El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 39
93%

39

La puerta del piso de Fabio se abrió y la luminosidad de dentro me hizo encoger los ojos. Me había quedado un buen rato en el portal, con la respiración agitada y el corazón latiendo en mis oídos.

Una chica rubia, de rasgos suaves y una belleza de muñeca, me miró con curiosidad abierta. Debía ser la última conquista de Fabio.

—¿Erika? —La sonrisa de hoyuelos que me dedicó iluminaba más que el sol que se filtraba a su espalda.

—Sí —respondí confusa, estaba segura de no haberla visto antes.

—Soy Andreia. La hermana de Fabio. —Se apartó para dejarme pasar—. Estaba a punto de tirar el café. ¿Quieres uno?

Dudé un segundo, pero acabé por entrar.

Me observó mientras me acercaba una taza. No era una mirada de curiosidad morbosa. De hecho, tenía la expresión más franca e inocente que había visto en mi vida. Parecía un ángel.

—¿Fabio está en su cuarto? —pregunté, jugueteando con la taza. Eché un vistazo hacia la puerta de su dormitorio.

—No, ha salido con unos amigos.

Asentí, dando otro sorbo al café.

—Entonces, no te molesto más. —Hice el amago de ponerme de pie, pero ella frunció el ceño.

—Ni hablar, te he invitado a un café, aunque sea viejo —protestó—. Tienes que quedarte y hacerme compañía hasta que vuelva mi hermano.

¿En serio quería que me quedara allí molestando? ¿No tenía cosas que hacer?

—¿Venías para algo en particular? —curioseó—. ¿No le preguntaste dónde estaba antes?

—Ha sido un impulso —expliqué y ella alzó las cejas—. He tenido una mañana de mierda.

—¿Por culpa de Fabio?

—No. —Sacudí la cabeza—. Tu hermano… suele hacerme sentir mejor… supongo que por eso he venido.

Se apoyó en la encimera con los brazos cruzados.

—Tal vez es porque él tampoco está teniendo su mejor año —dijo sin dramatismo, solo como un hecho.

—¿Por qué? —indagué, preguntándome si ella me echaba la culpa a mí.

—En Brasil tuvo un problema serio con un profesor. Le suspendió un proyecto importante. Perdió la beca para la universidad tecnológica que quería. Después, el profesor se atribuyó su investigación como propia. Desde entonces, Fabio cambió.

Recordé comentarios sueltos que había oído por el instituto. La fama de chico problemático y la historia de la expulsión de la que había varias versiones.

—¿Fue por eso que…?

—Le partió la nariz. —Andreia hizo una mueca—.

No es violento. Pero cuando siente que algo es injusto, explota.

No supo gestionarlo de otra manera. Lo peor de todo es que, la semana pasada, nos enteramos de que ese profesor ha vendido su idea a Volskwagen por un pastizal.

No se lo ha tomado muy bien, y creo que coincidió con vuestra… ruptura.

Bajé la vista a la taza, sintiéndome fatal.

—No sabía nada de eso.

—Porque no habla de sus sentimientos. —Se encogió de hombros—. Se comporta como si nada le importara. Pero le importa demasiado. Es un chico sensible, aunque lo oculte bajo la indiferencia y las bromas.

Pensé en eso, en lo fácil que es confundir indiferencia con distancia. En lo mucho que yo había ocultdo también.

La llave giró en la cerradura y me puse tensa.

Fabio apareció en el marco de la puerta y se quedó quieto. Su mirada se intercaló entre ambas.

—¿Qué está pasando aquí?

Andreia recogió su taza con una sonrisa pequeña.

—Nada. Solo charlábamos. —Pasó por su lado rozándole el brazo—. No de ti, no seas creído. Os dejo, he quedado con Toni.

Nos quedamos solos. Afuera, se escuchaba el canto de los pajaritos y que alguien arrancaba un coche.

—Tu casa es muy luminosa por las mañanas.

—Sí.

Había demasiadas cosas sin decir entre nosotros para que hablar de tonterías sonara natural.

El silencio volvió a instalarse, más incómodo que antes. Fabio dejó las llaves sobre el mueble de la entrada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin mirarme. Por supuesto sabía que algo iba mal.

—Es increíble eso que haces de mirar a la gente y saber todos sus secretos —comenté en lugar de responder.

