42
La noche había caído sobre The Rocks. Las calles de piedra brillaban con el reflejo de las guirnaldas de luces que colgaban entre los edificios coloniales. Había música en todas partes y puestos de comida con colas largas que desprendían olor a fritura por toda la calle.
La calle estaba flanqueada a ambos lados por el público que se agolpaba en las aceras, y los niños más bajitos estaban sentados en las escaleras de los edificios históricos.
Jane, yo y el resto del equipo de fútbol femenino íbamos por detrás de la banda escolar, avanzando por la calle principal a un paso muy lento.
Los estudiantes del último curso de Sydney Grammar siempre participaban del desfile del festival del barrio.
Por delante de la banda, iban Rob y Fabio con los chicos del equipo de fútbol, haciendo pases, toques y cabezazos para dar un buen espectáculo.
—Estáis guapísimas —gritó Rebecca, sacándonos la décima foto en los últimos diez minutos. Ella y Zack nos seguían a través del público—. Eso sí que es mover un balón y lo demás son tonterías.
—Eso es, documenta este momento —respondió Jane, haciendo varios toques—. Las mujeres también vinimos, aunque nos pusieran por detrás.
—No te quejes, es el primer año que el equipo femenino participa —dijo Zack, devolviendo un balón extraviado.
—Mientras haya algo por lo que quejarse, seguiremos haciéndolo.
La banda cambió de canción. Los tambores retumbaron contra las fachadas de arenisca. Y entonces alguien, en algún lugar entre el gentío, conectó un altavoz portátil y comenzó a sonar una canción de samba, Magalenha. La banda se unió a la batucada con sus tambores, que vibraban en la sangre.
Busqué a Fabio con la vista, encontrándolo sin esfuerzo, porque era el único que llevaba un uniforme de la selección brasileña. Los demás chicos del equipo le hicieron una especie de corrillo amplio para que el público pudiera verle.
Fabio empezó a hacer toques con distintas partes de su cuerpo, controlando el balón, de pie a pierna, de pierna a pecho, hasta que lo detuvo en el suelo y me buscó entre las cabezas y las trompetas. Me llamó con la mano y me congelé, pero él no se dio por vencido.
—Hay alguien que hace esto mucho mejor que yo —gritó y volvió a llamarme.
Rebecca y Jane decidieron traicionarme en ese momento y me empujaron hacia él.
—Así es como el equipo femenino va a conseguir el foco que se merece —me gritó Rebecca al oído.
—Sin presión —respondí, mi tono cargado de sarcasmo.
Toda mi desgana me abandonó cuando vi las miradas de hostilidad de algunos chicos del equipo.
«Vais a ver» pensé cuando Fabio me pasó el balón con un guiño que hizo poco por rebajar mis nervios. Notaba los cientos de ojos sobre mí, pero la música, las luces, y el simbolismo de un hombre pasándole el balón y el protagonismo a una mujer en deporte, me inspiraron.
Mi cuerpo conocía este baile, es vaivén de presión entre el esférico y yo. Durante ese instante no éramos dos, éramos un solo conjunto de átomos interconectados. Y bailamos, al ritmo de la samba, de los tambores y el berimbau.
Todo el mundo desapareció y solo pude sentir mi cuerpo, cada parte de él y el lugar del universo que ocupaba el balón al moverse a mi alrededor. También era consciente de Fabio delante de mí bailando, admirándome, reconociéndome.
Le pasé el balón varias veces e hicimos toques conjuntos.
Sentí que también nuestras almas conectaban.
Estábamos en mi ciudad, rodeados de su música, compartiendo un deporte y hasta los latidos de nuestros corazones.
Nunca me había sentido tan cerca de nadie, como si un trozo de mi alma estuviera hecha de él.
Era un sentimiento precioso y aterrador al mismo tiempo, saber que había alguien tan importante para mí.
Saber que mi corazón estaba abierto y sangrando, no por él, sino hacia él.
Le amaba, entendí en ese momento. Le amaba con todo lo que era, la parte buena y también la rota.
