El dilema de mirar un cielo estrellado 6
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Los viajes de trabajo nocturnos son una mala idea para las personas que no tienen muchas facilidades para descansar.

Como yo, por ejemplo. Pero Ariadna Latorre está obsesionada con sus ideas y jamás da su brazo a torcer, por lo que el equipo de grabación de Ritmos de ruina se dirige a la ciudad de Vespra para iniciar la filmación de la primera temporada.

Hellen dice que Vespra es una metrópolis similar a Saras, pero tiene algo que esta no: el mirador panorámico de Andrómeda.

Un lugar tan único que Latorre se ha negado a utilizar alternativas artificiales para emularlo, alegando que la historia ya tiene suficiente realismo mágico como para permitirse más irrealidad.

Admito que el hecho de grabar en otra ciudad tiene su encanto.

Nunca he estado en Vespra, lo cual resulta conveniente.

Me gusta hacer recorridos, conocer lugares nuevos y visitar cafeterías.

Algo que mi equipo llama «desobediencia», para mí es un buen panorama.

Más aún considerando que no he tenido demasiado tiempo libre estos dos últimos meses.

Funcionará para desconectar de la grabación por, al menos, unos minutos a la semana.

Solo me queda convencer a Hellen y Josh.

Nuestra llegada es en la madrugada, horario en el cual se nota cada vez más que se acerca el final del verano; la temperatura es considerablemente más baja que hace un mes. Apenas alcanzo a acomodarme en mi habitación del hotel antes de que Hellen golpee mi puerta para avisarme que debemos salir.

Nos desplazamos al mirador de Andrómeda antes del amanecer.

Todo el equipo, los asistentes, Seren y yo.

El resto del reparto tiene el privilegio de dormir unas horas.

Bajo mis ojos hay marcas que delatan las escasas —y malas— horas de sueño que tuve durante el viaje.

Las noches en movimiento siempre me juegan en contra.

Pero nada que un maquillaje decente no disimule, y nada que no haya vivido antes.

El entusiasmo por empezar a grabar todavía pesa más que el agotamiento.

A mi lado, Seren repasa el guion. Cierra los ojos, murmura líneas y suspira con cierta desesperación cada vez que algo no le cuadra. No le digo nada al respecto, al menos por un rato. Creo que ha sido suficiente con los ensayos previos.

—¿Nervioso? —Claro que no iba a quedarme en silencio tanto tiempo, y se lo preguntó sin mirarlo, como si no llevase media hora haciéndolo.

—Un poco. —Vuelve a suspirar—. ¿Cuándo dejaste de bloquearte? De solo pensar en que tantas personas supervisarán lo que hago, me estreso.

—Jamás me he bloqueado.

Entonces me pregunto si a Seren de verdad se le pasó por la cabeza que dedicarse a la actuación sería algo difícil. Sin embargo, me abstengo de preguntárselo. Algo en mi respuesta lo ha inquietado, porque vuelve al guion con urgencia y no se despega hasta que llegamos.

El mirador es una estructura sencilla de madera negra y acero envejecido, diseñada para resistir siglos en el abandono.

Su verdadera magia se encuentra en la vista, es una revelación.

Las luces de la ciudad se extienden como constelaciones atrapadas en la tierra.

El nombre le queda bien, porque es como una galaxia.

Hay algo allá afuera —en esa línea donde el cielo se vuelve casi líquido—, una pulsación, un destello, o tal vez solo es mi cerebro que intenta dar forma a tanta distancia.

Me apoyo en la baranda. El silencio es sólido, casi táctil. No soy un místico de montaña, pero algo me pasa en el pecho. Algo que ni el cinismo puede disolver. Supongo que así es la magia: no te da respuestas, solo te recuerda que existes. Y que eso, para el universo, ya es mucho.

La escena comienza a armarse, las cámaras son instaladas, las luces acomodadas.

