41
Empujé a Rob fuera del taller, cerré la puerta y me quedé con la mano todavía en el marco, recuperando la respiración.
—¿Te has vuelto loca? —espetó Rob en cuanto se giró.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Meterte en medio para defenderle. —Abrió los brazos—. ¿En serio? Me acaba de joder la vida.
—He evitado que te metas en más líos. Además, ni siquiera sabes si ha sido él.
—Oh, por favor. —Se pasó una mano por el pelo con irritación. Estaba demasiado acostumbrado a que todo saliera a su gusto y beneficio y no sabía como manejar esa situación—. ¿Tú te escuchas?
—Sí. ¿Y tú me escuchas?
Me miró con incredulidad. Luego su expresión se volvió más calculada.
—¿Vas a traicionar a tu hermano por tirarte al guaperas de turno?
—No te estoy traicionando.
—¿No? Porque eso es justo lo que parece. —Hizo una pausa—. Si no te gustara no le defenderías de esa forma después de lo que me ha hecho.
No estaba segura de si Rob tenía razón, porque lo cierto es que no podía pensar con claridad cuando se trataba de Fabio.
—Le pedí que no lo contara y él dijo que era mi decisión, no tiene ningún sentido que lo haya hecho él —respondí al final.
Rob dio un deliberado paso hacia mí, casi amenazante.
—¿Sabes qué creo? —dijo, más bajo—. Que te da igual si ha sido él o no.
Eso sí me hizo reaccionar.
—Eso es injusto.
—No. Te da igual porque si es inocente, perfecto, puedes estar con él sin sentirte culpable. Y si resulta que sí fue él, —se encogió de hombros— se convierte en tu caballero de brillante armadura. El que ha destruido al villano por ti.
—Estás dramatizando, Rob.
—¿Tú crees? —Alzó una ceja—. ¿Qué pensarías si yo saliera con la chica que te ha dejado sin beca?
Abrí la boca, pero no salió nada. No me gustaba hacia donde iba esa conversación. Ahora que me había decidido a estar con Fabio, a intentarlo, no quería que Rob lo transformara en una traición a mi propia sangre. No pensaba dejar que me arruinara esto también.
Rob lo vio, porque después de una vida juntos sabía leer mis silencios culpables a la perfección.
—Ahí lo tienes —murmuró—. No vas a romper con él.
—Solo pido pruebas antes de condenar a alguien.
—No quieres pruebas. —Me sostuvo la mirada—. Quieres una excusa para confiar en él.
No me gustaba que me hiciera sentir como una tonta por confiar en Fabio.
—No me fío ciegamente —dije, más para mí que para Rob.
—Eso espero. —Su tono era frío—. Porque si te ha traicionado en esto, lo hará en otras cosas.
Hubiera preferido que me diera una bofetada a que me dijera justo lo que llevaba tiempo temiendo.
Fabio venía de una historia de traición y de rabia y de decisiones tomadas en un segundo que habían costado años.
—No le conoces —susurré.
—Tú tampoco —contestó Rob, sin pestañear.
El timbre sonó a lo lejos, amortiguado por las paredes del pasillo.
Ninguno de los dos se movió.
—Solo te digo una cosa —añadió mi hermano, con tono cansado—. No puedes construir nada serio con alguien de quien ya dudas.
Se giró y se fue sin esperar respuesta. Se alejó con los hombros levantado y la mochila colgada de un lado.
Detrás de la puerta del taller, algo metálico cayó al suelo con un golpe seco y me quedé inmóvil, preguntándome si Fabio habría oído algo de lo que habíamos dicho.
Recogí la mochila del suelo donde la había dejado caer sin darme cuenta. El pasillo estaba vacío, ahora que el timbre ya había dejado de sonar. Llegaba tarde a clase y ya ni siquiera me importaba.
No fue fácil fingir normalidad, cuando entré en clase con el pulso aún acelerado.
Jane tenía el portátil abierto frente a ella y los ojos fijos en la pantalla, y Rebecca se estaba comiendo un croissant que me daba mucha envidia, porque seguro que no sabía a maíz ni estaba reseco como los únicos que podía comer yo.
Me dejé caer en la silla.
—¿Qué te pasa? —Rebecca me miró de arriba abajo. ¿Cómo lo hacía para intuir todas mis crisis existenciales con un solo vistazo?
—Rob —murmuré.
Jane levantó la vista despacio.
—¿Rob?
—Estaba con Fabio en el taller… —Mi mochila cayó al suelo de un topetazo—. Y Rob apreció en modo orangután Alfa.
Rebecca apartó el croissant para tomarse la conversación en serio. Viniendo de ella era un gesto conmovedor.
—Cuenta.
Respiré hondo.
