El dilema de mirar un cielo estrellado 3
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Mi límite profesional siempre ha estado en ensayar con colegas cuando me corresponde. Grabar cuando el director lo demanda, en los tiempos que demanda. La mayoría de las veces repaso mis líneas solo o llego antes que el resto. Nadie suele pedir que nos quedemos hasta tarde, y prefiero que siga así.

Por eso, no entiendo por qué he aceptado que, después de las grabaciones de hoy, Seren por poco ordene a todo el reparto que nos quedemos para practicar la escena para mañana.

Bueno, es una de las escenas más importantes de la serie, pero no creo que sea necesario que nos quedemos todos para ello.

Se lo digo. Al parecer, soy el único capaz de poner ese límite.

Todos me miran, como si aguardaran el inicio una discusión que no sucede. Seren se encoge de hombros, dice «okey», toma sus cosas y se despide.

Está bien. Seren Montiel no es la persona más animada que existe, la mayor parte del tiempo es silencioso, muy serio y tranquilo.

No habla con nadie a menos que ellos le hablen primero.

Pero tampoco es alguien que ceda ante nadie, lo he escuchado y visto discutir con Velandia más veces de las que podría contar.

En ocasiones mantiene conversaciones con Sam, acerca de lo que tenemos que hacer en escena y cómo esto podría mejorar.

Por esa razón, esperaba que discutiese conmigo.

Esa reacción significa que algo le sucede, y si bien no debería importarme, lo hace. Para bien o para mal, la costumbre genera cierto nivel de aprecio.

—Entonces, ¿no nos quedamos? —pregunta Liora.

—Pues no —digo—. Nos vemos mañana. Descansen.

Las personas se dispersan, desaparecen poco a poco. Me apoyo en el espejo de la sala, me deslizo hasta quedar sentado en el suelo y, con los ojos cerrados, tomo un par de bocanadas de aire. No quiero darle tantas vueltas a esto.

—¿Has visto a Seren? —Hellen aparece dentro de la sala unos minutos más tarde, Velandia llega detrás de ella. Ambos lucen preocupados.

—Salió.

—Tal vez fue al baño —le dice Hellen a Velandia—. ¿Lo buscaste?

—Sí, en todos.

Velandia pone el celular en su oreja y aguarda. Luego, bufa fuerte y niega. Supongo que Seren no contesta. Se despide de nosotros agradeciendo una ayuda que no le hemos brindado.

Hellen se me acerca con los brazos cruzados, como si supiera que algo ha sucedido. Me siento acorralado, aunque no he hecho nada… ¿Cierto?

—¿Qué?

—Les pasó algo —afirma—. Estás raro.

Frunzo el ceño y ladeo la cabeza. Intento ver la situación desde otro ángulo, uno en el que tenga sentido.

Aprieto los labios en una línea torcida y entorno mis ojos con ese gesto tan mío, el que mezcla incredulidad con una pizca de tragedia.

Una mueca de desconcierto absoluto, como si me hubieran culpado de borrar la última copia de una película de Kubrick solo por cambiar de canal.

Intento redimirme, le explico lo del ensayo detalle a detalle y ella me mira como si acabara de admitir un crimen. Vuelvo a alzar las manos, teatral pero sincero, y lanzo un «¿qué?», que solo suplica algo de lógica en medio del caos. Estoy más que seguro de mi inocencia.

—A ver, no me corresponde decírtelo, pero su familia no está pasando por un buen momento y…, bueno, Seren está algo sensible.

Mi estómago cae como piedra. La culpa sube rápido, áspera, como si alguien me apretara la tráquea desde dentro. Le llevé la contraria delante de todos, sin pensarlo dos veces, y él ni siquiera intentó defenderse. No hace falta ser particularmente perspicaz para notar que algo no andaba bien.

Camino antes de pensarlo. Necesito confirmar que no fui yo quien lo quebró.

La voz de Hellen se queda flotando en la sala, apenas un murmullo detrás de mí.

