El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 32
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Me dirigí al salón, la música había subido varios decibelios y alguien había apagado la luz grande, dejando solo las lámparas encendidas.

Fabio estaba en medio de un corrillo, explicando algo con las manos con gestos exagerados mientras los demás reían. Cuando me vio allí parada, alzó una ceja y captó el mensaje de que quería hablar con él. Después de zanjar la conversación se acercó despacio.

—¿Qué?

—¿Ha ocurrido algo con Dan? —respondí con una pregunta.

—¿Algo como qué?

Me encogí de hombros.

—Se ha ido y… estaba raro. ¿Ha pasado algo entre vosotros mientras yo estaba en la cocina?

—Ah… sí, nos hemos besado bajo la escalera. —Fabio señaló el rincón con la mano que sostenía la cerveza—. Lo siento, no he podido evitarlo. Estaba tan guapo con esa sudadera de Harvard.

Me crucé de brazos.

—Lo digo en serio, Fabio. Estaba raro…

—Ni nos hemos dirigido la palabra. De hecho, hemos trazado una línea imaginaria en el salón que ninguno de los dos se ha atrevido a cruzar. Probablemente se ha ido para poder mear, porque el baño estaba en mi zona.

Me reí sin querer hacerlo y luego intenté volver a poner cara de enfadada.

—Si me entero de que le has dicho algo…

Fabio se estremeció de forma exagerada.

—¿Qué vas a hacerme?

—Todavía no lo he pensado, pero algo se me ocurrirá. —Entorné los ojos para parecer más amenazadora.

—Por favor, lo que sea menos dejar que tu prima Tanya me pille de nuevo. —Su mano agarró mi brazo al ver que venía hacia nosotros y me empujó por el pasillo hacia el jardín—. No puedo escuchar ni un segundo más hablar de One Erection.

—Direction —le corregí, entre risas. El brillo burlón de sus ojos me dijo que sabía lo que decía.

Avanzamos por el pasillo oscuro hasta que noté que Fabio disminuía la velocidad, aun agarrándome del brazo.

—¿Qué haces?

—No veo…

—¿En serio? —me sorprendí—. Yo sí, está oscuro, pero algo se ve.

—¿Eres una vampiresa? —dejó que le guiara hasta que vislumbramos la claridad de la cocina al final del pasillo—. El otro día lo veías todo en mi cuarto.

—Mi madre siempre baja las persianas, dice que la familia de Gary es muy fisgona. Tal vez se me ha agudizado la vista.

—Ya, eso es lo que diría un vampiro para despistar.

Me reí conforme empujaba la puerta corredera que comunicaba la cocina con el jardín. Una vez fuera, empujé a Fabio contra la pared con una carcajada maligna y hundí el rostro en su cuello.

—Di adiós. —Posé mis dientes sobre la piel suave y caliente, notando su pulso contra mis labios.

—Conviérteme —susurró, colocando sus manos en mi cintura—. Quiero ser como tú y vivir para siempre.

—Que va, has sido una víctima fácil. —Mis labios se movieron contra su cuello, y noté que se estremecía—. No eres digno de vivir eternamente. Voy a chuparte hasta dejarte seco.

El pechó de Fabio comenzó a vibrar y me di cuenta de que se estaba riendo.

—No me refería…

—Tarde.

—Vete a la mierda. —Hice el amago de separarme, pero él me rodeó con sus brazos y me estrechó contra su pecho. Forcejeamos y me di la vuelta para escapar más fácil. No funcionó, Fabio me tenía bien atrapada.

De pronto, ya no me estrechaba contra él sino que su cuerpo presionaba contra mi espalda para guiarme hacia adelante, hacia… ¡la piscina!

—¡Ni se te ocurra! —Una oleada de risas nerviosas me invadió. Mis pies empacaron contra el borde en un intento de frenarnos—. Está fría y sucia.

Un par de hojas secas flotaban en la superficie, junto algo negro y sospechoso.

Fabio no me hizo caso. Usó el peso de su cuerpo para propulsarnos a ambos hacia el agua.

No se qué se escuchó más, si el impacto o mi grito.

—Voy a matarte —le amenacé mientras nadaba hacia él para intentar empujarle bajo el agua. Luchamos y nos reímos hasta que Jane y Rob aparecieron junto a la piscina.

—¿Qué estáis haciendo? —Rob se cruzó de brazos y nos observó con una ceja arqueada—. Es hora de soplar las velas. Cuando mamá vea que estás empapada.

—¿Es que no las sopla él? —susurró Fabio en mi oreja, haciéndome reír.

—No, pero siempre le reservo mi deseo de cumpleaños —bromeé, fingiendo total seriedad.

—¿Qué has dicho? —intervino Rob—. ¿Se puede saber qué te pasa últimamente?

«Que estoy harta», quería decir. Eso era lo que me pasaba. Que estaba cansada de ser el personaje secundario en la obra de Rob.

—Contesta —increpó mi hermano.

—Déjala en paz, Rob, es su cumpleaños —intervino Jane, dándole golpecitos en el bíceps que sorprendentemente funcionaron.

Mi hermano dejó caer los brazos y sus hombros se relajaron.

—Date prisa, te estamos esperando —dijo en un tono mucho más suave antes entrar de nuevo en casa.

Fabio y yo salimos de la piscina y subimos a mi cuarto para ponernos algo seco. Dejamos un rastro de agua por las escaleras que tendría que limpiar más tarde.

