27
Recolocarme la ropa con Fabio a mi espalda, me pareció más incómodo que tener su cabeza entre mis piernas. Probablemente porque la neblina mental que me provocaba su tacto, había desaparecido.
Le escuché respirar y casi podía notar su atención sobre mí, mientras me vestía con torpeza. Él estaba sentado sobre su cama con la espalda apoyada en la pared. No tenía que vestirse porque no se había quitado nada, lo que me dejaba solo a mí en una posición vulnerable.
Por si el silencio no fuera lo suficientemente asfixiante, mi estómago decidió soltar un gruñido de oso en ese instante.
—¿Te he dejado hambrienta, pixie?
—Cállate.
—Tienes razón, la pregunta sobra. Tu estómago ha sido bastante elocuente.
Me giré para mirarlo, por fin vestida. Tenía ese brillo en los ojos que significaba que no iba a dejarme olvidar esto nunca.
—No he comido desde el entrenamiento.
—Yo tampoco.
Se sentó en la cama, pasándose una mano por el pelo alborotado.
—Podemos pedir algo o… Lena y Sasha están haciendo pasta baja en carbohidratos y alta en proteína. Ya sabes… mierda para deportistas.
Se me calentaron las mejillas de pensar en salir ahí fuera y que leyeran en mi rostro algo de lo que acabábamos de hacer.
—¿Crees que han escuchado algo?
—Pixie, te han escuchado hasta en Hogwarts.
Le eché una mirada horrorizada y él soltó una risa baja. La realidad del mundo exterior empezaba a filtrarse de nuevo en la burbuja que habíamos creado.
—Tranquila, están acostumbradas. —Se levantó y empezó a recolocarme el pelo. Me tuve que contener para no apartarle de un manotazo. Ese “están acostumbradas” me había mosqueado.
—Pero no de mí, se supone que yo soy diferente. Se supone que yo no vengo a tu casa a por lo mismo que las otras…
—¿Por qué no? ¿Quién no quiere orgasmos alucinantes?
Cerré los ojos y solté un suspiro. Horror, me había convertido en una de sus chicas.
Fabio chasqueó la lengua observando mi rostro.
—Las otras me la chupan a mí —dijo, leyendo mi mente—. Tu solo has recibido, ¿de qué te quejas? ¿Por qué esa expresión de humillación? Soy yo al que le duelen las… rodillas.
Tuve la impresión de que iba a decir otra cosa que no eran rodillas.
—No me acerqué a ti para esto… —murmuré, hablando más para mí misma.
Fabio arqueó una ceja.
—Vale, estás muy preocupada con distinguirte de las demás chicas que han estado en mi cama… —consideró—. ¿Qué tal si te digo que nunca había salido de este cuarto acompañado, sin haberme corrido?
—Guau, me siento mucho mejor —espeté, mi tono cargado de sarcasmo.
Fabio sonrió y dio un paso hacia mí, su boca aproximándose a mi oreja.
—Vale… ¿Qué tal si te digo que nunca había estado a punto de correrme por comerme a nadie? ¿Qué he tenido que pensar en mi perro que murió cuando tenía ocho años para no quedar como un imbécil? —Tras soltar eso, me sorteó, caminó hacia la puerta y salió al pasillo, sin comprobar si le seguía.
El olor en la cocina hizo que mi estómago volviera a manifestarse: ajo, tomate y albahaca fresca.
Lena estaba junto a los fogones, removiendo una olla enorme de salsa. Su pelo estaba recogido en un moño despeinado y llevaba un delantal verde que decía Kiss the cook en letras rojas.
Sasha estaba sentada en la encimera, con las piernas colgando, comiendo aceitunas directamente del bote. Morena, con el pelo corto y una sonrisa pícara que apareció en cuanto nos vio entrar.
Me había escuchado alto y claro.
—Hola. —Me iba a dar un síncope de la vergüenza.
Lena se giró, con el cucharón todavía en la mano.
—Oh, hola, Erika.
Intenté no parecer tan incómoda como me sentía.
Lena me señaló con el cucharón.
—¿Te quedas a cenar?
—Si no es un inconveniente… huele genial.
—Hay de sobra para los cinco, o… ¿y tu hermana, Fabio?
—Viene después de cenar —informó él, ojeando la olla de la salsa.
Lena le dio un manotazo cuando él hizo el amago de meter el dedo.
—Gracias por la invitación. —Me senté en la banqueta al lado de Sasha, al ver que la mesa ya estaba puesta— ¿Puedo ayudar con algo?
—No, la verdad es que te lo debemos —intervino Sasha, evaluándome con el entrecejo fruncido.
—¿Qué?
—Tu eres la que ha desterrado a las demás, ¿no?
Fabio abrió la nevera con cierta brusquedad, sacando una cerveza.
—No entiendo…
—Antes de ti, nuestro apartamento parecía el metro.
Nunca sabíamos con quién nos íbamos a encontrar, pero ahora ya no viene nadie por aquí a parte de ti.
Así que gracias. No se qué hechizo has utilizado para desterrar a las demás, pero gracias.
—Después de soltar esa bomba, Sasha se metió otra aceituna en la boca.
Le lancé una mirada a Fabio. Estaba mirando la olla.
—Echa más sal —le sugirió a Lena.
—Ni siquiera lo has probado —protestó ella.
—No hace falta, siempre lo haces todo soso.
Ella probó la salsa, y añadió un poco más de sal a regañadientes.
Nos sentamos a cenar y Fabio seguía evitando mis ojos.
