El dilema de mirar un cielo estrellado 7
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La postproducción de un audiovisual toma el tiempo que el amor por él te permite entregarle.

Ritmos de ruina tardará al menos medio año en edición.

Sé lo importante que es esta producción para la agencia y, sobre todo, para Ariadna Latorre.

Por lo que no me sorprendería que tarde un poco más de lo esperado.

En tanto, junto al equipo de producción y el reparto, llevamos un par de días en la agencia conversando sobre las entrevistas y programas a los cuales asistiremos a partir del año entrante.

La recepción en redes sociales al anuncio de estreno de la serie ha sido tan favorable que los programas de variedades no se hicieron esperar.

—Vamos con calma —comenta Josh—. Creo que necesitamos entrevistas tranquilas para que puedan hablar sobre el proceso creativo de Ariadna. Luego, podemos pensar en programas de… variedades.

Me mira directamente, sabe que no es de mi agrado cuando comienzan los programas invasivos con juegos de preguntas y cosas similares.

Es incómodo, si no tienen relación con la producción de la serie.

Sé que aquellos programas que indagan sobre la forma en la que te preparas para una serie de este tipo son escasos, están más enfocados en hacer bromas sin sentido o juegos que no tienen relación con el producto en sí.

Pongo los ojos en blanco e ignoro ese hecho.

Da igual lo que yo piense, si la agencia acepta los tratos, eventos y entrevistas, yo asisto con mi mejor cara.

Josh solo finge que lo habla conmigo. Hellen me da palmadas en la espalda en señal de apoyo, casi diciéndome que sobreviviremos juntos.

Me pregunto si Seren tendrá la valentía para enfrentarse a presentadores de programas de variedades.

En la sala de juntas, todos hablan como si estuviéramos hechos de cifras y plazos.

Yo asiento, sonrío y callo la mayor parte del tiempo.

Solo comento cuando una situación me parece intolerable —como, por ejemplo, realizar cuatro entrevistas en un solo día—.

El té me sabe a tinta añeja, pero igual lo bebo para mantenerme despierto mientras discuten estrategias de difusión.

Hellen toma notas, aunque sabe que todo esto ya está decidido. Josh me hace gestos sutiles con las cejas, con la postura, con las manos: no frunzas el ceño, no cruces los brazos, no muestres tus garras. No nos arruines esto.

¿Es una señal de que es algo que suelo hacer con frecuencia?

Según recuerdo, suelo ser obediente y optimista todo el tiempo.

Si en algún momento he hecho las cosas mal, ellos siempre me acompañaron y me ayudaron a enmendarlas.

Que sigan pendientes de esos errores me recuerda lo frágil que es el honor.

Puede que para el estreno de «Los secretos» me haya negado a salir en programas de variedades y por ello mi papel y mi presencia en la película no tuvieran un buen recibimiento por el público.

Fui irrelevante por mantenerme invisible.

En mi defensa, estoy seguro de que al director nunca le caí bien; pese a mis audiciones, tampoco conseguí el protagónico en esa película.

Sin hacer el menor gesto de incomodidad, con una sonrisa casi automática, firmo los papeles.

Mis dedos están fríos. El olor a tinta, papel y desinfectante del salón hacen que me lata un punto en la nuca.

Es como si mi cuerpo supiera que algo definitivo ocurre y reaccionara con su particular manera de advertirme que podemos ser empujados al abismo, cuando menos lo esperemos.

Mientras trazo mi firma, me invade esa extraña mezcla entre rendición y dolor.

Por un instante, veo la curva de la firma de Jillian en mi memoria, la forma en que siempre ponía demasiada presión al trazar su inicial.

Ese destello me aprieta el estómago. Tener mi nombre en todos estos papeles debería ser un triunfo, pero solo me recuerda que si algo sale mal, será mi apellido todo lo que vuelva a quedarme.

Nos reparten las fechas de promoción, los nombres de los entrevistadores, incluso los hashtags que debemos memorizar.

Nadie pregunta cómo nos sentimos con esto.

La maquinaria está en marcha. Todos parecen entenderlo sin decirlo: esto es todo o nada.

Y yo, claro, también. Nunca he sido de los que se lanzan a medias, siempre voy en serio.

Pero esta vez la sensación es distinta, una especie de determinación que no sé si viene del cansancio o del deseo honesto de no sabotearme.

Me digo que no voy a huir, que no voy a dejarme arrastrar por esa vieja —enorme, persistente— necesidad de desaparecer en el momento justo antes de lograr algo.

Y, mientras doblo los papeles, los organizo y los dejo alineados sobre la mesa, no puedo evitar preguntarme si alguien más siente lo mismo. Si alguien más está fingiendo que todo está bien con una sonrisa idéntica a la mía.

Dos semanas más tarde, el equipo se pone en marcha a los sets de grabación y promoción. Etapa de redes sociales. Contenido cálido para el algoritmo.