Las partes suaves y agrietadas de mi alma, reconocían las suyas.
Ya no importaba que él también estuviera agrietado.
Hasta nuestras flaquezas pintaban el mundo de un color precioso ahora que nos habíamos encontrado.
Cuando terminamos la gente nos aplaudió y silbó. Fabio hizo una pequeña reverencia sin perder el ritmo y el público respondió con una ovación.
Rob, puso los ojos en blanco cuando nuestras miradas se cruzaron, pero se le escapó una sonrisa.
No hizo falta esperar al año que viene, el equipo femenino se unió al masculino y continuamos el desfile pasándonos el balón unos a otros.
Cuando el recorrido terminó en la plaza principal, la gente empezó a dispersarse en todas las direcciones. Los puestos de comida se llenaron, pero Rebecca insistió en hacer cola porque estaba muerta de hambre.
Yo necesitaba ir al baño, así que me escapé al bar más cercano, uno en la parte de atrás, accesible por un callejón lateral que olía a pis. Estaba oscuro porque su única farola de luz anaranjada estaba al fondo.
Había dado tres pasos cuando escuché voces.
—Mira quién está aquí.
Me giré.
Las figuras de tres chicos. Los reconocí antes de que sus caras emergieran de la sombra. Rury, Mark y otro más del equipo.
Mierda.
—¿Dónde vas tan rápido? —Rury me agarró del brazo cuando pasé a toda prisa por ellos.
—No me toques.
—Solo queremos hablar. —Mark me sonrió sin una pizca de simpatía.
—Hablad desde allí. —Le aparté de mi de un empujón suave.
—No te pongas chula —dijo el otro, Wells o algo así, avanzando un paso.
Traté de irme, pero me agarró de la muñeca y tiró de mí con demasiada fuerza. A la vez, Mark me empujó del hombro. Mi mejilla golpeó la pared con un chasquido seco que me hizo ver luz blanca durante un segundo. El dolor llegó inmediato, agudo, desde el pómulo hasta la sien.
Solté un quejido y me llevé la mano a la cara.
—Nos has jodido el futuro —dijo Wells, inclinándose junto a mi.
—Más bien te lo has jodido tú solito.
—Encima vas con esa actitud… —se indignó Rury. El muy cobarde no había dicho ni mu delante de Rob y los demás testigos, pero ahora parecía muy envalentonado por el hecho de que yo era una y ellos tres.
—Apartaos de ella. —La voz de Rob llenó el callejón.
Me giré, o lo intenté. Tenía la mejilla pulsando, los ojos húmedos de dolor y el corazón golpeándome las costillas.
Rob estaba en la entrada del callejón, con Jane detrás de él, blanca como el papel.
Los tres chicos se giraron despacio.
—¿Qué cojones estáis haciendo? —gruñó Rob.
—Tranquilo, tío —empezó uno de ellos—. Solo estábamos hablando.
—Que os apartéis de ella.
Dio un paso hacia nosotros. Los chicos también avanzaron a la vez como una manada de lobos bien coordinada.
—¿Qué? —Wells le dio un empujón a Rob—. Como es tu hermana… ¿nos tenemos que olvidar de todo?
Rob le empujó de vuelta con mucha más fuerza, y Rury le propinó un puñetazo.
—¡Parad! —gritó Jane—. No fue Erika.
Todos nos giramos. Estaba en el umbral del callejón con los puños apretados a los costados y una expresión cansada.
—Fui yo. —Tragó saliva—. Yo hablé con dirección. Yo di los nombres. No Fabio, ni Erika. Fui yo.
Nadie habló durante varios segundos.
Uno de los chicos abrió la boca y la cerró de nuevo.
Rob la miraba con una expresión que no supe identificar del todo. No era rabia sino algo bastante más difícil de gestionar.
—¿Por qué? —preguntó al final—. Ni siquiera estabas en la lista.
Jane bajó la vista un momento. Luego la levantó.
—Porque era lo correcto. —Hizo una pausa antes de ponerse a chillar—. Y porque necesitabais esa lección. Porque lo tenéis todo para ser unos tipos increíbles, pero elegís ser unos capullos de mierda.
