El dilema de mirar un cielo estrellado 2
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Hellen: Ensayo exprés antes de continuar con las grabaciones.

Hellen: Paso por ti a las ocho.

Cada mañana en que está en casa, me despido de Callan aunque sé que no me oirá.

Para entonces, ya he dejado la comida de Boomie en su cuenco, el arenero limpio, y todo donde debe estar.

Ella suele levantarse pasado el mediodía, y me parece bien.

Prefiero que cuide de mi gata porque quiere hacerlo, no porque le toca.

Lunaris no puedo darme el lujo de perder tiempo.

No cuando aún me falta afinar la segunda transición del compás.

Toco dos notas tentativas, y ahí está su voz otra vez. Insiste desde la puerta. La arrogancia no le servirá conmigo. No estoy para espectáculos ni para lidiar con egos mal calibrados. O lo entiende, o se aparta. No voy a sacrificar nuestra relación profesional por malentendidos.

—¿Puedo… escuchar? Si no te molesta. Seré silencioso.

—No está lista. —Siento ganas de golpearme la boca—. Solo es una propuesta para Latorre. Odio la novena melodía.

—Sí, no es muy buena. ¿Qué propones?

Alzo ambas cejas. Es interesante que tenga algo de oído para la música.

Trueno mis dedos antes de iniciar, solo por hacer un gesto teatral, algo que a Seren no le hace gracia.

Pero, vamos, la melodía inicial es perfecta.

Me gusta tanto que me frustra que el toque emocional no pueda ser alcanzado cuando llego a la mitad.

Y sé que es pésima, porque Seren frunce un poco el ceño y la línea de sus labios se tensa por un segundo.

—¿Tan mal?

—Falta algo.

—Ya lo sé —suspiro.

—Pero eres bueno. —Se acerca dando pasos pequeños—. Solo es un poco… pretenciosa. Parece que está hecha para añadirle lírica, no para disfrutarla solo como melodía. ¿Sí me entiendes?

Acaba de llamarme pretencioso… Lo siento, me he quedado ahí.

Y en el hecho de que se sienta a mi lado y que, si tomo un profundo respiro, su perfume amaderado llenará cada uno de mis sentidos.

Es momento de aceptar que de cerca huele mejor que cuando inunda las habitaciones.

Así no se fusiona con ningún otro aroma.

—¿Cantas?

—A veces —respondo—. No de esta forma.

—Entonces, hay que hacer un cambio.

Seren me empuja con las caderas para acomodarse frente al teclado.

Mira con cautela mi libreta, las notas desordenadas y llena de borrones.

Extiende su mano hacia mí. Capto y pongo el lápiz en su palma.

Primero tacha un par de mis notas —cómo duele saber que estoy equivocado— e inicia la melodía de forma pausada.

No aborda el ritmo de lleno, me indica paso a paso cómo pretende que suene.

—Si yo fuera Julien Bec —dice—, empezaría con acordes abiertos para demostrar control. —Prueba un par de notas—. Pero en la mitad lo rompería. Cambiaría a algo más cerrado, un poco fuera de tiempo, quizá. Que se note que está perdiendo el control. Así la melodía se quiebra con él. ¿Qué tal?

—No lo sé —murmuro.

Su habilidad me golpea al punto de acalorarme las mejillas. Si la envidia tuviera un rostro, en este momento sería el de Dedrick Rossel.

Observo su perfil con el escepticismo que me reservo para las cosas que me gustan demasiado pronto. Los labios se le tensan, está concentrado, hasta que se curva una sonrisa. Yo sonrío por inercia. Seren se humedece los labios, como si preparara el instrumento más que la boca.

—Una vez me dijiste que debía aprenderlo todo sobre Leonel —añade—. Tenías razón. Pero también tuve que observar cómo creabas a Julien para poder hacerlo caer de verdad.

Empieza a tocar otra vez. La primera nota me toma por sorpresa, porque es demasiado precisa, demasiado limpia.

Después llega la segunda y la tercera, y algo en mí empieza a ceder.

No quiero admitir que me conmueve, así que parpadeo como si me molestara la luz.

