El dilema de mirar un cielo estrellado 8
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Cuando despierto, lo primero que hago es enviarle un mensaje a Hellen pidiéndole una disculpa, otra vez.

Mi cuerpo actúa antes que yo, la culpa se mueve sola.

Y no descanso hasta que recibo un audio de ella, en el que me dice que ya me calle.

En otro audio añade que todo está bien; que me espera en la recepción dentro de diez minutos; que espera que no haya olvidado mis líneas; y que desayune bien porque me ha pedido una tetera de chai para que deje de ser estúpido y no vuelva a salir.

Sonrío amplio, la adoro como no tiene idea.

Hellen Tozzi es, sin exagerar, casi la única constante real que he tenido en este oficio.

Nos conocemos el día en que firmo mi contrato con la agencia.

Josh Garcés es quien nos presenta. Hay una especie de sintonía.

Nada grandilocuente, nada de almas gemelas.

Simplemente funcionamos. Tenemos trayectorias parecidas, orejas formadas con los mismos discos y una obsesión compartida —aunque diferente— por la actuación.

Ella ha elegido otro rol, se queda fuera del foco pero no lejos de los sets de grabación.

Nunca ha querido estar frente a la cámara.

Dice que no tiene «el tipo». A mí me parece una excusa con algo de verdad y bastante de modestia.

Lo cierto es que sin Hellen no habría llegado tan lejos.

No porque me haya empujado —no es su estilo—, sino porque me sostiene justo donde más flaqueo.

En parte porque lo necesito, en parte porque me aterra fallar cuando nadie me sujeta.

Me ha salvado de varios papelones y, en momentos más discretos, de mí mismo.

Durante un tiempo, incluso me ayuda a ensayar escenas enteras, líneas que ya no quiero decir frente al espejo.

Y aunque mantenemos nuestras distancias —no nos mandamos memes, no sabemos con quién sale el otro en sus días libres —, ella sabe cuándo estoy por perder la paciencia, cuándo tengo hambre, cuándo necesito cinco minutos de silencio. Y actúa en consecuencia, sin preguntar.

No somos amigos. Eso está claro. Pero Hellen tolera aspectos de mí que ni Callan tolera.

Sabe, por ejemplo, cómo me gusta que esté doblado un guion, cómo debe estar organizada mi agenda para que no quiera prenderle fuego, qué tipo de té bebo y qué olor me pone de mal humor.

Se ocupa de todo. Es un alivio trabajar con una persona que no confunde el oficio con la cercanía.

Mientras me sirvo un sándwich, Hellen me comenta sobre nuestros planes para hoy, las escenas que grabaremos y el tiempo libre que me queda, en caso de que quiera hacer un nuevo recorrido en soledad absoluta para que cargue mi celular antes de salir.

Aunque lo último me lo dice con una cuota de sarcasmo.

Cuando llegamos al set, es un lugar distinto a lo que esperaba. Sé que la escena debe ser grabada en un bosque, pero este bosque se ha convertido en un nuevo mundo. Esta es una de las fantasías catastrofistas de Julien. Latorre sabe a la perfección lo que hace.

A esta hora, la niebla parece obedecer a los técnicos de efectos especiales, pues se desliza entre los árboles como si conociera el guion.

Los helechos húmedos, la tierra blanda bajo los pies, las ramas crujientes se mezclan con la escenografía dorada, los detalles, las piezas de piano rotas alrededor.

A unos metros, se alzan los búnkeres rodantes que hacen de camerinos y salas de vestuario.

Esta vez, comparto camerino con Seren, Donovan James y Landon Smith, dos actores secundarios.

Donovan no es un novato, nos conocemos desde Luna de acero .

Ingenioso y buen conversador. Improvisa lo justo para que resulte brillante y lo suficiente para sacarme de quicio.

Hoy lleva el cabello oscuro peinado hacia atrás y su sonrisa aún ocupa su rostro completo.

Interpreta a Elías Moreau, hermano mayor de Aurora, un hombre poco impresionable que cuestiona la ausencia de Julien en su hogar.

Landon ha aparecido junto a Latorre, por lo que asumo que AquilaTV tiene algo que ver con él. Cumple con el perfil de su personaje: Bastián Ravel, amigo de Leonel. Piel cálida, facciones marcadas, mirada oscura. Es silencioso. Algo más distante, aunque no tanto como Seren.

Son buenos en lo suyo, no voy a negarlo. Mientras no interfieran en mi camino, todo estará bien.

—¿Te pasa algo? —me pregunta Seren cuando entro al búnker. Se apoya en una pequeña mesa llena de maquillaje.