El callejón se quedó en silencio. Los tres amigos de Rob se miraron entre ellos con la incertidumbre que provoca un cambio de enemigo a última hora.
Uno de ellos murmuró algo. Se giraron y se fueron sin decir nada más.
Su retirada silenciosa me pareció lo más cercano a una disculpa que sabían hacer.
Rob se quedó mirando a Jane y ella le sostuvo la mirada sin amilanarse, pero evidentemente preocupada.
Había demasiadas cosas entre ellos que no podían solucionarse, conmigo de testigo. Así que no dije nada. Ninguno de los tres lo hizo. El fantasma de las consecuencias de nuestras malas decisiones demasiado presente y ensordecedor en aquel momento como para añadir nada más.
Rebecca me llevó a casa. Supe que el moratón de mi cara debía tener una pinta horrible cuando me pidió las llaves y se sentó tras el volante. Condujo despacio y no se quejó ni una sola vez del tráfico.
Mis padres no estaban. Ellos también habían ido al pasacalle y debían de estar cenando y disfrutando del ambiente. Rob tampoco apareció en el rato que pasamos en la cocina. Busqué en un cajón desastre una bolsa de gel frío y la metí en el congelador.
Subimos a mi habitación y Rebecca cerró la puerta, encendió la lámpara de la mesita porque la luz del techo era demasiado.
—Pon esto de momento —dijo, dándome una camiseta que había llenado con hielo del congelador.
Me la apliqué en el pómulo y me senté en la moqueta con la espalda contra la cama. Rebecca se sentó frente a mí con las piernas cruzadas y abrió el teléfono, tecleó algo y se lo guardó en el bolsillo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Te duele mucho?
Me encogí de hombros. Mi cara había chocado contra una pared al igual que mi dignidad, pero el hecho de que mi hermano me hubiera defendido y de que Jane hubiera confesado, solucionando el misterio, me hacía sentir extrañamente ligera.
—Se me pasará.
Rebecca me sonrió.
—¿Te he dicho alguna vez lo jodidamente alucinante que eres y lo mucho que te admiro?
Mis ojos se humedecieron con mucha facilidad. El dolor pulsante y el cóctel de emociones habían llenado mi vaso, y esas ultimas palabras lo habían rebosado.
Estuvimos un rato en silencio escuchando el sonido ocasional de algún coche pasando por mi calle.
—Rob me ha defendido —dije al fin, tras un largo rato de silencio.
Rebecca giro la cabeza hacia un lado.
—No debería sorprenderte.
Suspiré.
—Espero que todo esto le haga espabilar e intentar ser mejor persona.
—Si no lo hace esto, nada lo hará.
Estuvimos otro rato en silencio y entonces la ventana se abrió.
—¿Gary? —Rebecca y yo nos giramos al mismo tiempo.
No era el intruso de mi vecino, quien asomó por la ventana. Fabio estaba en el marco, con una rodilla apoyada en el alféizar y la otra pierna todavía fuera, evaluando el interior de la habitación. Tenía una ramita de un arbusto enganchada en el pelo y tierra en la rodilla.
—¿Qué haces aquí...?
—Te he estado llamando. —Terminó de entrar y cerró la ventana detrás de él.
Miré mi móvil. Tenía cuatro llamadas perdidas.
—Lo siento, lo tengo sin sonido.
Sus ojos fueron directamente a mi mejilla.
Cruzó la habitación en tres pasos. Se agachó frente a mí y retiró la bolsa de gel con cuidado para ver el golpe.
Apretó los dientes.
—¿Quién? —dijo.
—Ya está resuelto.
—Eso no es lo que he preguntado. Dime el puto nombre.
—Fabio.
—Erika.
Nunca le había visto tan enfadado. Me miró a los ojos con una intensidad que hacía difícil mirar hacia otro lado. Ira y miedo mezclados.
—Quiero olvidar este asunto —dije al final—. Jane ha confesado así que no van a volver a molestarme.