—Alguien le ha dado a la directora los nombres de los autores de las listas.
—¿En serio? —A Rebecca le hizo chiribitas los ojos. Casi parecía que le había dicho que una versión joven de Sigourney Weaver, su crush desde que era pequeña, le había pedido matrimonio—. ¡Por fin una buena noticia! Dame nombres.
Su mano se cerró en un puño mientras la estrellaba contra la palma de la otra con una expresión sedienta de sangre.
—Robert Summers.
—¿Qué? —Su grito hizo que varios compañeros se giraran a mirarnos.
Siseé para que bajara la voz.
—¿El capullo de tu hermano está detrás de la lista? —su susurro gritado estaba cargado de furia.
Asentí.
—Voy a matar a ese cabrón desgraciado. —Rebecca habló demasiado alto.
—Baja la voz. Nadie lo sabe aún.
—¿Qué tiene que ver eso con Fabio? —intervino Jane, un poco pálida.
—Rob está convencido de que fue Fabio el que habló con dirección. Y me ha dicho, básicamente, que le estoy traicionando por defenderle. Que estoy ciega con Fabio.
Rebecca frunció el ceño.
—¿Y tú qué crees?
La pregunta se quedó suspendida sobre la mesa como algo con peso propio.
—Le pedí a Fabio que no dijera nada y creo que no lo ha hecho —expliqué—. Pero hay momentos en que pienso que estoy siendo ingenua con él.
Rebecca me miró con seriedad.
—¿Te ha mentido alguna vez?
—No que yo sepa.
—¿Te ha dado razones concretas para no confiar en él?
Pensé en lo que me habían dicho sus compañeras de piso sobre que no traía chicas a casa últimamente, en la conversación sobre Brasil y todo lo que me había contado su hermana de él.
—No.
—Entonces, ¿por qué dudas?
—Porque solo lo sabíamos nosotros —respondí al final—. Bueno, y Jane.
Rebecca consideró esa información.
—No es verdad—dijo, tras un momento—. Lo saben todos los que están detrás de la lista. Tal vez lo sabía alguien más.
—Puede ser…
Me volví hacia Jane que tenía los ojos fijos en el portátil, pero los dedos inmóviles sobre el teclado. Aun se sentía culpable por haberse enrollado con mi hermano, sabiendo lo que me hacía sentir. Pero yo no quería que eso estropeara nuestra amistad.
—No hemos podido hablar de… tú y Rob —le susurré.
Levantó la vista, una fracción de segundo después.
—Estoy bien.
No me lo creí ni por un segundo.
—¿Entonces porque llevas cinco minutos mirando la misma pantalla sin moverte?
Rebecca arqueó una ceja.
—¿De qué va todo esto? ¿Por qué me he perdido tantas cosas?
—No va de nada —se apresuró en responder Jane.
—Si tienes sentimientos por él… —comencé.
—No va a haber nada entre él y yo.
—Eso no es un no.
—No has hecho ninguna pregunta —espeto ella.
—Jane… —comencé, pero lo dejé ir. Sabía perfectamente lo que era no estar preparada para enfrentarte a tus sentimientos por alguien.
Rebecca nos miraba a las dos sin intervenir, era la clase de persona que sabía cuándo no meterse.
En ese momento el altavoz crepitó, antes de que se escuchara la voz distorsionada de la directora.
—El alumno Fabio Schwarz, por favor, acuda al despacho de dirección. Fabio Schwarz, al despacho de dirección.
Me dio un vuelco el estómago mientras Rebecca soltaba un mierda casi inaudible. El aula entera se quedó en un murmullo contenido, como si todos supieran exactamente de qué iba aquello
¿Y si de verdad había sido él? Joder… ¿Y si me había mentido?
La posibilidad estaba ahí, más real que nunca. Yo habría tenido razón desde el principio, con que el fuckboy nunca era de fiar.
Lo peor de todo era que, aunque Fabio resultara ser un mentiroso, era demasiado tarde para dejar de quererle.
Cuando media hora más tarde salimos, el pasillo estaba demasiado lleno para ser un simple cambio de clase.
Se escuchaba el murmullo expectante, que solo aparece cuando algo está a punto de ocurrir y todo el mundo quiere estar cerca para no perdérselo.
Supe por qué en cuando vi que Fabio acababa de salir del despacho de dirección. Estaba de pie en el centro del corrillo. No parecía alterado ni nervioso, pero ese era su mejor talento.
Di un paso hacia él, pero alguien se me adelantó. Rob apareció por la derecha con Mark y Rury pegados a los talones. Habían estado esperando una excusa y ahora la tenían.
Mark fue el primero en llegar y poner las dos manos en los hombros de Fabio para empotrarle contra la pared.
