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Cuando me desperté al día siguiente, de primeras no supe por qué tenía un nudo en el pecho.
Luego lo recordé todo de golpe. La casa llena, la música demasiado alta, Fabio bebiendo directamente de la botella, Dan empujándole.
Y sobre todo, la forma en que me había mirado antes de irse con Sasha.
Se había dado por vencido. Y eso me decía todo lo que necesitaba saber.
Antes de lavarme la cara siquiera, comprobé mi móvil, con la esperanza de que la confrontación de anoche hubiera despertado algo en Fabio. Ahora… ¿porqué quería eso cuando yo misma le había rechazado? No tenía ni idea.
Pero los mensajes que tenía eran de Dan, enviados a las ocho y doce de la mañana.
¿Cómo estás?
¿Te duele la cabeza?
Siento lo de anoche otra vez. ❤️
El corazón rojo me pareció fuera de lugar.
Bien, un poco de resaca.
No añadí ningún emoji, ni dije nada sobre quedar. Mi reacción a su mano en mi pierna la noche anterior me dijo que necesitaba espacio. O tal vez, arreglar las cosas con Fabio y asegurarme de que estaba bien, arreglaría también lo mío con Dan. Me agarré a esa idea como a un clavo ardiendo.
Me pasé la mañana comprobando el móvil. El sonido estaba puesto, pero lo revisaba igualmente.
Me incorporé en la cama y sentí un mareo leve que me obligó a quedarme quieta unos segundos. Fui al baño despacio, agarrándome a la pared. Mi reflejo en el espejo era un desastre, y no estaba segura de que mi mala cara fuera solo por la resaca.
El móvil vibró en la habitación dos veces. Volví a la cama corriendo y me lancé a por él. Esa vez era Sasha.
¿Estás despierta?
Mi pulso se aceleró mientras tecleaba.
Sí.
La respuesta llegó enseguida.
Se pasó un poco anoche.
No suele ponerse así. Nunca le había visto pelearse.
Tuvo una mala noticia hace poco. Solo quería que lo supieras.
Me senté en el borde de la cama, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
¿Está bien?
Los tres puntos de que estaba escribiendo, aparecieron. Me mordí el labio a la espera.
Sigue dormido.
Mejor no le escribas hoy.
Eso último me dolió. Sonaba a que creía que yo era mala para él.
No iba a hacerlo.
Mentira. Había abierto nuestro chat tres veces desde que me había despertado. Pero había borrado todos los mensajes antes de enviarlos.
Porque ¿qué derecho tenía yo a preguntar? Había elegido. Había cerrado esa puerta. No podía abrirla solo cuando me convenía, porque me sintiera culpable.
Dan quiso verme esa tarde. Me mandó un mensaje a las dos preguntando si estaba libre para dar un paseo. Y acepté porque eso hacían las novias normales y porque un paseo sonaba seguro, sin coches de por medio donde las manos pudieran ir al pan.
Nos encontramos en el parque de siempre, cerca del lago donde habíamos paseado otras veces. Él trajo dos cafés para llevar y me dio un beso suave al verme.
—¿Estás mejor? —preguntó, estudiando mi cara. Su preocupación genuina me hizo sentir peor persona por estar hecha un lío.
—Sí. Se me ha pasado un poco la resaca.
—Lo siento, no debería haber dejado que bebieras tanto.
No dije nada. Porque técnicamente nadie me había obligado a beber. Pero también porque no me gustaba su paternalismo.
Nos sentamos en nuestro banco habitual, cerca del agua. Los patos se acercaron pensando que teníamos comida, y me rebusqué los bolsillos. Nada. Iba a decepcionar hasta a las aves.
El silencio fue cómodo durante unos minutos mientras bebíamos café y contemplábamos el agua. Luego empezó a ser raro, un silencio que tiene cosas no dichas flotando en él.
—He estado pensando —dijo él finalmente, girándose hacia mí—. No quiero que haya tensiones entre nosotros por lo que pasó anoche.
—No es por tu culpa.
—Bueno... —exhaló por la nariz, mirando al frente—. Tampoco es solo por culpa de Fabio. Yo… a veces tengo celos de él.
Me sorprendió que lo reconociera y me dijo cosas buenas de él. Cosas que ya sabía, pero que últimamente me costaba recordar.
—Erika —añadió serio—. Si sientes algo por él, prefiero saberlo ahora. Antes de que lo nuestro evolucione.
La pregunta cayó con delicadeza, pero para mí tuvo el impacto de dos bombas.
Quise negarlo, pero se me cerró la garganta. Y me quedé callada demasiado tiempo. Un silencio que hablaba por sí solo.
La mandíbula de Dan se tensó al entenderlo y apartó la vista hacia el lago, visiblemente enfadado.
—No quiero salir con él —dije por fin. Y era verdad. Sabía que no funcionaríamos como pareja.
—¿Y entonces? —insistió Dan, girándose completamente hacia mí ahora— ¿Qué es? ¿Atracción? ¿Nostalgia? ¿Qué?
Miré hacia el cisne que agitaba las alas en el agua.
—No lo sé. —Era la respuesta más honesta que tenía.
Dan se pasó la mano por el pelo, frustrado.
—No puedo competir con un «no lo sé», Erika.
—Ya lo sé. No estoy pidiendo que compitas.
—No, me estás dejando directamente —murmuró, mirando al suelo. Se levantó del banco bruscamente y dio dos pasos hacia el lago antes de volverse.
—Me gustas mucho —añadió más bajo, con una intensidad que no le había oído antes—. De verdad. Pero no quiero ser el novio tonto mientras tú miras al chico malo con nostalgia.
Me puse de pie también, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso.
—Lo siento, de verdad. No te estoy usando. Solo estoy confundida.
—Lo sé —dijo rápido, casi interrumpiéndome—. Eso es lo peor. Que no lo haces aposta. Que realmente lo estás intentando.
Se acercó a mí y me cogió la mano.
—Pero eso no es justo para mí. Quiero estar con alguien que no tenga que intentarlo.
Asentí, notando que se me salían las lágrimas. Tenía razón, Dan no se merecía estar con alguien que se pasaba la mayor parte del tiempo pensando en otro.
Se acercó más y me besó en la frente, y otra vez no sentí nada ante su contacto.
Cuando se fue, caminando hacia el parking con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás, me quedé un rato sola en el banco. Sentía que acababa de renunciar a un sueño, pero también notaba alivio.
Saqué el móvil y abrí el chat de Fabio sin pensarlo. Un acto reflejo y destructivo a la altura de rascarse una picadura que sabes que no deberías tocar.
La última conversación seguía ahí, congelada en una normalidad que ya no existía.
Escribí:
¿Estás bien?
Lo miré durante treinta segundos, mi dedo flotando sobre el botón de enviar. Podía hacerlo, podía pulsar y abrir esa puerta. Pero ¿para qué?
Fabio se cansaría de mi incluso antes de empezar, o yo de él, de su caos.
Borré el mensaje, letra por letra y bloqueé el móvil.
—No es el chico para ti, Erika —me dije en voz alta.
Y no pensaba traicionarme a mí misma de esa manera.