El dilema de mirar un cielo estrellado 8
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La felicidad es momentánea, lo he sabido siempre. Hay un tirón en el pecho que reconozco demasiado bien: esa anticipación absurda de que, cuando alguien se va, algo en mí también se suelta y cae.

Durante un tiempo que no supe medir —porque uno no mide la eternidad cuando cree vivirla— llegué a pensar que la estadía de Callan en Saras sería permanente.

Como si ese hiato en su vida profesional pudiera estirarse como un verano sin fin, como una nota sostenida más allá del compás.

Le ofrecí ocuparme de todo, que se mudase conmigo por al menos un tiempo.

Pero no. Ella, con ese fuego tan suyo, tan firme, se empecinó en independizarse de mí.

Por esa extraña mezcla de vocación y terquedad que solo tienen quienes aman de verdad lo que hacen, nos parecemos más de lo que quiero admitir.

—No estudié seis años para nada, Dedrick.

Esta es la oportunidad de su vida, lo sé.

A regañadientes la ayudo a ordenar sus cosas antes de irnos a mi apartamento para que empaque lo que suele dejar allí.

Tomo sus cremas, jabones, champús y acondicionadores, y los acomodo con cuidado en una maleta distinta a la que guarda su ropa.

En otra, guardo todos sus libros de astronomía.

Encuadernaciones sobrias, algunas anotadas en los márgenes con su letra pequeña y angulosa.

Ella me observa desde la puerta con esa expresión que solo se permite en momentos que parecen robados al tiempo.

Es nostalgia, sí, pero mezclada, como si estuviera despidiéndose no solo de un lugar, sino de un instante irrepetible.

Me asalta, de forma mecánica, el recuerdo de la primera vez que nos separamos por un largo tiempo. Tenía la edad justa para no entender nada del mundo y aun así comprendía que algo se rompía cuando alguien partía. Y después de Jillian, cada despedida tiene ese mismo ruido de fondo: un crujido.

Mi carrera en el cine comenzó antes de lo que habría imaginado, y si por mi primer papel me pagaron mejor de lo esperado, fue gracias a Ebba Sandoval.

Con ese dinero pude ayudarla a pagar la carrera que tanto tiempo le llevó elegir.

Ella abandonó al menos tres carreras antes de alzar la mirada hacia el cielo y dejarse seducir por cuerpos celestes.

Por lo que no, no es que no me sienta feliz por sus logros, sé lo mucho que ha deseado obtener el empleo de sus sueños.

Veo a diario cómo se le iluminan los ojos cada vez que habla de cielos despejados, de telescopios anclados lejos del ruido, de datos que solo unos pocos sabrían interpretar.

No todo el mundo tiene la suerte de trabajar en un observatorio astronómico alejado del circuito turístico, en plena línea de investigación científica.

Tampoco es que vayamos a estar tan lejos.

Estelaria está a varios kilómetros de Saras.

Un viaje extenso, sí. Pero hay distancias que no se miden en kilómetros, y yo no estoy preparado.

No todavía. No para abrir la puerta y no escuchar sus pasos por la casa los fines de semana.

No para enfrentar el silencio con olor a comida de gato y el leve zumbido del refrigerador como única compañía.

Incluso Boomie ya ha empezado a dejar pistas de su descontento. Ve a Callan entrar al apartamento y su manifestación se basa en derribar cosas, arrastrar ropa, tirar objetos en la sala. Su instinto debe decirle que algo anda mal.

Pobre. He pensado en contratar a alguien que cuide de ella, pero los cuidadores no se quedan. Entran, limpian, alimentan y se van. Boomie lo sabe. Yo también. Ambos entendemos que la ausencia no se compensa con presencia fugaz. Vamos a extrañar las visitas frecuentes de nuestra mejor amiga.

—Uh, a ti te voy a extrañar demasiado —lloriquea Callan mientras toma a Boomie entre sus brazos y la llena de besos.

Ella se queja, aunque ronronea al mismo tiempo.

Así es Boomie, te ama y te detesta por partes iguales—.

No olvides que somos mejores amigas, a pesar de todo.

Te vendré a visitar siempre siempre siempre que pueda.

