El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 35
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Llevábamos una semana saliendo. Siete días de mensajes de buenos días. Siete días de besos en el pasillo del instituto. Siete días de la relación que siempre quise, con la clase de chico que siempre soñé.

Y no era justo que cuando por fin tenía lo que siempre había querido, mi felicidad se viera empañada por todo aquello que había perdido.

Fabio no me había escrito en ninguno de esos siete días.

Yo tampoco a él. Se supone que íbamos a seguir siendo amigos, pero no éramos ni conocidos.

El primer día que pasé a buscarle a casa ya no estaba, y Sasha me dijo que se había ido en autobús.

Eso fue suficiente para que captara el mensaje y no pasara a por él nunca más.

Tampoco le había visto por el campus y eso que mis traicioneros ojos le buscaban sin parar. Era demasiado insegura para soportar que alguien estuviera molesto conmigo sin obsesionarme con ello.

Había comprobado su foto de WhatsApp seis veces el lunes. Me había hecho la remolona en la cafetería para ver si le pillaba. Nada. Sabía que estaba yendo a clase porque Zack y Rebecca le habían visto.

Después de varios días dejé de buscarle, o eso me decía a mí misma.

El viernes, Dan había insistido en que conociera bien a sus amigos. No como el grupo que coincidía en fiestas o en los pasillos, sino una doble cita formal, planificada con días de antelación.

Había elegido un restaurante italiano del centro. Con velas en las mesas, música italiana y manteles blancos. Los camareros iban vestidos de negro y preguntaban que querías tomar con una solemnidad exagerada.

—Me gusta este sitio —me dijo mientras me sujetaba la puerta de entrada. Siempre tenía esos detalles caballerosos que me hacían sentir especial. Incómoda, pero especial.

—¿Ya has estado aquí antes?

—Con mis padres. Es un poco... —Buscó la palabra—. Serio, pero la comida está buenísima.

Asentí, sonriendo.

La otra pareja ya estaba sentada cuando llegamos, estudiando los menús con concentración. Jeremy y Dee. Ella era amiga de Dan desde pequeños y él era una nueva incorporación al grupo que había cuajado muy bien. La que aún estaba en tela de juicio era yo.

—¿Y esa pareja tan guapa? —bromeó Jeremy cuando nos vio acercarnos.

Dan se rió.

—Tampoco exageres. —Me tomó de la mano en cuanto nos sentamos—. Bueno, mi novia sí que lo es.

Lo dijo con una satisfacción casi imperceptible y tuve la impresión de que había estado practicando cómo sonaría en voz alta.

Los camareros llegaron enseguida al ver que ya estábamos todos. Dan apoyó la mano en mi rodilla bajo la mesa mientras me hacía sugerencias: pan de ajo y arancinis para compartir.

Con lo convencido que estaba, no me quedó otra que acceder a todo, sin saber lo que llevaba.

La conversación empezó ligera: clases, profesores, el examen de matemáticas que nadie había aprobado del todo.

Luego derivó hacia los planes de verano. Las prácticas de Jeremy y la Universidad de Dee en el extranjero. Dan intervenía con seguridad, hablando de su futuro como si estuviera escrito en las estrellas.

—El año que viene quiero empezar a preparar oposiciones —dijo, partiendo el pan—. Cuanto antes, mejor para ir subiendo puestos rápido.

—Lo tienes todo clarísimo —asintió Dee, con genuina admiración.

Yo asentí también, pero en ese momento me di cuenta de que no había margen de improvisación con él.

Ni siquiera sabía como plantearle mi idea de ir a vivir al extranjero una temporada.

Tenía la sensación de que Dan era la típica persona que nunca saldría de su ciudad, y eso estaba bien, pero me agobiaba pensar en estar atada de esa forma.

Dan me miró, leyendo mi silencio.

—Erika todavía está decidiendo.

Todavía. La palabra me sentó mal. ¿Estar «todavía» decidiendo lo que iba a hacer de mi vida con dieciocho años era un delito?

—No es fácil elegir universidad —añadió con tono tranquilizador, pero con un matiz ligeramente paternal que no supe si él notaba.

—No tengo prisa —dije, intentando sonar segura.

—Bueno. —Dan me dedicó una sonrisa cómplice—. Alguien en esta relación tiene que ser espontáneo.

Sus amigos se rieron y yo sonreí. Por un momento quise estar en otro lugar, pero se me pasó rápido.

Cuando llegaron los primeros platos, la conversación giró hacia la gente del instituto.

Era inevitable acabar cotilleando sobre los demás cuando estaba con ellos.

—Menuda estupidez lo de la lista de este año —comentó Dee, dedicándome una mirada piadosa—. Aunque hay que admitir que el número uno era bastante obvio.

—¿Fabioloso? —Jeremy soltó un bufido—. Entiendo que es guapo, pero las chicas del instituto exageran un poco.

—Ya, especialmente la que le haya puesto ese apodo —intervino Dan—. Hay que estar desesperada…

Por el salto que di, parecía que me había electrocutado.

—A mí me parece ingenioso —respondí seca, y le di un sorbo a mi copa de vino.