Fabio no respondió, simplemente se apoyó la encimera de la cocina y me miró.

Tragué saliva.

—Anoche pillé a Rob besándose con Jane. En la gala.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Le conté a Jane lo de la lista delante de él. —Levanté el mentón orgullosa de mis actos—. Ella se enfadó y le dijo que no quería saber nada más de él. Creo que le rompió el corazón a Rob. Gracioso, ¿verdad? No sabía ni que tenía uno.

Fabio arqueó una ceja.

—No pareces muy divertida.

—Soy idiota… —Hice un gesto vago con la mano—. A pesar de todo, me da pena Rob y no voy a denunciarle a dirección.

—Bien.

No había censura ni satisfacción en su tono. Tuve la impresión de que respetaba mi decisión fuera la que fuese. Esa era una noción bastante nueva para mí.

Me senté en el borde del sofá sin pedir permiso. Fabio no dijo nada, pero tampoco se sentó conmigo. Se apoyó en la pared con los brazos cruzados y me dejó seguir a mi ritmo.

—Luego hablé con él.

—¿Y?

—Me pidió perdón. —Solté una risa sin humor—. Y acto seguido me pidió que no se lo contara a nadie.

—Era de esperar.

—Le dije que solo le importaban las consecuencias para él. Que ni siquiera se daba cuenta de que el problema no era la lista. —Hice una pausa—. Que era su personalidad.

Fabio me miró con algo que no supe identificar del todo.

—Pero ahora me siento culpable por haberle dicho eso.

Su expresión se suavizó un poco.

—Tal vez, eso era justo lo que tu hermano necesitaba oír, para replantearse algunas actitudes que ha tenido en el pasado.

Esa idea me alivió un poco.

—¿Vas a contárselo a tus padres?

Respiré hondo y asentí.

—Esta mañana exploté en casa.

Me dejó tiempo para que siguiera.

—He entrado en la cocina y mi padre me ha hablado como si yo fuera él. Sé que es una tontería, pero ha sido el detalle que me ha hecho explotar.

Él hizo un pequeño gesto con la cabeza, para indicar que seguía escuchando.

—Les solté lo que sentía. Y entonces Rob, que estaba ahí callado con cara de víctima, dijo que yo siempre había sido la favorita. ¿Te lo puedes creer?

Fabio esbozó una sonrisa, entonces.

—Sí, si puedo. No tienes una imagen real de ti misma en la cabeza y tampoco te das cuenta de como te vemos los demás. Así que me creo que hayas podido ser la favorita de tus padres sin notarlo.

—Eso es ridículo. —Bajé la mirada a mis manos, a los nudillos que había tenido blancos todo el rato sin darme cuenta—. Les dije que era yo la ignorada. Que siempre todo giraba en torno a él.

Algo curioso ocurrió en ese momento. Me di cuenta que esas palabras ya no pesaban tanto dentro de mí, ahora que se las había soltado a mi familia. Ya ni siquiera me parecían tan reales.

—¿Qué dijeron?

—Tenías razón. —Me froté la frente—. Rob estuvo enfermo más de un año cuando era pequeño. No sabían si iba a salir adelante. Dice que vivían con miedo constante, que era inquieto y rebelde y que con él todo era una lucha. Pero conmigo todo era fácil.

Fabio dejó de apoyarse en la pared. Se acercó un poco, sin invadir mi espacio, y se sentó en el reposabrazos del sillón que había frente a mí. Cerca pero no encima.

—Eso no significa que no necesitaras atención.

—Ya lo sé. —Levanté la vista—. Cuando creces siendo «la que está bien», acabas creyendo que no tienes derecho a no estarlo.

Fabio no respondió inmediatamente. Tampoco rellenó el silencio con algo vacío. Solo me dejó terminar y se quedó con lo que había dicho, dándole peso.

—Mi madre dice que sienten haber hecho las cosas de esa forma. Que me quieren y que no soy una hija indeseada.

—Siempre he sabido eso… La que no lo sabía eras tú —me sorprendió él diciendo—. ¿Estás lista para creértelo ahora?

Algo dentro de mí se aflojó un poco. Lo suficiente para notar lo tensa que había estado.

Le contemplé unos segundos, estudiándole. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la vista fija en mi rostro.

—Fabio… yo…—No sabía cómo formular mi pregunta, sin revelar que su hermana me lo había contado—. ¿Te ha pasado algo? Ultimamente… has vuelto a lo de antes.