Un piano enorme es trasladado cerca de las barandas mientras una luz se posa en mi cara y las maquilladoras comienzan a acariciarme con brochas y pinceles.

Debo estar listo antes de que llegue el amanecer.

Cada segundo está calculado. En cuestión de minutos estoy cubierto por un enorme abrigo de terciopelo negro, y mientras me pongoun par de guantes de cuero blanco…

—¡Ded! —grita Latorre.

Las escenas de piano son una catarsis continua en la práctica.

Llevo años trabajando en mis habilidades musicales con el objetivo de alcanzar, en algún momento, la excelencia de un artista completo.

Pienso en los casi diez años de trabajo arduo que me han traído hasta aquí, a la oportunidad de demostrarlo.

El impulsor de la música en la vida de toda mi familia fue mi abuelo Eloy.

Nos ha criado con un tocadiscos, bailes en la sala de todas las casas que tuvieron la fortuna de recibirlo, además del karaoke en las cenas familiares.

En lugar de juguetes o cosas que nos hagan ilusión, suele regalar vinilos con portadas ajadas y nombres que nadie de mi generación conoce.

Ama a Jo Stafford y The Mills Brothers con una devoción que, vista desde fuera, podría rozar lo ridículo.

Pero el fanatismo es un amor que jamás ha sido estigmatizado en la familia Rossel. Jillian y yo crecimos entendiendo que los ídolos, por cursis o antiguos que parezcan, son parte del archivo íntimo de una historia personal. Y se defienden como se defiende un buen recuerdo: a raíz de las emociones.

Tocar el piano siempre me arrastra al pasado.

Claro que es mi abuelo quien me deja mi primer instrumento, una herencia que sigue ocupando su rincón en mi antigua casa.

Ambos —el instrumento y el viejo Eloy— son parte de lo poco que aún valoro, y continúan conmigo, aunque a los dos los vea apenas un par de veces al año.

«¡Acción!».

El funcionamiento de un piano es tan sencillo como estricto, y hay algo en esa precisión que me resulta familiar.

Cada cuerda vibra dentro de un límite claro: las más largas sostienen los sonidos graves; las cortas alcanzan los agudos.

Dos cuerdas sometidas a la misma tensión no responden igual si una se extiende más que la otra.

Al forzarlas, terminan chocando entre sí y rompen el delicado equilibrio que permite que el instrumento funcione.

A mí me ocurre lo mismo. Cuando me exijo más de lo que puedo dar, me desajusto, me salgo de eje.

Mis manos empiezan a tocar antes de que me dé cuenta. Sumergirme en la música es lo único que me mantiene en tierra.

Esta es una de mis escenas favoritas. Julien, arrinconado por su propio fracaso, vuelve a la casa donde todo empezó.

El piano, viejo y desafinado, sigue en el mismo rincón, como si lo hubiera estado esperando.

No hay redención sin riesgo, y él lo sabe.

Leonel ya viene en camino —eso lo sentimos todos, aunque no aparezca aún—, y Julien apenas empieza a recordar cómo se tocan las teclas.

No hay tiempo para torpezas ni segundas oportunidades.

O termina la pieza, o se acaba todo. Así de simple.

Lo importante es la tensión, esa que se palpa en las manos que tiemblan, aunque fingen firmeza.

Si cierra los ojos, tal vez lo logra. Si se detiene, está perdido.

En este momento, Julien no necesita aplausos.

Necesita terminar. Porque si la canción no se completa, Julien no solo pierde la batalla, desaparece.

¿Y el mirador? Es solo una representación del lugar al que se transporta con la música.

El silencio en el set es absoluto, pero cuando la música comienza, se vuelve expectante.

Cada nota es precisa, limpia, y su efecto en escena es inmediato: la eleva.

Han pasado años desde la última vez que algo tan simple logra sostenerme de este modo.

El tiempo del rodaje se repliega por un instante y tocar se vuelve una pausa necesaria, un recordatorio de por qué persisto en este oficio.

