El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 35 #2
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Dan me rodeó la cintura nada más cruzar la puerta para evitar que nadie me empujara o diera codazos.

Pero yo llevaba demasiadas fiestas por mi cuenta para verlo necesario.

De hecho, tenía la impresión de que me había confundido con alguna florecilla delicada cuando yo era más bruta que algunos chicos.

Él no sabía que Erika Summers era la clase de flor que brotaba entre dos piedras.

Hice el amago de ir hacia la cocina porque estaba sedienta después de toda la sal que tenía la comida del italiano. Los dedos de Dan se cerraron alrededor de mi cadera.

—Quédate cerca —me dijo al oído, su aliento cálido contra mi cuello—. Hay demasiada gente metida aquí dentro.

Sonaba más preocupado que controlador, pero a estas alturas yo ya estaba de mal humor y me estaba irritando hasta su forma de respirar.

Saludamos a varios conocidos mientras nos adentrábamos. Algunos me miraron con curiosidad nueva, al ver que íbamos tan pegados.

—Así que al final sí era verdad —susurró una chica de mi clase al pasar, lo suficientemente alto para que lo oyéramos—. Ha cambiado a Fabioloso por Steinbeck.

—Dirás que Fabio se cansó de ella y tuvo que bajar puestos en la lista —dijo alguien a su lado.

Me giré para ver si Dan había escuchado eso, pero su expresión seguía neutra.

Dan me presentó a un grupo cerca de la cocina.

—Sí, estamos juntos —su tono de «asunto cerrado» hizo que me costara un poquito más respirar.

Jeremy apareció con dos vasos llenos de algo naranja que olía a vodka.

—Para vosotros —anunció con una sonrisa de simpatía.

Dan aceptó el suyo sin dudar. Yo también, aunque el olor me hizo arrugar la nariz.

A pesar de que no me entusiasma el sabor, el alcohol me bajó más fácil de lo normal. Tal vez porque estaba distraída, buscando a alguien con la mirada.

No fue hasta que un grupo grande se movió al salón con sus vasos ya rellenados que le vi.

Me dio un vuelco el corazón.

Estaba apoyado contra la encimera con una botella de vodka en la mano, bebiendo directamente a tragos largos.

Sasha estaba con él, hablándole de algo con gestos amplios, pero Fabio apenas respondía. Solo asintió de forma mecánica. No llevaba esa energía magnética de siempre que hacía que la gente gravitara hacia él sin darse cuenta.

Parecía... apagado. O quizá era cosa mía.

—No le mires tanto. —La voz de Dan me sacó del trance.

Me había pillado.

—No le estaba mirando —mentí fatal.

Dan siguió mi mirada hasta la escena.

—Está perdido —comentó con una neutralidad forzada—. Me han dicho que el martes se fue antes de acabar las clases. Que lo vieron borracho en el parking a media tarde.

Se me revolvió el estómago.

—No te creas todo lo que escuchas.

Dan se encogió de hombros.

—Él verá. —Me tomó la barbilla con los dedos y me giró el rostro hacia él—. Dame un beso, anda.

Fabio levantó la cabeza en ese preciso momento.

Conforme Dan me besaba, mis ojos buscaron a Fabio por encima de su hombro. Levantó la botella hacia mí en un brindis silencioso.

Apreté los dientes. No era mi culpa que estuviera destrozándose el hígado. No lo era… me lo repetí hasta creérmelo. Con lo listo que era, debería ser más fuerte.

Fabio apartó la mirada primero. Se giró de vuelta hacia Sasha y le dijo algo que la hizo fruncir el ceño con preocupación.

Cuando volvimos al salón me dio la impresión de que habían subido el volumen de la música. Alguien gritó algo sobre un juego de beber y otro grupo se organizó para jugar al beer pong en la mesa del comedor.

Dan me guio por el salón, con una mano firme y cálida en la parte baja de mi espalda.

Jugamos a algo que no entendí del todo. Bebí cada vez que perdía, que fue varias veces porque no estaba prestando atención a las reglas.

Dan estaba especialmente cariñoso. Besos en la sien cada pocos minutos y una mano firme en alguna parte de mi cuerpo de forma constante. Casi parecía que si perdíamos contacto iba a desintegrarme.

En algún momento, el grupo cerca de nosotros volvió a mencionar la lista.

—Deberíamos sacar a Erika de la lista, ahora que se ha calzado a dos follables —bromeó uno, claramente borracho.

—Que le jodan a esa lista —respondió Dan, pasando el brazo por mis hombros y atrayéndome hacia él—. Los que la hicieron no tienen ni idea de nada.

Hubo risas, algún aplauso de broma y alguien silbó.

Yo sentí una presión persistente en el pecho. No había suficiente oxígeno en esa casa

Desde el otro lado de la habitación, vi a Fabio observando la escena con indiferencia. Se sirvió otro trago directamente de la botella y Sasha intentó quitársela de las manos, sin conseguirlo.

En algún momento, entre canciones de trap que sonaban igual de horribles y conversaciones que no seguía, Fabio cruzó el salón para ir hacia el baño o a algún otro lugar.

Me tensé igual, aunque no viniera hacia mí.

Jeremy le dio una palmada en la espalda al pasar.

—¡Número uno! ¿Vas a dar un discurso? ¿Algún truco para los mortales?

Fabio sonrió, pero no con los ojos.

—Lo voy a recopilar todo mejor en un libro y así me forro —bromeó, haciendo reír a la gente.

Dan soltó una risa breve desde donde estábamos sentados.

