El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 26 #2
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—No, suena genial. Quiero ahogarme en tu coño, Erika.

—Por dios…

—¿Estás mojada ya? —Las puertas del ascensor se abrieron y Fabio tiró de mi muñeca—. Vamos a comprobarlo.

Lo seguí con el corazón acelerado, pensando en que copiarle sus propias estrategias era peligrosamente efectivo.

—¿Tus compañeras están? —pregunté, mientras él introducía la llave en la cerradura. Mi pregunta era tan obvia.

—Quizá —respondió sin girarse—. Tranquila, nadie nos va a joder los planes.

—Ah.

Cerró la puerta detrás de nosotros.

—Ya sabes dónde está mi cuarto. —Lo seguí por el pasillo corto. Cruzamos el salón que por suerte estaba vacío y pasamos por delante de un baño pequeño, y finalmente llegamos a su puerta.

Fabio la abrió. Su cuarto estaba tan ordenado como la última vez.

Me giré hacia él. Estábamos a medio metro de distancia. De repente, el cuarto parecía diminuto.

—Entonces.

Fabio cerró la puerta detrás de él con un clic suave y echó la llave.

—¿Sigues necesitando ese descanso de besos?

Tragué saliva.

—Creo que puedo hacer una excepción.

—Qué generosa. —Caminó hacia mí hasta que no quedó espacio entre nosotros.

Me besó, despacio de primeras y luego más profundo. Sus manos en mi cintura, las mías en su nuca, tirando de él.

No había faros, ni ventanas encendidas. Tampoco había nadie paseando al perro. Estábamos solos con todo el tiempo del mundo.

Fabio me besó como si quisiera borrar los tres días de espera de una sola vez.

Su lengua se enredó con la mía, en un ritmo perfecto, recordándome exactamente por qué había estado contando los minutos desde la última vez.

Sus manos bajaron por mi espalda hasta la cintura de mis pantalones de deporte, metiéndose por debajo de la tela para agarrarme el culo con fuerza y apretarme contra él.

Sentí su erección dura contra mi vientre y un calor líquido se extendió entre mis piernas al instante.

Me empujó hacia atrás sin romper el beso, hasta que la parte de atrás de mis rodillas chocó con el borde de la cama. Caí sentada y él se arrodilló entre mis piernas sin dejar de besarme.

—Quítatelos —murmuró contra mi boca—. Las bragas también.

Me ayudó a quitarme la ropa, mi camiseta enredándose en mi pelo por un momento. Me quedé en sujetador deportivo y bragas. Él me miró como si estuviera viendo algo sagrado y profano al mismo tiempo.

Las manos que tenía alrededor de mis caderas, descendieron con lentitud hasta mis rodillas, y entonces las separó con algo de brusquedad. Las yemas de sus dedos clavándose en mis muslos.

Una de ellas ascendió hasta que el pulgar rozó mi centro.

—Joder, pixie… —Levantó la vista hacia mí, los ojos oscuros—. Tienes las bragas empapadas.

La cara de Fabio cayó hacia delante y comenzó a besarme la rodilla.

Sus manos subieron por mis costados, bajando el sujetador hasta dejar mis pechos al aire.

Los pezones ya estaban duros, sensibles por el roce de la tela.

Los atrapó con los pulgares y tiró suavemente.

Solté un gemido que hizo que sus ojos subieran a mi rostro y relampaguearan.

—Ahora las bragas —dijo, y no esperó.

Me ayudó a bajarlas y sacarlas por mis pies. Quedé practicamente desnuda con las piernas abiertas porque él seguía entre ellas. El aire fresco me golpeó la piel húmeda y me estremecí.

Fabio se quedó mirándome ahí abajo un segundo largo. Sus ojos oscuros, fijos en mi sexo expuesto.

—Fabio. —Tragué saliva—. Me da vergüenza…

—No la tengas. —Subió las manos por mis muslos—. Me gusta como sabe tu boca, pixie, y me muero por probar todo lo demás.

Me empujó despacio hasta que quedé tumbada en la cama, con las piernas colgando por el borde.

Él se colocó de rodillas en el suelo, entre mis muslos.

Sus manos me abrieron más, los pulgares separando mis pliegues con cuidado, exponiéndome por completo.

Un instante después, su boca estaba sobre mí.

No hubo preliminares suaves. Fue directo.

Su lengua lamió desde la entrada hasta el clítoris en una pasada lenta y firme.

El contacto me hizo arquear la espalda y agarrar las sábanas con fuerza.

—Fabio… —jadeé.

Volvió a lamer, esta vez más despacio, trazando círculos alrededor del clítoris sin tocarlo directamente. Cada roce me hacía temblar. Luego lo atrapó con los labios y succionó suavemente. Un gemido me salió del pecho sin filtros.

Sus manos subieron por mis muslos, manteniéndolos abiertos mientras su lengua jugaba. Primero círculos lentos, después movimientos rápidos de lado a lado. Luego succiones cortas y fuertes que me hacían apretar los talones contra su espalda.

Estaba perdida. El placer era tan intenso que casi me dolía. Cada lamida era una descarga eléctrica que subía por mi columna y explotaba en mi cabeza.

Fabio introdujo un dedo despacio, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto dentro que había encontrado la otra vez. Cuando lo rozó, vi estrellas.

—Ahí, sí… —gemí—. Me gusta cuando haces eso.

Él no necesitaba indicaciones, pero quise decírselo. Aumentó el ritmo de la lengua mientras el dedo entraba y salía, presionando justo donde más me gustaba. Luego añadió un segundo dedo, estirándome un poco más, moviéndose en sincronía perfecta con su boca.

Mi respiración se volvió jadeos cortos, irregulares. Las caderas se me movían solas, buscando su cara.

—Fabio… voy a… —No pude terminar la frase.

Él no paró. Al contrario, succionó el clítoris con más fuerza, los dedos curvándose más rápido, rozando ese punto una y otra vez.

El orgasmo me golpeó como un tsunami. Empecé a temblar entera, los músculos contrayéndose alrededor de sus dedos, el clítoris palpitando contra su lengua.

Grité su nombre sin darme cuenta, la espalda arqueada, las manos enredadas en su pelo, tirando con fuerza mientras las contracciones me atravesaban una tras otra.

No paró hasta que me calmé y relajé del todo.

Cuando por fin levantó la cabeza, tenía los labios brillantes, la barbilla mojada. Me miró con una sonrisa satisfecha y peligrosa.

—Esa es mi chica. —Subió por mi cuerpo y me besó sin decir nada.

Descubrí mi propio sabor en su lengua.

Fabio tiró de su colcha para taparnos y me abrazó fuerte, dejando que mi respiración se calmara contra su pecho.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí, todavía sin palabras.

—Porque esto —dijo, rozando mi oreja con los labios— solo ha sido el principio.

Aunque mi cuerpo estaba agotado, aunque acababa de tener el orgasmo más intenso de mi vida, una parte de mí, la parte que Fabio había despertado, ya estaba deseando saber qué venía después.