El dilema de mirar un cielo estrellado 9
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Latorre no suele alzar la voz, ni siquiera cuando está molesta.

La he visto discutir con el equipo de producción y, por oscura o afilada que se vuelva, su voz nunca se quiebra en un grito.

Son otros los gestos los que delatan su disgusto: la presión breve de los labios, la mano que frota de manera constante su frente.

—Esta escena no está funcionando —sentencia de pie frente al monitor—. Esto. —Nos señala y junta sus índices—. No está funcionando.

Siento el golpe en el estómago, aunque llevamos treinta minutos dando vueltas sobre lo mismo. Ella, a estas alturas, tiene la frente roja.

Seren está quieto, con los brazos sueltos a los costados. Escucha como si le hablaran de otra cosa. Esa impasibilidad esta vez me provoca rechazo.

Entiendo el estrés de Latorre. Entiendo que podemos retrasarnos si continuamos de esta manera.

Pero no entiendo por qué sus ojos se posan en mí, como si solo yo tuviese la culpa de lo que pasa, cuando es Seren quien no deja de arruinar la toma.

Sea encuadre. Sea una mala entrada. Sea que ha olvidado sus líneas. Ha tropezado incluso con los cables.

Ha pasado menos de una semana desde que empezamos a grabar en el set de Saras. La emoción que me invadió al verlo armado se sostuvo hasta hoy, que empieza a desvanecerse entre la decepción de una escena fallida tras otra.

—¿Qué parte? —pregunto tras tomar un respiro.

—Todo —responde Latorre—. De por sí, la química entre ustedes no ha sido muy buena desde que comenzamos a grabar esta semana. Parece que ni siquiera han revisado el guion. Las escenas donde explota su enemistad ya fueron grabadas, Dedrick.

Me extiende el guion y señala el corte exacto en el que estamos fallando.

Siendo honesto, sé en qué y por qué, pero la ira se me filtra en la razón, pues su reprimenda aún se dirige, de forma deliberada, a mí.

Se ampara en el argumento de que mi carrera jamás ha dado señales de este tipo de errores interpretativos.

Estoy tan molesto que dejo de atender sus indicaciones. Apenas la veo mover los labios mientras alterno la mirada entre ella y Seren. El corazón me estalla en los oídos. Despierto en el segundo en que dice:

—Ese es el tipo de cercanía que necesito, ustedes lo saben. ¿Qué está pasando? ¿Hubo algún problema entre ustedes? Si existe algún conflicto, lo vemos con el equipo.

—No, no —digo de inmediato—. No es eso.

—¿Entonces?

—Solo estoy cansado —interviene Seren—. Si no lo hago bien, Dedrick tampoco tiene con qué trabajar. Lo haré mejor.

Latorre lo observa con suspicacia. Yo haría lo mismo, si no estuviera tan aturdido por el hecho de que ha decidido intervenir. Defenderme, incluso.

—Nos tomaremos unos minutos —sentencia Latorre—. Resuélvanlo.

Da la orden al equipo y se aleja.

«Resuélvanlo». No es extraño que, ante un tropiezo durante las grabaciones, el director exija iniciativa a su reparto. Pero aquí esa palabra pesa distinto, pues nos señala a nosotros. A la ejecución. A la química que no termina de encajar. No necesita ayuda, necesita que dejemos de estropearlo.

Tiene razón. Pero sucede que Julien y Leonel no nacieron para ser aliados o amigos.

Por eso las escenas finales fluyen con naturalidad.

Lo difícil ha sido lo que precede al conflicto, aun cuando sabemos que al interpretar confianza, calidez, una cercanía que aún no existe, no debe sentirse del todo genuino.

Sonreírle a Seren sin que asome el cálculo, sostener su mirada mientras espero una respuesta, permitir que el silencio no se vuelva tirante.

Todo eso me exige más de lo que debería. Nunca me había ocurrido.

Julien está furioso esta vez. No se deja habitar del todo. Se resiste, como si negarse a formar equipo conmigo fuera su única forma de protegerse.

Hay una pausa incómoda en el set. Los técnicos se mueven, revisan cables y luces; alguien carraspea en una esquina; Sam nos observa mientras bebe agua.

Seren no se mueve, así que decido tomar las riendas, en contra de todo lo que mi cuerpo y mi mente desean: salir de aquí y volver mañana como si nada hubiese ocurrido.

Bajo la mirada de Seren, busco mi guion y regreso al espacio marcado. Vuelvo a mirar la cinta en el suelo durante unos segundos y, tras tomar aire, decido enfrentar esto con el nivel de profesionalismo que siempre me exijo. La expresión de Seren permanece tan impasible como cada día.

—Tenemos que resolver esto —digo, como si Latorre no lo hubiese dejado claro.

Presiono los dedos contra las hojas al sentir su cercanía.

