El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 40
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El lunes fue un día raro. No sabría decir exactamente por qué. Era un sentimiento, un cambio en el ambiente. Estábamos más callados en clase, había menos ruido por los pasillos. Parecía que todos queríamos hacernos invisibles, no solo los que estaban detrás de la lista y veían peligrar su futuro.

Rob no me dirigió la palabra durante el desayuno y yo fingí que no me importaba.

El día anterior, al volver a casa, después de estar con Fabio le había contado a mis padres lo de la lista y todo lo que me había faltado por explicar.

A Rob no le había sentado bien, pero mis padres tenían que saber qué clase de comportamiento tenía fuera de casa.

Aunque la mayor parte de mis nervios se debían a que iba a contarle a Fabio que ya no estaba con Dan. Y que estaba completamente colada por él. Me emocionaba y aterraba tanto como la idea de lanzarme en paracaídas desde un avión.

En clase no me esforcé por hablar con nadie. Me senté en mi sitio, saqué el cuaderno, copié los apuntes con una letra más ordenada de lo habitual porque todo lo demás estaba fuera de control.

Al salir de historia, caminé hacia los baños con la cabeza baja. Cuando giré por una esquina una mano me agarró del codo con firmeza y me obligó a parar en seco.

—No grites —susurró una voz familiar.

Solté el aire despacio.

—Fabio. ¿Qué haces?

—¿Te gusta el cliché del secuestrador?

Tiró de mí con brusquedad, llevándome por el pasillo contrario al de los baños.

—No, y tengo clase.

—Vas a aprender más conmigo.

Abrí la boca para replicar, pero lo cierto era que seguramente fuera así.

Me condujo por el pasillo lateral del edificio de tecnología, por una escalera de servicio que olía a moho. Llegamos a la zona trasera donde estaba el taller de mecánica. A esa hora estaba casi vacío. Solo se oía el zumbido lejano de alguna máquina en la sala contigua.

El intenso olor a metal y aceite invadió mi nariz conforme Fabio cerró la puerta detrás de nosotros.

Sonaba Dragula de Rob Zombie desde un altavoz con forma de cilindro. Fabio debía estar solo, no cualquiera le dejaría poner ese tipo de música.

—¿Quieres que te ayude a librarte de algún cadáver? —dije, cruzándome de brazos.

Sonrió de lado.

—¿Lo harías?

—Depende de a quién hayas matado —bromeé—. Si es Donald Trump, Kim Jong Un o Vladimir Putin cuenta conmigo. Ya era hora de que alguien lo hiciera.

—El mundo iba a ser una utopía muy aburrida, si hiciéramos eso —respondió él.

Me llevó hasta una mesa grande en el centro del taller. Encima había un motor completamente desmontado: tubos, tornillos, juntas, una carcasa abierta que mostraba un entramado de piezas indescifrable. Realmente podría considerarlo un cadáver, un coche con las tripas al aire.

—¿Es tu proyecto? —pregunté, notando que su expresión cambiaba al mirarlo.

—Estoy intentando optimizar la combustión interna sin perder potencia —dijo, inclinándose sobre la mesa con los nudillos apoyados en el borde—. Si consigues que la mezcla aire-combustible sea más eficiente, puedes reducir el consumo sin tocar el rendimiento. El truco está en el sistema de admisión.

Parpadeé.

—Eso era justo lo que te iba a sugerir que hicieras —respondí con una seriedad burlona.

Fabio soltó una risa baja. Cogió una pieza pequeña, metálica, con una forma que no sabría nombrar, y me la puso en la mano. Pesaba más de lo que parecía.

—Mira. Si el flujo entra así… —movió los dedos para trazar la trayectoria en el aire, rozando casi sin tocar— y aquí modificas el ángulo de entrada, reduces la fricción y el calor residual. La diferencia parece pequeña, pero a nivel de rendimiento sostenido es enorme.

Le observé mientras hablaba. Las piezas me interesaban poco, pero ver la forma en la que se iluminaba su rostro y la pasión en su voz hablando de ellas… eso era fascinante.

—¿Esto está relacionado con el proyecto de Brasil? —pregunté en voz baja.

Su mano se detuvo y la presión en sus dedos cambió.

—Sí y no —se limitó a responder, volviéndose hacia la mesa otra vez.

