El dilema de mirar un cielo estrellado 7
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No encuentro la paz hasta que, al caer la tarde, mi espalda toca el respaldo del asiento dentro de la van que nos lleva de regreso al hotel. Me coloco los auriculares y cierro mis ojos. No duermo nada, pero sé que hemos llegado porque el vehículo lleva un rato detenido.

Escucho la voz de Hellen a lo lejos y siento su mano en mi hombro. Su sonrisa, por alguna razón, me resulta gratificante, por lo que le sonrío de vuelta antes de bajar de la van.

—¿Estás bien? —me pregunta cuando entramos al ascensor—. En el almuerzo te veías preocupado.

Me siento un poco idiota. Le di vueltas a algo tan simple, con razón no volvió a buscarme.

—Solo me abrumé un poco con la escena —digo—. Igual estoy algo cansado, no dormí nada durante el viaje… —suspiro—. Necesito un chai.

—Te pediré uno.

—No te preocupes. Saldré a comprar, me servirá para despejarme. —Su expresión preocupada me hace poner los ojos en blanco—. Volveré temprano. Te envío mi ubicación.

—Puedo acompañarte.

—No. De verdad, no pasa nada, puedo solo.

—Seren conoce la ciudad… Podrías pedirle que te haga compañía.

—No, gracias. —Curvo mis labios para demostrar que la idea me causa incluso repulsión.

—¿Estás seguro? Está por anochecer —Hellen alza una ceja. Mi sonrisa decae—. Lo siento, pero tengo que asegurarme.

Exhalo un pesado suspiro con la intención de demostrar lo mucho que me molesta que siga sin aceptar mi decisión. También me irrita que mencione algo como eso. Hasta que dice «bueno», igual de harta que yo.

Tomo una ducha antes de salir y cumplo con compartirle mi ubicación en tiempo real para que esté tranquila. De acuerdo con mi mapa, la cafetería mejor evaluada de la zona se encuentra a un par de cuadras. Espero tener la suerte de que siga abierta y que el mapa no me haya jugado una mala pasada.

A medio camino, decido que es buena idea darme una vuelta en autobús y visitar otra cafetería. Mi mente necesita un escape, por lo que ni siquiera debo ceder ante la idea. Prometo que solo será esta vez. Nada tendría por qué salir mal, solo voy por un té.

Vespra parece ser una ciudad muy concurrida, con transportes plagados de personas.

Pronto caerá la noche y todo sigue como si estuviésemos en hora punta.

Camino entre el aglomeramiento sin que nadie se aparte para dejarme pasar.

Los rostros avanzan tranquilos, seguros de su rumbo, y en ninguno encuentro la más mínima señal de que me reconozcan.

Paso por una avenida llena de locales de comida, imaginando lo que haría si pudiera detenerme en cada uno, sin el temor de que incluso así nada cambie.

Me cuesta aceptar que, en medio de la multitud, aún no resalto como debería.

Mi parada se encuentra a menos de cinco minutos, los que se vuelven eternos cuando la música de mis auriculares se apaga y, luego, mi celular vibra en despedida. No me lo puedo creer. Este pudo ser un día ganado. Lo estaba controlando a la perfección.

Recuerdo que mi recorrido acaba en la parada número diez.

Solo debo bajarme y caminar un par de cuadras por la avenida central para encontrar la cafetería.

Voy con cautela, fingiendo que no soy un turista que no tiene idea de dónde se encuentra.

Respiro con calma solo cuando la campanilla de la puerta de entrada de la cafetería suena.

—Estamos por cerrar —me dice una chica mientras limpia el mostrador. Entonces alza la mirada—. ¿Eres…?

Me llevo una mano al cuello y me encojo de hombros. Bien, no esperaba que justo ahora una persona me reconociera. Al parecer, la probabilidad es casi efímera, pero nunca cero.

—¿Soy…?

—Ded Rossel.

—¿ ¡ Ded Rossel ! ? —grita alguien desde el otro lado de la cocina. Un chico se asoma por la ventanilla—. ¡ No me lo creo !

—Justo hoy hablábamos de ti…

Ambos comienzan a balbucear cosas a las que no les presto mucha atención, me marea un poco su entusiasmo y, para ser sincero, no es como si les comprenda muy bien el punto.

Una parte de mí disfruta la seguridad y la ilusión con la que me hablan; la otra calcula la salida más cercana.

Es absurdo que camine por calles repletas sin existir para nadie y que justo ahora, cuando estoy cansado y sin ánimo de interactuar, alguien me reconozca.

Al menos funciona para que me sirvan un vaso enorme de su mejor chai latte y me presten un cargador. Envío un mensaje a Hellen para explicarle lo que me ha pasado, que sepa que sigo con vida y le adjunto mi ubicación.

Tolero una conversación banal con los chicos en la cafetería por un par de minutos, en los que esquivo la pregunta de «¿a qué se debe tu visita?

» más veces de las que podría contar. Para compensar el silencio, acepto que nos tomemos una fotografía con la promesa de que no la compartirán hasta dentro de unos días, cuando ya esté de regreso en Saras.

Tuve la intención de quedarme a disfrutar del té dentro del local, pero prefiero disfrutar de mi soledad.

Sin importar lo agotado que estoy de caminar, me agota más tener que lidiar con la presión de no poder mostrarme como tal junto a otras personas.