Esa sensación incómoda que cargo desde ayer sigue ahí. Supongo que es la resaca moral de haber hecho que todos se preocuparan por mí. Sé que no puedo disimular mis expresiones, sobre todo cuando estoy incómodo o molesto, por lo que no me sorprende que algo en mi rostro haya llamado su atención.

—Quería agradecerte por lo de anoche.

Admito que le di vueltas al asunto hasta que me quedé dormido, como si mi cabeza quisiera recordarme que cualquier error mío siempre puede terminar peor.

Me avergüenza saber que he hecho algo mal y asumir mi derrota en algo tan simple.

Sin embargo, no puedo evadir la realidad, y es que, si no fuese por él, mi regreso se habría tornado más complejo de lo que fue.

Me queda agradecerle por ello, sin importar que él ahogue una pequeña risa y diga:

—Da igual. Solo recuerda que me debes una.

—¿Disculpa?

Inesperado. De pronto, y sin que me diese cuenta, Seren Montiel esconde al chico tímido que tomó mi mano temblorosa hace unas semanas atrás y pone en su lugar a un alto novato arrogante con cabello azul fantasía.

—También te disculpo, si te parece bien —dice.

Se me abrigan las orejas. Y debo darme la vuelta para evitar esta discusión, debido a que los otros dos hombres entran al búnker charlando sobre las escenas que nos toca grabar en unos minutos.

Saludan a Seren con extrema familiaridad y a mí con extremo respeto, pero no me quejo.

Supongo que mi trayectoria pesa, incluso después de etapas menos brillantes.

Hay un valor discreto en esa demostración; marca una diferencia entre Seren y yo.

De todos modos, me incluyen en su conversación banal todo el tiempo que decido participar.

Me hacen preguntas sobre mi vida personal y sobre mi vida profesional.

Me limito a responder solo las últimas. Entre tantas personas aquí dentro, me impresiona cómo el perfume amaderado de Seren Montiel impregna cada rincón. Me toco la nariz para no estornudar.

—Entonces, Ded —dice Donovan—. Danos un tip .

—¿Para…? —Muevo la mano para pedirle que continúe.

—Involucrarse en el personaje. Eres el mejor de todos aquí… o, al menos, el que tiene mayor trayectoria.

Puedo debatir eso. Desde Luna de acero , Donovan trabaja sin grandes sobresaltos pero de manera constante. Es de esos actores en los que la industria confía porque sabe adaptarse sobre la marcha y no estorba el proceso. Ha construido una carrera sin escándalos.

—Creo que es fácil aprender líneas, pero no entiendo bien cómo te transformas, ¿me entiendes? Es que… he visto tus otros proyectos y ¡ Woah ! Es increíble cómo dejas de ser tú y de repente eres tus personajes.

—¿No es eso de lo que se trata actuar? —Seren se burla con una ceja alzada y los brazos cruzados en su pecho.

Creo que me he perdido de algo. ¿En qué momento la altanería se ha vuelto parte de su personalidad? Aunque no puedo negar que tiene razón, ignoro su comentario.

—Lo principal es aprender todo sobre tu personaje —digo. Y me dirijo a Seren—. Por ejemplo, ¿qué sabes sobre Leonel?

—Es el chico que admira al pianista —contesta como si fuese obvio.

—¿Es todo?

—¿Por qué?

Leonel Salvatore. Un estudiante de Derecho que pierde el camino y debe hallar una forma de sobrellevar las dificultades de su carrera.

En su búsqueda se encuentra con Julien Bec y descubre un mundo nuevo.

Creció en una familia de padres abogados, obsesionados con la estructura, la disciplina y el orden, con un amplio repudio por el arte.

Conocer a Julien es su puerta a un mundo desconocido lleno de colores, música, placer y vida.

Su admiración por un pianista que por alguna razón desarrolló poderes mágicos es genuina.

Sin embargo, esto lo lleva a la locura, acaba con la vida de su padre y pierde a su madre por ello.

La soledad y la obsesión lo consumen hasta el final.

Es un personaje memorable, hermoso y complejo.

Daría mi vida por interpretar a Leonel, pero no cumplo con la edad ni físico esperado por los productores y la dirección.

Haber pasado los treinta se declara casi como delito en la industria, cada vez parece quedarme menos tiempo para obtener un papel así de fresco.

—No funciona solo con repetir sus palabras —añado, ya que tengo la atención de todos—. Tienes que ser tu personaje. ¿Qué siente? ¿Qué quiere? ¿Cuáles son sus intenciones?

Existe un truco esencial para atravesar las escenas sin caer en un torpe intento de parecer auténtico: conocer al personaje en su esencia más profunda.