—Se gira a mirarme con los ojos entrecerrados—.

No vayas a regañarla demasiado, porque lo sabré.

Alzo las manos de manera inocente. De verdad, me ofende. Como si supiera que Boomie es quien manda dentro de estas cuatro paredes.

Qué doloroso es despedirla. Es como si el tiempo se estirara hacia el infinito y me gritara que esta podría ser la última vez.

No hay razón lógica que lo sustente, pero mi cerebro no distingue entre un «hasta pronto» y un «adiós».

Algo en mí se aferra con torpeza a la calidez breve de su abrazo, al leve roce de sus dedos, que parecen pedirme que la deje ir sin decir una palabra.

La abrazo antes de salir. La vuelvo a abrazar en el estacionamiento de mi edificio.

Y otra vez más en el aeropuerto. Me resulta imposible soltarla.

A ella y a su maleta. Me aferro a ambas como si contuvieran las últimas piezas de una cotidianeidad que se deshace mientras la vivo.

Cuando anuncian su vuelo, algo dentro de mí se encoge.

La abrazo por última vez y mis manos ya no son del todo mías, como si sostuviera a alguien desde afuera de mí.

El llanto se me acumula en la garganta como una avalancha sin escape.

Lo contengo como puedo, de manera poco elegante, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos.

La veo alejarse hacia la puerta de embarque, girarse, levantar la mano en un gesto que es mitad despedida, mitad promesa.

Yo también levanto la mano, pero no estoy seguro de qué estoy diciendo con ella.

Tal vez, «no te olvides de mí». Tal vez, «no te vayas por tanto tiempo». O quizá, simplemente, «regresa ahora».

El primer fin de semana sin ella es duro.

Cada habitación tiene un eco que no existía antes.

Es llegar y saber que estoy solo junto a Boomie.

Es comer en soledad, a veces escuchando un video aleatorio para no sentirme tan solo.

Es beber el té y sentir algo de nostalgia.

Es un primer fin de semana entre lágrimas, mientras que el segundo es soportable.

Duro en sí mismo, con la soledad y el silencio, pero soportable hasta que caigo dormido.

Sé que es cuestión de costumbre, no tardaré en hacerlo.

Pronto los fines de semana sin ella se volverán parte de la rutina.

El tercero lo olvido cuando estoy fuera de casa, hasta que entro a mi edificio y recuerdo que solo está Boomie lloriqueando en el apartamento, y que seguirá así.

Al menos, nuestras llamadas son diarias, sin falta, y aunque para mi demandante cerebro es insuficiente, funciona como una especie de consuelo.

Ver su rostro me calma, incluso cuando ignora cuánto me pesa verla llenarse la boca de fideos instantáneos.

La regaño por comer mal. Es una vieja costumbre no darse tiempo para sí misma y gastar el dinero en otras cosas que para ella son más importantes que alimentarse.

Callan tiene una infancia difícil, quizá por eso nunca ha sabido cuidar de sí misma.

Crece en la pobreza, al cuidado de su hermana mayor, con un padre golpeador y una madre ausente, que trabaja todo el día para mantener a la familia.

Supongo que eso cuenta como pérdida. Por eso, se va de casa en cuanto tiene oportunidad.

Yo no sé demasiado de ello, solo recuerdo que en un punto de nuestras vidas nos volvemos inseparables.

Callan trabaja duro para pagarse la universidad, incluso con mi ayuda; siempre he admirado eso de ella.

Ahora está en Estelaria, en la zona de investigación de uno de los observatorios más grandes del país.

—¿Cómo te fue en la entrevista? ¿Cuándo la suben?

Desvío la vista hacia la televisión apagada de la sala.

Me toma un momento responder, tengo que descifrarlo en mi propia memoria.

Han sido días un poco extraños. No malos, solo extraños.

En su ausencia y en la compañía de otras personas.

Cambios de horarios, cambios de actividades, adelantos de fechas.

Ayer fue la primera entrevista promocional de Ritmos de ruina .

Las entrevistas —sobre todo las primeras— son pruebas de campo.