Dan se tensó un poco antes de encogerse de hombros y apartarme la mirada.

—La verdad es que a mi me hizo mucha gracia cuando lo escuché —confesó Dee ofreciéndome una sonrisa de camaradería.

Jeremy la acribilló con la mirada y sacudió la cabeza.

—Estáis todas enchochadas con el brasileño.

—Por eso le han puesto en el número uno —dijo Dan, con una sonrisa tensa. Debía de haberle dado vueltas a aquello muchas veces—. Porque es brasileño.

—Claro —concedió Jeremy en un concurso de egos masculinos heridos—. Pero tú tampoco sales mal parado. Número cinco no está nada mal.

—Supongo —murmuró Dan. Luego me miró—. Sobre todo, cuando mi chica me ha preferido a mí por encima del Fabioloso número uno.

Se rio de su propia broma, mientras su pulgar dibujaba un pequeño círculo en mi rodilla.

Yo le sonreí, pero noté algo incómodo dentro de mí.

—¿A sí? —se interesó Jeremy, conforme llegaba el segundo plato— ¿Y cómo fue eso?

Dan respondió antes de que yo pudiera abrir la boca.

—Erika se acercó a Fabio solo para darme celos.

Se me borró la sonrisa forzada de la cara. ¿Por qué tenía que contarles eso?

—No fue exactamente así —negué sin mucha suavidad.

—Bueno, algo de estrategia hubo. —Me guiñó un ojo, pero parecía tenso—. Tú misma me lo confesaste.

En confidencia. No para que se lo contara a sus amigos para quedar por encima de Fabio y satisfacer su ego herido.

Fue Jeremy quien mencionó a Fabio por segunda vez. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la envidia que generaba Fabio entre los chicos de Sydney Grammar.

—Ese tío vive en modo permanente de despedida de soltero —bromeó después de contar una anécdota sobre una fiesta reciente donde alguien había acabado cantando sobre una mesa.

Así que Fabio había vuelto a las andadas. Por alguna razón me sentía culpable, aunque racionalmente supiera que lo que hacía Fabio con su vida era solo responsabilidad de él.

—Qué desperdicio. —Dee suspiró con pena—. Unos amigos que van a su clase me han dicho que es super listo, pero siendo tan fiestero lo mismo acaba mal.

Dan no dijo nada, pero yo sí.

—No todo el mundo que se desmadra está perdido —Las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas.

Un silencio breve siguió mis palabras. Jeremy arqueó ligeramente una ceja.

—Claro —dijo Dee rápidamente, reajustando—. Pero ya sabes a lo que me refiero. No es un estilo de vida muy sostenible a largo plazo.

Dan apartó la mano de mi pierna.

—Erika y Fabio son buenos amigos —explicó él—. Aunque últimamente no te he visto mucho con él.

Lo dijo como si no me hubiera pedido él mismo que me alejara de Fabio hacía menos de una semana.

Asentí sin añadir nada, porque decir algo más habría requerido demasiada información. Y no estaba segura de poder explicar mi relación con Fabio sin que se notara todo lo demás.

Cuando salimos del restaurante, se había hecho de noche.

Me froté los brazos porque la temperatura había bajado considerablemente.

Dan me rodeó los hombros con su brazo, siempre atento a mis necesidades.

Si algo me había quedado claro después de una semana saliendo con él, es que era un chico de detalles y gestos bonitos.

Nos despedimos brevemente de Jeremy y Dee bajo una farola en la acera. Nos íbamos a ver en un rato en la casa de alguien del instituto. La mención a la fiesta me hizo recordar lo que había dicho Jeremy sobre que Fabio había vuelto a las andadas.

Distraída con eso, no me di cuenta de que Dan me estaba buscando para un beso hasta que me tuvo contra el chasis de su coche.

Fue intenso, con lengua, de esos que deberían dejarte con las piernas temblando.

Yo cerré los ojos y respondí con la misma intensidad. Intenté encontrar algo más que familiaridad y esa sensación vagamente agradable, pero no llegó. Mi estómago no se llenó de mariposas, mi entrepierna no despertó y tampoco noté humedad.

Ya casi me parecía que había soñado esa reacción en otros besos.

Dan abrió la puerta del coche para mí. Me senté y me abroché el cinturón, preguntándome si Fabio estaría en la fiesta. Si tendría que verlo besando a otra. U otras. Casi prefería que fueran varias.

Miré por la ventanilla mientras él conducía y hablaba de sus amigos. Yo asentía, observando cómo el mundo pasaba en negro y naranja, y una idea cruzó por mi mente:

¿Era normal que una relación segura pareciera un poco aburrida? ¿No había intensidad sin caos y riesgo?

No tenía ni idea. Ese era mi problema.

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La casa ya estaba llena cuando llegamos.

La música alta bombeaba desde dos altavoces colocados en el salón. Estaban poniendo hip-hop, no mi favorito, pero podía haber sido peor.

Paseé la mirada por la estancia. Las luces bajas convertían las caras en sombras danzantes. Había vasos rojos en todas las superficies, mesas, repisas, el suelo, hasta en los escalones que llevaban a la planta de arriba.