38
Me había pasado bebiendo otra vez. Me di cuenta conforme avancé por el pasillo hacia los baños y el suelo pareció moverse bajo mis pies. Ahora que la música del salón llegaba amortiguada, noté que me zumbaban los oídos.
Reduje el paso, y apoyé una mano en la pared para equilibrarme. Mi visión se había ralentizado, y las imágenes me llegaban como en fotos. Aún así, vi la sombra desde un pasillo y mis ojos captaron a la pareja que estaba junto a la pared.
No hubo margen para malinterpretar nada. Rob tenía a Jane acorralada. Una mano en su cintura, la otra en su pelo. La estaba besando como si se le fuera la vida en ello.
Me quedé quieta.
Jane fue la primera en reaccionar. Se apartó de golpe y se limpió los labios con el dorso de la mano.
—No vuelvas a hacer eso —jadeó, enfadada. Su pecho subía y bajaba con rapidez.
—¿Qué? ¿Esperar tanto para besarte? —murmuró Rob, volviendo a bajar la cabeza hacia el rostro de ella.
—¡Rob! —grité.
Él giró la cabeza. Durante un segundo pareció más molesto por la interrupción que otra cosa.
—¿Qué haces aquí?
Di un paso hacia ellos.
—Jane. —Le hablé directamente, sin mirar a mi hermano—. Rob está detrás de la lista de infollables.
Jane frunció el ceño.
—¿Qué?
Rob palideció.
—¿Pero qué dices…
—Ni lo niegues. —Planté una mano delante de su cara y seguí hablando como si no lo hubiera oído—. No quieres salir con alguien así.
La expresión de mi amiga cambió por completo.
—¿Es verdad? —le interrogó.
—No es para tanto. —Rob metió las manos en los bolsillos—. Es una broma. Todo el mundo está exagerando.
—¿Una broma? —Jane le empujó el hombro para apartarse de él—. ¿Sabes el daño que le hace a la gente?
Rob no respondió.
—Eres asqueroso. —Se le tensó la mandíbula y apartó la mirada un instante—. Por un momento de locura pensé que había esperanza para ti, pero veo que estaba engañándome a mí misma. No te acerques más a mí.
Se fue con pasos enfadados y los tacones resonando contra el suelo.
Rob la siguió con los ojos hasta que dejó de verla. Exhaló despacio por la nariz.
—Mierda —murmuró, pasándose la mano por el pelo.
Me negué a sentir lástima por él.
—Jane te gusta de verdad.
Me miró.
—Da igual, después de lo que le has dicho, no va a volver a hablarme.
Solté una risa seca.
—¿Es culpa mía que seas un gusano indigno de ella?
—Erika, lo siento. De verdad. Era solo un juego.
—Un juego donde solo tu te diviertes… tus favoritos —dije en tono plano.
Bajó la vista al suelo.
—Yo ni siquiera quería añadirte, pero los demás insistieron.
No quería que esa confesión me aliviara, pero en cierto modo lo hacía.
Saber que mi hermano tuvo un momento de duda, que pensó en mis sentimientos por un instante.
Aun así, no era suficiente. Sentí algo frío y viejo instalarse en mi estómago.
Era el reconocimiento de algo que llevaba años ahí. No le importo lo suficiente.
—¿Sabes? Durante mucho tiempo he creído que había algo de malo en mi para que mi propia familia no me quisiera… —dije en voz baja.
—No digas tonterías.
—No pasa nada. Estoy aprendiendo a aceptarlo. A quererme a mí misma a pesar de vosotros. Mis amigos me están ayudando.
—Erika. —Levantó una mano—. No exageres, ¿vale? Eres mi hermana, claro que te quiero.
Solté un bufido de incredulidad.
—No se lo cuentes a nadie más. Ya está todo bastante jodido. Si esto llega a dirección…
—Te preocupa la beca.
—Me preocupa todo.
—No. —Negué con la cabeza—. Te preocupan las consecuencias para ti.
—Joder, Erika. No soy tan malo.
Le sostuve la mirada un segundo.
—Ni siquiera te das cuenta de que el problema no es la lista. —Hice una pausa—. Es que tienes una personalidad de mierda.
La frase fue como un puñetazo.
Abrió la boca y su rostro se transformó en una mueca de incredulidad y arrepentimiento, pero era demasiado tarde para eso.
Me di la vuelta y lo dejé allí: solo, con la música de fondo y un problema que, por primera vez, no iba a poder arreglar con su encanto.
A la mañana siguiente, entré en la cocina arrastrando los pies, aún con el pijama puesto y la certeza de no haber pegado ojo.
Mi padre estaba sentado a la mesa con el móvil en la mano.
—Buenos días, Rob.
Increíble.
Abrí el grifo, llené el vaso y lo vacié de un trago, notando como me hervía la sangre. Mi madre entró justo cuando lo apoyé en la encimera con mucha fuerza. Tanta que hasta mi padre levantó la cara de la pantalla.
—Erika, vas a romper el vaso —me regañó mi madre.
Me di la vuelta, me crucé de brazos y me enfrenté a los dos.
—Estoy harta —dije, y ellos parpadearon perplejos.
—¿Qué?
Rob apareció en el marco de la puerta con el pelo revuelto y cara de haber dormido fatal. Peor que yo, quizás.
—Bien, me alegra que estés aquí porque tengo algo que decir —mi tono de voz alzada y enfadada hizo que me prestaran toda su atención por una puta vez.
Rob se puso pálido, y sacudió la cabeza de forma imperceptible, en una plegaria silenciosa.
