31 #3
—Ah… ya sé lo que está pasando ahí dentro —escuché decir a mi amiga seguido de una carcajada—. Fabioloso te ha dado su regalo.
—Veteee.
Otra risa antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo.
Fabio y yo intercambiamos una mirada y nos echamos a reír.
—Date prisa —dije, poniéndome una camiseta seca.
—Si nos hubiera pillado tu madre hubiera sido apoteósico.
—Cállate.
La ropa de Rob le quedaba ridículamente grande. Mi hermano era más ancho y más alto.
Bajamos las escaleras con sus manos en mi cintura, pero nos separamos justo antes de llegar al salón. Tenía la paranoica idea de que todo el mundo nos iba a mirar y adivinar lo que acababa de ocurrir.
Así que evité miradas y me centré en la tarta que estaba en medio de la mesa. Tres pisos de tarta de tres chocolates sin gluten. Las velas plateadas ya encendidas, derritiéndose lentamente.
Todo el mundo se giró cuando entramos.
—¡Por fin! —Mi madre nos miró de arriba a abajo, notando claramente que nos habíamos cambiado— ¿Os habéis caído a la piscina o qué?
—Algo así —murmuré.
Rebecca me lanzó la mirada de alguien que tiene al diablo susurrándole maldades al oído. Jane me sorprendió, sonriendo de lado, con cara de saber exactamente lo que había pasado arriba y de que no le importaba.
—Venga, acércate. —Mi madre me empujó hacia la tarta.
Todo el mundo se reunió alrededor. Alguien apagó las luces y las velas proyectaron sombras danzantes en las paredes.
Y entonces empezaron a cantar un cumpleaños feliz desafinado seguido de aplausos arrítmicos.
Miré las velas y me fijé en como las llamas se reflejaban en los ojos de la gente que me rodeaba.
—¡Pide un deseo! —grito Gary.
Cerré los ojos y noté el calor de las velas frente a mi cara y el olor a cera derretida.
Sabía lo que debía desear: salud para todos, buenas notas, que Dan fuera mi novio, que mis padres me quisieran como quería Rob… Podía desear muchas cosas.
Pero cuando abrí los ojos y vi a Fabio mirándome desde el fondo del salón, tuve miedo de mis propios deseos.
32
Mis amigos me habían regalado entradas para el festival de rock en las afueras de la ciudad. Se organizaba en un descampado que normalmente usaban para el mercadillo de los domingos. Ahora estaba lleno de luces de colores y máquinas de humo.
Era el día siguiente de mi cumpleaños, el primero que recordaba haber sentido como mío.
Y por primera vez desde que saliera la lista, me sentía bien.
Gracias a las cosas que me había susurrado Fabio, aunque fueran parte de su teatro.
Tenía ganas de divertirme. La forma en que me resonaban las costillas por la vibración del bajo de la música en mi pecho, me metió en ambiente nada más llegar.
Jane me pasó una cerveza de la nevera portátil que había traído Zack, y mientras nos peleábamos intercambiábamos colores de las pulseras fluorescentes que nos habían obsequiado en la entrada.
—¿Cómo te sientes bebiendo alcohol de forma legal por primera vez? —preguntó Zack, abriendo su lata con un chasquido.
—Pues estoy más tranquila —bromeé. Aunque probablemente era porque me había quitado el peso de la inocencia de encima.
Troy y Bobbie aparecieron con botellines en las manos e hicimos un brindis colectivo. El sonido de las latas chocando se perdió en el ruido general.
—Rebecca debería estar aquí. —Jane se sentó a mi lado en la valla amarilla de seguridad y apoyó su cabeza en mi hombro.
—Creo que ya escucha todo el rock que puede soportar en mi coche.
Mi amiga asintió y después entrecerró los ojos.
—Entonces… —Le echó un vistazo a los chicos, que estaban en un corrillo a unos metros a lo suyo, antes de seguir—. ¿Ayer lo hiciste con Fabio?