Lo cierto es que la melodía me arrastra y, por unos minutos, mis borrones se convierten en otra cosa.

Música con intención, peso y forma. Tengo que cubrirme la boca con una mano, como si me tapara un bostezo.

Es el placer indeseado de escuchar algo que roza lo perfecto.

—No te detengas —pido. Tengo la garganta seca. Seren me mira—. ¿Qué?

—Nada. Solo creí que… —Suspira—. Olvídalo.

Retoma desde el inicio. Mi melodía mediocre suena a música.

Es brillante, fuerte e intensa. Me pierdo en el movimiento de sus dedos delgados, en la forma en que mueve su cabeza.

Se me acelera el corazón y explota cuando Seren se detiene por un instante antes de reiniciar el estribillo, creando una dirección nueva.

Con la siguiente se me presiona el estómago por enésima vez y con desesperación tomo mi libreta y lo anoto.

Seren se detiene y se desliza hacia el costado para darme espacio.

De mala gana me apego a él para alcanzar las teclas exactas que ha tocado y siento la revolución en mi interior.

Si estuviéramos en Ritmos de ruina , las notas ya nos rozarían la piel y nos arrastraría a otro universo.

Me detengo por instinto de supervivencia.

Mi pecho está a punto de dispararse por todos lados.

—¿Qué te parece?

Me muerdo el interior del labio. En lugar de una respuesta, me asaltan un cúmulo de preguntas.

Hay demasiado que no sé sobre Seren Montiel, y esto no hace más que aumentar mi incertidumbre.

No me sorprende que también tenga talento para la música, no sería la primera ni la última persona capaz de destacar en varios ámbitos.

Lo que me inquieta es no entender por qué ha venido hasta aquí para restregármelo en la cara.

Si me vio acomplejado, ¿por qué no me ha dejado en paz con mi melodía mediocre? De algún modo lo habría resuelto.

No tolero aceptar que voy a quedarme con el resultado de su trabajo, porque es impecable, porque funciona, y porque no se me ocurre ninguna otra forma de lograr algo similar.

Seren ha bajado la guardia, lo noto por la forma en que su espalda se ha curvado. ¿Sus ojos siempre han sido así de redondos y brillantes? Son oscuros, profundos, difíciles de descifrar.

—Gracias —digo para desviar su atención. La atención de ambos. Lo mucho que a Jillian le hubiese gustado esta melodía me hace suspirar de forma involuntaria—. De verdad —insisto —. Llevo semanas intentando hacer que esto funcione. Acabas de derrotar a la novena melodía.

—De nada. Me debes una.

Chasqueo con la lengua.

—Ya son dos.

—Cierto. Deberías pagarme pronto para que no se te acumulen las deudas.

Parpadeo un par de veces y se me escapa una risa ahogada, casi un bufido, que le arranca una sonrisa a Seren. Esta vez, él no es el único al que quiero abofetear. Desvío la mirada y, tras unos segundos, me pongo de pie para recoger mis cosas.

Requiero un esfuerzo descomunal para moverme con calma cuando mi mente no para de girar alrededor de la idea absurda de haber pasado de no soportar la cercanía de este hombre a deberle más de un favor.

Independiente de si ese «deberle algo» solo es su forma de mantener las cosas ligeras entre nosotros —algo que ni siquiera sé si es real—, lo cierto es que mi mente no deja de gritar «sal de aquí».

Me avergüenzo por no tener el coraje de ordenárselo, solo porque ha hecho algo bueno por mí.

La vergüenza se convierte en rabia y la rabia me acelera el corazón hasta dejarme de pie.

Incluso así, ofuscado, noto que Seren no sabe si decir algo o fingir indiferencia.

Mirar el reloj antes de levantarse y tomar su guion es, supongo, su forma de esquivar lo que sea que le provoca mi silencio.

El murmullo del pasillo se cuela en la sala, primero lejano y luego reconocible.

Hellen entra junto a Velandia hablando de horarios y cambios de última hora, con esa naturalidad que tienen para ocupar los espacios sin pedir permiso.

Cuando por fin les pongo atención, sé que ya estoy otra vez en mi sitio, con la libreta cerrada entre las manos y una curva rígida dibujada en el rostro.