El dilema de mirar un cielo estrellado 4 #2
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Resoplo y termino por desviar la mirada. Recupero la distancia, escuchar mis propios pasos me ayuda a ignorar los molestos latidos de mi corazón.

—Estas cosas pasan todo el tiempo. Ya es hora de que te vayas acostumbrando.

He sonado lo suficientemente convincente.

A menos que su sonrisa sea un reflejo o un gesto defensivo, creo que mis palabras funcionan para animarlo.

En cuanto a mí, no sé si estoy al borde de las náuseas o si es solo la ansiedad de querer ensayarlo de una vez, de obligarme a recordar que puedo con esto.

— ¡ Bien, chicos ! —grita Sam—. Ustedes primero.

Es una escena difícil de ensayar; sin embargo, lo verdaderamente arduo es fingir que no siento el peso de Seren pegado a mí, como un segundo pulso que me invade. Hemos caído mal, está claro. No he logrado apoyar el antebrazo en su pecho, porque Seren me ha tomado de las muñecas.

Su respiración entrecortada choca con la mía; un golpe caliente, demasiado directo.

Sus mechones azules me rozan las mejillas, sus ojos oscuros me desestabilizan como un mareo repentino.

Un calor brusco me trepa por el pecho, es como si alguien hubiese descorrido de golpe la cortina de una habitación cerrada y toda la luz me hubiera caído encima.

Tardo unos segundos en recomponer mi máscara de adulto civilizado y pedirle que me suelte.

—Lo siento —murmura.

Se lanza de golpe hacia su derecha, un salto brusco que parece más un escape que un gesto técnico. Velandia corre de inmediato, se agacha y le toca el brazo.

—Idiota —suelto yo, sin poder evitarlo, con ese tono que mezcla diversión y susto—. ¿Estás bien?

Él desvía la mirada mientras se soba el brazo y, de pronto, fiel a su propia rareza, se ríe de sí mismo. Esa risa me suena a un vaso roto en mitad de una cena elegante. Pero qué bien suena.

—Lo arruiné —dice.

—No, estuvo bien para ser la primera. —Me levanto rápido y le extiendo mi mano—. Pero no vuelvas a empujarme las manos, te puedes caer sobre mi nariz y si eso pasa, estás perdido.

Se le escapa una risotada, más natural, que lo lleva a presionar los labios mientras se aferra a mi mano y se levanta.

Decidimos intentarlo otra vez. Seren insiste en tomar mis muñecas, y acabo cediendo a la acción solo porque, en las tres ocasiones, no se ha golpeado con mi cara.

Como ríe cada vez que termina el movimiento, se me escapa el pensamiento de que disfruto esta camaradería, más aún cuando me golpea el brazo con suavidad al decir que la última estuvo genial.

Es una tregua rara entre egos, como una isla diminuta en medio de un mar que tantas veces me envenena.

— ¡ Todos ahora ! —ordena Sam—. ¡ Vamos !

“RITMOS DE RUINA” – TEMPORADA I

EPISODIO 12: “Cuerdas que se cruzan”

INT. ESCENARIO DEL TEATRO – NOCHE

En el centro del escenario, JULIEN sostiene un candelabro encendido. La llama proyecta sombras que se tuercen sobre su rostro.

Un telón gigante cae detrás de él con un estruendo que hace vibrar el suelo y los oídos. LEONEL cruza corriendo entre BAILARINES, que ejecutan una coreografía precisa. HUMO cubre el escenario, denso y opaco. Desde el foso, la ORQUESTA toca en directo, marca un tempo acelerado.

Cada elemento —telón, humo, luces, música— se une en un pulso frenético que llena todo el teatro.

JULIEN

(grita por encima de la música)

¡Esto acaba aquí!

No importa los años que me lleve, voy a

recuperar cada espacio que te llevaste.

Cada maldito aplauso, cada mirada

que me arrebataste.

Aunque tenga que seguirte como una sombra.

Día y noche, en cada escenario,

en cada ciudad.

Luces fluorescentes parpadean. El eco de mis pasos retumba. Seren desaparece y Leonel enciende un cigarrillo. La tensión es espesa. Hay un centenar de personas alrededor, pero Julien solo puede enfocarse en una cosa.

