El dilema de mirar un cielo estrellado 6
26%

6

La última vez que me emborraché fue cuando decidí que no volvería a hacerlo. Sé lo que significa la confusión, el dolor de cabeza, el malestar en el estómago, la boca que sabe a mierda incluso si no has vomitado la noche anterior. Por ende, ni siquiera olí el alcohol durante la fiesta.

Con seriedad me pregunto, ¿por qué siento todo este malestar como si yo fuese quien se dedicó a beber hasta la inconsciencia?

Casi pasa el mediodía, y me cuesta levantarme del sofá.

Tal vez por la mala noche. El estrés de saber que Seren duerme en mi cama.

El dolor de espalda por dejar que Boomie durmiera en mi pecho, reclamando el sofá como suyo.

O la preocupación de que Callan está por levantarse.

Es como si algo dentro de mi cuerpo confundiera el presente con un eco antiguo.

—Buen día —canturrea mi mejor amiga.

Siempre va directo a mi vieja tetera, pero esta vez se detiene a medio camino. La cafetera parpadeante emite un sonido que me delata. Tengo dos segundos para parecer alguien que no ha dormido bien y necesita con urgencia esa bebida que no ha tolerado jamás.

La saludo mientras me froto un ojo. Ella se queda quieta, como si con solo mirarme pudiera leer una página que aún no he escrito. Eso me inquieta, porque hay partes de esa página que ni yo mismo quiero leer.

Callan alza una ceja y me observa sin decir nada. La conozco, sé que no va a preguntar. No todavía. Espera a que el té repose, a que el pan comience a tostarse y el aire se llene de algo más amable que mi silencio. Solo entonces me dirige esa mirada que escarba.

—Hay alguien en tu habitación —afirma. Se me sube el corazón a la garganta—. Escuché todo anoche.

Saca la lengua en señal de asco y, con cuidado de no dejar caer la tapa de la tetera, alega:

—Uy, compra una tetera nueva, por favor.

Bien. Escuchó a Seren llorar. Es curioso cómo un sonido puede desencadenar una procesión de pensamientos, una arquitectura entera de conjeturas. La mente, cuando quiere, se convierte en una máquina implacable.

Niego con la cabeza, con ese gesto automático de quien intenta sacudirse una idea demasiado insistente. Me incorporo. Es hora de despertar a Seren… y de que yo también, de algún modo, me despierte. Necesito una ducha. Necesito ignorar las insinuaciones de Callan.

—Sí, pero no —digo mientras me desperezo. El estirarme me devuelve un poco la voz al cuerpo—. Fue una buena noche, pero no del todo.

—No seas malo, no te vaya a escuchar… quien sea que esté allá.

—No me acosté con él, si es lo que crees.

—¿Él?

Se me sube ese calor incómodo que siempre siento en las mejillas cuando algo me descoloca. No es que Callan ignore la posibilidad —por remota que sea— de que se trate de un hombre, pero aun así me avergüenza que toque esa fibra de mi intimidad.

No suelo invitar gente a casa porque rara vez me siento cómodo con extraños.

Necesito algo más de tiempo, una suerte de ritual.

Quizás un par de citas, conversaciones personales que se extiendan hasta la madrugada, desarrollar complicidad.

Solo entonces puedo cerrar una puerta y quedarme a solas y desnudo con alguien.

—No es lo que crees. —Intento sonreír, aunque mi voz se enreda en una risa nerviosa.

—¿Entonces?

Estoy a media historia, cuando una puerta se cierra en un rincón del apartamento. Callan se sobresalta por la emoción de al fin tener la oportunidad de conocer a Seren Montiel.

Él cruza la sala sin prisa, con el torso descubierto, una toalla atada a la cintura y el cabello aún húmedo. El vapor de la ducha parece seguirlo como una sombra tibia. Callan gira de inmediato, me da la espalda con una rapidez teatral, y suelta un leve puntapié contra mi tobillo.

—Lo siento —dice Seren con la voz apagada—. ¿Sabes dónde quedó mi ropa?

Callan vuelve a darme un puntapié.

