El dilema de mirar un cielo estrellado 5
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Sobrevivo a base de nostalgia. No me es especialmente valiosa, pero cuando el presente aprieta, el pasado es lo único que no se mueve, y esa idea me ordena. En días como este, la nostalgia es más fuerte.

Mi primer último día de grabaciones fue doloroso.

Jillian estaría orgullosa de verme llegar hasta aquí.

Siempre decía que mis primeros pasos iban a quedarse cortos frente a todo lo que vendría.

Grabar mi primera película y sentir que se terminaba fue como terminar con toda mi vida.

En aquel entonces tan solo era Dedrick Rossel, solo tenía un sueño, expectativas enormes y una sonrisa lo suficientemente dulce como para intentar conseguir lo que quisiese.

Este último día de grabaciones de Ritmos de ruina ha sido reconfortante y desalentador a la vez. En su sano juicio, ¿quién que ame lo que hace querría que su momento de trabajar terminase? Para mí, nadie. Pese al agotamiento que conlleva grabar, es satisfactorio cada día de trabajo.

Durante la noche, todo el equipo se traslada al Perihelio, un restobar muy frecuentado por el personal de Lunaris un consuelo casi infantil pero eficaz para un pecho que no dejaba de doler.

Pese a que ninguno lo dice, su esperanza en mi carrera ha recuperado su brillo. Todo gracias a mi insistencia por obtener este papel y, mucho más, por haberlo conseguido.

—¿No creen que es un poco triste que haya terminado tan pronto? —pregunta Hellen—. Mi parte favorita de todo es ver a Dedrick actuar en directo, y ya se terminó.

Apoyo mi cabeza en la suya mientras dejo escapar un sonido suave, enternecido por sus palabras. Suspiro antes de hablar.

—Lo es. Me alegra no ser el único.

A ninguno de los dos nos gusta lo que procede: los eventos públicos y la promoción.

A mí, porque debo exponerme al escrutinio público; a Hellen, porque debe seguirme a todas partes y, bueno, puedo ser algo escurridizo.

No soy una persona introvertida ni con un instinto de vergüenza hiperdesarrollado, pero me gusta la paz que me entrega mi soledad.

Siempre escapo, de donde sea que nos encontremos, apenas tengo la oportunidad.

Prefiero esconderme de la multitud antes de que me consuma otra vez.

No hay fatiga más dolorosa que la de sostener una sonrisa cuando el cuerpo pide tregua.

A veces, lo más difícil no es el trabajo, sino el gesto amable que uno debe seguir mostrando, incluso cuando por dentro anhela paz.

Hay días en los que las mejillas no dan más, se agotan como si también llevaran cuentas pendientes.

Comprendes que la cortesía, como todo, también tiene un precio.

Porque no vayas tú a poner una mala cara; espero que estés listo para leer horas de interpretaciones sobre tu comportamiento en redes sociales.

—Anímense —nos pide Josh. Me da una palmada suave en la espalda—. Se supone que estamos celebrando. Después, a descansar. La temporada será un éxito, la gente pedirá la segunda y en poco tiempo estaremos otra vez en el set. Disfruten el presente.

Vaya. Qué complicado resulta simplemente estar. Disfrutar el presente no es un talento natural para quienes vivimos con una brújula que siempre apunta hacia lo que falta. Yo, para mi desgracia y a veces para mi fortuna, soy de esa especie: inconformista por vocación, ansioso por defecto.

Paso gran parte de la noche en la barra, como si el mármol frío y la iluminación baja me ofrecieran un refugio, y lo agradezco.

A veces, me apoyo en el hombro de Hellen o me rio con algún comentario de Josh; otras veces converso con alguien del equipo de arte o con algún actor que me habla como si fuéramos viejos amigos.

Pero la mayoría del tiempo estoy solo, bebo limonada de menta y dejo que el hielo se derrita junto a mis pensamientos.

El ambiente me entorpece. El ruido, la luz estroboscópica, la mezcla de voces y vasos logra que la garganta se me cierre sin motivo.

Estoy suspendido entre el movimiento de los demás, en esa zona donde uno parece formar parte de la escena sin terminar de integrarse del todo.

Me pasa sobre todo en fiestas. Es un segundo de desajuste, una vibración en los dedos.