—No, no pienso guardarte el secreto. Porque si no te paro los pies ahora, vas a ir a peor.
—¡Erika! —se extrañó mi madre, intercambiando la mirada entre ambos— ¿Qué está pasando?
—Lo que pasa es que Rob es un malcriado y es vuestra culpa. —Tal vez esa no era la mejor manera de empezar—. No digo que lo hayáis hecho a propósito, tal vez teníais miedo de cuando estuvo enfermo.
—¿Cómo sabes eso? —Mi madre se llevó la mano al pecho.
—Me lo dijo Fabio —solté sin darme cuenta.
—¿Fabio? —Mi madre estaba cada vez más confusa.
—¿El brasileño? ¿Él sabe que Rob estuvo enfermo? —intervino mi padre igual de perplejo—. Si ninguno de los dos lo sabíais… ¿Quién se lo contó?
—Vio un libro… él… sabe cosas, se fija en detalles —expliqué aunque nos estábamos yendo de la cuestión.
—Fue él quién te dijo lo de la lista, ¿verdad? —Rob me miraba con los ojos entornados—. El jodido Sherlock que sabía lo de la perra de Gary… seguro que fue él quien te lo dijo.
Di un paso amenazador hacia Rob.
—A Fabio le dejas en paz —le grité fuera de mí—. Ni se te ocurra hacerle nada. Al contrario que vosotros, él sí me ve.
—Pero, hija ¿qué estás diciendo de que no te vemos? —mi padre se echó para adelante en la silla, colocando ambas manos en las rodillas. No recordaba haber tenido tanta atención de su parte antes.
—Lo que estoy diciendo es esto… —Sali apresuradamente de la cocina y fui al salón a por el álbum de fotos de cuando estuvimos en Corea la primavera pasada.
Volví a la cocina y lo puse sobre la mesa, pasando las hojas para que vieran las miles de fotos con Rob de protagonista—.
¿Lo véis? Este estúpido álbum de vacaciones es un resumen de cómo son las cosas en esta familia.
Rob como protagonista y yo como la secundaria que no le importa a nadie.
Entiendo que no queríais que naciera, pero esto es descarado.
Rob se apoyó en el marco de la puerta con una expresión ultrajada.
—Estás de broma ahora mismo, ¿no? —Se cruzó de brazos—. Siempre has sido la favorita. La inteligente, la perfecta, la que nunca mete la pata.
—¿La favorita? —Solté una carcajada sin humor—. La ignorada, querrás decir.
Mis padres no dijeron nada.
—Siempre todo eres tú. Los profesores de Rob, los problemas de Rob, los méritos de Rob… Yo estaba bien, así que no hacía falta ni mirarme.
Mi padre abrió la boca.
—Cuando suspendí matemáticas en segundo, ni os enterasteis hasta la reunión trimestral —dije antes de que pudiera hablar—. Pero si Rob tenía un examen, había cena especial con el postre que le gustaba. ¿Os acordáis de eso?
Silencio.
—Eso no es justo —dijo mi padre.
—¿No? —Abrí los brazos—. ¿De verdad no lo es? Yo no pedí nacer, no tenéis que esforzaros tanto por recordarme que no me queríais en esta familia.
Mi madre sacudió la cabeza.
—Erika… —murmuró anonadada—. ¿Por qué crees que no te queremos en la familia?
Durante un momento solo se escuchó el ruido del frigorífico y nada más.
—Mira las fotos, mamá. Soy como un cero a la izquierda. Nunca me llamas a mí si estamos juntos, siempre a él. ¿Cuántas señales crees que necesito a parte de la historia de la ligadura de trompas fallida?
Mi madre tenía el rostro rojo y los ojos húmedos.
—Cariño… Lo siento muchísimo. Yo no sabía que te sentías así —comenzó, caminando hacia mí—. Nosotros te queremos muchísimo, Erika. Por favor, no creas que es de otra forma. Fuiste un regalo para nosotros, inesperado, pero eso solo te hizo más especial.
—Claro, cuando llegaste descubrieron que podían hacer las cosas bien, que yo era el boceto mal hecho y tu por fin la hija que querían —soltó Rob de golpe, con una mezcla de rabia y algo que sonaba a amargura.
—Chicos… —Mi madre se llevó las manos a la frente—. Dios, no hemos hecho las cosas bien. Lo siento mucho. Ninguno de los dos tiene razón. Os queremos a ambos tal y como sois. Tal vez no hemos sabido mostrarlo bien…
Rob estuvo enfermo un año y medio —dijo mi padre en voz baja—. Era pequeño. No sabíamos si… —tragó saliva— si iba a salir adelante.
—Vivíamos con miedo —continuó mi madre—.
Cada fiebre era una alarma, cada revisión, una amenaza.
Y además era tan inquieto, tan… todo era una lucha constante.
Contigo —me miró— todo era fácil. Eras tranquila, responsable.
Dábamos por hecho que estarías bien. Y por eso nos volcamos en él. Ahora veo que nos equivocamos.
Noté algo raro en el pecho, tal vez porque llevaba mucho tiempo aguantando eso dentro de mí y ahora que lo había sacado mi corazón parecía flojo.
Miré a mi familia. Mi padre con la taza entre las manos, sin atreverse a mover un músculo y mi madre con expresión de dolor.
Llevaban años siendo buenos padres de un hijo difícil. Y yo había sido tan fácil que me había vuelto invisible.
Me giré hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó mi padre.
No respondí. Cogí las llaves de la encimera y cerré de un portazo.