Cuando la puerta crujió tras nosotros, nos miramos en silencio, chorreando sobre la alfombra. Teníamos el pelo pegado a la cara, la ropa adherida al cuerpo, y apestábamos a cloro.

—Cómo me la lías así en mitad de mi fiesta de cumpleaños —dije, quitándome los zapatos empapados.

—Justo porque es tu cumpleaños… —Fabio se pasó una mano por el pelo, exprimiendo el agua—. Ese momento va a ser el único que recuerdes en veinte años.

Solté un bufido sin querer admitir que tal vez tuviera razón. Abrí el armario y saqué una toalla, lanzándosela a la cara. Él la atrapó antes de que le golpeara.

—Qué violenta…

—Dice el que ha intentado ahogarme en una piscina sucia.

—Seguro que crees que la parte de la suciedad es peor que la del ahogamiento —se burló Fabio, arrancándome una risita involuntaria.

Fui un momento al cuarto de Rob para cogerle ropa seca prestada, me daba igual si le sentaba mal. Una vez uno de sus ligues me había robado mi anillo favorito, y alguna vez me había encontrado a alguna usando mi toalla. Repugnante.

De vuelta en mi cuarto, le lancé a Fabio la ropa. Me quité la camiseta empapada por encima de la cabeza, sin pensar demasiado en ello. Estaba en sujetador, pero Fabio me había visto así antes. No debería ser raro.

Pero cuando me giré para buscar algo seco en el cajón, sentí el peso de su mirada en mi espalda y me pareció que se había quedado quieto.

—¿Vas a cambiarte o qué? —Abrí el cajón de las camisetas sin mirarle.

—Deberíamos ir mojados, eso le quitaría todo el protagonismo a tu hermano —respondió, aún sin moverse.

—Mis padres se enfadarían, no es la clase de atención que quiero.

—¿Por qué no? Así es cómo parece que tu hermano la ha conseguido…

Me sorprendió tanto escuchar la teoría de Jane en labios de otra persona que me giré para observarle.

Mala idea. Fabio mojado era un pecado para la vista.

La camiseta adherida al cuerpo como una segunda piel, el pelo pegado a la frente, gotas de agua trazando caminos envidiables por su piel bronceada…

—Da igual… nadie va a mirarme a mí con la pinta que tienes tú ahora mismo. —Mi intención había sido que sonará juguetón, pero en lugar de eso soné sin aliento, maravillada incluso.

—Yo sí. —Su voz sonó diferente también—. Por si no te habías dado cuenta, se te transparentan los pezones.

Me giré de golpe, con la camiseta seca aun en las manos.

Necesitaba otro sujetador, uno que no estuviera empapado o acabaría igual de…

expuesta. ¿Iba a cambiarme la ropa interior delante de él?

Esa era la duda. Aun dándole la espalda, aún cuando habíamos hecho…

cosas, no conseguía normalizar esa situación.

Mucho menos cuando él había mencionado mis pezones y había dado a entender que no podía apartar la vista de mi cuerpo.

Decidí ser madura y no esconderme. Más que nada porque Fabio se burlaría hasta el fin de los tiempos si me iba al baño a cambiarme. Le conocía bien y sabía que no iba a ofrecerse a salir para darme intimidad. Fabio no era un caballero, eso era algo que más bien haría Dan.

Me negué a pensar que esa era justo la razón por la que mi corazón nunca latía desenfrenado con Dan, ni mi piel parecía despertar a su tacto de la misma forma. Mi cuerpo no quería un caballero, y le importaba una mierda la opinión de mi mente.

Sin poder alargarlo más, me llevé la mano al enganche de mi sujetador.

—¿Necesitas ayuda? —La voz de Fabio, de pronto tan cerca de mí me hizo dar un pequeño salto. Su mano rozó mi espalda por el instante corto que tardó en abrirlo como el pro en desnudar mujeres que era. Mi piel se encendió, cada terminación nerviosa pulsando por volver a sentirle.

A continuación, Fabio llevó las manos a los tirantes de mi sujetador, y los deslizó despacio por mis hombros, provocando cosquillas enloquecedoras por mi piel.

La prenda no cayó debido a que la tela empapada estaba adherida a mis pechos.

Fabio recorrió las líneas donde mi espalda se unía a mis brazos.

Sus dedos trazaron un camino por mis costados, por debajo de las axilas que me hizo cerrar los ojos de placer.

Su destino estaba claro. Sin dudas, sin vacilar, como si tuviera todo el derecho del mundo a tocarme porque mi cuerpo le pertenecía.

Se coló por debajo de la tela mojada a ambos lados.

Solté un gemido cuando sus dedos alcanzaron mis pezones.

—Fabio… —murmuré, en un intento de advertencia que sonó más como una súplica.

—¿Qué? —susurró él contra mi oreja—. Me estaban llamando.

Para ilustrar a qué se refería retorció mis pezones de una forma que me hizo arquearme contra él y hacer demasiado ruido.

Me tapé la boca, avergonzada. Fabio chasqueó la lengua, me tomó de la muñeca y bajó mi brazo, guiando mi mano directa a su entrepierna.

—Quiero escucharte jadear, pixie… últimamente es mi canción favorita.

Sus palabras me incendiaron y me di cuenta de que quería escucharle también. Quería escuchar todas las barbaridades que se le ocurriera soltarme. Quería escucharlo gemir por mi causa.