El dilema de mirar un cielo estrellado 4
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Las carcajadas de Callan son, para mi desgracia, una suerte de bálsamo.

Hay algo brillante en su crueldad, una chispa afilada que se le cuela en la mirada.

Y aunque su cinismo suele agotar a cualquiera, hoy lo agradezco.

Tengo demasiado que escupir. Han sido, sin duda, las semanas más desgastantes desde que empezaron los ensayos.

No es que no sepa lidiar con los novatos —ya he cumplido con una cuota generosa—, pero esta vez me ha tocado compartir escena con una coestrella un tanto particular.

Seren Montiel, en ocasiones, actúa tan bien que me asombra su capacidad para memorizar e interpretar emociones.

Me resulta incluso amenazante. Pero en otros días —como, por ejemplo, ayer—, balbucea más de lo que habla.

Latorre se estresó tanto que decidió darnos un día libre.

La frustración me recorre como fiebre. Es tan palpable que Boomie, mi gata, escapa de mis brazos para encontrar un lugar seguro para su oscuro y suave pelaje entre los de mi mejor amiga.

—Traidora —suspiro.

Callan ríe otra vez. Boomie y ella congenian con facilidad, se reflejan la una en la otra.

Sobre todo en el color negro de su cabello y en la mirada filosa que te deja sin aliento.

Al menos hasta que Callan abre la boca y su risa te atraviesa.

Si eres mínimamente gracioso, prepárate para que tus tímpanos duelan el resto del tiempo que pases con ella.

Es una combinación de encanto desbordado y agresividad.

—Creo que te estás pasando un poco con el pobre chico —me dice.

Cierro la boca de golpe y me levanto del sofá. Si ella es quien lo señala, entonces sí me he pasado. Presiono los labios y exhalo por la nariz mientras me despeino con rabia. Vuelvo a sentarme y me dejo caer sobre sus piernas. La pobre Boomie vuelve a escapar de mí.

No sé si busco consuelo o, simplemente, una tregua con mis insufribles pensamientos.

A veces me pregunto si pierdo el tiempo al pensar tanto en lo que pueda llegar a suceder con Seren en escena.

Su torpeza es una amenaza real para el futuro de Ritmos de ruina .

No quiero ni imaginar lo que sucedería sin mi insistencia, sin la presión meticulosa que le impongo como única forma de salvar este proyecto.

Por supuesto que Callan lo entiende, aunque insista en que mi fijación por evitar la mediocridad roza lo obsesivo.

—A ver… No creo que siempre sea tan malo —insiste—. ¿Cuánto tardaste en que una escena te saliera bien la primera vez? Te tocó trabajar con una superestrella, no creo que no estuvieras nervioso.

No es lo mismo. Yo solo soy Ded Rossel, un actor medianamente conocido.

Tal vez solo soy un actor y ya. El argumento de Callan no es razonable porque Seren Montiel no sabe nada sobre mí.

Le escuché decir que me reconoce de la primera película que grabé, pero que no recuerda el título, detalle suficiente para saber que solo hizo una búsqueda rápida de mi nombre en Google y no encontró nada relevante.

No lo culpo. En realidad, es difícil encontrarme en internet.

Al fin y al cabo, sigo siendo alguien atrapado entre la trivialidad de la fama y la certeza incómoda de su anonimato.

—Quizá lo intimidas un poco. Tienes cara de poco amigos.

En eso tiene razón. Mi expresión tiende a mostrar molestia, pero no tengo la culpa de haber nacido con el ceño fruncido. Tampoco me parece un motivo suficiente para que haga mal las cosas. De ser cierto, es menos tolerante que yo a la adversidad.

—¿De verdad es tan malo?

—Ya, no siempre es tan malo. —Pongo los ojos en blanco—. Solo en algunas ocasiones, como ayer.

—Ahí está. Tal vez tuvo un mal día.

—¿Y eso qué? Está en el trabajo. Si se deja dominar por lo mal que se siente fuera del set, jamás llegaremos a nada.

Es Callan quien pone los ojos en blanco esta vez. Sabe, desde que tenemos seis años, que es difícil que me gane en una discusión, sobre todo si se trata de mi trabajo.

Sé que las circunstancias de la vida suelen generar dificultad en todos los aspectos que se le relacionan; que el trabajo cuesta aún más cuando la vida se torna compleja.

Sin embargo, también sé que siempre se puede dar todo de uno mismo.

El doble, el triple, lo que sea necesario para no dejar grietas por donde se cuele una crítica tibia o una mirada condescendiente.

En esta industria no se perdonan los errores. Y a mí no me interesa la indulgencia.

No trabajo para que digan que lo que hago está bien. ¿Qué clase de artista sería si no pudiera vaciarme por completo en lo que hago, hasta que el resultado arda en quien lo contemple?

Esta entrega incansable hacia lo que se ama la aprendo en edad temprana gracias a mi adorada Jillian, la hermana menor de mamá.

Nacemos con dos años de diferencia, pero ella parece tener una sabiduría proveniente de tiempos inmemoriales.

Suele decir que en su vida anterior fue una de las hijas de Zeus y Mnemósine: Calíope, o Euterpe si quiere ser precisa.

Yo siempre le creo. Es devota de la actuación, del cine, del teatro, de ese ritual sagrado en que un público contiene la respiración mientras alguien frente a ellos decide desnudar una parte de su alma.

