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Sé con exactitud cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me citaron a una reunión a solas con la agencia.
No en términos vagos —no «hace unos meses» o «alrededor de»— sino con una precisión que me avergüenza un poco admitir: han sido dos años, tres meses y cuatro días.
Lo sé porque conté y porque cada día se sintió como un recordatorio mudo de que esto volvería a ocurrir.
Cada día cargo con la certeza de que, tarde o temprano, volverán a sentarme frente a esta mesa para enumerar mis fallas y exigir que las corrija antes incluso de que existan.
Lo llaman prevención, aunque a veces se siente más como una profecía.
La última vez que escapo del set de grabación no es un episodio menor.
Atravieso una crisis personal que me hace perder la compostura y desaparecer por horas, sin dar señales.
Lunaris cada aparición mía, cada palabra que pronuncio frente a la cámara, es diseccionada, vuelta a armar y convertida en pequeños altares digitales que se multiplican sin tregua.
Lo reviso todo. Cada noche. Hay un centenar de edits, de fotografías, de frases sacadas de contexto con una estética tan pulida que a veces me cuesta reconocerme.
Es halagador, sí. También un poco inquietante.
Si así están conmigo, no me atrevo a imaginar el estallido que debe ser la vida virtual de Seren.
Su nombre aparece de manera constante entre mis notificaciones, como una sombra luminosa.
El tráiler ha sido recibido con una euforia que roza lo delirante, y aunque celebro cada segundo de este momento, hay una parte de mí que no puede evitar preguntarse cuánto esto es real. Y cuánto tiempo va a durar.
Me obligo a escuchar. Escuchar de verdad.
Mientras las voces se superponen con esa cortesía artificial de las juntas, mis ojos buscan a Ivanka.
No me decepciona, su mirada me encuentra como una sentencia.
No hay reproche en su expresión, solo juicio silencioso.
No sé si me está culpando o pidiendo que lo adivine.
—Bien, Dedrick —dice Josh con esa sonrisa amable tan suya—. Hemos conversado mucho sobre esto. A Ariadna le ha encantado tu propuesta para reemplazar la novena melodía, y en postproducción ha quedado increíble. Frente a estos resultados, nos gustaría proponerte dos cosas.
O sea que esta reunión no se trata de dejar caer una sombra de desconfianza sobre lo que ya parece un presagio de desobediencia futura ni de recordarme que tengo terminantemente prohibido escabullirme por la noche sin aviso ni compañía.
El golpe de desconcierto se me escapa de las manos y va a dar, sin resistencia, a los dedos de Hellen.
Ella se ríe por lo bajo, como si temiera romper algo delicado en el aire con su risa.
Me observa con la paciencia de quien sabe que acaba de soltar una bomba y se dispone a ver qué hago con los escombros.
Si yo fuera un cachorro, estaría corriendo en círculos, la lengua fuera, la cola agitada como un metrónomo descontrolado.
Pero me limito a parpadear y luego me inclino hacia la mesa, demasiado rápido, demasiado cerca.
Exagerado, sí. Siempre he tenido cierta inclinación por los gestos grandes cuando el mundo se vuelve ingobernable.
Quizás no he escuchado bien. O no he querido escuchar bien.
Primero, quieren que interprete la novena melodía para el estreno de la serie. Segundo —y aquí es donde mi inquietud hace una mueca de incredulidad—, me piden que componga algo nuevo para una posible segunda temporada.
La sorpresa me golpea con tal fuerza que, por un instante, temo que lo digan solo por cumplir, como si cualquier desliz bastara para desmantelar la oportunidad que me acaban de ofrecer.
Una de esas que se dan cuando alguien, en una sala de juntas o un estudio con luces demasiado frías, dice tu nombre en voz alta y alguien más asiente con decisión.
Misma decisión con la que, tras buscar una confirmación, decido aceptar su propuesta mientras estrecho la mano de Latorre.
— ¡ Felicidades ! —chilla Hellen cuando todos se van. Me extiende sus brazos dando saltos pequeños sobre su silla, casi me lanzo sobre ella—. Estoy tan feliz por ti. Te lo mereces tanto, Dedrick.
¿Me lo merezco? Quiero convencerme de que sí.
Sé que en parte el mérito me pertenece, pero no puedo negar que una pizca importante de la novena melodía se creó gracias a la intervención de Seren Montiel.
Por ello, su éxito. Él me ayudó a darle sentido y no ha dicho nada nunca para reclamar el crédito. Me pregunto si él sabrá cuánto le debo.
—Estoy segura de que no le dará mayor importancia —opina Hellen al respecto—. Pero si te sientes más tranquilo, puedes decírselo.
Decido pensarlo con calma, hasta que llegue el día del estreno de la serie.
Callan se alegra por ello y me promete que estará atenta a la transmisión en vivo y que no se perderá ningún capítulo de la serie.
Es tan adorable. La verdad es que como amigo se lo agradezco, pero no necesito que se tome tantas molestias.
Lo que más quiero es que regrese a Saras conmigo y Boomie, aunque claro que no se lo digo.
Después de nuestra llamada, me encierro en mi estudio con la determinación casi maníaca de producir algo. Lo intento. Ajusto las luces, organizo las hojas, alineo los lápices. Un ritual que, como tantos otros, solo disfraza mi miedo al vacío.
Dura menos de una hora antes de que el vecino de al lado, el mismo que parece vivir con un oído pegado a mi pared, comience a golpearla con insistencia.
Lo ignoro. En parte por orgullo, en parte porque me niego a interrumpir una melodía que aún ni siquiera existe.
Entonces, como siempre, el golpe de gracia: la llamada al guardia de seguridad.
Es una acción casi cómica. Cierro la puerta con un resoplido.
Sé que es tarde. Y sé que debe ser un suplicio intentar dormir mientras del otro lado alguien tararea acordes como si masticara el insomnio.
Pero es igual de agotador intentar construir algo desde la nada, sin más herramientas que una garganta seca y una mente que exige precisión.
Termino arrugando las hojas. Todas. Antes de siquiera rozar un par de notas que me parezcan dignas.
Envío un mensaje a Hellen para pedirle que me reserve el Estudio B durante las mañanas. De inmediato me responde más que contenta por mi decisión. Y, tal como se lo pido, pasa por mí a las siete en punto del día siguiente.
Tengo un primer ensayo de la novena melodía pacífico y exitoso junto a Latorre y el equipo de sonido.
Luego, inicia mi intento —y fracaso— por componer.
Hellen me acompaña todo el tiempo, mientras trabaja en un costado del estudio.
Más de una vez expresa lo orgullosa que se siente de mi entusiasmo y esfuerzo.
—Prometo que esta vez lucharé para darle valor a las oportunidades que me dan.
Hellen me sonríe con ternura.
—Intentaré no preocuparlos.
Ambos sabemos que esto no solo implica luchar por conseguirlo y hacerlo bien. Implica también luchar contra esa parte de mí que duda cuando todo parece claro, se repliega cuando debería avanzar y cuestiona todas mis alegrías.