Sé que soy observado y, por una fracción de segundo, reconocido.

La intensidad de esta escena ha encontrado un doble motivo.

Me esfuerzo por mantener el foco y no dejar que una imagen equivocada se cuele entre las notas.

Cuando abro los ojos, la música ya ha terminado. No es hasta que Latorre grita «¡corte!» que los aplausos me alcanzan. Sonrío amplio sin asimilar que ha quedado perfecto en una sola toma.

Al pasar junto a Seren, levanto las cejas y sigo mi camino hacia mi asiento para descansar y abrigarme. El clima de Vespra es bastante frío para lo que acostumbro, me duelen los dedos de los pies.

Sam, la asistente de dirección, se sienta a mi lado para felicitarme.

La escucho con una sonrisa y agradezco sus palabras con la tranquilidad de saber que realmente funcionó.

Para cuando termina de hablar, los cinco minutos de descanso han finalizado.

Sam, tras anunciar que inicia la grabación de la escena cuarenta y ocho, me da una leve palmada en el hombro antes de levantarse.

De reojo, noto cómo Seren se mueve de un lado a otro sin soltar el guion. Tras un momento, se queda observando un plano mientras todos los demás se dispersan hacia sus posiciones.

—Lo harás bien. Relájate —le digo.

Solo me mira de soslayo y sonríe un poco. Luego, deja el guion sobre su silla y se aleja en dirección a su posición.

Esta es mi escena menos favorita. Julien no logra teletransportarse cuando Leonel irrumpe. Es una irrupción pausada. Se sienta al lado de Julien y, con tan solo tocar una tecla, transforma la tonalidad de su melodía. Y con ello, sus vidas. Julien lo pierde todo. Leonel se lleva su poder.

«¡Acción!».

Inicio desde la mitad de la melodía, pero no consigo perderme en ella. Mi atención se centra en la forma en que Seren se acerca. El repiqueteo de sus pasos me distrae y me equivoco en un acorde.

«¡Corten! ¡Otra vez!».

—¡Concéntrate! —me grita Latorre.

Abro los ojos. Bien, ha sido mi culpa. Necesito dejar de alardear. Seren, a unos pasos de mí, se disculpa de forma efusiva, cree que ha sido su culpa.

—Tranquilo —le susurro.

«¡Acción!».

Es sencillo reiniciar. Lo hacemos dos veces más por cuestiones de iluminación, pues Latorre es quisquillosa.

Otra vez estoy tan inmerso en mi tarea que mi sorpresa es genuina cuando Seren se sienta a mi lado e interrumpe la melodía con dos notas que no estaban dentro del guion. Funcionan mucho mejor que lo planeado.

“RITMOS DE RUINA” – TEMPORADA I

EPISODIO 10: “La sombra de Julien”

EXT. MIRADOR MÁGICO – DÍA

El espacio no obedece a las reglas del mundo real. No hay paredes definidas, solo penumbra. En el centro, un piano de cola. Las teclas emiten un brillo tenue.

JULIEN toca.

Detrás de él, LEONEL emerge de las sombras. Se sienta junto a JULIEN . Observa. Calcula.

LEONEL extiende la mano. Con un solo dedo presiona una tecla.

JULIEN deja de tocar. Se golpea la cabeza con los puños, desesperado.

LEONEL toca el piano, concentrado, con una sonrisa fría.

JULIEN

No… ¡No, no, no!

LEONEL

Sí. Te tengo. Lo tengo.

Es mío. ¡Por fin, es mío!

¡Eres mío!

El mundo se inclina.

Leonel sonríe, pero no es la sonrisa dulce del admirador inocente que Julien conoció hace meses.

Es la alegría en la perversidad de conseguir arrebatarle la vida a una persona, y condenarla a su peor destino.

Es la entrada a una vida vacía y absurda.

Una vida que no sabe cómo vivir. Es la personificación de la locura.