Esperé un momento antes de insistir.

—¿Qué pasó exactamente? —dije, al ver que no salía de él.

Fabio dejó la herramienta sobre la superficie con un golpe seco. Se apoyó en el borde de la mesa, la vista fija en el motor.

—Presenté un sistema de optimización para motores de uso urbano. Mejoraba el consumo casi un diez por ciento sin modificar la potencia máxima. —Una pausa—. Me había tirado nueve meses trabajando en eso.

—Eso es mucho.

—Sí… —Levantó la vista hacia el techo un segundo—. Mi profesor… dijo que tenía fallos estructurales. Que era inviable. Me puso una nota tan baja que perdí la beca para la universidad tecnológica.

—¿Había fallos de verdad?

—Había detalles mejorables. —Me miró—. Como cualquier primer prototipo. Pero estaba muy lejos de ser inviable. Lo sé porque…

—¿Porque...? —le insté a seguir.

—Porque un mes más tarde sacó una tesis con mi idea. —Su mandíbula se tensó.

Sentí un pinchazo en el estómago ante la injusticia.

—¿Te suspendió y te robó la idea? —Mi tono se llenó de indignación. Podía imaginarme la ira justificada de Fabio.

—Así es. —Me sostuvo la mirada—. Le partí la nariz y me expulsaron.

El taller se sumió en un silencio absoluto. Hasta la máquina de la sala contigua había dejado de zumbar.

—¿No tenías pruebas?

—No, el muy cabrón nos exigía que le entregáramos los trabajos en papel. Sin e-mails que se pudieran rastrear. Seguro que no era la primera vez que cogía ideas de alumnos, aunque ninguna como la mía. Esa idea podía haberme arreglado la vida, abierto puertas, conseguido mucho dinero…

Respiré hondo.

—¿Y no hay forma de probarlo? ¿Nadie más sabía que estabas trabajando en eso?

Fabio soltó una risa seca, como si le hubiera metido el dedo en una herida antigua.

—Renata, mi novia en aquel momento… —comenzó, con evidente dificultad—.

Le pedí que testificara por mí, porque ella me acompañaba mientras trabajaba en el proyecto, ella sabía detalles y que era mío.

Por un momento estuve seguro de que iba a devolvérsela a ese cabrón.

Pero durante la junta escolar donde examinaron nuestro caso, ella me sorprendió testificando en mi contra.

—¿Qué? —Fruncí el ceño— ¿Por qué lo hizo?

Su respuesta tardó. Tal vez porque se la estaba diciendo a sí mismo al mismo tiempo que a mí.

—La única explicación que se me ocurre es que él le ofreció dinero…

—Pero, ¿cómo pudo traicionarte por dinero?

—Las cosas en Brasil son diferentes —murmuró él con una honestidad que me atravesó—.

La pobreza le hace cosas a la gente, pixie…

a toda la sociedad, no solo a los que pasan hambre.

El dinero tiene más valor allí. La gente está dispuesta a hacer cosas horribles por no verse nunca en esas situaciones que han crecido viendo.

Hay más ansia por tener, por aparentar, por abrir un foso entre tu y la indigencia que ves a tu alrededor.

Mi corazón se encogió al ver que en parte la excusaba. ¿De verdad era tan compasivo o era que…

—¿Todavía la quieres? —pregunté con suavidad. Solo podía imaginar todo el dolor que le había causado su traición.

Fabio negó con la cabeza.

—Es irónico. Ella era la que no se fiaba de mí.

—¿Por qué? —pregunté, aunque me imaginaba la razón. Era un mujeriego, yo lo sabía bien.

—Porque empezamos antes de que yo adelgazara y ella también tenía sobrepeso. Cuando mi aspecto cambió creyó que iba a dejarla, pero no lo hice. Aun así, ella me acusaba de que iba a engañarla cada vez que veía cómo me miraban las chicas.

—¿Lo hiciste? —dije, temiéndome lo peor. Tal vez Renata lo descubrió y por eso se vengó, traicionándole con su proyecto.

Fabio negó con la cabeza.

—Nunca —aseguró y no había una pizca de mentira en su rostro—. Ni le di razones para sospechar. Se basaba solo en mi nuevo físico.