No se trata solo de hablar de la serie; se trata de ver qué versión de ti mismo vende más y qué historia quieren construir detrás de la realidad.

Si los actores del reparto somos cercanos, eso ayuda. Si parecemos cómplices, eso vende.

Nos recibieron en un estudio forrado de negro, pensado para absorber el sonido y las distracciones.

Había pequeñas luces cálidas suspendidas sobre nuestras cabezas, las que emitían un incómodo resplandor —lástima que me hace ver tan bien—.

En el fondo, una pantalla proyectaba el logo de la serie.

Nos esperaban maquilladores, vestuaristas de respaldo, un productor con cronómetro en mano y un asistente de prensa que repasó con nosotros la lista de temas que podíamos y no podíamos tocar.

—Enfóquense en la serie —nos pidió Latorre durante el trayecto—.

En el proceso, en la conexión entre los personajes.

Si preguntan sobre sus vidas personales, rían, desvíen el tema, hagan bromas.

No se enreden con fechas, no prometan cosas que no se han confirmado, y si no saben qué responder, pasen la palabra.

Frases ensayadas, sonrisas no del todo espontáneas. Esto no es nuevo para mí. Pero ver a Seren en ese entorno sí lo es.

—Ah… Seren —suspira Callan.

Yo pongo los ojos en blancos, pero acabo sonriendo con solo recordarlo.

Seren parecía sacado de una campaña de perfume.

Llegó con el cabello húmedo y despeinado, y con una camisa de lino blanco, que lo hacía ver casi ficticio en conjunto con unos pantalones que estilizaban su figura.

Su piel, esos ojos brillantes, su expresión suave; era un estilo elegido para gustar.

A su lado, me habían escogido algo más sobrio, un conjunto semiformal color gris, camiseta negra.

Nos sentamos uno al lado del otro en un sofá estrecho.

Cuando encienden las cámaras, algo cambia en él, como si le hubieran presionado un interruptor secreto.

Se transforma en una versión más brillante, más articulada y encantadora.

Responde sin titubeos, hace bromas y toca mi brazo cada vez que la entrevista se torna demasiado formal.

Me busca en más de una ocasión, un falso gesto de complicidad, de esos que a los espectadores les resulta entrañable.

Los técnicos se ríen por detrás de las cámaras.

El camarógrafo le hace un gesto de aprobación con los ojos.

El productor asiente. Todo funciona. Es hábil. Magnéticamente hábil.

Estoy pendiente de él, mientras siento ese pinchazo tonto de alerta en la nuca.

No por celos, sino por desconcierto. Intento cuadrar su imagen con mi propia experiencia; reconocer en ese rostro al mismo chico que se queda en silencio durante los ensayos, que evita el contacto visual, que se sienta con los codos pegados al cuerpo y las manos apretadas entre sí como si tuviera miedo de ocupar demasiado espacio.

El mismo que no articula más de tres palabras seguidas si no están impresas en el guion.

Por supuesto que puede transformarse. Es un actor. Pero no pensaba que supiera hacerlo tan bien fuera de escena. Incluso durante la pausa, el director de contenido va a felicitarnos.

—La dinámica entre ustedes funciona increíble, el equipo está encantado —repito con tono de burla, aunque no con las palabras exactas.

Callan niega con su cabeza mientras ríe.

Exhalo un pesado jadeo de disgusto y agotamiento—.

¿Puedes creer que le celebró ese comentario?

Tuve que salir antes de que me dieran ganas de vomitar.

O sea, yo sonreí, ¿qué más podía hacer? Pero en serio, no puedo con él…

así . Necesito que las promociones se acaben ya.

—Me cuesta un poco imaginar a Seren de esa forma.

Sé que puede que esté exagerando. Yo también soy una persona diferente frente a la cámara, tengo una imagen un poco más seria y tranquila, tal vez, menos agradable para el ojo público.

Ahora que lo pienso, puede que a Seren le sorprendiera tanto como a mí verme en una faceta distinta en la entrevista.

—Pero, en fin —digo mientras me levanto para mover el celular y mi plato vacío hacia el lavabo. Hora de enfocarme en algo distinto para no perderme—. ¿Cómo va el trabajo?