El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 26
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Lo estaba logrando. Todo mi sacrificio y entrenamiento, por fin estaba dando sus frutos.

Llevaba diez minutos corriendo alrededor del campo de fútbol al ritmo de Jane.

Tal vez, casi no pudiera hablar y mi respiración saliera en jadeos, pero allí estaba: hombro con hombro con la mejor jugadora del equipo.

—¿Estás bien? —Jane me dedicó una sonrisa sabionda. Nunca iba en ese grupo de corredores y todos lo sabíamos. Estaban pendientes del momento en el que me quedara atrás.

Asentí, echando aire para evitar que me empezara a dar flato.

—Lo estás haciendo muy bien —me animó ella. Que hablara con tanta soltura cuando yo a penas podía levantar la cabeza hacia ella, no hacía otra cosa que desmoralizarme.

—¿Cuán…to fal…ta? —logré decir.

Jane se miró el reloj.

—Cinco minutos.

—Mierda. —No iba a conseguirlo. Mis piernas empezaron a frenar, y Jane tuvo que girar el cuello para seguir mirándome. Estaba quedándome a la cola del grupo rápido, a punto de salir cuando alguien chocó contra mi espalda y me propulsó hacia delante.

—Nada de rendirse en el último momento —murmuró Fabio, medio cargando conmigo.

—Si me ayudas no… no cuenta.

—Cuenta para la moral acabar la última vuelta en el grupo rápido.

Asentí y ajusté el ritmo para que no tuviera que tirar tanto de mí.

—Esa es mi chica. —Nuestras zancadas se sincronizaron y encontré la motivación para ignorar el ardor en mis pulmones.

Cuando por fin terminamos, me incliné hacia delante y apoyé las manos en las rodillas, concentrándome solo en meter todo el oxígeno posible en mi cuerpo.

—Bien hecho, Erika —me felicitó el entrenador, con un apretón en el hombro.

—Bienvenida al grupo rápido. —Jules, el chico más alto del equipo masculino, me sonreía.

—Gracias —le dije a sus rodillas. No podía creer que mis piernecitas hubieran igualado la velocidad de esas dos pérgolas que tenía él—. Aunque no sé si podré mantenerlo.

Jules rio y me dio una palmada en la espalda.

—Siempre te queda Fabioloso, si necesitas un empujoncito —bromeó, alejándose hacia los vestuarios.

—Todos sabemos lo bien que empuja Fabio —La broma maliciosa llegó de parte de Coen.

—Te gusto… ¿eh? —Fabio le guiñó un ojo, y Coen le devolvió una mueca de desagrado, aunque probablemente lo que más le fastidiaba al matón era no haberle ofendido con su comentario.

Puede que mucha gente en Sydney Grammar supiera lo bien que empujaba Fabio, pero yo no era una de ellos.

Tres días. Habían pasado tres días desde lo de mi habitación, y en esos tres días Fabio y yo habíamos vuelto a lo de siempre, retrocedido… más o menos.

Le llevaba a casa después de entrenar y nos quedábamos hablando en su coche casi una hora. Con la música que nos gustaba baja y las luces del barrio encendiéndose poco a poco a nuestro alrededor. Los cristales empañándose cuando la temperatura bajaba.

Besos que empezaban siendo inocentes y acababan en manos que pasaban por donde no debían. Culminaban en risas nerviosas cuando alguien pasaba caminando demasiado cerca del coche, y teníamos que separarnos de golpe.

Pero nada trascendía porque siempre había una farola demasiado cerca, una ventana encendida en alguna casa, alguien paseando al perro.

Y Fabio no me había invitado a subir a su casa. Ni una sola vez en esos tres días de tortura.

Yo tampoco ayudaba. Me daba una vergüenza horrible sugerir ir a algún sitio más privado.

Por algo era más fácil cuando los chicos conducían y decidían, cuando tomaban la iniciativa y nosotras solo teníamos que decir que sí.

Pedirlo explícitamente me habría hecho sentir expuesta.

Como que iba a ser demasiado evidente que estaba salida.

Y salida estaba un rato… desde lo de mi cuarto. Fabio había abierto la caja de pandora y ahora mi cuerpo quería cobrarme todos los retrasos de una vez.

Fabio me lanzó una botella de agua sin avisar y la atrapé por instinto. Bebí a grandes tragos, sintiendo cómo el agua fría me bajaba por la garganta.

Vi a Dan al otro lado del campo, hablando con dos chicos de su clase.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, me saludó con la mano.

Le devolví el gesto. No le había visto fuera de clase esos días; Charlie le había pegado algún virus raro y Dan había faltado dos días, y hoy se iba directo a casa para cuidarlo.

Desde la merienda, solo habíamos hablado por mensajes. Yo le preguntaba cómo estaba y él decía que bien, antes de darme una descripción detallada de sus síntomas, o más bien de los síntomas de un moribundo.

Me sentí culpable. Luego Fabio me pasó una toalla y la culpa se diluyó en algo más pecaminoso, al ver como se quitaba la camiseta sudada.

Después del entrenamiento dejé a Rebecca en su casa. Nos habló sin parar de una chica de su clase de arte, Mara, se llamaba, mientras yo asentía.

—¿Me estás escuchando? —Rebecca me lanzó una mirada acusadora.

—Sí.

—Mentira. ¿Qué acabo de decir?

—¿Que a Mara le gusta Klimt? —probé sin estar muy segura.

—Erika…

—Lo siento.

Aparqué frente a su casa.

—Me he distraído.

—Ya me he dado cuenta —Le echó una mirada a Fabio, al asiento de atrás que hablaba con alguien por teléfono en portugués.