Nos citan a las diez. Seren ya se encuentra dentro del camarín cuando llego. Le arreglan el cabello recién teñido. Tiene un vaso de café en la mano, temblorosa, que se agita aún más por la forma en que mueve la pierna. Tiene los ojos cerrados, pero me saluda cuando yo lo hago.

La nueva maquilladora tiene una habilidad innata para destacar las mejores facciones de cada uno.

No imagino de qué forma ha logrado que los ojos oscuros de Seren Montiel se vean más enormes y brillantes de lo usual.

Intento no mostrarme intimidado por la forma en que me mira cuando me encuentra a través del espejo.

Es más, finjo ser fuerte y alzo las cejas una vez para molestarlo, lo cual, sin expectativa alguna, logra formar una pequeña curva en esos labios que no expresan nada en su cotidianidad.

Hellen y Velandia nos explican de qué trata el video que tenemos que grabar.

Es una presentación e invitación para ampliar la expectativa sobre la serie.

Nada de revelar detalles sobre la trama y siempre respetar lo que digan los carteles frente a nosotros.

Si todo sale como está planeado, lo subirán unos días tras la presentación del reparto en la cuenta de la serie.

Eso me entusiasma y me aterra por partes iguales.

Seré el último en ser presentado, debido a mi papel como protagonista, una situación que jamás creí tener oportunidad de vivir en carne propia.

He sido parte de tantos proyectos, muy pocas veces presentado y demasiadas veces omitido. Esta vez soy la imagen principal.

—Qué orgullosa estoy de ti —me dice Hellen mientras me acomoda un mechón rebelde—. Hace tantos años que Josh y yo intentamos convencer a la agencia de apostar por ti…

Miro hacia abajo. Estamos solo los cuatro en el camarín, pero me avergüenza que Seren tenga que escuchar esto.

—Lo has hecho increíble —continúa—. Aún queda mucho camino, pero solo te has escapado una vez, esa es una buena señal.

La risa de Velandia hace que se me abriguen las mejillas, pero me mantengo firme y finjo que me da igual.

Seren está atento a la pantalla de su celular, frunce el ceño mientras teclea con rapidez.

Me ofende y a la vez me tranquiliza que le dé igual esta conversación sobre mi aparente rebeldía.

Al poco rato, se levanta con el celular pegado a la oreja:

—Mamá —alcanzo a oír antes de que la puerta se cierre.

Velandia se queda quieto un instante antes de salir tras Seren. No es hasta que nos quedamos solos Hellen y yo, que me atrevo a decir:

—Gracias por creer en mí.

Ella sonríe tan amplio que sus mofletes por poco le esconden los ojos.

—Toda la vida he creído en ti. Eres talentoso y apasionado. Eres tú quien necesita convencerse de lo que vale, Dedrick.

El recuerdo de cada uno de mis fracasos y todas las ocasiones en que pude hacer algo para evitar que mi nombre estuviese en los asientos del fondo decide invadirme justo ahora.

Qué injusto es cuando necesito mantenerme estable y mi cerebro amenaza con desconectarse de sí mismo para transformarme en mi propia marioneta.

El set para el video me parece una locura, pero una de las buenas.

Hay luces suaves, una pantalla que proyecta nebulosas y estrellas, una alfombra de color negro y un enorme sofá color blanco, donde Seren se encuentra sentado mientras lee el breve guion que nos entregaron.

Toda esta producción solo para grabar un video de noventa segundos y tomar un par de fotografías.

Tomo un profundo respiro, leo mi parte en voz baja y cierro los ojos para memorizarlo. Debe salir natural, pero debo volver a interpretar a Ded Rossel, alguien que no me agrada demasiado.

Seren se levanta del sofá y aprovecho de pararme delante de él. Busco una de sus manos y le pido que la pose en uno de mis hombros. Obedece, incluso lo presiona con cierta fuerza. Quizá más fuerza de la que pensaba. O quizá bastó el contacto para que mi cuerpo se desarmara.

—¿Dónde quieres ponerte? —pregunto entre una pequeña risa.

—Justo aquí.

—Pero se ve mal. Creo que así quedamos mejor. Eres muy alto.

—Y se ven más cercanos —interviene Velandia. Se acerca a Seren, se pone de puntitas para alcanzar su cabello y acomodarlo un poco—. Quédense justo así.

Seren suspira y toma su guion. Rápido me enfoco en el mío para unirme a su ensayo improvisado.

—Todo lo que una vez asciende, cae —lee en voz alta.

—Hola, soy Ded Rossel.

—Y yo soy Seren Montiel.

—Y estamos aquí para contarles algo importante… —Seren mueve su mano para que yo continúe—. Eh…

Esta parte del guion tiene su nombre al costado. De principio a fin.

— Ritmos de ruina no es una serie común —continúo—.

Es una historia sobre el precio del éxito, las luces del escenario…

y lo que pasa cuando esas luces se apagan.

—Alzo las cejas, pero él insiste otra vez—.

Va sobre encontrarse, perderse y a veces, sobre tropezar con alguien que te cambia el rumbo sin pedir permiso. —Presiono los labios—. Tú.