Sasha había preparado una ensalada que era más queso feta que lechuga. Y después Lena sirvió su pasta alla puttanesca .
—Comida de puta —explicó ella alegremente.
Eché un vistazo a mi plato con una expresión contrariada.
—¿Por qué lo llamaran así? —Sasha se llevó el tenedor a la boca riendo.
—Era el plato que preparaban en los burdeles —nos contó Lena.
—Falso —interrumpió Fabio, echándose un cucharón más—. En realidad, viene de un chef que preparó un plato con las sobras que tenía y lo llamaron «una puttanata cualquiera».
Lena pareció decepcionada pero no se lo discutió, como si Fabio fuera la verdad absoluta.
—Me gustaba más tu versión —traté de consolar a Lena.
La conversación fluyó con facilidad. Hablaron de los vecinos ruidosos del piso de arriba y me mostraron el agujero que Sasha había hecho con el palo de una escoba al golpear el techo en un arranque de ira.
Lena mencionó una película que quería ver, pero Fabio sugirió que echáramos una partida de Catán.
Me sentí bastante más cómoda de lo que esperaba.
Lena se levantó y fue hacia una estantería llena de juegos de mesa.
—No he jugado en semanas —comentó Sasha, mientras pelaba una manzana.
—Porque siempre haces trampa —la acusó Fabio.
—Por favor… tienes envidia de mi estrategia.
Fabio se inclinó sobre mí, y noté su fragancia aún más fuerte de lo que ya estaba impregnada sobre mi piel.
—A esa vigílala.
—¿Por qué me hablas como si fuera tu aliada? —espeté, apartándome de él—. Voy a ir a por ti.
Me dedicó una expresión de traición fingida que me hizo soltar una risita.
Montamos el tablero en la mesa después de recoger los platos. La cerveza seguía fluyendo y alguien puso música de fondo, algo indie que no reconocí pero que me gustó.
—Voy a bloquear todas tus rutas comerciales. —Sasha era de las que planeaban su estrategia en voz alta.
—Puedes intentarlo. —Fabio fue el primero en colocar un asentamiento, lo que hizo que automáticamente nos aliáramos en su contra.
—Lena, ¿me das madera a cambio de arcilla? —Ojeé la colección de cartas que casi no le cabían en la mesa.
—No, gracias.
—Pero…
—Déjalo, pixie. Lena acumula recursos como si se estuviera preparando para el apocalipsis.
Sasha soltó una risotada.
—Es básicamente un dragón.
—Dragona —corrigió ella.
—Por eso le gustas a mi primo, él es un asno.
—Se hizo un silencio cortante durante el cual Lena hizo caso omiso del comentario, aunque sus hombros estaban visiblemente tensos.
Sasha acribilló a Fabio con la mirada. Había algo ahí que claramente me estaba perdiendo.
Por el momento, opté por pensar que era lo del asno de Shrek.
Después de un momento en silencio, Fabio me sorprendió pasándome una carta por debajo de la mesa. Era madera.
Le eché un vistazo, pero él se hizo el tonto. Y cuando intenté devolvérsela, Lena captó mi movimiento.
—Eh, eso es trampa.
—Ohhh, está intentando ayudar a su chico —canturreó Sasha.
—¿Qué? No. —Me puse como un tomate—. Se la estoy devolviendo, él ha intentado pasármela a mí.
Fabio se cubrió la cara, mientras sus compañeras de piso se quedaban petrificadas y con la boca abierta. Casi parecía que había dicho que llevaba una bomba encima.
—¿Acabas de darle una carta? —El tono de asombro de Sasha me hizo fruncir el ceño.
—Se me ha caído —murmuró él, encogiéndose de hombros.
Sus compañeras de piso intercambiaron una mirada y sonrieron fascinadas. No entendí por qué aquello era tan sorprendente.
Al final, ganó Lena por una acumulación de cartas de desarrollo que nadie vio venir. Yo quedé última, pero me lo había pasado tan bien que no me importó.
—Buena partida, Lena. —Sasha empezó a recoger las fichas. —Has ganado incluso a pesar de las trampas del amor.
—¿Las trampas del amor? —pregunté, mirando de uno a otro.
Ellas se rieron y Fabio puso cara de querer estar en cualquier otro sitio menos allí. Mi móvil empezó a sonar y vi el nombre de mi madre en la pantalla.
—Mierda, ¿qué hora es?
—Las nueve y diez.
—Joder —me lamenté antes de descolgar. Debería haber avisado, pero no me había dado cuenta de la hora—. Mamá, perdona, me he entretenido. Sí, ya voy para casa.
Me puse de pie y palpé las llaves del coche en el bolsillo de mi sudadera.
—¿Nos vemos el próximo miércoles? —me preguntó Sasha.
—¿El miércoles? ¿Para qué?
Lena sonrió.
—Es el día de los juegos de mesa. Estás permanentemente invitada. —Le echó una mirada a Fabio después de decirlo.
Lena guardó el juego mientras Sasha lavaba los vasos en el fregadero, tarareando la canción que todavía sonaba de fondo. Yo ofrecí ayuda, pero me dijeron que me largara de allí antes de que mi madre llamara a la policía.
Fabio me acompañó a la puerta. Una vez fuera, giré sobre mis talones acosada por las dudas sobre varias cosas que habían dicho las chicas.
—Tengo preguntas —le dije, colgándome la mochila del hombro.
—Y yo sueño —respondió él, cerrándome la puerta en la cara.
—Capullo —gruñí en el rellano antes de marcharme. Pero yo era su chófer. No iba a escapar de mis preguntas tan fácilmente.