El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 37
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El correo del instituto llegó el martes por la mañana, enterrado entre spam y notificaciones pendientes.

Asunto: Gala de Becas Universitarias - Asistencia Obligatoria.

La nueva directora de Sydney Grammar quería lucirse un poco y había organizado esa cena, no, perdón: esa gala, para brillar un poquito delante del claustro y los padres.

Yo iba porque había conseguido la beca académica completa para la universidad estatal. Cuatro años pagados de matrícula, libros y alojamiento. Todo cubierto si conseguía mantener el promedio. Era la única forma en que podía permitírmelo sin pedirles nada a mis padres.

Rob iba porque había conseguido la beca deportiva de fútbol. Cuatro años en la universidad de sus sueños, todo pagado, más un estipendio mensual para gastos.

El salón del hotel Grand Mirage estaba iluminado con lámparas de araña que hacían que todo pareciera sacado de un capítulo de los Bridgerton.

Mesas redondas con manteles color marfil y copas alineadas que reflejaban las luces.

Había un escenario al fondo con el logo del instituto proyectado en una tela blanca gigante.

Los becarios nos sentábamos en las mesas de adelante y los padres en las de detrás.

Me puse un vestido negro sencillo que había comprado en rebajas. Cuello alto. Mangas largas y un maquillaje más dramático del que solía usar. Rebecca me había dicho que parecía una modelo del Vogue, lo cual era generoso.

Ví a Fabio antes de que él me viera a mí.

Estaba cerca de la entrada, y por la forma en que se ajustaba la corbata era evidente que se la acababa de poner en el coche.

El traje oscuro, con camisa negra le quedaba bien pero no era su mejor color.

Me gustaba más de blanco… me gustaba. Punto final. Lo mejor era admitirlo.

El peinado sí que le quedaba de infarto.

Casi podía oír el crujir de los cuellos y los corazones acelerándose a su paso.

Pero lo más impresionante de aquel chico no era su aspecto, lo más impresionante de todo era la beca de investigación científica que había conseguido.

La más prestigiosa del currículum escolar.

Todo eso logrado mientras se emborrachaba y se tiraba a media ciudad.

¿Qué podría lograr Fabio Schwarz si se centrara?

Nuestros ojos se encontraron a través del salón y me pregunté si los demás también habían sentido esa corriente eléctrica entre nosotros.

La organizadora nos sentó por tipo de beca, no por orden alfabético.

Dos mesas para becas deportivas, donde estaba Rob chocando palmas y brillando.

Cuatro para las académicas generales, Jane, Rebecca, Zack y yo en una de ellas.

Pero solo hizo falta una mesa para las becas de investigación y mérito especial. Fabio con otros tres estudiantes.

Desde mi asiento podía ver a mis padres en la mesa de atrás. Mi padre estaba charlando con otros padres de atletas, probablemente sobre el partido del sábado.

Mi madre se levantó para sacarle una foto a Rob con sus amigos. No quería notar el detalle de que no me habían sacado ni una a mí, pero no pude evitarlo.

Ver álbumes familiares de viajes o eventos a veces era una tortura, porque parecían un reportaje de Rob, mientras que yo salía de refilón.

La prueba gráfica de lo que suponía mi existencia para ellos.

Pero no podía seguir sufriendo por mi familia toda mi vida.

Tenía que meterme en la cabeza que la única persona con la obligación de apreciar mi existencia y cuidarla era yo.

Y en eso sí que no podía fallar. Todo lo demás podía irse a la mierda, pero yo tenía que intentar estar ahí para mí misma todos los días.

La directora subió al escenario con un vestido que podía haber estado en la ceremonia de los Oscar.

—Buenas noches a todos. Bienvenidos a la Primera Gala Anual de Becas Universitarias.

Cuando los aplausos corteses se acabaron, la directora dio un discurso sobre la excelencia y el esfuerzo. Nos animó a representar al instituto con orgullo.

Desconecté un poco al ver que iba a extenderse. Rebecca y yo murmurábamos por lo bajo sobre los vestidos que nos gustaban más, hasta que noté un cambió en el tono.

—Sin embargo... —El murmullo del salón se ahogó—. Antes de celebrar, debo abordar un asunto serio. Como sabéis, cada año hay un incidente con una lista. Una lista ofensiva, degradante, que se distribuyó de forma anónima entre el alumnado.

Oh, oh.

—No pienso permitir que esta… hiriente tradición se repita bajo mi mandato. Hemos estado investigando el origen de esta lista durante semanas. Y quiero dejar claro que cuando identifiquemos a los responsables, habrá consecuencias severas.

El silencio era absoluto ahora.

—Esto incluye, y quiero ser muy clara, la revocación inmediata de cualquier beca otorgada por esta institución.

Un sentimiento de esperanza invadió mi pecho. Ojalá esa amenaza bastara para que esos cabrones no volvieran a hacerlo.

—No toleraremos este tipo de comportamiento. La lista no solo violó nuestro código de conducta, sino que dañó la reputación del instituto y causó dolor innecesario a vuestros compañeros.

Miré a Rob instintivamente. Como número tres de la lista estaba segura de que no le gustaría escuchar eso.

Mi hermano tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos alrededor de la servilleta.

«Que se fastidie» pensé.

—Si alguien tiene información sobre quién creó o distribuyó esta lista, les insto a que se acerquen. De forma confidencial si lo prefieren. Pero necesitamos llegar al fondo de esto. —La directora hizo una pausa dramática—. Dicho esto, continuemos celebrando a nuestros excelentes estudiantes...

