5 #2
Su cuerpo encorvado, su cabeza ladeada hacia el hombro, la camisa arrugada y manchada de algo negro que no pretendo identificar. Nadie lo mira, nadie lo cuida. La escena cambia de textura. El problema no es Seren. Es el contexto. El alcohol ajeno. La música baja. La madrugada que se tuerce.
Velandia desapareció hace un rato. Sé que nadie sabe —o quiere saber siquiera— a dónde tiene que volver Seren.
Resoplo frustrado, llamo el taxi de una buena vez y me acerco a él. Prometo que solo haré un intento, mientras espero mi vehículo.
—¿Te vas a casa? —le pregunto.
Es una pregunta estúpida. Está claro que no puede siquiera mantener los ojos abiertos por mucho tiempo.
Probablemente, hace horas que dejó de saber siquiera dónde se encuentra.
Me mira como si mi voz llegara desde algún lugar debajo del agua.
Sus labios se abren, pero no sale nada. Tiene ese brillo desbordado en los ojos y ese temblor mínimo en las comisuras.
«Un borracho sensible, eso es lo que eres Seren Montiel». Quién lo hubiera imaginado.
Me repugna lo fácil que me desarma la fragilidad ajena. Verlo así me toca de una manera que es incómoda.
—Vamos —ordeno.
No tiene alternativa. Lo tomo por el brazo, pese a que refunfuña incoherencias.
Se remueve como si quisiera apartarme. Al menos, no le dura el berrinche; se deja guiar, aunque me pesa un montón.
En el taxi lo recuesto hacia la ventana, y noto que respira pesado, sigue refunfuñando y canturreando cosas que no comprendo.
Por momentos, siento que llora, pero es lo que tiene el exceso de alcohol en el sistema.
El chofer nos mira con un deje de burla a través del retrovisor durante todo el trayecto.
Callan va a asesinarme. Primero, con su ira, por traer personas desconocidas a casa sin avisarle. Luego, con burlas y preguntas acerca de mis motivos para hacerlo. Sobre todo, por específicamente de quién se trata.
En el ascensor, Seren apoya su cabeza sobre la mía, ya que no puede alcanzar mi hombro sin caerse, lo cual me parece tan humillante como divertido.
Me apena un poco verme tan bajo a su lado.
Apenas cruza la puerta de mi apartamento, se desploma sobre el sofá y suspira pesado.
Ni siquiera intenta explicarse. Su dignidad —si eso es lo que siempre mantiene erguido su cuello— parece haberse quedado en algún rincón de esa fiesta.
Boomie trepa al respaldo del sofá y, con cautela, se inclina a olfatearlo. Ahí, rendido, lo escucho decir:
—Gracias por ser tan bueno.
Lo dice como si me conociera. Como si supiera que eso es precisamente lo que no soy. O como si quisiera creérselo, al menos esta vez.
No puedo dejar que pase la noche aquí, Callan no debe verlo antes de que yo se lo explique. Así que lo muevo con cuidado para que no caiga dormido, le golpeo el hombro, tiro de su ropa, pero me ignora todo el tiempo. Mi última alternativa es lanzarle unas gotas de agua a la cara.
Cuando me acerco con el vaso en la mano, Seren vuelve a refunfuñar:
—No te atrevas.
—Entonces, levántate, Montiel.
Me cuesta el doble de trabajo llevarlo hasta mi habitación, casi tengo que arrastrarlo hasta mi cama. Vuelve a dejarse caer con fuerza sobre el acolchado, pero yo me quedo tranquilo con ello.
Estoy a punto de salir cuando escucho que algo se le acumula en la garganta.
Ay, no. Parece que revive en el momento en que se levanta y corre hasta la puerta que da al pasillo.
Alcanzo a decirle que el baño está justo detrás de la puerta frente a la cama, para que no despierte a Callan.
Con disgusto lo escucho vaciar el estómago.
No sé si lo ha hecho en el lavamanos, en la ducha o en el inodoro.
Donde sea, lo obligaré a limpiarlo por la mañana.
Voy por un vaso de agua fría. Al regresar, mi primer pensamiento es que ha de estar dormido, pero al escuchar sus sollozos, pongo los ojos en blanco.
En fin, en lo que me he metido. Me inclino un poco y me mareo.
Me toma un par de respiraciones volver a sentir mis manos como mías.
No entiendo por qué este escenario me está arrancando del suelo.
—Oye —lo llamo con suavidad—, Seren.
Su cabeza reposa en sus antebrazos, los cuales ha apoyado sobre la tapa del inodoro.
Su llanto es desordenado y torpe, como todo en él esta noche.
Se le quiebra la voz en agradecimientos que no necesito, en frases que no sé si debo escuchar.
Dice que estoy siendo bueno, que no tiene a nadie aquí, que no entiende cómo terminó así.
Que no es esto lo que quería, pero tuvo que hacerlo.
Que se siente solo. Que no debería sentirse solo.
Palabras que caen como piedras dentro de mí.
Su dolor me duele. No debería afectarme así.
Me tiembla la mano cuando la acerco a su espalda para darle un par de palmadas.
Aunque soy malo reconfortando a las personas, esta vez surte efecto, se calma un poco.
Hubo un momento en que quise que me dijera cómo se sentía, pero no tenía que ser así. Es tan evidente que mañana se arrepentirá. También yo. No sé cómo lo voy a enfrentar cuando despierte.
Se niega a darse una ducha, aunque sí se quita la ropa.
Me lanza sus zapatos, su chaqueta, camisa y pantalones.
Todo queda tirado en el piso de mi habitación.
A los segundos, se levanta con dificultad y se apoya en el lavamanos.
Su espalda se ensancha cuando se inclina para mojarse la cara y enjuagarse la boca, separa sus largas piernas para sostenerse. A regañadientes le tiendo una toalla.
No tarda en volver a lanzarse de bruces en mi cama. Tengo que desviar la mirada para no examinarlo. La curvatura de su espalda es tan difícil de ignorar, que me apuro en cubrirlo con una manta. Acción algo inútil, pues al poco rato me atrapó mirándole las pantorrillas.
—Quédate —me pide.
Tiene los ojos medio cerrados. Sabe lo que pide, aunque su mente esté nublada, porque sonríe, estoy seguro, por la impasibilidad de mi rostro, que intenta esconder mi desconcierto.
No le respondo. Apago la luz y me quedo de pie junto a la cama unos segundos que se alargan más de lo prudente. Hasta que cae completamente dormido.
Me arrastro hasta el sofá de la sala. Me despeino con frustración, mientras resoplo para no escuchar el tamborilero en mi pecho. Tengo que escucharme a mí. Ignorar esa parte que, aunque sea un segundo, reaccionó a la vulnerabilidad de Seren como si me correspondiera cargar con ella.