El dilema de mirar un cielo estrellado 4
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Soy el tipo de persona que es incapaz de dejar que los problemas se resuelvan en el silencio.

Por eso, no puedo dejar de pensar en Seren durante el trayecto a casa, incluso si Hellen me dice que las decisiones que él tome para su vida no son mi problema.

Y es que lo tengo claro, la vida de Seren no me compete.

Pero no pienso dejar que la química que tenemos en escena se desgaste.

Me preocupa más de lo que debería. Si Seren se quiebra o algo se tensa entre nosotros, Ritmos de ruina puede volverse exactamente eso: una ruina. Solo imaginarlo me desestabiliza.

Ni siquiera ceno cuando llego a casa. Callan siempre deja mi plato de comida dentro del microondas antes de irse a la cama.

Hoy mi estómago está tan cerrado que masticar sería una tortura.

Le dejo una nota de disculpas y agradecimiento por la cena, explicando que llegué cansado y sin ánimo de comer, para que no se preocupe por mí ni se sienta mal consigo misma.

Me cuesta conciliar el sueño. Me quedo de pie en la ventana. Me siento en la cama. Me bebo un vaso de leche tibia. Nada encaja, mi cabeza no se apaga. Soy de malas ideas, y soluciono mi problema de la forma menos recomendada: tomo mi celular.

Por primera vez, reviso la cuenta de Instagram de Seren.

No hay nada más que un retrato suyo anclado.

El resto son fotografías de cielos incendiados al amanecer, calles desiertas con luces de neón que se reflejan en charcos, retratos de desconocidos, bodegones de objetos cotidianos elevados a la categoría de arte.

Todo se ve profesional. ¿Las habrá tomado él?

Me da vergüenza revisar sus historias. ¿Sería extraño que las viera si aún no lo sigo?

A mí me daría miedo saber que alguien lo ha hecho.

Pero bueno, al diablo. En cuanto mi dedo toca la pantalla, llega el arrepentimiento.

La historia se abre al instante, no tiene contexto alguno, solo una frase superpuesta en un fondo oscuro y estrellado: «Ni la luna ni las estrellas tienen luz propia, reflejan al sol. Sin él, serían oscuridad».

Me dirijo hacia mi ventana otra vez. Jamás me fijo en si las estrellas brillan cada noche.

Vivo de manera automatizada, por lo que no me he percatado antes de que hoy el cielo está lleno de estrellas brillantes.

Me pregunto si siempre es así de observador, si sus ojos tienen una forma distinta de ver el mundo o solo tenemos el mismo cielo y es el único capaz de apreciarlo.

Seren Montiel esconde cosas como todos. Secretos de una vida que no tiene que saber nadie.

Es extraño, siempre ha sido extraño, un poco ambivalente para mi gusto, pero divertido a la vez.

¿Qué oculta? ¿Se supone que a través de esto tengo que averiguarlo?

Porque lo estoy tomando como una invitación.

Minutos más tarde, me llega una solicitud de mensaje de @m.seren: «puedo verte», dice. Y a pesar de que me siento atrapado, abro la conversación. Porque mi vida profesional se medita paso a paso, pero mi vida personal es un caos inhumano y soy capaz de lo que sea con tal de obtener lo que quiero.

Con el temor de no saber qué decir, el pulgar se me queda suspendido sobre la pantalla y la interacción queda en nada.

Ni él insiste, ni yo hago algo más. Pero le doy vueltas hasta que caigo dormido.

Por la mañana, mientras me ducho; mientras me bebo un té; mientras me cepillo los dientes.

En el vehículo de Hellen, me mantengo atento a la ventanilla todo el trayecto hasta la agencia, pensando en lo que pude decir para iniciar una conversación humana y corriente.

Recibo un golpe en la mano que me sobresalta, solo para percatarme de que llevo todo este tiempo mordiéndome las uñas.

—Eso no, Dedrick Rossel —advierte—. Te llevaré al manicurista mañana.

Que alguien desconocido me toque por demasiado tiempo no solo me incomoda, para mí es una amenaza vital. Hasta el punto en que le pido disculpas. Luego, desvío el tema.

—¿Sabes algo de Seren?

Hellen alza una ceja. Forma una pequeña curva en sus abultados labios antes de contestar.

—Esas son preguntas que, mínimo, se le hacen a su asistente personal. No a mí.

Bufo y pongo los ojos en blanco.

—Te llevas bien con Velandia. Quizá ya habló con Seren y te contó algo. Yo qué sé.

—Sabes bien que no podemos hacer eso. Es como si yo fuese contándole tus problemas personales a todo el mundo. —Se quita el cinturón—. ¿A qué viene el interés? Podrías preguntarle tú mismo.

No tengo ningún interés particular. Si soy honesto, no tengo idea de qué es lo que busco.

Solo me interesa saber que está bien para que las cosas sigan yendo bien dentro del set.

Las grabaciones de hoy son intensas, si Seren no da el cien por ciento, será una repetición tras otra que nos tendrá hasta el anochecer aquí.

Necesitamos que todo fluya a favor de nuestra salud mental.