Tal vez por eso me resulta tan fácil dejarme atravesar; cargar culpas es un idioma que hablo con fluidez.

Parece un dato sencillo, pero muchos lo pasan por alto —y no solo los novatos—, trabajan en sus papeles por pura inercia o por la fortuna de compartir rasgos con su rol, lo que les libra del peso de fingir.

Pero la actuación verdadera no es un juego de azar, es un arte que exige entendimiento y entrega.

—Aprender todo sobre tu personaje es fundamental —insisto—. Pero solo cuando lo dejas atravesarte y lo pones en acción, con técnica y presencia, ese conocimiento se convierte en actuación.

Donovan ríe tras exhalar un suave «woah» y asiente, a mi parecer, convencido de mis palabras.

Landon ha estado en silencio todo el tiempo, atento a la conversación.

En cuanto a Seren, además de estar callado y absurdamente protegido por sus brazos, toma su celular y permanece atento a la pantalla durante un largo rato.

Converso la mayor parte del tiempo con Donovan sobre sinsentidos, sobre actuación y cine.

Es así una y otra vez, durante dos semanas.

Una práctica tras otra, una línea a la vez.

Las pausas entre escena y escena se convierten en pequeños rituales donde filosofamos con el mismo desgano con el que a veces tomamos el té.

Donovan es espontáneo, afilado sin ser ofensivo, lleno de ideas medio absurdas.

Tiene esa cualidad extraña de parecer liviano mientras arrastra pensamientos pesados.

No siempre estoy de acuerdo con él, pero hay algo en su manera de llevar las conversaciones que me hace quedarme.

Además, me agrada la forma en que se toma el cabello cuando habla, es un gesto simple y atractivo.

Seren, en cambio, guarda silencio. Siempre.

Cada vez que contesta una pregunta, parece elegir cada palabra con pinzas y decidir que casi ninguna vale la pena ser dicha.

Solo con Landon parece animado al hablar, al menos hasta que entro al búnker.

En ocasiones creo que le incomoda mi presencia.

Otras, creo que la busca. Es difícil saberlo.

Pero lo cierto es que siempre está cerca, como una sombra fija en el margen del encuadre.

Observa. Escucha. No interrumpe, pero mantiene su atención firme, como si tomara nota de cada cosa que sale de mi boca.

Y Landon... Su rol en la serie no es central, su personaje aparece solo en algunos episodios.

Tal vez por eso se muestra más interesado en ser cordial con Seren.

No habla tanto, pero cuando lo hace todos escuchan.

Sus comentarios traen decisiones, y en esta industria eso vale más que la simpatía.

Es bueno en lo que hace, me atrevo a decir que incluso mejor que Donovan.

Pero en Vespra tiene pocas escenas y pronto se despide de nosotros.

Donovan lo sigue un par de días después.

Los veremos otra vez en Saras. Aquí solo quedan escenas entre Seren y yo.

En un descanso, me siento junto a él y le acerco un paquete de gomitas ácidas. No es gran cosa, pero se siente como una forma mínima de equilibrar la balanza.

—Tengo prohibido comer dulces.

—Ivanka no tiene por qué saberlo —digo, como si fuera un secreto que provocará nuestra muerte. Aunque, bueno, como conozco a Ivanka, no me sorprendería si eso sucediera—. Toma, nos quedan dos días para sobrevivir aquí aún.

Seren acepta. Apenas roza el paquete con la mano, con una media sonrisa, me lo arrebata. Luego, me ofrece tomar algunas. Ese gesto mínimo de reciprocidad hace que sienta una especie de triunfo silencioso.

Las jornadas en Vespra se alargan entre tomas repetidas, cambios de vestuario, repasos de guion y esperas eternas mientras la luz es ajustada una y otra vez. Cada lugar al que llegamos a grabar se siente como si el mundo entero se hubiera reducido a una porción de tierra y ficción.

Con el tiempo, el cansancio se vuelve parte de mi cuerpo.

Como una segunda piel. Y sin grandes anuncios, las grabaciones en Vespra terminan.

Las luces se apagan por unos días. El equipo comienza a desmontar el último set.

Los camerinos móviles se ordenan y los guiones se revisan otra vez.

Me voy a casa medianamente satisfecho, con la sensación de haber atravesado algo que se veía difícil y lejano.

No sé si sea bueno o malo. Solo sé que Julien tiene hambre. Hambre de mí. De continuar poseyéndome. Y yo, como siempre, estoy dispuesto a ofrecerme completo. Tal vez porque desaparecer en un personaje es lo más parecido a descansar de mí mismo.