—Se lo tiene un pelín creído —dijo Jeremy, demasiado alto.

Fabio se detuvo y se giró lentamente.

Le clavó la mirada.

—¿Eso crees? —El aire se volvió espeso y me dio la impresión de que la música había bajado, aunque seguía al mismo volumen—. Dame quince minutos con tu chica y te lo demuestro.

Me levanté de golpe y me interpuse entre ambos, aunque ninguno de los dos me prestó atención. Quedé atrapada en el espacio donde sus miradas luchaban.

—No la líes —dije en voz baja, empujando sus hombros para alejarle. Jeremy jugaba al rugby y podía arrancarle la cabeza con bastante facilidad.

Fabio bajó la mirada hacia mí.

—Tranquila, pixie —me sorprendió la suavidad del tono que usó conmigo—. Esta cara bonita no puede romperse.

El apodo sonó demasiado íntimo y cariñoso en esa habitación llena de gente. El recordatorio de que habíamos sido algo que nadie más entendía del todo.

Dan apareció a mi lado, y cuadró los hombros para parecer más amenazante.

—Ese apodo sobra —gruñó, marcando territorio—. ¿No ves que ahora es mi novia?

Fabio ladeó la cabeza con esa expresión suya que significaba que estaba a punto de decir algo devastador.

—Lo que veo es que no aparta los ojos de mí.

Dan intentó rodearme para ir a por él, pero me pegué a su costado con todo mi peso. Se separó de mí bruscamente y le plantó una mano en el pecho, haciéndole retroceder un paso.

La habitación se había quedado en silencio. Alguien había tenido el detalle de bajar el volumen de la música, para que todos pudieran enterarse de lo que estaba pasando.

—Basta —grité, tratando de tirar del brazo de Dan.

Fabio avanzó para devolvérselo, pero en cuanto hubo un hueco me interpuse entre ellos.

Sasha también agarró a Fabio del brazo con firmeza.

—Nos vamos —chilló, empujándole en la dirección contraria.

Él se resistió medio segundo. Luego miró mi cara y lo que fuera que vio en mi expresión, hizo que se dejara arrastrar.

Lo vi desaparecer por el pasillo, Sasha prácticamente empujándolo hacia la puerta trasera.

Dan soltó el aire que había estado conteniendo.

—No sé cómo te pudiste liar con ese idiota —dijo, girándose hacia mí.

—¿Por qué le has empujado? —Nunca le había hablado tan enfadada.

—Lo iba buscando.

—Está borracho, no tienes que seguirle el rollo. —Me crucé de brazos, dando un paso atrás.

La gente nos observaba y Dan se tensó al notarlo. La música ya había vuelto a subir, pero se podía deducir mucho de nuestras posturas y algunos estarían incluso leyéndonos los labios. Quiza por eso se acercó a mí para susurrarme al oído.

—Tal vez quería pegarle porque tenía razón, no paras de mirarle, Erika.

La frase se quedó flotando entre nosotros.

—Solo estoy preocupada por un amigo —me defendí.

—Ah, creía que desmadrarse un poco no era preocupante —repitió mis palabras del restaurante con tono de burla.

Sacudí la cabeza, decepcionada. Nunca hubiera pensado que Dan actuaría así por su ego. Pero no tenía que haberme sorprendido tanto del tipo que dejó de ligar conmigo cuando salió la lista. No fue hasta que Fabio volvió a convertirme en algo públicamente deseable que retomó su interés.

Sus dedos se entrelazaron con los míos.

—No es tu responsabilidad, Erika —su voz se volvió más suave.

—Ya… pero me duele ver a un amigo así.

Dan asintió comprensivo y noté que estaba haciendo un gran esfuerzo por mostrarse razonable. Así que me forcé a relajarme también.

Más tarde, cuando la fiesta empezaba a vaciarse y los más borrachos se habían ido o dormido en los sofás, Dan me llevó a casa.

Hicimos el viaje en silencio, solo con la radio de fondo.

Cuando llegamos a mi casa, me besó antes de bajarme. El tipo de beso que intenta arreglarlo todo sin palabras. Pero para mi esa noche ya estaba estropeada y sin reparación posible.

—Siento haber empujado a tu amigo, ¿vale? —soltó a regañadientes, al ver que yo seguía ausente—. Me pone nervioso que sea tan chulo y que se crea que solo te tengo porque él ha pasado de ti.

—Lo sabe —admití y Dan frunció el ceño—. Justo después del desayuno donde lo aclaramos todo, Fabio vino a verme y me dijo que quería que lo intentáramos también.

La sorpresa modificó sus facciones, seguida de satisfacción de saber que oficialmente le había elegido a él por encima de Fabio.

—Vaya… ahora entiendo su comportamiento de esta noche —dijo, pensativo—. Tiene el corazón roto.

No pude responderle, porque en ese momento, al escuchar esas palabras, el mío también se rompió.

Dan apartó un mechón de cabello de mi frente, mientras observaba mi rostro ajeno al dolor que me estaba atravesando.

—Eres preciosa, Erika —dicho eso, volvió a besarme con más profundidad esta vez. Cuando su mano aterrizó en mi muslo y comenzó a subir, tuve que echarme hacia atrás.

—Lo siento, el alcohol me ha sentado mal. —No fue una mentira del todo porque notaba el estómago revuelto—. Hablamos mañana, ¿vale?

Dan asintió y me dio un beso rápido de labios cerrados.

—Bebe mucha agua antes de acostarte —me recomendó.

Asentí y salí del coche sintiendo el peso de algo más que el exceso de alcohol.