No quiero especulaciones de ningún tipo en internet acerca de todo este encuentro.

Les deseo lo mejor para su semana antes de salir.

Dos pasos fuera y el celular vibra en mi mano. Hellen no levanta el tono, pero puedo sentir que me abofetea a través del altavoz.

—Ya estaba preocupada, Dedrick.

—Un pequeño traspié. —Me rio. Ella no capta la gracia de mi broma—. Estoy bien. Ya me voy al hotel.

Sigo mis pasos de regreso. Esta no es la avenida central que recuerdo; todos los locales están bajando sus cortinas de metal o volteando sus letreros. La voz de Hellen me hace compañía mientras avanzo hasta el final de la cuadra, donde el flujo de personas es mayor.

—Pediré un taxi —digo.

—Iré a buscarte. Quédate donde estás.

—No te preocupes. Aquí me tomará uno rápido.

—Dedrick…

Bufo con frustración y me detengo junto a unos chicos. No estoy seguro de si me acomoda que de pronto me miren y se inclinen unos hacia otros. ¿Se nota tanto que estoy desorientado o acaso me han reconocido? El ardor me sube desde el estómago hasta las orejas.

—Está bien —suspiro—. Te espero aquí.

Las calles se ven menos congestionadas, pero Hellen tarda más de lo esperado. Lucho conmigo para no moverme de aquí. Estoy solo en medio de una vereda cada vez más vacía, el frío me quema los dedos de los pies y sostengo mi único abrigo en la mano.

Son minutos eternos que me devuelven a la calma cuando la camioneta de Hellen se detiene frente a mí. Baja el vidrio de la ventanilla y me dedica su peor mirada, cejas fruncidas.

—¿Qué pasa?

No termino de entender la intensidad de su enojo.

—Me equivoqué de calle —dice tajante—. Sube.

Sé que no he hecho todo mal, pero sentirme regañado me lleva de inmediato a ponerme a la defensiva. Le devuelvo la misma expresión de cansancio y me deslizo hacia los asientos de atrás.

El ánimo de discutir se me derrumba. No ha venido sola.

Seren Montiel me mira impasible desde el otro rincón del vehículo.

Verlo me provoca una incertidumbre e incomodidad difícil de sacudir.

El interior del vehículo está impregnado de su perfume, ese aroma amaderado que parece querer imponerse sobre todo.

Hellen ni siquiera me dirige una mirada.

Solo habla con molestia y me explica que ha tenido que devolverse para pedirle ayuda a Seren, porque el mapa la enviaba a una calle distinta.

Y claro, ahora tengo que admitir que este hombre fue útil.

Que, gracias a su familiaridad con esta ciudad, me encontraron.

Me trago el orgullo y le doy las gracias. De vez en cuando le echo un vistazo. Él no aparta la vista de la ventanilla en todo el trayecto. No dice nada.

Me disculpo con Hellen por ponerla en aprietos, ella solo asiente, supongo que ha tenido suficiente por este día. Todo es silencio hasta que me deja en la puerta de mi habitación.

—Buenas noches —dice Seren y se aleja sin mirarnos.

—Gracias, cariño —le dice Hellen. Él solo responde alzando el pulgar—. Debería darte vergüenza.

—¿Por? Fuiste tú quien se ofreció a ir a buscarme. —Me apoyo contra la puerta de mi habitación y me cruzo de brazos. Hellen bufa—. ¿Qué es lo que te molesta?

—Solo me asusta perderte el rastro como la otra vez.

La frase le queda en la boca, amarga. No le doy tiempo a seguir.

—Dije que iba por un té. Te envié mi ubicación en tiempo real, sabías exactamente dónde estaba.

—El mapa me lanzaba a otra calle. —Alza las cejas, subraya el error y deja constancia de una falta que no piensa pasar por alto—. Y, en verdad, si soy sincera, nunca sé a dónde vas… ni cuánto vas a tardar.

Mi alma se me escapa sin permiso. Como si alguien me arrojase lejos de mí mismo, sin cuidado, dejándome a solas con un recuerdo.

Regresa esa sensación asfixiante de haber atravesado un día terrible.

Calles desconocidas, luces que me marean, la sensación de avanzar y perderme al mismo tiempo.

Ecos de promesas que no se han cumplido y un rostro que debería acompañarme pero se difumina en la bruma nocturna.

Entiendo su necesidad de ejercer cierto control sobre lo que hago, pero no la forma. Me hace sentir como si fuera alguien imposible de sostener.

Aunque intento ocultar mi molestia, no es sencillo; el mentón me tiembla de tanto apretar los dientes. Hellen frunce las cejas y, recién entonces, noto también que deja caer los hombros y exhala un suspiro pesado. Se ha rendido y, muy en el fondo, se lo agradezco.

—Bien. Lo siento. —Desvía la mirada—. Estaba preocupada.

—Entiendo. —Tomo la llave de mi habitación—. Nos vemos mañana.

Cierro sin hacer ruido. Apoyo la espalda contra la puerta, apenas lo suficiente para comprobar que de verdad estoy aquí. El silencio me cae encima. Hay cosas que preferiría no volver a tocar, pero regresan igual. Mañana volveremos a empezar y, aun así, sé que algo se movió de lugar