Un poco más tarde, cuando la gente se había levantado para socializar entre el primer y segundo plato, Fabio apareció a mi lado.

—Ven conmigo —dijo en voz baja—. Tenemos que hablar.

—¿Ahora? —pregunté incrédula. Llevaba casi dos semanas evitándome y quería hablar justo ahora durante la cena.

—Es sobre la lista.

Me congelé.

—¿Qué?

—Aquí no —dijo y echó a andar sin comprobar si yo le seguía.

Fue hacia el lateral del salón, cerca de las ventanas, donde había menos gente.

—¿Viste la reacción de tu hermano a lo que dijo la directora?

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Ah, sí, no le ha gustado. ¿Por?

—Erika... —Se pasó una mano por el pelo, deshaciendo el peinado cuidadoso—. Creo que tu hermano está involucrado.

—¿Qué estás diciendo?

Fabio miró alrededor, asegurándose de que nadie nos escuchaba.

—Llevo tiempo sospechándolo que él y sus amiguitos están detrás de eso.

Durante las prácticas siempre están puntuando a la gente por sus cuerpos o su estilo y cosas así.

El día de tu cumple, fue a apuntar mi nombre en el vaso de papel que me había servido y le pedí que añadiera el apellido, por si había algún otro Fabio.

Él se rio diciendo que solo estaba yo en toda Australia, pero lo escribió. Lo escribió mal, igual que en la lista.

—¿Tu apellido estaba mal escrito en la lista? —me sorprendí, porque no lo había notado.

—Sí.

—Eso no prueba nada —balbuceé, notando que se me había helado la sangre—. Tu apellido es extranjero y poco trabalenguas. Seguro que lo escriben mal a menudo.

—Sí, pero no de esa forma en particular, con una t antes de la z, ese error es muy concreto, ¿no crees? Así lo escribió Rob en mi vaso en tu fiesta de cumpleaños.

Me quedé sin respiración.

—¿Y si lo vió así en la lista y por eso cree que es la forma correcta de escribirlo? —inisistí desesperada.

—Lo lee todos los días en mi camiseta cuando entrenamos.

—Joder… Rob no… Rob no me haría eso —musité, pero la verdad es que no estaba segura.

—¿No has visto su cara cuando Foster ha dicho que los responsables se quedarán sin beca? Estaba sudando.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Ese cabrón —grité, atrayendo algunas miradas hacia nosotros.

Fabio me tomó del brazo y me recostó contra la pared, al ver que me había inclinado hacia delante. Me costaba respirar y me temblaban las manos.

—¿Cómo puede hacerle eso a su propia hermana?

—Lo siento —murmuró Fabio y levanté la vista hacia su rostro.

—No tienes la culpa de que sea un cretino cruel.

—Sinceramente, creo que él tampoco la tiene. Tus padres le han malcriado.

—Ya, dime algo que no sepa —gruñí.

—Tampoco te enfades con ellos —continuó Fabio—. Había un libro en la estantería de tu salón, algo sobre niños médicamente frágiles y estaba subrayado.

—¿Qué?

—¿Alguno de los dos estuvo enfermo de pequeño?

Negué con la cabeza, confusa.

—Pudo ser Rob antes de que nacieras o de antes de que tuvieras recuerdos. Estaba bastante usado.

Las palabras de Fabio hicieron que la habitación me diera vueltas.

Busqué a Rob con la mirada. Estaba hablando con dos de sus compañeros de equipo y los tres parecían tensos. Uno de ellos señaló discretamente hacia la directora y Rob negó con la cabeza, diciéndole algo en voz baja.

—¿Me crees ahora? —Fabio les estaba observando también—. Están cagados porque si los pillan, pierden las becas.

El vestido me apretaba, no podía respirar.

—¿Por qué? ¿Por qué me haría algo así?

—Porque es un capullo con complejo de superioridad. —La brutalidad de la respuesta me golpeó—. Tal vez no quería ponerte en la lista, pero los demás le presionaron.

Eso no me ayudaba. Lo había hecho, me había hecho daño a mí y a otras personas.

Miré a mis padres. Seguían charlando, ajenos a todo.

Las lágrimas me quemaban pero me negaba a dejarlas caer.

—¿Y qué hago ahora? ¿Delatarlo?

—Esa decisión es tuya. —Fabio apartó su mano de mi brazo—. Pero tienes el poder ahora. Podrías hacer que pierda la beca.

Negué con la cabeza baja.

—Es mi hermano, no puedo hacer eso.

—Lo entiendo, pero alguien tiene que darle una lección.

Mis ojos volaron hacia su rostro.

—No irás a denunciarles, ¿verdad? —me preocupé.

—No, es tu decisión —concedió Fabio y se alejó de vuelta hacia su mesa.

Casi todo el mundo ya se había sentado y los camareros estaban llegando con los segundos platos.

Regresé a mi asiento en piloto automático y no toqué la comida.

La directora volvió a colocarse detrás del micrófono.

—Y ahora, nos gustaría invitar a los becarios al escenario para una fotografía oficial.

Rob se colocó de los primeros, junto a la directora con una sonrisa deslumbrante, como si no hubiera roto un plato en su vida.

El flash de la cámara me cegó un segundo. Y en ese instante, lo decidí.

Tenía que darle la lección que mis padres nunca le habían enseñado.