Su atención cae sobre el guion, el cual toma y acerca un poco hacia sí.

Yo no lo suelto. Me inquieta la precisión de sus movimientos, la calma con la que ocupa el espacio, ese silencio suyo.

Nunca consigo anticipar lo que hará a continuación, aunque debería.

Lo he mirado lo suficiente como para reconocer sus gestos y, aun así, sigo sin comprender del todo qué ocurre en ese mecanismo interno que lo gobierna.

—Creo que sé cuál es el problema —dice.

—¿Y es…?

—Estás incómodo.

Lo estoy. Ahora aún más.

—Claro que no. —Me río—. Solo me ha costado cambiar la perspectiva desde las escenas anteriores.

—Te veo siempre, Ded. —Su voz suena tan tranquila que me irrita—. También he visto tus películas.

Sé que busca mi mirada, pero no puedo concedérsela. Mantengo los ojos fijos en las hojas, aunque no leo nada. Estoy atrapado entre la idea de que de verdad ha visto mis películas y la sospecha de que solo lo dice para animarme y darme un impulso para seguir.

Ayer grabamos una escena parecida. Sé hacerla bien.

Sé que él sabe que lo sé. Todos lo saben.

Y, aun así, esta me produce rechazo. No por la escena en sí, sino porque exige contacto físico.

Es mínimo, casi inocente. Un abrazo después de una conversación en la que Leonel se permite ser frágil.

Quizás he estado evitando, de forma involuntaria, que lleguemos a ese punto. O quizá no sea tan involuntario.

Miro alrededor. Nadie del equipo nos presta atención, algunos incluso se han ido. Aprieto la mandíbula. Seren no parece querer comenzar una discusión, sino que busca una apertura para hablar sobre ello. Me trago el jadeo de exasperación.

—¿Qué está mal? —Seren suelta el guion y se para frente a mí—. ¿Hice algo que te molestó?

Presentarse ante mí en aquella sala sin un currículo que lo respalde, sin audición previa, sin esfuerzo aparente.

Que, pese a no tener experiencia, su talento desborde incluso cuando alguien entorpece su trabajo de manera deliberada.

Me incomoda admitir que resulta dolorosamente grato que se sostenga de manera profesional, que sobrelleve las dificultades sin perder la compostura.

—Solo estoy cansado —repito—. Si fallo, no tienes con qué trabajar.

Me acerco al banco del piano y dejo el guion a un lado. Él se sienta conmigo, sin apartar la mirada.

—Siempre lo haces bien —dice.

El silencio se instala. Entonces decido mirarlo.

—Entiendo que sea difícil —añade—. No nos conocemos bien.

Aceptarlo es tan incómodo que me remuevo en el banco mientras asiento. Enderezo la espalda y tomo aire. Pero cedo, ante él y ante mi propia curiosidad.

—Llevo un tiempo sin grabar, así que…, bueno, también es por eso.

—Lo entiendo. —Alza las cejas y una curva leve se dibuja en sus labios antes de desviar la mirada—. Nunca he grabado nada. Todo esto es nuevo para mí. Ni siquiera sé volver a casa, Lukas es quien me trae y me lleva todos los días.

La risa breve que exhala se me contagia. La espalda se me afloja sin permiso, el alivio es inmediato.

—Hellen hace lo mismo por mí.

—¿No conduces?

—Sí, pero acordamos que ella me llevaría de un lado a otro en horario de trabajo. Funciona para los dos. Yo voy cómodo, ella tranquila.

—A mí no me gusta que Lukas me lleve a todos lados. —Arruga la nariz en una mueca de disgusto—. Apenas pueda me buscaré un vehículo.

—¿No te agrada Velandia?

Seren hace un pequeño sonido de duda, como saboreando la respuesta antes de decirla. Eso me provoca aún más gracia.

—Sí me agrada, pero me gusta mi independencia… y, bueno, habla demasiado.

La carcajada se me queda atrapada en la garganta y termino ahogándome. Cuando digo que las acciones de Seren son esperables y, aun así, imposibles de prever, me refiero exactamente a esto.

Siento unas palmaditas en la espalda que se detienen apenas giro la cabeza. Enseguida entiende que ha cruzado una línea. Retira la mano y dice «lo siento».

—No pasa nada. —Aclaro mi garganta y me levanto con guion en mano—. Hagamos algo con esto, antes de que Latorre vuelva.

Le pido que se coloque en su posición. Julien y Leonel están en la sala de ensayo del primero.

A estas alturas, la presencia de Leonel es una constante en su vida, por lo que ya no le genera inquietud.

Al contrario, Julien se ha acostumbrado a que lo acompañe, a enseñarle.

Leonel es un discípulo ejemplar. Por eso, cuando Julien le pregunta por su familia, la cercanía entre ambos no debería resultar forzada.

