El dilema de mirar un cielo estrellado 10
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Después de largas jornadas de grabación, los sonidos más complejos que han llenado mis oídos hoy han sido el ronroneo de Boomie, quien lleva todo el día recostada en el sofá, y las carcajadas amortiguadas de Callan, quien pela naranjas en la cocina mientras escucha mis anécdotas.

El apartamento huele a té recién preparado.

Huele a descanso. Son solo unos días, pero admito que me sienta bien vivir en una piel que deja de fingir.

Aun así, hay una parte de mí que sigue en el set.

Espero el llamado de regreso, la oportunidad de abrir una sala de ensayo y tomar el guion, volver a darle espacio a Julien.

«Todo salió bien», le dije a Callan hace un rato, y no es mentira. Las grabaciones en Vespra quedaron limpias, el equipo trabajó a la perfección. Latorre parecía satisfecha con los resultados. Callan lo parece con mi historia, hasta que pregunta:

—¿Y cómo te ha ido con eso ?

Lo llama «eso». Eso que te hace perderte. Eso que te aleja de la tierra. Eso que me asusta, pero no permito que lo sepas, aunque en el fondo sé que sabes que me asusta cuando te sucede. Eso que no tiene explicación para ninguno de los dos.

Para mí es tan maldito como funcional. Es un hueco que vuelve cada vez que actúo.

Una especie de desprendimiento. No estoy seguro de si me meto demasiado en el personaje o si salgo de mí sin permiso.

Solo sé que sucede. A veces, el despegue es tan sutil que lo noto horas después, cuando intento volver a hablar como yo, caminar como yo, y hay una especie de desfase.

Como si el cuerpo llegara antes que la conciencia. O al revés.

Al inicio me asustaba. Ahora ya es cuestión de costumbre. Solo intento que las otras personas no lo noten.

La primera vez que se lo conté a Callan fue en términos más suaves: que a veces me sentía raro después de una escena; luego, que no me reconocía en los espejos de los camerinos; después, que cuando me felicitaban por una toma perfecta, sentía que felicitaban a otro.

Ahora es una reacción involuntaria que, en ocasiones, funciona como herramienta.

Aprendí a dominarlo lo suficiente para deshacerme del instinto de vergüenza que pueda llegar a sentir en una escena demasiado catártica o dramática.

Es una distancia sana. Me permite habitar otras vidas, entregarme sin miedo a líneas que no creo, a dolores que no son míos.

Sería perfecto si, cuando la cámara se apagase, regresara del todo a mí mismo.

Suelo quedarme a medio camino, suspendido por unos minutos, por una noche entera o, incluso, por varios días.

—¿Te pasó muchas veces? —Arruga la nariz y el entrecejo.

—Más o menos. Solo cuando me concentraba demasiado en los demás actores y necesitaba volver a mi centro.

Es como si Julien tirase de mí.

Aunque eso no se lo digo.

—¿En los demás actores? —Se apoya en la encimera mientras bate las pestañas y se lleva un gajo de naranja a la boca—. ¿Qué tal va todo con tu coprotagonista?

Pongo los ojos en blanco. No me molesta la pregunta, me agobia un poco pensar en Seren.

Me agobia mi coprotagonista, porque se está robando las miradas.

Se ha vuelto bueno demasiado pronto. Y sé que es lo que deseaba para que todo saliera bien, pero me asusta, no puedo evitarlo.

Los elogios han ido en aumento; su esfuerzo me pisa los talones.

Si yo considero que es bueno, no quiero imaginar cómo lo ven los demás.

Y apenas estamos comenzando. Me pregunto si alguna vez podré dejar de sentir que todo depende de mí.

—No entiendo —me dice—. Primero querías que todo saliera bien y ahora no.

Guardo silencio. Sé que tiene claro cuál es mi preocupación y no voy a decirlo en voz alta. Tenemos confianza, pero me avergüenza confesar mi vulnerabilidad de igual forma.

Callan sirve dos tazas de su té favorito —negro con berries— y se me acerca. Boomie de inmediato se acomoda sobre su regazo. La frustración debe ser tan evidente que ni mi propia gata quiere acercarse a mí. O puede que solo prefiera a Callan porque suele estar en casa con mayor frecuencia que yo.

—Te da miedo que sea mejor que tú —afirma—. O te da miedo aceptar que te cae bien, porque es talentoso, después de todo.

Entonces, mi celular vibra. Una notificación de Instagram que, a diferencia de días en que mi cerebro funciona con normalidad, decido no ignorar.

¡@m.seren ha comenzado a seguirte!

Miro a Callan con el ceño fruncido. Ella sonríe con diversión.