—¿Ahora os vais a su casa?

—Ah… voy a dejarle allí, sí. —Quería preguntarle cómo hacer para que alguien te invitara a subir a su cuarto, pero no podía.

Rebecca sonrió de lado.

—Usad protección.

—Muy graciosa.

—Lo digo en serio… Usádla.

—No voy a usar nada… Por que no lo necesito, quiero decir.

—Ya, ya… —Se bajó del coche, cerró la puerta y se inclinó por la ventanilla.

—Divertiros y no hagáis nada que yo no haría con Mara.

—Eso es complicado, Mara no tiene pene —intervino Fabio, pasando al siento de delante por el hueco de en medio, en lugar de usar las puertas como la gente normal.

—Oh, cariño, no nos hace falta. —Se fue antes de que pudieramos responder.

En el barrio de Fabio aparqué donde siempre, en una plaza que ya consideraba mia, bajo el árbol que dejaba sombras extrañas sobre el capó.

Apagué el motor y me quedé unos segundos mirando el salpicadero, con las manos todavía en el volante, pensando cómo mierdas hacer que me pidiera subir sin tener que decirlo yo.

Fabio toqueteó la radio, cambiando de canción y diciendo algo sobre que The Darkness se merecía mucha más gloria de la que tenían. El cantante empezó a decir cosas que no me ayudaban demasiado, sobre toqueteos y sensaciones amorosas. ¿Es que había puesto esa canción a propósito?

Fabio estaba tocando una guitarra invisible al ritmo de la música, mientras yo me mordía el labio y observaba esos dedos, deseando que estuvieran tocando otra cosa.

Solté un bufido y miré por mi ventana.

—¿Qué? —bajó un poco el volumen— ¿No te gustan?

—Ajá, aunque prefiero I Hate Myself —murmuré.

Fabio se rio.

—Tú en tu línea… —Sonriendo, se inclinó hacia mí para besarme, como venía ocurriendo siempre.

Solo que esta vez yo giré la cara. Lo justo para que sus labios rozaran mi mejilla en lugar de mi boca.

Se quedó quieto.

—¿Qué pasa? —preguntó, divertido más que molesto. Había una chispa de curiosidad en sus ojos.

Me encogí de hombros, fingiendo una calma que no sentía. El corazón me latía demasiado rápido.

—Creo que necesito un descanso de besos. —Algo así me dijo él no hacía mucho.

Hubo un segundo de silencio. Luego Fabio soltó una carcajada baja e incrédula.

—Ah. —Se recostó en el asiento, diseccionándome con sus ojos de Sherlock Holmes—¿Un descanso de besos?

Asentí, notando que me ardían las mejillas. Me concentré en mirar por el parabrisas, hacia la calle.

—Sí.

—¿Steinbeck y tú os habéis vuelto oficiales ya? —Podía sentir su mirada sobre mí, estudiándome.

—¿Qué? —Volví a apartar la cara—. Está enfermo, casi no le he visto estos días.

—¿Entonces? —Él me observó unos segundos más, encajando las piezas. Luego sonrió de lado, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo— ¿Tan difícil es pedirlo?

—¿De qué hablas? —murmuré, cada vez más roja.

—Lo sabes perfectamente, pixie. —Abrió la puerta del coche, dejando entrar una ráfaga de aire frío—. Sube.

Me quedé mirándolo, haciéndome la tonta, mientras el corazón me daba un vuelco.

—¿Subir a dónde?

—A mi casa, Erika. A mi cuarto. A mi cama. A mi cara. —Se apoyó en el marco de la puerta, mirándome de una forma que podría pudrirle el alma hasta a una monja.

—Eres un idiota… —Negué con la cabeza. Traté de ocultar la sonrisa nerviosa que se me estaba formando.

—¿Por darte lo que estabas pidiendo?

—No estaba pidiendo nada —salté demasiado rápido—. Tal vez solo estoy cansada de tus besos.

—Ya —respondió sin inmutarse. Sacó mi llave del contacto y salió del coche, echando a andar hacia su casa.

—Eh, eh, ¿qué estás haciendo? ¡Devuélveme las llaves!

Él no se detuvo, ni siquiera miró a atrás. Tuve que salir del coche y correr para alcanzarle. Lo hice cuando ya estaba entrando en su portal.

—¡Fabio! —Le agarré del brazo—. Devuélvemelas.

Forcejeamos mientras a él le entraba la risa floja, pero ni así conseguí recuperarlas. El ding del ascensor me hizo mirar hacia atrás, ni siquiera le había visto apretar el botón.

Fabio aprovechó mi distracción y me empujó dentro. Las puertas se cerraron a su espalda con una finalidad inapelable. Él pulsó su planta y comenzamos el ascenso. Un segundo después estaba sobre mí, empujándome contra el espejo con sus caderas.

—¿Quieres que detenga el ascensor o puedes esperar hasta que lleguemos a mi cuarto? —Sus ojos brillaban con malicia o excitación, no estaba segura, pero mi cuerpo ya estaba reaccionando.

—Capullo.

—¿Aquí, entonces? —Llevó el dedo hacia los mandos.

—No, estate quieto. —Le agarré la muñeca para impedírselo.

—Vamos a mi cuarto, pues.

—¿A hacer el qué? —lo desafié, como si no llevara tres días queriendo justamente eso.

—Lo que hemos hablado, sentarte en mi cara —dijo con la impasividad de alguien hablando del tiempo.

—Joder, no digas eso, suena fatal.

Su mano subió por mi cuello, el dedo índice y el pulgar empujaron mi mandíbula para levantar mi rostro hacia el suyo.