Recorro cada pasillo de la agencia, uno a uno.

Entro en salas vacías, cruzo oficinas, incluso abro puertas de baños que no esperaba visitar.

Hasta que lo encuentro por fin, en el segundo piso, junto a las escaleras de emergencia.

Seren me da una mirada rápida y pasa por mi lado en dirección al baño.

Ignoro su evidente necesidad de espacio y camino detrás de él.

Desde la puerta, lo veo acercarse al lavamanos y lavarse la cara.

Toma un par de respiraciones profundas y, cuando baja la cabeza, sorbe por la nariz más de una vez.

Se mantiene rígido frente al espejo, parece que intenta no volver a desmoronarse.

Los párpados hinchados, la nariz roja; señales demasiado humanas para alguien que siempre parece blindado.

Sé que sabe que lo estoy viendo, debería ser demasiado inconsciente de su entorno como para no notarlo.

Sin embargo, no se inmuta con mi presencia.

Vuelve a lavarse la cara, toma una profunda bocanada de aire, y decido intervenir, sin importar lo incómodo que pueda resultar.

—¿Qué quieres? —su voz suena ronca.

—Lo siento, yo…

¿Por qué me disculpo? Lo peor es que siento una culpa dolorosa por verlo así. Aunque sé que no está frustrado solo porque me negué a su ensayo.

—¿Estás bien?

—Sí —responde con evidente sarcasmo. Nuestros ojos se encuentran a través del espejo. Seren expulsa aire por la nariz y es el primero en mirar hacia otro sitio—. Ya me voy.

—Te ves cansado.

—Estoy cansado.

—¿Puedo ayudarte en algo? Hellen puede llevarte a casa, si quieres.

Ya no distingo si hablo por cortesía o por auténtica preocupación.

A estas alturas, la línea entre el deber y el afecto se desdibuja.

Lo que sí tengo claro es que hay algo demasiado incómodo en ver llorar a alguien.

Esa vulnerabilidad cruda, esa tristeza sin nombre, me inquieta. Sobre todo, cuando ignoro los motivos.

Quisiera pedirle que me hable. No tiene por qué atravesar esto en soledad. Sé que no somos cercanos, pero a veces decir algo, aunque sea una palabra simple como «ayúdame», es menos insoportable que callarlo.

—No —suena cada vez más tajante. Luego, se coloca la capucha de su sudadera—. No te preocupes. Cuidado al llegar a casa. Te veo mañana.

—S-seren…

Es más rápido que yo. Más ágil. Difícil de alcanzar.

Ni siquiera me da tiempo de extender la mano antes de que cierre la puerta del baño.

Siento como si lo hiciera desde otra realidad a la que no tengo acceso.

Me quedan las manos temblando, y mi cabeza con esa sospecha de haber dicho algo mal, de haberlo empujado, sin querer, a una molestia que no sé cómo reparar.

Si empiezo a incomodarlo, si lo agoto, todo lo que hacemos juntos se rompe.

Y yo no sé trabajar con un vínculo roto, mucho menos si ha sido mi culpa.

Las escenas se desmoronarán, perderán la magia que tanto me esfuerzo en construir.

Si eso ocurre, tendré que dejar que Julien me lleve con él, sin vuelta atrás.

Sería más soportable que actuar entre silencios incómodos.

El mundo se inclina.

El espejo duplica la escena y, por un segundo, no sé cuál de mis reflejos es el que está respirando. Es extraño. No es justo que esto pase ahora.

Cierro los ojos. Necesito volver. Centrarme unos segundos para reconstruirme. Lo he hecho antes. Esta vez tardo más. Pero entonces, al sonar mi teléfono, es como si alguien me jalara de un hilo.

Una parte de mí regresa.

Qué angustia. Esto es lo que menos quería; sin embargo, es lo que sucede cuando permites que una persona se entrometa en el funcionamiento de tu vida. Se siente como un piano que pierde el balance y transforma una perfecta melodía en ruido ensordecedor.