—La puse a lavar. —Me froto la nuca—. Toma algo mío. Apenas se seque, te la llevo.

Seren recorre la casa con la mirada. Sus ojos saltan de un rincón a otro, como si cada objeto fuera un signo que intenta descifrar. Lo entiendo. Estar en un lugar que no es el tuyo, con alguien que apenas conoces, el día siguiente a una borrachera, debe ser incómodo.

Con eso en mente, casi salto a decirle que se sienta como en casa.

Que si necesita una pastilla, están en el botiquín.

Que puede desayunar cuando quiera, o si prefiere irse, le pido un taxi sin problema.

Sin embargo, solo digo que no se preocupe por la ropa, que no necesito que me la devuelva.

Pero las palabras me salen torpes, desordenadas.

Una tras otra, como si compitieran por salir primero.

Callan ríe a mis espaldas, sin ningún disimulo, como si él no pudiera oírla. La sonrisa que se le escapa a Seren demuestra que sí, que lo ha hecho. Suspira un «bien» y se pierde en el pasillo.

Me dejo caer sobre la isla. La risa de Callan llena mis oídos y soy yo quien le da un puntapié.

—Ya comprendo por qué lo odiaste el primer día. Es guapísimo. Eres un envidioso.

—No lo odié por eso —murmuro—. Ni siquiera sé de dónde sacas que lo odié. No es verdad.

—Claaaro —se burla mientras me sirve una taza de té—. Porque ser tu nuevo rival, joven, guapo y talentoso no es motivo suficiente para odiarlo.

—Cállate. Te va a escuchar.

En mi experiencia, las personas más silenciosas tienen el mejor oído.

—No te excuses, lo entiendo todo ahora.

Callan se mofa de mí todo el tiempo. Me recuerda que de verdad Seren está moviendo mis cosas en la habitación, ha usado mis productos en el baño, ha tomado mis toallas y ahora mi ropa del closet, la que, como era de esperarse, no le queda.

Mis pantalones le llegan a los tobillos, pero es irrelevante.

Lo que sí me pone un poco tembloroso es que se ha puesto mi camiseta favorita debajo de una sudadera que a mí me va grande.

Se ve bien, para variar, cómodo y cerca de un terreno que no manejo.

Finjo que no me importa. Le sirvo una taza de café y unas tostadas junto a algo para untar.

El desayuno a mediodía no me gusta para nada de por sí, esta vez aún menos.

Seren agradece y come en silencio, mira todo el tiempo su plato.

Callan se presenta e intenta entablar una conversación con él.

Aunque recibe respuestas vagas a sus preguntas ya banales, gracias a ella no estamos en silencio.

De vez en cuando, mi mejor amiga me da puntapiés; supongo que me paso más tiempo del saludable mirando a Seren comer.

No quiero que se sienta poco bienvenido, pero tampoco sé qué más decir para aliviar mi tensión.

Mi cerebro despertó descarrilado. Es suficiente con la conversación que Callan ha establecido sobre la serie y todo lo que tenemos que hacer posterior a las grabaciones.

Antes de levantar todo, le ofrezco a Seren otro café. Lo veo algo más animado que hace media hora, incluso me regala una pequeña sonrisa cuando le sirvo. Se sienta en el sofá junto a Boomie y le acaricia la cabeza. Ella, recelosa, le huele la mano y luego se aparta.

—¿Podrías llamarme un taxi?

—¿No te quedas a almorzar? —le pregunta Callan.

—Seguro tiene cosas que hacer —digo.

—La verdad, no. —Seren se encoge de hombros—. Pero no quiero abusar. Tal vez, en otro momento.

Seren es de esas presencias que no ocupan espacio.

Tiene esa manera de estar que no exige nada y siempre deja algo, aunque no sepas nombrarlo.

Compartir el tiempo con él no pesa. Al contrario, hay una paz rara en su compañía.

Así que no pasa nada. Podría quedarse el tiempo que deseara, estaría bien.

En lugar de obedecer a lo que pienso, tomo mi celular y le llamo un taxi. Quince minutos más tarde, Seren se marcha.