A estas alturas no sé si me he acoplado, conformado o si es solo es mi forma de ser.

Donovan llega por mí y me tira del antebrazo.

No me niego. De hecho, lo estaba esperando.

No lo había notado, pero quería que alguien viniera a sacarme de ese punto intermedio entre el reposo y la distancia.

En la pista, Donovan se mueve con ligereza; yo bailo con más cálculo, aunque mi cuerpo parece querer demostrar lo contrario.

Es curioso cómo uno se puede soltar sin saber en qué momento ocurrió.

No busco miradas, pero la suya me la encuentro en medio de la gente.

Siento la presencia de Seren sin necesidad de comprobarla.

No sé cuánto tiempo lleva aquí. ¿Acaba de llegar?

Sé que no llegó con todo el equipo. Ahora está al borde de la pista, con un vaso medio vacío en la mano y la espalda apoyada contra una columna.

Luce como si estuviera asombrado de descubrir que puedo hacer algo más que parecer malhumorado y controlador en una sala de ensayo.

No se mueve pero sonríe. Me doy cuenta de que estoy haciendo un esfuerzo consciente por no mirarlo de vuelta, por no permitir que sus ojos cambien lo que hago y la libertad que estaba sintiendo.

Pero ya lo han hecho. Parpadeo para que la sensación desaparezca.

El sobresalto queda adherido como sudor frío.

Donovan se pierde entre la gente y me deja solo. Da igual, al final todos están disfrutando la reunión, por lo que sé que nadie nota o ignora mi presencia, solo la dan por sentada.

La música me atraviesa y por un momento me olvido del resto.

Es cuando me detengo que decido ya no mirar a Seren, antes de que todo se transforme en un juego con esa distancia medida entre su mirada y mi cuerpo.

La disuelvo cuando le doy la espalda. Y así me quedo, porque Hellen se me acerca y juntos bailamos hasta que no siento los pies.

La madrugada cae. Cuando vuelvo a buscar a Seren entre la multitud, ya no está donde lo vi.

Me toma un par de minutos localizarlo. Está desplomado sobre un sofá, su cabeza ladeada hacia un costado, una mano aún aferrada al vaso, el cual es evidente que ya solo lo sostiene por instinto.

Velandia lo acompaña, pero está peor que él, yace dormido sobre la mesa, la chaqueta arrugada bajo el rostro, cómicamente cómodo. Ivanka, por lo que sé, nunca apareció.

Me pregunto cómo piensa Seren irse a casa. Hace unas horas que los vehículos de acercamiento que cedió la agencia se fueron; tenían un horario fijo y quien no se fuese a esa hora estaba por su cuenta.

— ¡ Cariño ! —me grita Hellen. Grita demasiado cuando está borracha. Pero es linda, sus pómulos se ven más regordetes de lo usual—. ¡ Yo me voy a casa ! ¿Cómo te irás?

Ah. Había olvidado que soy del porcentaje que también debe irse por su cuenta. Hellen y yo vivimos demasiado lejos, no hay forma en la que podamos compartir un taxi. Tampoco pretendo irme aún.

—Llamaré un taxi en un rato. No te preocupes.

— ¡ Me avisas cuando llegues a casa !

Le doy una caricia en el cabello mientras asiento.

Al poco tiempo, Josh también se despide.

La fiesta se dispersa de forma natural. Las luces bajan, la música cambia de tono, y yo sigo aquí.

La pista ya es solo un esqueleto de luces frías y música que aún persiste por inercia.

Incluso el Dj se ha ido. A estas alturas, hasta el entusiasmo parece cansado.

Regreso a mi lugar en la barra para llamar un taxi, sin saber si lo que siento es compasión, deseo, enojo, o alguna mezcla ambigua de todo eso.

Desde mi lugar, no dejo de observar a Seren, quien continúa hundido en ese sofá, como si el mueble se lo estuviera tragando despacio.

No ha movido un dedo más que para llevarse el vaso a los labios hasta dejarlo seco.

Es gracioso, porque lleva vacío desde la segunda vez que se lo llevó a la boca.

Debería irme. Camino entre copas vacías y risas esporádicas de algunas personas del equipo, quienes, tan perdidos y ebrios, me vitorean sin motivo cuando paso por su lado. Mierda, debería solo irme, pero no puedo.