El mundo se inclina.

LEONEL

(sonriendo con malicia)

Me preguntaba cuánto más ibas a

soportar sin venir.

Dime, ¿te dolió? Claro que te dolió.

Pero lo peor es que no robé nada. Solo tomé lo que tú ya no eras capaz de sostener… o, ¿sabes? Suena bien: me lo robé. Es mío.

Tú eres mío.

JULIEN

Jugar a ser yo no te convierte en mí.

JULIEN arrincona a LEONEL contra la pared.

LEONEL tose por el humo, pero mantiene la sonrisa.

De repente, LEONEL empuja a JULIEN y se lanza sobre él. Ambos ruedan por el suelo. JULIEN interpone el antebrazo contra el pecho de LEONEL. EL CANDELAbrO cae. El PÚBLICO aplaude, como si presenciara una interpretación magistral.

LEONEL

Te obsesionaste tanto con la perfección

que olvidaste habitarla.

Yo solo me metí en la grieta.

LEONEL se levanta. JULIEN lo hace unos segundos después; LEONEL lo empuja hacia el centro del escenario.

LEONEL

Míralos. ¡Mira qué bien me queda tu vida!

El público lo ovaciona con gritos, silbidos y aplausos.

Todo lo que alguna vez a Julien perteneció, todas las personas que alguna vez lo amaron, sus amigos, su familia, le dieron la espalda. Todos están aquí, alabando a Leonel Salvatore, el nuevo pianista mágico.

La ovación continúa por un instante. Hasta que noto que floto.

Me miro en el espejo y estoy de pie en dos lugares distintos. Aún lloro mientras los aplausos de mis colegas son atribuibles a lo bien que ha salido el ensayo. Escucho voces que expresan su fascinación, pero no noto las palmadas que dan a mi espalda.

Seren se pone de pie a mi lado. Nos miramos a los ojos. Bueno, él me mira a los ojos.

—¿Estás bien? —susurra—. Relájate.

—Sí. —Me limpio las mejillas. Intento sonreír. Qué difícil es hacerlo desde aquí; soy como mi propia marioneta—. Sabes que me involucro demasiado. Por cierto, estuviste genial.

Me lo agradece. Aun si está muy cerca de mí, no puedo notar del todo su calor hasta que coloca su mano en mi hombro.

Primero me quema, pero no cedo a la reacción aversiva que alerta mi cerebro.

Sé que no es necesario salir corriendo para salvarme de un peligro inminente.

Al menos, no ahora. Es más, ahora parece que funciona.

El calor de su mano corta la niebla. Cierro los ojos durante unos segundos para concentrarme.

Y entonces, noto el peso. «Respira», susurra Seren.

Obedezco. Abro los ojos… y regreso. Noto no solo su mano, también su presencia, su calor.

El mío en todo sentido. Estoy de vuelta, y con el corazón al borde de explotar.

Él vuelve a preguntar por mi estado.

—Estoy bien. —Tomo distancia. Mi cerebro, cien por ciento consciente, actúa solo ante sus instintos de supervivencia—. ¿Tú lo estás?

—En este momento, sí.

No tiene idea de cómo le doy vueltas a esas palabras: «en este momento, sí». Pienso en ello cuando Seren se aleja para arrinconarse y releer el guion durante unos minutos.

Pienso en ello cuando volvemos a ensayar todos juntos.

Pienso en ello cuando Latorre ingresa a la sala y nos pide un último ensayo antes de grabar.

Todo el tiempo pienso en ello, incluso cuando oficialmente la filmación de la primera temporada de Ritmos de ruina finaliza y los abrazos, el agradecimiento y los aplausos llenan el set.

Pienso en ello, cuando Seren se pone de pie a mi lado para tomarnos una fotografía que guarde este día como uno de los mejores en mucho tiempo.

Sé cómo habría sonreído Jillian al verme así, a pesar de que caigo en cuenta de que estoy demasiado cómodo.

La comodidad suele transformarse en una pendiente, un resbalón mínimo.

De inmediato, endurezco un poco la postura, recupero la distancia, el orden.

Me aparto de Seren Montiel apenas el destello de la cámara se apaga.