Esa locura que no te mata, sino que se queda contigo y te arranca lo más valioso que posees.

Es Leonel Salvatore en todo su esplendor. Y no desaparece.

«¡Corten! ¡Se queda!».

Luego vienen los aplausos. Yo no regreso. Seren busca mi mirada, tiene la cabeza ligeramente inclinada y las cejas alzadas.

—Dios, eso fue… —intento decir, pero mis labios tardan en abrirse—. Fue increíble.

La escena ha salido magnífica. La forma en que encarna a Leonel supera por mucho lo que alguna vez me permití creer, aunque siempre tuve claro que Seren Montiel era un diamante en bruto.

Las elecciones de Ivanka Tiberi no son al azar: ve más allá de una cara bonita y casi siempre acierta.

Sin embargo, por un segundo deseé que esta vez se equivocara, aunque fuera un poco, que Seren Montiel fuera solo uno más del montón.

Sería increíble. Tal como la sonrisa que me dedica al oír esa palabra, mientras me agradece con un hilo de voz.

Me queda fingir neutralidad, porque no puedo permitir que note lo mucho que me está costando regresar a mí.

Darme cuenta de que mis temores sobre la amenaza que Seren representa no eran infundados me empuja, una y otra vez, al rincón donde se ubican los asientos en el fondo del set.

Me tiemblan las manos. Mi corazón late con fuerza. No, es el corazón de Julien.

Está bien, Julien, sé que es confuso, pero tendrás que levantarte e ir a un lugar más tranquilo.

Te seguiré. Solo nos llevará unos minutos acabar con esto.

Bien, así. Finge que no escuchaste a la rubia.

Uh, pídele unos minutos. No tengo idea de qué ha dicho.

Ignora al chico de cabello azul, no es importante.

Voy justo detrás de ti, no te preocupes.

¡Ese es el camerino! No debe haber nadie dentro.

Mójate la cara, anda. Respira. Inhala. Uno, dos, tres, cuatro.

Exhala. Uno, dos, tres, cuatro. Otra vez.

Apoyo las manos en el lavabo, mis nudillos están blancos. Julien se desvanece. El espejo me devuelve la cara de siempre. Noto el peso del cuerpo, el pulso en la garganta, el aire que entra sin esfuerzo. Regresar me ha tomado más tiempo del que debería.

Sé que la salida de mi camerino será una ola de preguntas, pero si me tardo aún más, será imposible librarme de ellas. Tomo un profundo respiro y practico una sonrisa antes de abrir la puerta. Necesito buscar a Hellen, sé que debía necesitarme para algo importante.

El equipo me mira cuando paso por su lado, pero solo hacen gestos de cortesía y continúan su camino. Busco a Hellen, pero solo veo a Josh, quien conversa con Latorre. Cuando alzo la mano para llamar su atención, una persona se detiene frente a mí.

Tal vez es por el momento de vulnerabilidad, pero veo a Seren aún más alto de lo que es. Aún trae su vestuario, por lo que sé que no ha pasado tanto tiempo desde que me fui y que la próxima escena se grabará pronto.

—¿Estás bien?

Finjo demencia. Miro a Seren con una ceja alzada y una expresión de confusión. Él me suelta el brazo cuando hago ademán de liberarme. Mi primer instinto es tocarme allí, se siente como si me hubiese hecho daño, aunque sé que no es verdad.

—Sí, ¿por qué?

—Te vi… agobiado.

—No pasa nada. —Intento sonreír—. Solo… —Me aclaro la garganta—. Estuviste genial, por cierto. ¿Cómo te sentiste?

Seren bate lentamente sus pestañas, como si asimilara mi patética forma de cambiar el tema. Al menos, cede.

—Bien —es toda su respuesta.

Abro la boca para contestarle al menos un monosílabo similar al suyo, pero la voz de Latorre, quien nos llama para grabar la siguiente escena, nos ofrece una vía de escape a ambos.