Y, bueno, quiero deshacerme de la culpa por haberlo lastimado ayer, si es que lo he hecho. Esto es muy desgastante.

La incertidumbre me roza los nervios cuando se trata de Seren Montiel. Continúa bailando entre él y yo, cuando este ingresa a la sala sin expresar un atisbo de malestar en su rostro y se sienta en el suelo con la espalda apoyada en el espejo.

El azul antes desgastado de su cabello ahora está brillante y limpio.

Noto la mancha mal lavada de azul en sus patillas.

Nunca entendí por qué jamás le pidieron que se cambiase el color del cabello.

Leonel Salvatore nunca tuvo la intención de llevar el cabello azul.

Pero admito que le da cierta personalidad a su personaje, es un detalle interesante, una licencia creativa involuntaria que tuvo un buen resultado.

Sobre todo, cuando se lo dejan opaco en las escenas donde debe actuar como un desquiciado.

Con malestar corporal, doy un par de pasos hasta él y me dejo caer a su lado. Procuro que mis emociones no se filtren en el rostro; me esfuerzo por parecer impasible, aunque la sutileza nunca ha sido mi fuerte. Seren me lanza una mirada de soslayo y ceño fruncido, cuando me atrevo a preguntar:

—¿Te sientes mejor hoy?

—Ah… Sí, creo que sí. —Exhala un pesado suspiro y gira su cabeza hacia mí—. Perdón por lo de ayer. Mira, no tuve un buen día y cuando escuché a Sam hablando sobre los cambios para el episodio doce, creo que me estresé de más.

Debo decir algo, tal vez pedirle que no se disculpe por haber intentado hacer algo bueno por el equipo.

Sin embargo, la idea se me desconecta en cuanto le oigo mencionar el cambio en el guion.

Le pido a Hellen que me lo entregue, pero Seren me pide que espere y toma el suyo; pasa las páginas y me lo muestra.

Está lleno de borrones y marcas, con una letra desordenada en los márgenes que no alcanzo a leer con detenimiento antes de que Latorre irrumpa en la sala, acompañada por el equipo de producción y el resto del reparto.

—¿Qué tan bueno eres con las acrobacias? —Seren está casi pegado a mi oreja, suena algo acelerado mientras nos levantamos.

Me quedo en cuclillas unos segundos antes de reaccionar. Miro hacia arriba, atento a lo que quiera añadir, y me incorporo. Latorre aún no inicia, conversa con Sam en lo que ella ordena algunas hojas sueltas.

—¿De qué hablas?

—En la pelea del capítulo doce —murmura Seren sin mirarme— tenemos que…

Latorre da un aplauso fuerte que llama la atención de todos. La intriga se me acumula en el vientre a medida que nos explica que ha tenido la magnífica idea de hacer cambios a último minuto, y por poco me ahogo. No era su intención avisarnos.

El silencio en la sala de ensayo me culpa por lo de anoche. Lo siento encima, denso, pero nadie se atreve a abrir la boca. La tensión se me queda clavada detrás del esternón, porque nadie sale tan perjudicado como Seren y yo.

La pelea del capítulo doce es parte del arco final, cuando Leonel ha robado los poderes de Julien y este lucha por recuperarlos frente al público.

No conlleva una pelea física, es, más bien, la lucha de Julien por detenerlos a todos para poder explicar lo que sucede.

Pero Latorre ha decidido que es momento de introducir un enfrentamiento físico, impropio de Julien Bec, como un quiebre evidente que para el espectador será increíble.

Para mí, en cambio, resulta un golpe bajo.

No soy malo en combate escénico, he participado en una producción que lo requería hace unos años, sin embargo, no practico desde entonces. Que lo soliciten ahora, a partir de lo que parece una conversación con la almohada, me hace sentir reducido a espectador de mi propio papel.

—¿Sabes pelear siquiera? —mascullo con la esperanza de que Seren me escuche.

—Tuve algunas clases.

Latorre sigue hablándonos de los cambios en el guion que, según ella, buscan un mejor resultado. Sam reparte un par de hojas con el nombre del episodio en el encabezado.

— ¡ Diez minutos ! —anuncia.

Como Julien y Leonel son quienes llevan esta escena, me quedo junto a Seren, con guion en mano, para practicar mis líneas.

Es un inicio patético, sobre todo porque Seren se queda callado por un momento, mirándome ir de un lado a otro, en tanto busco el tono adecuado.

La sala parece un poco más grande de lo que debería. O más alta. Yo más pequeño y volátil.

Me acerco a Seren. No, más bien, invado parte de su metro cuadrado. Él se queda en su lugar y alza el mentón. Por primera vez soy consciente de los diez centímetros que me saca de estatura.

—Supongo que debo preguntar dónde puedo tocar —dice con poca convicción.

—El guion lo explica bien: con tus manos en mis hombros es suficiente, será la señal para tirarme al suelo.

—¿Y al caer?

—Apoya una rodilla entre las mías, yo pondré mi antebrazo en tu pecho… —La forma en que entrecierra sus ojos me detiene—. ¿Qué pasa?

—No puedo creer que estés tan tranquilo.