia mi derecha. Está tan cerca que podría contar cada una de sus pestañas si tan solo pudiera girar la cabeza sin que eso rompiera algo en mí.
Su aliento roza el borde de mi oreja y, por un instante, todo se silencia.
—Estás aquí —me dice con suavidad. Una caricia a mi oído—. Estoy contigo, ¿lo ves? ¿Me sientes?
No está del todo pegado a mi espalda; sin embargo, percibo los latidos furiosos de un corazón que no sé si es mío. Tal vez de ambos. Es un ritmo torpe, desafinado, como si se hubiera salido del compás.
Posa sus manos sobre mis hombros. La presión que ejerce afloja algo en mí.
El calor humano suele funcionar, pero hoy prefiero ignorar esa posibilidad.
Sé qué tendría que pedir para que esto terminase, por eso no lo hago.
Basta con imaginarlo para volver a tensarme, para sentir que el aire me vuelve a faltar.
Si Callan estuviera aquí, ya habría deslizado sus brazos alrededor de mi cintura.
Me habría susurrado que estamos aquí, que estamos juntos, que vamos a estar bien.
Como si esas tres afirmaciones pudieran mantener en pie el mundo entero.
Pero ella no está. Y Seren no lo sabe. No tiene la menor idea de lo que está ocurriendo dentro de mí.
Se mantiene quieto, confundido, expectante, hasta que, con una súplica ahogada, le pido que se aleje de mí otra vez.
No dice nada. Solo se acerca a una de las paredes y se sienta en el suelo.
Me quedo quieto y, tras un lapso breve, hago lo mismo: me dejo caer con la espalda apoyada en los espejos y cierro los ojos.
Con las palmas en el suelo frío, me obligo a respirar.
Bajo la cabeza hasta que el cabello me tapa el rostro, el mentón casi contra el pecho.
Necesito ocultar esa vergüenza que se me enrosca ahí, por haber siquiera considerado pedir consuelo a alguien que apenas conozco.
Paso bastante tiempo encerrado en mí, pero él no se mueve ni vuelve a decir nada. Al menos, hasta que abro los ojos y alzo la mirada. Sé que su atención sigue puesta en mí, pero puedo tolerarlo a metros de distancia.
—¿Te sientes mejor? —pregunta con suavidad.
—Sí, gracias… y perdón.
Perdón, por empujarte hasta ese rincón donde solo te quedó esperar a que pudiese hacerme cargo de mí. Por convertirme en la criatura extraña que aparece cada vez que algo se me escapa de las manos. Por ponerte en la absurda posición de sostenerme, como si mi caos fuera tu deber.
Necesito que diga algo más. Aunque sea una frase suelta, una de esas suyas que parecen dichas al pasar pero se quedan a vivir semanas en mi cabeza. Incluso aceptaría la burla o el reproche. No soporto su silencio.
—Perdón si suena mal, pero… —Parece que analiza sus palabras—. Nunca había visto a alguien pasar por algo así. ¿De verdad te sientes mejor?
Por fin, siento mi corazón. Su latido, su presencia. ¿Él lo habrá sentido también? ¿Ese tamborileo incesante que me empuja el pecho como si quisiera salir de él, alcanzarlo, interrumpir su paso?
—Sí. —Me acomodo el cabello hacia atrás. Luego me levanto—. Solo no le digas a nadie, ¿bueno?
Insisto con la mirada hasta obtener una respuesta afirmativa y zanjar el asunto. Temo que alguien entre y nos note distintos. No por mí, sino por él. No quiero arrastrarlo al tipo de escenas que arruinan la reputación de las personas. No quiero ser peso para alguien más.
Mis plegarias son escuchadas en el preciso instante en que los murmullos comienzan a filtrarse por la rendija de la puerta, seguidos de un par de risas, como si el mundo —ese otro mundo al que pertenezco a medias— reclamara su sitio.
Seren se queda en el suelo y toma su celular.
La frialdad del gesto me desarma. Me recuerda a cómo todos se apartaron aquella mañana, cuando volví a la agencia después de que mi vida se partiera en dos y me dejara en el lado equivocado; nadie sabía si dejarme ahí o arrastrarme de vuelta. Ese vacío entre personas.
Yo, atrapado en ese segundo incómodo, incapaz de hilar una sola palabra coherente, regreso a mi lugar frente al teclado. Obedezco una coreografía que parece pactada de antemano. Montamos una escena inofensiva para el equipo.
Es difícil fingir que nada ha pasado, pero Seren lo lleva con naturalidad. Sigo el ritmo de sus manos cuando habla, el leve temblor de sus dedos al girar una página. Para mí cada gesto suyo contiene un mensaje en clave que todavía no sé descifrar.
El ensayo, si puede llamarse así, se parece más a una reunión corta, casi ceremonial.
No hay mucho por hacer, salvo familiarizarnos con lo escrito —saber qué se puede decir y qué conviene callar—.
El único que realmente ensaya soy yo. Toco la novena melodía para todos.
Y, cuando concluyo, hay un silencio plácido, certeza de que todo ha sonado como debía.
Menos mi interior, aquí todo sigue resquebrajándose.