El dilema de mirar un cielo estrellado 5
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Nos citaron a las nueve, pero llegamos a las ocho y veinte. Nadie lo menciona. En esta industria, el tiempo es una cuerda floja que se tensa solo cuando el cliente no sonríe. A veces, ni siquiera eso. Supongo que, por ahora, llegar temprano no es una exigencia.

El estudio de fotografía es uno de estos en los que todo parece provisional y permanente a la vez.

Telones grises colgados con pinzas, pantallas blancas que reflectan luz sin alma, focos que zumban como insectos atrapados en el calor.

Por un instante, la luz demasiado blanca me pasa por encima como si no fuera para mí.

Solo un segundo. Un desajuste mínimo que odio.

Hay café en una mesa al fondo, pero huele más a cartón.

Alcanzo a divisar un termo y unas bolsas de té.

Le pregunto a Hellen si puede preparar uno para mí mientras Josh me acompaña a buscar mi camerino.

Lamentablemente, no lo encontramos. No existe mi camerino.

Es un área compartida, donde dan vueltas un centenar de personas, entre ellas mis compañeros y compañeras del elenco.

—Esto no es lo que me prometieron —masculla Josh. Yo me encojo de hombros—. Lo siento. Hablaré con el jefe.

—Da igual. Es mejor que cualquier lugar en el que haya estado antes.

No miento. El último estudio de fotografía en el que estuve tenía las paredes blancas manchadas con marcas de cinta vieja y huellas grises a las que no podría darles un nombre, incluso recuerdo que las luces colgaban de soportes torcidos y que los fondos fotográficos estaban colgados con pinzas disparejas, uno incluso se curvaba en la base como si llevara días húmedo.

No había nada que gritase que hubo algún intento de volverlo digno.

—Vamos a empezar con el elenco principal —dice alguien con auriculares mientras pasa por nuestro lado.

Las manos del equipo de maquillaje se mueven rápido.

Nos sientan frente a espejos altos con luces cálidas.

Me visten con una camisa bien abotonada en el cuello, un corbatín, un pantalón gris de pinzas que hace que mi cuerpo parezca más estilizado, pero lo cubren todo con un abrigo del mismo color —que, al menos, huele a nuevo—.

Los zapatos me quedan algo ajustados. Pero nada mal.

Luzco como la imagen limpia que tenía de Julien Bec.

Seren entra al set quince minutos más tarde.

Lo hace con la cabeza baja y apenas levanta la mano para saludar.

Su discreción me llama la atención. No dice nada, ni siquiera una palabra de cortesía, su fría presencia se impone sobre el bullicio del estudio.

En un lugar donde todos hablan, bromean y corren de un lado a otro, su retraimiento es como un golpe de aire frío.

Me resulta extraño, incluso desconcertante, que alguien pueda moverse así, tan invisible y al mismo tiempo tan presente.

—¿Cómo estás? —Busco su mirada.

—Bien, gracias —apenas un murmullo y cierra los ojos para permitir que la maquilladora haga su trabajo.

Le peinan el cabello hacia atrás con un leve desorden, le marcan las ojeras con intención: el chico desquiciado no debía parecer loco, pero sí como si no durmiese bien.

Su vestuario acompaña esa discreción. Lleva una camiseta blanca bajo una chaqueta de mezclilla marrón con botones grandes y costuras visibles, la que no le favorece del todo.

Sus jeans oscuros, de pierna recta, terminan justo sobre unos botines de cuero.

El resto de la espera se lo pasa encorvado en su silla, el cuerpo plegado sobre su celular. Lo veo repasar algo con el pulgar, tal vez un mensaje, tal vez nada. Es algo más callado que serio. Supongo que funciona bien para él, así que no interrumpo su momento.

A Liora Jensen le alisan un vestido crema ceñido en la cintura con una falda amplia que parece flotar con cada movimiento. Luego, le pintan los labios de un rosa brillante y le acomodan el cabello oscuro en una cola cubierta de extensiones.

Cuando nos vemos reflejados los tres, no hablamos. Es raro. Como si esta fuera la primera vez que entendemos de qué va realmente la serie.

No pensé que me gustaría. Las sesiones de fotos siempre me han parecido algo prestado; incluso si no estás en personaje, se siente como si te metieran en una versión tuya que no existe.

Pero esta vez es algo distinto. La luz es suave y envolvente.