El alivio suavizó sus facciones.
Se sentó en la moqueta, frente a nosotras, con las piernas cruzadas y apoyó la espalda contra mi cómoda.
—No creí que fuera a confesar —comentó más tranquilo.
—¿Sabías que había sido ella?
—Solo lo sabíamos nosotros tres. Y parecía demasiado enfadada para alguien que ni siquiera estaba en las listas.
—Creo que siente algo por Rob —dije a modo de explicación.
—Obvio. —Fue la simple respuesta de él.
Rebecca soltó una risilla.
—Se nos olvida que tú lo sabes todo. —Su mirada divertida se intercaló entre nosotros—. Bueno, no todo.
Me tensé al pensar que iba a contarle lo de Dan, pero no lo hizo.
Estuvimos un rato hablando. Rebecca contó que Jane sospechó de la expresión de los tres chicos cuando se fueron en la misma dirección que yo, y por eso fue a buscar a Rob.
Fabio escuchaba más de lo que hablaba, y a ratos parecía distraído.
Mirando hacia la puerta y ojeando mi móvil que estaba tirado en mi cama.
La bolsa de gel se había quedado tibia y la dejé a un lado.
—¿Dónde está Dan? —preguntó Fabio cuando le pillé mirando hacia mi móvil otra vez.
—¿Por qué?
—¿No debería estar aquí contigo? —Levantó la vista y me pareció ver una tormenta en sus ojos—. Debería saber lo que ha pasado.
Rebecca carraspeó suavemente, como incitándome a decirle la verdad de una vez.
Yo no dije nada.
Fabio frunció el ceño, leyendo el extraño silencio del cuarto.
—¿Ha pasado algo con Dan?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Una de las cejas de mi amiga se enarcó en una muda advertencia.
—Lo dejamos la semana pasada —confesé al fin.
Fabio no respondió. Se me quedó mirando con una expresión que me hizo removerme un poco.
—¿Rompió contigo? —La voz le salió más queda que antes.
Negué con la cabeza.
—Fui yo.
Otro silencio. Sus ojos no se movieron de los míos y me estaba empezando a costar respirar.
Tragué saliva, me picaba la piel y notaba las mejillas calientes.
Fabio se inclinó hacia delante despacio. Con las manos en la moqueta, empezó a gatear hacia mí, sin apartar los ojos de los míos ni un segundo.
Me quedé completamente quieta, viéndolo acercarse con una lentitud deliberada. Tenía el corazón en la garganta.
Rebecca se levantó.
—Esa —dijo, recogiendo su chaqueta del suelo y sacudiéndola una vez— es mi señal para irme.
Ninguno de los dos la miramos.
La escuché coger su bolso y sus pasos hacia la puerta.
—Lo supe desde el principio —dijo en el umbral, con un tono cargado de satisfacción.
La puerta se cerró detrás de ella.
Fabio llegó hasta mí y se detuvo tan cerca que tuve que inclinar la cabeza para seguir mirándole a los ojos. Su mano encontró mi mandíbula, sosteniéndome la cara como si le perteneciera.
—Le has dejado porque te he arruinado para cualquier otro hombre —dijo, muy bajo.
No lo negué, no serviría de nada. Veía en su mirada que lo tenía muy claro.
—Igual que tú me has arruinado a mí —añadió—. Solo juntos tenemos sentido.
Me besó entonces. Me besó como quería ser besada para el resto de mi vida. Su lengua entrando en mi boca sin pedir permiso, sin necesitarlo, porque ahí era donde pertenecía. Dentro de mí. Algunas partes de su cuerpo estaban mejor en mi interior.
Cuando nos separamos, apoyó la frente en la mía, y nuestras respiraciones irregulares se mezclaron. La expresión de su rostro me mostró todas sus defensas bajadas por primera vez.
—Gracias por haber nacido para mí, Erika Summers —dijo en voz baja.
Se me humedecieron los ojos.
—Gracias por haberme encontrado entre las rocas —respondí.
Me volvió a besar. Y el mundo entero desapareció a nuestro alrededor.