—Lo siento, Fabio —murmuré—. Me gustaría poder ayudarte.

Algo cruzó su cara demasiado rápido para que lograra identificarlo.

—Lo has hecho.

No supe cuándo nos habíamos acercado, pero su cuerpo estaba a menos de un palmo del mío. El olor a metal se mezclaba con el suyo y el sol que entraba por la ventana lateral dejaba una franja de luz entre nosotros, una raya que debíamos cruzar.

—Si fuera cierto, no hubieras estado… peor últimamente.

Sus ojos bajaron un segundo a mis labios.

—Llevaba tiempo sintiendo que todo estaba muerto o podrido a mi alrededor… hasta que viniste a mí con tu problema y… me devolviste el entusiasmo. Me reanimaste, Erika. —Su tono era contenido y hablaba despacio—. Por eso me cuesta aceptar que no eres para mí.

Mi respiración se volvió irregular sin que yo le diera permiso.

—Fabio…

Su mano se apoyó en la mesa a mi lado, sin tocarme, pero tan cerca que la notaba igualmente.

—No voy a intentar nada —dijo en voz baja—. No voy a besarte por mucho que quiera. Me devolviste la alegría. Lo menos que puedo hacer es dejarte ser feliz.

—Fabio…

La puerta del taller se abrió de golpe y nos giramos para ver quién había entrado. Rob estaba parado y tenía la cara desencajada. Respiraba como si llevara un rato corriendo.

—Lo que me faltaba por ver —masculló, entrando—. Se lo has contado a la directora.

Un remolino de nervios se me agitó en el estómago.

—¿Qué?

—Alguien le ha dado nuestros nombres. —Su mirada se desplazó hacia Fabio y se quedó ahí, clavada—. Has sido tú ¿verdad?

Fabio no dijo nada de primeras, y un escalofrío me recorrió el pecho.

—Lo sabía. —Rob interpretó su silencio confuso como una confirmación.

—No —respondió Fabio categórico. Pero mi hermano ya estaba demasiado alterado para escucharle.

—Rob —Me metí entre los dos, para evitar una pelea—. No sabes si ha sido él.

—¿Quién si no el nuevo, que se cree Sherlock y quiere tirarse a mi hermana? —planteó Rob, con lo que a él le parecían pruebas evidentes.

—Te equivocas, tío —repitió Fabio con firmeza, pero sin levantar el tono de voz.

—Por lo menos ten los huevos de admitirlo —gritó con los hombros cuadraros y los puños apretados. Reconocía esa postura, era la que ponía justo antes de una pelea.

Lo único que estaba evitando que mi hermano le diera un puñetazo a Fabio era que estaba yo de por medio.

Fabio me miró y yo abrí la boca para preguntarle si lo había hecho. Me detuve un segundo. Acababa de escuchar lo que la desconfianza le había costado la última vez.

No iba a hacerle eso.

—No —dije, girándome hacia Rob—. No ha sido él.

—¿Entonces has sido tú? —insistió Rob.

No aparté la mirada.

—No hemos sido nosotros.

Fabio no dijo nada. Pero cuando volví la vista hacia él, su expresión había cambiado. Como si no esperara que alguien le eligiera sin condiciones.

Rob soltó una risa que no tenía humor.

—Mírale, ni te lo niega.

—¿Te refieres aparte de decir que no dos veces? —gruñó Fabio, comenzando a perder la paciencia.

Tenía que llevarme a Rob de allí antes de que llegaran a las manos y los expulsaran a los dos.

—Basta. —Los aparté un poco más—. Necesitamos aclarar quién ha sido antes de que llegue a mayores.

Fabio soltó otra risa seca que sonó bastante amarga y negó con la cabeza.

—No entiendo por qué es tan difícil confiar en mí… —No había reproche en su voz

Miré a Rob.

—Vamos, déjale en paz —Planté mis manos en sus hombros y le empujé.

Rob dudó un segundo, y luego se giró hacia la puerta.

Antes de salir me volví hacia Fabio una última vez.

Estaba de pie junto a la mesa con el motor desmontado, las manos metidas en los bolsillos, mirándome. Y parecía herido.

Peor: me dio la impresión de que le había recordado a su ex. La que no se fiaba de él porque ella misma no era digna de confianza.