Me atraganté con mi bebida y ella me dio palmadas en la espalda.
—¿Tan obvio es?
—Bueno, creo que tus padres no sospecharon nada. Siempre estás con chicos que solo son amigos, pero yo os he visto aspiraros la cara las suficientes veces como para saber que acabaría ocurriendo.
—¿Te molesta? —La observé con atención.
Jane sacudió la cabeza con una expresión resignada.
—Ya me he conformado… realmente es culpa mía. Se notaba desde el principio que había algo especial entre vosotros, pero como te gustaba Dan y… bueno, yo estaba extasiada por Fabio, me hice la tonta.
Abri la boca para negarlo y decirle que no había nada especial entre Fabio y yo, pero, por primera vez, no me salieron las palabras. Realmente sí había algo especial entre nosotros que me hacía estar incómoda con la idea de verlo con una amiga… «O cualquier otra chica» susurró una voz en mi cabeza.
Me acabé la cerveza para acallarla. La primera bajó demasiado fácil. Estaba fría y amarga, justo como me gustaba.
La segunda también, y fue la tercera la que empezó a borrar bordes, a difuminar las líneas entre lo que era real y lo que era solo la música pulsando en mi cerebro.
Todavía llevaba la sensación de Fabio en la piel, impregnada en su perfume, aunque ya me había duchado. El caso es que sentía que algo fundamental había cambiado en mí, aunque el mundo no se hubiera dado cuenta todavía.
El grupo en el escenario principal empezó a tocar una versión sucia y distorsionada de un clásico de rock que reconocí vagamente. Grité la letra aunque solo me sabía el estribillo, saltando con los brazos en alto como todos los demás.
Me sentía ligera, feliz. Hasta libre.
En algún momento, me abrí paso entre la gente, esquivando codos, y vasos de plástico, para buscar aire fresco.
Zack estaba debatiendo apasionadamente con un chico, que yo no conocía, sobre guitarristas. Siempre gesticulaba mucho con las manos cuando estaba borracho. El mundo se movía en cámara lenta y a doble velocidad al mismo tiempo.
Y entonces vi a Fabio. Estaba un poco más allá del escenario secundario, cerca de los puestos de bebida, con su primo y Lena.
Alex llevaba una camiseta negra pegada al torso, luciendo un cuerpazo de risa.
Lena le sonreía con una expresión embelesada que dejaba pocas dudas respecto a sus sentimientos por él.
No la culpaba. Según Fabio, su primo era muy buen chico e inteligente.
Todo ello metido en un cuerpo de pecado.
Lena llevaba una sudadera de una banda de rock australiana y el pelo recogido en un moño despeinado.
Fabio estaba junto a ella, tenía una botella de cerveza en la mano y la cabeza inclinada hacia atrás, riéndose de algo que Alex acababa de decir. Parecía relajado, como siempre. Para él no había pasado nada importante hacía veinticuatro horas.
La incómoda sensación de no ser correspondida desapareció cuando vi la forma en que su rostro cambió al verme. Casi como si me hubiera estado esperando.
Me acerqué tambaleándome un poco. Mi mala coordinación evitó que frenara a tiempo y prácticamente alunicé contra el hueco entre él y Lena.
—¡Fabioloso! —Le grité por encima de la música, colgándome literalmente de su cuello sin avisar—. ¿Sabéis que yo le puse ese apodo?
Alex soltó una carcajada.
—¿Estás borracha? —Las cejas de Fabio se alzaron. Su expresión de sorpresa me pareció divertida.
—Un poco —admití, quedándome corta—. Puede que más de un poco.
Fabio me sostuvo por la cintura con firmeza para evitar que me cayera de bruces.
—Nunca te había visto borracha —comentó, frunciendo el ceño. Miró de un lado para otro—. ¿Va todo bien?