Leonel se permite confesarle qué ocurrió y, con ello, el motivo por el que pasa tanto tiempo allí, pese a que todo es una mentira.

“RITMOS DE RUINA” – TEMPORADA 1

EPISODIO 4: “El niño herido”

INT. SALA DE ENSAYO – TARDE

La sala está en calma. Luz suave entra por la ventana alta. El espejo refleja a JULIEN mientras cierra el piano y recoge unas partituras.

LEONEL permanece cerca.

JULIEN

¿No te vas temprano?

LEONEL

No todavía.

En lugar de quedarse de pie, tembloroso y sollozante antes de contar la noticia, Seren se desplaza hacia a mi lado, a tan solo dos pasos de distancia. Aprieto la mandíbula. Me obligo a no reaccionar de inmediato.

—Eso no está en el texto —digo.

—No. Pero funcionará mejor si estoy más cerca. —Señala el espacio entre nosotros. Dos pasos. Exactos—. Si entro acá, no tendrás que avanzar tanto hacia mí. Se notará menos la incomodidad del abrazo.

—Eso mata la tensión.

—No. La desplaza.

Silencio.

No me gusta. No me gusta nada. Pero si me detengo a ver la escena como un espectador, tiene más sentido y se ve menos forzado. Julien jamás se levantaría de su lugar para correr y abrazar a Leonel.

—Tú no cambias nada —continúa Seren—. Solo… no me mires de inmediato, estaré lo suficientemente cerca para que puedas seguir.

—¿Qué?

—No me mires cuando camino, mírame cuando me siente a tu lado.

Cederle el control absoluto en una escena para la cual no estoy funcionando de manera correcta duele. Implica confiar en su ritmo, en su instinto, y no estoy seguro de que sea buena idea. Cada fibra de mí quiere aferrarse al guion.

—Probémoslo —digo con determinación—. Una vez.

Asiente. Pasa de la proposición a la impasibilidad absoluta en un parpadeo, como si todo lo que sigue no dependiera de mí.

Nos colocamos en las marcas justo cuando Latorre reaparece dando órdenes. Mi corazón se acelera. No hemos probado esto, y si sale peor que antes, todo se vendrá abajo.

—¿Listos? —Se deja caer en su silla, el mentón en alto.

—Solo un ensayo —pide Seren.

Latorre mueve la mano en un gesto mínimo, se lo concede sin una palabra.

Como si el mundo se hubiese reducido a un espacio exacto, siento que recupero el control cuando Seren entra y se detiene justo donde dijo. Bien. No está improvisando, tiene claro lo que quiere hacer. Solo esa precisión me da una extraña sensación de confianza.

No puedo mirarlo, tal como dicta el guion, y eso me pone nervioso.

Cuando se acerca, es como un peso detrás del hombro.

Percibo cada milímetro de su presencia, y aun así Julien permanece relajado, atento a las palabras de Leonel, a su trágica historia que remueve fibras que creía dormidas en su propio cuerpo.

Una nueva señal de vulnerabilidad que no le incomoda como antes.

Seren se sienta a mi lado. Cuando giro, ya no está lejos, y ese abrazo —el que Julien cree que Leonel necesita— fluye de forma natural.

Son los brazos de Seren los que me presionan, su cuerpo tenso como el mío, y aun así funciona.

No quiero admitirlo, pero funciona de inmediato, como si todo el espacio, toda la escena, hubiera estado esperándolo.

Seren exhala un aliento que, lejos del alivio, suena a satisfacción, como si estuviese disfrutando el éxito de su idea.

— ¡ Desde el inicio ! —ordena Latorre.

El equipo regresa a sus puestos. En la tercera toma, Latorre sonríe con una amplitud que me desconcierta, los ojos fijos en mí. Me pregunto si todo esto ha sido un truco para empujarme más allá de mis límites o si de verdad está satisfecha con lo que ha visto. ¿Sabe siquiera que es obra de Seren?

—Guárdenlo. —Camina hacia nosotros aplaudiendo—. ¡ Ese es Ded Rossel ! Creí que te estaba perdiendo. —Su mano se posa en el hombro de Seren—. Buen trabajo a ambos.

Seren baja la mirada. Yo no digo nada, tampoco festejo que esto haya salido bien, solo asiento. Entre nosotros, un susurro de transformación permanece, y ni siquiera sé si es positivo; el calor en mi estómago no deja de gritarme lo contrario.

Seren se aleja y soy incapaz de no abrir la boca. Sus pestañas se baten hacia mí al escuchar su nombre. Por un instante, todo se ralentiza.

—Gracias —añado—. Lo hiciste bien.

Su expresión se suaviza y una pequeña curva aparece en sus labios. Un gesto simple, casi cálido, que sin embargo me golpea con algo ineludible, algo que mi mente traidora se empeña en olvidar:

—Somos compañeros, Ded. De eso se trata.