Epílogo
La playa estaba llena, pero habíamos conseguido un trozo de arena cerca de las rocas donde la gente del paseo no podía vernos fácilmente.
Rebecca había llegado con una nevera portátil llena de bebidas lesbianas, como las llamaba ella.
En realidad, eran botellas de diseño artístico que contenían alcohol de colores poco comunes.
—No entiendo por qué siempre soy yo la que organiza la comida —protestó Sasha mientras abría recipientes y los colocaba sobre el mantel.
—Porque eres la única que sabe hacer comida sana con un sabor decente —dijo Lena desde su toalla, sin abrir los ojos.
—Suena a un talento por el que debería cobrar.
—Tengo cinco dólares en el bolsillo de la sudadera —ofreció Alex—. ¿Cubre eso mi parte?
Lena tenía la cabeza apoyada en el hombro de Alex y él tenía una mano en su cintura. Se les veía en paz, satisfechos con la vida, ahora que habían dejado de huir el uno del otro.
Yo estaba sentada entre las piernas de Fabio, apoyada contra su pecho, con los pies enterrados en la arena caliente y un recipiente de fresas en el regazo. Estaban desapareciendo a un ritmo que no era exclusivamente culpa mía.
—Oye —dije, girándome—. Esa era la última.
—Ahora es mía —respondió él sin una pizca de culpa.
—Serás ladrón.
—Tienes que aprender a compartir. —Se señaló el pecho.
—Siempre dices eso de mi comida, pero si intento probar tu postre te falta clavarme el tenedor en la mano.
Fabio sonrió contra mi pelo.
—Soy muy celoso con mis postres —susurró en mi oreja.
—Sí, será con eso. Porque conmigo no eres nada celoso —me quejé. Al llegar a la playa nos había encontrado hablando con unos chicos y no se había inmutado, mientras que Alex les había asesinado con la mirada.
Una carcajada sarcástica a mi derecha me hizo girar la cabeza hacia Gary.
—¿Que no es celoso? —volvió a reír mi vecino—. Supongo que bromeas.
Fabio le lanzó una camiseta enrollada a la cara y yo intercalé una mirada entre ambos.
—¿Me he perdido algo?
—No —soltó Fabio sospechosamente rápido.
Gary esbozó una sonrisita, sintiéndose poderoso.
—No conoces a tu propio novio —murmuró, toqueteando su teléfono—. Mira esto.
—¿Por qué no te das un baño, Gary? —le sugirió Fabio, aunque por el tono parecía más una amenaza.
La pantalla del móvil de Gary, mostraba una foto de una nota escrita a mano en la letra de Fabio.
—La nota que hay pegada en el marco de tu ventana por fuera —me informó.
—¿Qué? —me incliné para leerla.
No hay nada aquí para ti. Salvo dolor si insistes en entrar por esa ventana.
—¿Tú la pusiste ahí? —le pregunté a Fabio burbujeando de placer. Él estaba mirando la arena con una expresión de fastidio.
—Llevo años entrando por esa ventana —explicó Gary para el grupo—. Al parecer ya no se me permite.
—Sin el parecer —dijo Fabio—. Imagina que está lapidada.
—Tú entras por ahí. Te he visto.
—Está lapidada para ti.
Un aleteo muy agradable se desplegó por mi pecho. Por supuesto, no podía dejar que Fabio pensara que ese comportamiento me agradaba, así que me concentré en borrar la sonrisa de mi cara.
—¿Qué pasa con lo de «estoy demasiado bueno para tener celos de nadie, pixie», que me dijiste el otro día?
—Mentía, obviamente —reconoció él, con el fantasma de una sonrisa en los labios.
—¿Sabes lo que ha dicho cuando os hemos visto hablando con esos chicos? —intervino Alex.
—Creo que es suficiente. —Mi chico ahora estaba enfurruñado.
—Dilo —insistió Lena, y Alex puso esa cara de que quemaría el mundo si ella se lo pedía.
—Me ha dicho: ¿Es normal que quiera asesinar a todos los idiotas que se le acercan?
No pude evitar sonreír como una tonta. Fui hacia Fabio gateando por la arena.
—Oh, no, ya empiezan —suspiró Rebecca.