Esa forma de preocuparse por mí… le hacía cosas por dentro a una chica.
—Te quiero —suspiré, apoyando la mejilla en su pecho. Aspiré fuerte para llenarme los pulmones de su colonia.
—¿Qué?
—Ha dicho que te quiere. —Lena nos dedicó una sonrisa que no supe interpretar. Cómplice, tal vez.
—Eso es lo que me preocupa… —la voz de Fabio vibró en su pecho hasta mi cráneo. Me encantaba estar ahí acurrucada. No iba a soltarle nunca—. Deberías beber agua, pixie.
Él se echó hacia atrás para analizar mi rostro.
—Estoy bien —murmuré, agarrándole más fuerte para que no se escapara.
La canción cambió. Las primeras notas reconocibles de un clásico de rock hicieron que toda la multitud gritara al unísono, levantando las manos.
—¡Esta! —dije, señalando el escenario—. Esta tenemos que ponerla en nuestra boda.
Fabio arqueó una ceja, y por la forma en la que se río debía estar pensando que era ridícula.
—¿Nuestra boda?
—Sí. —Asentí con total seguridad—. Solo vamos a poner rock, obviamente.
Alex y Lena intercambiaron una mirada divertida.
—Vosotros dos estáis invitados.
—Vaya, gracias… —rio Lena—. ¿Tengo que vestir de negro?
—Noooo… —solté una risita—. Solo la música va a ser roquera. Vestiremos elegantes porque quiero ver a Fabio con esmoquin y nervios, esperándome junto al altar.
Le di un golpecito en el pecho con el dedo índice y Alex se carcajeó. No de mis palabras, porque sus ojos estaban fijos en el rostro de Fabio, y lo que le estaba haciendo reír era su expresión.
Me aparté para verla yo también. Me sorprendió descubrir que estaba serio, hasta un poco pálido.
—Deberías beber agua, Fabioloso —le devolví sus propias palabras, para que supiera que yo también me preocupaba por él.
—Estoy bien.
No lo parecía. Sus ojos estaban brillosos y no creía haberle visto esa expresión antes.
—¿Qué pasa?
Fabio se inclinó un poco para escucharme mejor, acercando su cara a la mía.
—¿Y qué pondrás durante la luna de miel? —dijo, más para distraerme de su pregunta que otra cosa.
—Black Betty.
Fabio se quedó quieto.
Seguí, agarrándolo de la camiseta, tirando de él.
—Imagínalo, un hotel en la playa, la brisa marina entrando por las ventanas abiertas y esa canción sonando mientras... —Me callé de golpe. En el fondo de mi mente quedaba algo de razonamiento y pensé que tal vez Lena y Alex nos estuvieran escuchando.
—¿Mientras qué? —Fabio bajó la voz, justamente por eso.
Le miré. Mis ojos conectaron con la parte más profunda de los suyos y ahí fue donde la broma dejó de ser broma.
—Mientras tú me miras así —susurré, sin las capas de protección que normalmente mantenía entre lo que pensaba y lo que decía.
Hubo un silencio pesado entre nosotros. Aunque alrededor la música estuviera a todo volumen, aunque hubiera cientos de personas gritando y saltando, nosotros entramos en una burbuja.
Fabio no se movió, no se río ni hizo ningún comentario sarcástico.
—¡Erika! —Jane me llamó desde algún lugar a nuestra izquierda.
Apareció de la nada, agarrándome del brazo.
—Nos vamos ya. Estás fatal.
—No estoy fatal —protesté, aunque me estaba sujetando a Fabio para no caerme.
—Estoy perfecta. Perfectamente bien.
—Estás borracha y… —le echó un vistazo rápido a Fabio, leyendo la situación— Seguro que diciendo tonterías.
Jane me conocía demasiado bien.
Me pasó un brazo por los hombros con firmeza.
—Vámonos o mañana te vas a arrepentir mucho.
