El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 32 #2
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Ahuequé mi mano sobre el incompresiblemente caliente bulto en sus calzoncillos mojados y le acaricié, concentrándome en el relieve de su miembro. En la zona que hizo que me apretara la cadera con más fuerza. El gruñido que escapó de su garganta también me sonó a música.

Sus dedos se clavaron en mi carne de una forma deliciosa, mientras besaba mi hombro justo antes de mordisquear mi piel.

—Nos están esperando… —le recordé sin aliento.

—Deja que lo hagan. —La mano que había tatuado en mi cadera se movió hacia mi entrepierna y se coló directamente por un lado de mis bragas, haciéndome aspirar aire por la sorpresa.

Mi respiración se volvió salvaje en cuanto empezó a mover los dedos en círculos.

Lo bueno de acabar de salir de la piscina es que disimulaba lo mojada que estaba—.

Tienes que practicar la actitud de diva.

Ni siquiera recordaba de qué estábamos hablando. Mi cuerpo había apagado los fusibles de mi cerebro y todo lo que me quedaba era sentir. Sentir cada latigazo de placer que viajaba desde mi centro por todo mi cuerpo cada vez que presionaba mi clítoris.

Perdí la noción del tiempo y el lugar. Fabio me hizo girar para enfrentarle en algún momento, tal vez había pasado un minuto o quince, no estaba segura.

El agua le caía por el abdomen y tenía gotas brillando en la clavícula que recogí con mis labios.

—Es agua de la piscina —murmuró él contra mi oreja. Estaba tan divertido como excitado—. Está sucia.

—Me da igual —Me sorprendió lo ronca que salió mi voz.

Él rio bajo, más que sonido fue una vibración en su pecho.

Después me rodeó la cintura con su brazo porque la combinación entre sus besos en mi cuello y el calor de sus manos en mis pechos me hicieron perder el equilibrio

—Quiero ser tu primero… —gruñó antes de cubrir mi pezón con su boca—. Dime que sí, pixie.

Asentí, incapaz de encontrarme la voz, pero Fabio me pellizcó la nalga.

—Dilo…

—Quiero perder la… —me detuve al recordar lo que dijo sobre las vírgenes aquella vez no hacía mucho en mi coche—. No te gusta hacerlo con chicas sin experiencia.

Fabio levantó la cabeza y me echó una mirada ceñuda.

—Nunca he dicho eso.

—Sí, lo dijiste en mi coche una vez.

Su sonrisa ladeada me dejó desconcertada. Una de sus manos subió por mi pecho hasta mi garganta y la otra volvió a perderse entre mis piernas. Esta vez, movió los dedos más rápido y con más presión.

Solté un jadeo que debió escucharse hasta en el pasillo.

—Pixie… —Fabio caminó, sin dejar de mover la mano hasta que caí sobre la cama. Me miró desde arriba, sus ojos de demonio casi cerrados—. La posibilidad de ser el primero en follarte lleva semanas volviéndome loco.

Se colocó sobre mí, pero apoyó el peso de su cuerpo en sus hombros. Sus músculos flexionados por el esfuerzo de aguantar su propio peso, aunque él no parecía notarlo.

—Dices esas cosas para calentarme —gemí, maravillada por la sensación de tener sus pectorales contra mis pechos.

—Sí —admitió, mientras su mano derecha subía por mis piernas—. Y también porque es la puta verdad. Abre las piernas para mí, Erika.

Funcionaba, joder. Sus frases descaradas funcionaban de maravilla conmigo. Hasta la última fibra de mi ser reaccionaba a ellas. Y él lo sabía.

Fabio introdujo un dedo dentro de mí y soltó una palabrota.

Yo ahogué un grito por lo intenso de la intromisión.

—Eres una delicia, pixie —dijo sin aliento, mientras introducía un segundo dedo y buscaba el punto que me hizo arquearme contra él.

Una parte de mi sabía que era un juego y que no lo decía en serio, pero en ese momento decidí olvidarlo y disfrutar de lo que estaba pasando. De lo especial que me hacían sentir sus palabras.

Una vez encontró el lugar y el ritmo perfecto, giró la mano ligeramente y lo combinó con toquecitos sobre mi clítoris.

Me deshice, me volví un caos de gritos y movimientos obscenos contra su mano.

Le arañé la espalda, le tiré del pelo, le mordí la boca…

una auténtica salvaje que no tenía ni idea que vivía dentro de mí.

—No has llegado a decirlo… —dijo contra mi oreja—. Dilo, pixie. Dilo como quieras, pero necesito oírlo.

—Quiero que seas el primero… —respondí, casi de inmediato. Nunca había estado más segura de nada en mi vida.

La respuesta de él fue morderme el cuello, llevándolo casi al punto del dolor, justo donde lo necesitaba en ese momento.

Se apartó un momento y lloriqueé por la decepción, pero entonces vi que estaba abriendo un preservativo.

La pausa debería haberme hecho recapacitar y tener dudas, miedo tal vez. No dejaba de ser mi primera vez, pero realmente estaba convencidísima de lo que estaba a punto de hacer.

Con el condón ya puesto, Fabio volvió a cubrirme con su cuerpo, despacio. Era como si todo el tiempo del mundo se hubiera detenido solo para nosotros en esa habitación con olor a cloro y a nosotros.