Le di un beso por el que seguramente todos apartaron la mirada. Fabio se dejó caer hacia atrás conmigo encima y me rodeó con brazos y piernas sin intención aparente de soltarme.
Fue Noah quien nos lanzó agua fría del mar para recordarnos que estábamos en un lugar público.
Noah era un amigo de Lena, menudo, con la gorra siempre baja y la actitud de querer ser invisible.
Su compañero de piso Keenan, que era lo contrario en todo, llevaba un rato intentando convencerle de meterse al agua.
—Paso —dijo Noah, sin moverse.
—Siempre pasas —respondió Keenan, acercándose. Su voz había cambiado de tono—. Necesitas un empujoncito.
Noah no retrocedió. Le miró desde debajo de la visera con una calma forzada.
—Ni se te ocurra.
Estuvieron demasiado cerca durante un segundo. Luego Keenan se apartó con algo que me pareció un sonrojo y se metió al agua de cabeza.
—Eso va a acabar muy mal —murmuró Lena.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, Rebecca levantó la vista de su teléfono.
—¿Has visto el mensaje de Jane?
Negué con la cabeza.
—Le han dado prácticas en Microlandia. Y está jodida porque Rob va a ser el supervisor de su equipo.
El silencio se alargó durante un rato.
—Eso sería una catástrofe —murmuré.
—¿Creéis que va a vengarse de ella? —inquirió Alex.
—Que va, ahora va de hombre reformado —intervino Fabio.
Y era cierto, Rob estaba intentando cambiar. Pero todo el verano trabajando con la chica que le había dejado sin beca y que encima le gustaba de verdad. Me temía lo peor.
Aunque pensándolo bien, si había alguien capaz de reformar a Rob Summers, esa era Jane.
Disfrutamos de la brisa marina y de la buena compañía durante una hora más, hasta que el móvil de Fabio vibró.
Lo sacó del bolsillo con un gesto distraído. Lo desbloqueó y leyó. Noté el cambio antes de que dijera nada. La quietud primero, y luego una línea pequeña entre las cejas.
Siguió mirando la pantalla, probablemente leyéndolo otra vez.
—¿Fabio? —dije en voz baja.
No respondió.
—¿Qué pasa? —preguntó Rebecca.
Fabio dejó el móvil sobre la arena despacio.
—Volkswagen ha anulado el contrato con mi profesor —dijo.
Me giré hacia él. Algo cruzó su cara que no supe descifrar.
—Había un problema con el modelo —dijo al final.
—¿Qué tipo de problema?
—El ángulo de admisión en la tercera fase. Calculé mal cuando lo presenté y nunca llegué a corregirlo. —Una sonrisa pequeña apareció en su rostro—. Él no sabe solucionarlo.
—Pero tú sí —dije.
La sonrisa se tornó grande.
—Entonces el proyecto sigue siendo tuyo —añadí—. Nadie puede quitarte lo que está dentro de la cabeza.
Fabio no respondió de inmediato. Miró a su primo y luego me miró a mí.
—Tendría que volver a Brasil —dijo.
—Ya lo sé.
—¿Y te da igual que me vaya al otro lado del planeta?
—No… claro que no me da igual. Pero es tu oportunidad de probar que te robó el proyecto y recuperarlo.
Fabio tragó saliva.
—¿Qué clase de relación sobrevive a esa distancia? —murmuró, negando con la cabeza como si desechara la idea.
No podía permitir que abandonara su proyecto por mí.
—Iré contigo —dije en un impulso.
Sus labios se curvaron.
—¿Vendrías a Brasil conmigo?
Pensé en todas las veces que había elegido salir corriendo y en la vez que no lo hice.
—Sí —solté con determinación—. Si me quieres a tu lado, iré.
Fabio no respondió. Apoyó la frente en la mía.
—Siempre te quiero a mi lado, pixie.
Cerramos los ojos los dos al mismo tiempo, con el ruido del mar de fondo y la arena caliente y el sol de Sídney cayendo sobre los hombros.
—¿Sabes qué es lo que más me fastidia de ti? —murmuró.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Que por tu culpa ya no puedo odiar a mi profesor, ni a mi ex, ni a la escuela.
—¿Por qué?
—Porque ahora doy gracias por todas y cada una de las traiciones que me han traído hasta ti.