Fabio me dejó ir sin luchar por mí. Le dediqué una mirada decepcionada y dolida, mientras Jane me arrastraba hacia la salida del recinto.
Me tropecé varias veces, pero mi amiga me sostuvo con paciencia.
—Mañana vas a odiar tu vida.
—Ya lo hago.
—Mañana la vas a odiar más.
Me giré una vez más, buscando a Fabio entre la multitud. Segura de que estaba viniendo a por mí, pero no lo encontré.
Cerca de la zona de aparcamientos vi otra cosa que me hizo detenerme en seco.
A unos metros, bajo una farola que proyectaba un charco de luz amarilla, estaban Dan y Carmina. Y no hablando precisamente. Estaban besándose. No un pico accidental, un beso de verdad, de esos profundos e intensos. Con las manos en el pelo de ella y los brazos de ella alrededor de su cuello.
El mundo no se detuvo, ni el volumen de la música bajó. Nadie gritó ni la Tierra dejó de girar.
No sentí ganas de llorar ni de gritarle.
Como mucho de gritarme a mí misma, porque ese beso era mi culpa.
Jane siguió caminando, tirando de mí, sin darse cuenta de lo que acababa de ver.
Dan abrió los ojos un segundo. Nuestras miradas se cruzaron a través de la distancia y la gente que pasaba entre nosotros.
Giré la cara para evitar enfrentarme a él.
Me giré hacia la salida sin drama. No iba a montar una escena, no tenía derecho, y tampoco sentía la necesidad.
Probablemente porque estaba borracha y mis sentimientos estaban adormecidos por el alcohol.
Jane me guió a través de la multitud, entre puestos de bebida y grupos de gente riendo, hasta que llegamos al parking donde nos esperaba su madre.
—¿Estás bien? —preguntó, mirándome con preocupación—. ¿Vas a vomitar?
Negué con la cabeza.
—Intenta que mi madre no noté que se te ha ido la mano esta noche. —Me recolocó el pelo y me pasó una botella de agua.
Después me senté en el asiento trasero y dejé caer la cabeza hacia atrás.
El alcohol dejó de hacerme sentir invencible y solo me hizo sentir ridícula.
Era una estúpida por haber creído que podía tenerlo todo y pensar que las cosas podían ser simples.
Zack ocupó el asiento de copiloto charlando con su madre, mientras Jane se sentó a mi lado en silencio
—¿Quieres hablar de ello? —susurró
—No.
Condujimos en silencio, con la música baja y las ventanas abiertas. El aire frío me despejó un poco.
Cuando llegamos a mi casa, todas las luces estaban apagadas. Mis padres estaban durmiendo y Rob probablemente no había vuelto aún.
—Te escribo mañana —se despidió Jane con cara de que se imaginaba el caos que tenía dentro.
Entré en casa con cuidado de no hacer ruido. Subí a mi habitación y cerré la puerta. Me dejé caer en la cama, todavía con la ropa puesta, oliendo a alcohol y humo y arrepentimiento.
Mi móvil vibró con la notificación de un mensaje.
Salté de la cama para cogerlo. Por un segundo pensé que sería Fabio para decirme que no volviera a beber en mi vida, o a acercarme a él. Una de dos.
Pero era Dan.
Lo siento. No quería que lo vieras así. Podemos hablar mañana si quieres.
Miré el mensaje durante un momento. Después lo lancé sobre el sillón al que tiraba la ropa que no estaba lo suficientemente limpia para el armario o sucia para la lavadora.
Cerré los ojos, notando que olía al perfume de Fabio. Me dormí sin cambiarme, sin lavarme los dientes y sin quitarme el maquillaje corrido.
La noche estuvo llena de sueños, aunque no sabría decir de qué iban.
Cuando desperté al día siguiente, con la peor resaca de mi vida, lo único que quedaba era el vacío y la certeza de que la había cagado. Y no sabía si podía arreglarlo.