Y cuando el fotógrafo dice «quieto», antes de disparar, no me siento congelado.

Me siento… contenido. En cada clic, algo encaja.

Veo una de las tomas en la pantalla y no me reconozco de inmediato, pero no me incomoda.

Soy yo, claro, pero con otra temperatura, como si la serie hubiera empezado a existir no en el guion, sino aquí, en esta imagen.

Me fascina convertirme en mis personajes hasta que no quede punto de comparación conmigo.

Luego es el turno de Seren. Se coloca frente al fondo blanco, entre los paneles de luz.

El fotógrafo le pide que se gire a la izquierda, pero sin parecer que sabe que está girando.

Sea lo que sea que signifique, él obedece.

Las luces suben. La sombra de su nariz cae en una línea perfecta y el azul de su cabello brilla con intensidad, más de lo que imaginaba.

De algún modo, me he acostumbrado y puedo aceptar que le queda bien.

—Más intensidad en la mirada, por favor. No estás en una comedia —dice una voz al costado.

Seren lo intenta. O finge intentarlo. No sabría decirlo. Desde donde estoy, se le nota incómodo y confundido. No solo con la pose, más bien con todo, como si se lo estuvieran pidiendo en otro idioma. Conozco esa expresión. Esa mezcla de esfuerzo y desconcierto cuando nada es suficiente.

—¿Pueden bajar un poco esta luz? —pregunta sin mirar a nadie en particular. Su voz apenas se oye sobre el zumbido del equipo.

—¿Perdón? —responde el fotógrafo mientras cambia de lente.

—Es que... esta luz. —Levanta una mano como queriendo cubrirse el lado derecho del rostro—. Rebota. Se ve mal.

Señala la pantalla donde está su fotografía para darse a entender, justo entre su frente y su cabello. Pero no entiendo dónde ve el problema.

—Está bien —responde el fotógrafo, sin convicción—. Vamos a ajustarla un poco.

Pero no la bajan. De hecho, aumentan un foco del otro lado.

—Otra toma —ordena la voz de alguien desde el monitor—. Más neutro. No tan emocional, no tan tenso. Seren, estás demasiado hacia adentro. Esto es para promocionar. Queremos a Leonel, no a ti.

Él baja un poco la cabeza, sin decir nada. Vuelve a girar el cuerpo, vuelve a posar. Lo veo tragar saliva. Dos disparos más de cámara, y entonces lo suelta, en voz baja, apenas audible desde mi posición, aunque lo suficiente como para que alguien más lo oiga.

—¿Qué dijiste? —pregunta la mujer de vestuario, quien está ajustando algo detrás del fondo.

—Nada. Que... que no entiendo qué buscan. No creo que Leonel se vea como me lo están pidiendo. No tiene sentido.

La sala no reacciona con enojo. Reacciona peor: con tensión burocrática. Ivanka se acerca desde el monitor. No grita. Solo camina. El sonido de sus tacones son su forma de advertencia.

—Seren —dice, como si le hablara a un niño cansado—. Sé que todo esto puede parecer... superficial. Pero necesitamos estas fotos. Son parte del paquete. El público necesita una imagen antes de conocerte. No queremos que vean tu incomodidad. Queremos que vean potencial.

—¿Potencial de qué? —cuestiona él, aún en el círculo de luz, con la sombra de su propio cuerpo cortando el fondo blanco.

—De venta, Seren. Potencial de venta. Esto es promoción, no arte. Concéntrate en tu trabajo.

No hay réplica. Solo un asentimiento, tras el cual infla sus fosas nasales y sus hombros caen.

Un movimiento de aquellos que no significan que estás de acuerdo, sino que entendiste que no hay espacio para pelear.

Le piden que repita la pose. Él lo hace.

Esta vez más rígido, más exacto, como si alguien hubiera apagado algo adentro suyo.

Las siguientes fotos salen perfectas, según dicen. El foco es bueno, el gesto es el correcto. Yo estoy de acuerdo. La cámara adora sus ojos de cachorro y el cabello azul.

Cuando termina su turno, vuelve a sentarse a mi lado. No dice nada. Ni siquiera mira el celular. Se queda ahí, con las manos cruzadas, como si estuviera intentando sostenerse por dentro. Yo ni siquiera intento decirle algo, me parece que hablarle en este momento será otro tipo de luz mal puesta.