Sin saberlo, deja un breve legado en mi corazón, el que me impulsa a aspirar a que el apellido Rossel brille en la industria que tanto la apasionó.

Con quince años, ya sobre el escenario, descubro que los aplausos sinceros tienen un sonido particular e inconfundible, algo que distingue la excelencia de lo mediocre.

A los dieciocho dejo Puerto Dara, me mudo a Saras y paso dos años en calidad de aprendiz en Lunaris a veces creo que podría haber hecho algo para cambiar el curso de esta escena.

No hay oportunidad de alfombras rojas ni sets de grabación compartidos, pero su presencia, de alguna forma, se cuela en los rodajes.

Ha sido difícil sin ella, pero sigo luchando.

Por eso no tolero la torpeza, ni los favores, ni el azar. Necesito método, precisión y pasión. No puedo permitir que Seren Montiel irrumpa en la calma rigurosa de los resultados de mi trabajo, lo único que me importa.

Callan continúa sentada en el sofá mientras lleno su cabeza de mis quejas durante más de una hora, en la que termino de preparar la cena. El aroma de este platillo debería sostener la calma de mi día libre.

—¿Cuándo inician las grabaciones?

—En dos semanas —respondo—. Depende de cuántas veces tengamos que repetir los ensayos hasta que salgan bien. Nos vamos a Vespra, grabaremos las escenas finales primero.

—Entiendo. —Es la palabra que más utiliza cuando no sabe qué añadir para que me sienta mejor—. ¿No hablas con él?

Ladeo la cabeza para preguntar en silencio a qué se refiere. En tanto, corto el pescado y sirvo nuestros platos.

—Por teléfono —aclara—. Mensajes y tal.

—¿Por qué haríamos eso?

—No lo sé. Tal vez, les falta algo de conexión… Hacerse amigos podría funcionar. O cercanos. Lo que sea.

—Dudo que podamos ser amigos.

A estas alturas de mi vida, dudo poder obtener muchas más amistades de las que ya tengo: ella.

Es mi único vínculo fuera de mi familia.

Con nuestros años de amistad, se ha vuelto parte de mi familia también.

El resto son rostros fugaces, equipos de producción que desaparecen con el último día de rodaje, compañeros que se alejan en cuanto el foco se apaga.

Seren Montiel es temporal en mi vida y así prefiero que se mantenga.

Es una distancia razonable. Colegas, buena relación, y cada uno en lo suyo.

No quiero darle espacio para que mi vida se convierta en una extensión de su ascenso.

Sé cómo funciona esta industria, se disfrazan las conveniencias de amistad, se miden las palabras para ganar aliados.

Lo he visto antes. Su brillo puede alimentarse del poco que a mí me queda.

Al parecer, la molestia con la idea se me nota demasiado, pues Callan interrumpe mis pensamientos.

—Bien, lo siento. —Alza las manos en señal de rendición—. Pero esta vez no estoy de tu lado. Creo que deberías relajarte un poco y disfrutar del proceso.

Relajarme un poco. ¿Tiene idea de lo ridículas que suenan esas palabras?

Mi carrera es lo más importante que tengo, Ded Rossel no se creó de la noche a la mañana.

Dejé a mi familia atrás con la única intención de lograr que mi cara decore cada rincón de esta maldita ciudad y no descansaré hasta que sea una realidad.

Quiero que todos se sientan agradecidos de verme; que admiren a cada personaje al que le doy vida; que inviertan dinero en eventos relacionados a mí, incluso si no estoy presente.

Cualquier error de este novato puede arruinar mi vida.

Las palabras siguen agolpándose en mi cabeza, pero ya no las entiendo.

Se vuelven ecos deformes, voces sin dueño.

Abro un cajón. El ruido metálico de los cubiertos me atraviesa, seco, distante.

Los tomo, los dejo sobre la isla, los observo vibrar como si también respiraran.

Después, me oigo pensar por un momento y, poco a poco, ya no me reconozco.

Hay alguien más dentro, repitiendo mis pensamientos con un tono que no me pertenece.

Estoy de pie en un punto flotante, y también estoy allá, con la mirada fija en el vapor que libera la comida recién servida.

Se mezcla con el aire, con mi propia presencia que se disuelve.

No sé cuál de los dos —el que mira o el que cocina— sigue siendo yo. Ninguno parece sentir nada.

—Ya —susurra Callan.

Su aliento tibio roza mi oreja y me arrastra de regreso. Me recuerda que estoy aquí. Me aferro a sus brazos, ella a mi cintura. Guardamos silencio por un momento.

—Gracias.

—Tenemos que cenar. Siéntate, yo sirvo. —Intento concentrarme en sus tranquilos movimientos—. ¡El otro día me pasó algo muy gracioso!

Cambiar el foco es la mejor estrategia. Se lo agradezco una vez más.

Hace mucho tiempo dejamos de hablar de lo que siento cuando esto sucede.

Callan ha aprendido a reconocerlo y a salvarme tan rápido como le es posible.

Desde la última vez que pasé una semana viéndome desde un punto flotante la mayor parte del tiempo, no ha dejado de venir.

Ahora llega y apaga mis incendios con las manos desnudas, sin decir una palabra, solo para recordarme que el cuerpo no existe sin mí.