Apoyó los antebrazos a ambos lados de mi cabeza, encerrándome sin aplastarme. Sentí el calor de su piel contra la mía y el peso controlado de sus caderas entre mis muslos abiertos.

Me dio un beso profundo, su lengua buscando la mía con un hambre que me dejó con la cabeza dando vueltas.

Por lo menos hasta que bajó una mano entre nosotros y volvió a rozar mi clítoris con el pulgar, primero suave, solo para recordarme lo preparada que estaba.

Luego guió la cabeza de su miembro hasta mi entrada.

En lugar de empujar del tirón, dio toquecitos por la zona y abrí las piernas más de forma automática.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a romperme las costillas.

—Fabio… —le eché la bronca y él se carcajeó.

—No seas impaciente —Me miró a los ojos un segundo más y luego empujó lento.

Sentí cómo mi cuerpo le daba la bienvenida, centímetro a centímetro. Hubo un instante de ardor, un estiramiento que me hizo contener el aliento y clavar las uñas en sus hombros. Él se quedó quieto, completamente dentro, sin moverse.

—¿Estás bien? —murmuró, besándome la frente, las sienes, la comisura de los labios— ¿Quieres que siga?

Asentí, aunque él esperó hasta que mis caderas se relajaron y empezaron a moverse en busca de más. Solo entonces entró un pocó más.

—Joder —exclamé cuándo él se retiró y entró con más fuerza con un movimiento de cadera—. Eso… ha estado bien.

—Tú sí que estás jodidamente bien, pixie… —gimió él, agarrando mis muñecas contra la cama. Volvió a hacer el movimiento que me había gustado y solté otro gemido—. ¿Te gusta eso?

Cada embestida era medida, controlada, pero cada vez más profunda. Comencé a moverme con él y le escuché gemir, cada vez que llegaba hasta el fondo, como si no pudiera creer lo bien que encajábamos.

—Joder… Erika… —su voz se quebró un poco—. Estás tan apretada… tan caliente…

Le rodeé la cintura con las piernas, atrayéndolo más cerca. Quería sentirlo todo. Quería que no quedara ni un milímetro de espacio entre nosotros.

Aumentó el ritmo poco a poco y empezó a mover las caderas en círculo, friccionando mi clítoris con cada roce. Esa fue mi perdición, empecé a palpitar por dentro.

Fabio apoyó su frente contra la mía, respirando el mismo aire.

—Mírame —pidió en un susurro—. Mírame cuando te corras.

Abrí los ojos. Los suyos estaban oscuros y brillantes. Había algo más que pasión en ellos, que no había esperado. Una ternura que me inundó el pecho de algo cálido y bonito.

—Fabio… —gemí cuando sentí que el placer empezaba a acumularse otra vez, más intenso que antes.

—Yo también —asintió, besándome suave, como si supiera que iba a decir después y concordara.

Una de sus manos bajó hasta mi cadera, guiándome para que encontrara el ángulo perfecto. Cada vez que entraba rozaba ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Y su pubis presionaba contra mi clítoris con cada embestida.

El orgasmo llegó despacio, una marea que sube sin prisa pero sin parar. Empecé a temblar debajo de él, los músculos contrayéndose alrededor de su pene, apretándolo con fuerza. Solté un gemido largo que él se tragó con un beso profundo.

—Eso es… —susurró contra mi boca—. Córrete para mí, pixie… déjame sentirlo…

Y lo hice. Me deshice entera. Las contracciones fueron tan fuertes que sentí lágrimas calientes resbalar por mis sienes. Fabio siguió moviéndose, prolongando mi placer, hasta que no pude más y arqueé la espalda con un grito ahogado.

Solo entonces se permitió perder el control.

Enterró la cara en mi cuello y se corrió dentro de mí con espasmos profundos, temblando entero. Sentí cada latido, el chorro caliente contenido por el preservativo. Se quedó quieto varios segundos, respirando con dificultad contra mi piel.

Cuando levantó la cabeza, tenía los ojos brillantes. No dijo nada al principio. Solo me miró, pareciendo memorizar cada detalle de mi cara.

Luego sonrió.

—Feliz cumpleaños.

—¿Quiere decir eso que no vas a cobrarme? —pregunté, todavía jadeante.

—Solo la voluntad. —Me besó la punta de la nariz.

Me reí bajito.

—Eres un capullo. No pienso pagar nada. Tú también lo has disfrutado.

Se inclinó y me dio un beso lento y dulce.

—Puedes pagarme con más sexo.

—Eso no tiene sentido —me burlé, dándome cuenta en ese instante de que él todavía estaba dentro de mí.

—Tiene todo el sentido del mundo, pixie —lo dijo tan serio, que por un momento me pareció que estaba diciendo algo más.

Deseché la idea casi al instante. Mi cerebro estaba nadando en hormonas que no lo hacían demasiado fiable.

—Ahora sí que vamos a llegar tarde a la tarta…

—Joder, mi familia nos está esperando —me levanté de golpe y Fabio se apartó solo a medias, no muy conforme.

Alguien llamó a la puerta en ese momento.

—¡Erika! —La voz de Rebecca atravesó la puerta—. La tarta se está derritiendo y tus padres te están buscando.

Fabio se apartó tan rápido que casi cayó de la cama. Yo me incorporé de golpe, con el corazón en la garganta.

—¡Ya voy! —grité, buscando frenéticamente algo que ponerme—. Distráelos por favor.