—¿Para qué te han llamado? —escupió Rob, plantándose delante de él.
—¡Eh! —Corrí hacia ellos.
Mis amigas me siguieron, aunque se mantuvieron a cierta distancia.
Fabio no intentó zafarse del empujón de forma inmediata. Esperó un segundo, luego apartó con calma las manos de Mark de sus hombros.
—Era por un asunto de mi programa de intercambio —dijo con voz baja y completamente controlada—. Gracias por tu interés.
Rob soltó una risa breve.
—Claro… justo hoy te citan para eso.
—Os estáis poniendo en evidencia —añadió Fabio, dejando que su mirada recorriera el corrillo despacio.
Y tenía razón. Había al menos veinte personas observando con los móviles discretamente levantados a media altura, para grabar sin que se notara mucho.
—Reconoce que has sido tú, de una puta vez —insistió Rob.
Fabio ladeó ligeramente la cabeza.
—Lo que deberíais hacer es pedir disculpas por haber sido unos capullos. —Hizo una pausa—. Pero asumir responsabilidades es más difícil que buscar a alguien a quien echarle la culpa de vuestros problemas.
Aunque Fabio no lo dijo con crueldad, sus palabras incendiaron a los demás chicos del equipo.
Mark se abalanzó sobre él, cogiéndole del cuello de la sudadera y volviendo a empotrarle contra la pared.
Mi instinto tomó el control y reaccioné sin pensar, interponiéndome entre ellos.
—No ha sido él. —Las palabras salieron más firmes de lo que me sentía por dentro—. Yo lo hice, ¿vale? Dejádle en paz.
Rob me miró con incredulidad.
—Erika…
Tragué saliva y mentí.
—Sí, fui yo la que habló con dirección. Necesitáis aprender la lección. Vuestros actos tienen consecuencias.
Rebecca, a mi derecha, hizo un sonido pequeño e inarticulado y Jane se quedó completamente inmóvil.
Rob dio un paso hacia mí. La rabia había llegado ahora, podía verla en la mandíbula, en la forma en que respiraba.
—¿Nos has vendido? —me acusó, poniéndole la etiqueta que él quería.
—Mira, niñata… —Mark, avanzó hacia a mí con la cara desencajada de rabia.
Rob levantó el brazo delante de él en una actitud protectora.
—Eh, tío.
Mark le apartó el brazo de un empujón y continuó hacia mí. Fabio se interpuso en su camino con una expresión que nunca le había visto.
—Tócala… —dijo, despacio, sin subir la voz— y le hago un collar con tus dientes.
La frialdad en su tono resultaba tan amenazadora, que hasta Mark dudó. Mi hermano aprovechó esa pausa para agarrarle por el hombro y empujarlo suavemente en la dirección contraria.
—Vámonos —gruñó después de respirar hondo por la nariz.
Rury los siguió sin que nadie tuviera que pedírselo. Rob me sostuvo la mirada un segundo más, con todo lo que no iba a decir en un pasillo lleno de gente.
—Hablamos en casa.
Se fueron.
El corrillo empezó a dispersarse con una actitud de decepción generalizada. Habían esperado más espectáculo. Los móviles bajaron y se escucharon narraciones de lo ocurrido para los que se lo habían perdido.
—¿Entonces fuiste tú desde el principio? —Fabio sonaba confuso.
Negué con la cabeza.
—No he sido yo, solo quería que te dejaran en paz.
Mi respuesta pareció disgustarle.
—No deberías haber hecho eso —protestó—. Ahora van a ir a por ti.
—Bien, mientras te dejen en paz.
Fabio dio un paso hacia mí y me agarró de la muñeca.
—Erika, cuéntale la verdad a tu hermano —exigió—. No sabes de lo que son capaces esos imbéciles. Y más ahora que no tienen nada que perder.
Respiré hondo.
—No te preocupes, soy una chica. No creo que vayan a darme una paliza para vengarse, como iban a hacer contigo.
Fabio pestañeó procesando eso.
—¿Por eso lo has hecho?
—Sí.
Una pausa, seguida de media sonrisa.
—¿Estás preocupada por mi cuerpo?
Chasqueé la lengua y me aparté de él, negando con la cabeza.
—¿Puedes ser serio por una vez en tu vida?
Lo hizo. Sus ojos no se movieron de los míos
—Confías en mí —afirmó, fascinado por la idea.
—Eso parece.
Fabio sostuvo mi mirada un segundo más, provocando que se me disparara el pulso.
—Eso es un problema, pixie —dijo, en voz baja, mientras apartaba un mechón de mi frente—. Porque ahora quiero volver a ser egoísta.
Se fue antes de que pudiera responder.