Su cuerpo se tensó de forma casi imperceptible, pero yo le conocía lo suficiente para notarlo.

—Eso no es lo que quieres preguntarme, Erika.

Mi boca se abrió, pero no salió ningún sonido.

—Di lo que quieres decir de verdad —continuó él— Como hiciste antes en tu casa.

—No sé de qué hablas.

Fabio esbozó una sonrisa condescendiente.

—Sí lo sabes. ¿Quieres saber si he vuelto a las andadas por ti?

—No… no es eso —alcé la voz. Lo que quería era que me contara lo de Brasil, no hacerme la importante—. No creo que yo tenga nada que ver. Ya hacías eso antes de conocerme —me apresuré en añadir, tratando de ser razonable.

—Tal vez es lo que hago cuando estoy sin ti —respondió él, mandando una descarga eléctrica directamente a mi corazón—. Ahogarme.

Me quedé muda. No porque no supiera cómo responderle, sino porque una chica necesita tiempo para reponerse cuando Fabio Schwarz le dice algo así.

—Se supone que somos amigos, te he confiado mis peores miedos, pero tú no haces lo mismo conmigo.

Fabio frunció el ceño.

—Acabo de literalmente lanzarte mi corazón a tus pies, pero en vez de cogerlo lo has vuelto a pisotear.

—No has dicho eso de ahogarte sin mí en serio. Y si lo hubieras dicho no es tan romántico como crees. No puedes ahogarte porque falte alguien en tu vida, no es sano. Tienes que flotar por ti mismo.

Soltó una risa seca mientras sacudía la cabeza.

—Odio que tengas razón, ¿sabes por qué? —Me miró con fijeza por primera vez en un buen rato—.

Porque siempre soy el más listo, el que tiene la ultima palabra y el que queda por encima en cualquier discusión.

Pero no contigo. Tú, Erika Summers, me devuelves frases que me abofetean en la cara y me dicen que no lo sé todo.

Pero ni siquiera sabes lo lista que eres, lo divertido y fácil que es estar contigo, ni lo buena que estás.

Estás completamente ciega a lo alucinante que eres, y por eso ni siquiera te lo crees cuando desnudo mi podrida alma delante de ti y te digo que te quiero.

Me quedé completamente inmóvil, notando como mi estómago daba un vuelco.

El golpe de aparecer en la lista de infollables, la rabia de esa mañana, la conversación con mis padres, la sensación de haber sido invisible toda mi vida… chocó contra algo completamente distinto.

Fabio me veía, me veía de verdad.

—No puedes quererme —dije casi sin darme cuenta de que lo estaba diciendo.

Él parpadeó y después se echó para atrás reajustándose a la realidad. O pareciendo recordar algo.

—Ya, ya sé que tienes novio —hizo un movimiento de mano, como limpiando el aire de sus últimas palabras y se levantó del sofá—. Ignórame.

Le vi alejarse hacia la cocina y llenar un vaso de agua.

Quería decirle que ya no tenía novio, pero el miedo me paralizaba. Había demasiadas emociones dentro de mí, con lo de mi hermano y la discusión con mis padres. Necesitaba espacio para respirar.

—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunté mirando de un lado a otro. El sol que entraba por la ventana era radiante— ¿Vamos al parque de aquí al lado?

De primeras no me respondió, ni siquiera se giró para mirarme. Puso el vaso sobre la encimera y después apoyó ambas manos, aun dándome la espalda.

Mi estómago se retorció viendo como la tela marcaba los músculos de sus bíceps en esa posición. Estaba hambrienta de él. Pero no podía lanzarme ahora. Tenía que aclararme la cabeza primero.

Por un momento, pensé que no iba a responderme nada. Que tendría que marcharme de su casa con el rabo entre las piernas, pero entonces asintió.

Bajamos a la zona arbolada que había cerca de su barrio con un balón de fútbol. Hicimos toques, regates y nos tiramos sobre el césped cuando nos cansamos. Contemplamos las pocas nubes que había en el cielo.

Los pájaros cantaban, un perro ladraba por allí cerca y alguien puso I Still Haven't Found What I'm Looking For de U2. Ese instante mágico y perfecto se suspendió en el tiempo ocupando toda una eternidad, que ni mil citas con chicos ideales hubieran podido igualar.