25
—¿Qué? —jadeé, en contra de mi voluntad.
Su mano derecha abandonó la pared y se deslizó por mi cadera, despertando mi piel a su paso.
—Quiero que pienses en mí cada vez que alguien te toque —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron la piel justo debajo de mi oreja.
Un escalofrío me recorrió entera y cerré los ojos sin querer.
Fabio me besó el cuello, primero con los labios cerrados.
Su suavidad provocó cosquillas que viajaron por todos mis nervios, y despertaron cada rincón de mi cuerpo.
Luego abrió la boca y succionó suavemente, dejando que la lengua trazara una línea húmeda que me hizo arquear la espalda contra su pecho.
—Quiero que, cuando otro te bese, sientas mis dientes aquí —susurró sobre la piel que acababa de mojar—, mi lengua aquí.
Subió un poco más, lamiendo el lóbulo de mi oreja. Con la mano libre me bajó el tirante derecho de la camiseta. La tela cedió despacio, resbalando por mi hombro. El aire frío de la habitación me golpeó la piel desnuda y se me endurecieron los pezones al instante.
No me dio tiempo a reaccionar.
La palma de su mano subió por mi estómago con una lentitud deliberada. Sentí los músculos contraerse bajo sus dedos y cuando llegó al borde del sujetador deportivo, no pidió permiso. Simplemente metió la mano por el escote, los dedos se colaron bajo la tela elástica y encontraron mi pecho desnudo.
El pulgar rozó el pezón y una corriente casi eléctrica viajó desde mi pecho a mi entrepierna. Luego lo atrapó entre el índice y el pulgar y tiró suavemente.
Se me escapó un gemido que ni siquiera sabía de dónde venía. Me tapé la boca con la mano, avergonzada.
Fabio chasqueó la lengua y me apartó la mano con cierta fuerza
—Quiero escucharte.
Volvió a jugar con mi pezón entre los dedos, lo pellizcó lo justo para que doliera un segundo y luego lo calmó con caricias circulares. Cada movimiento me hacía apretar los muslos. Sentía un calor líquido acumularse entre las piernas.
—Quiero que me recuerdes para siempre —continuó, la voz baja y ronca contra mi cuello—. Quiero dejar mis manos como un tatuaje invisible sobre tu piel.
Bajó la boca hasta mi hombro desnudo y mordió con suavidad. El roce de sus dientes despertando cada terminación nerviosa de mi piel. Luego lamió el mismo sitio, casi en una disculpa.
Mi respiración era un desastre de jadeos cortos e irregulares. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyar las manos en la pared para no caerme.
—Pues hazlo… —susurré. No sabía quién había dado la orden a mi boca de enunciar esas palabras.
Él levantó la cabeza, acercando su oído a mi mejilla.
—¿Qué?
Tragué saliva. El corazón me latía en la garganta, en las sienes y entre las piernas.
—Arruíname. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Por un segundo se quedó quieto, tal vez dudando si me había oído bien. Después me pareció que esbozaba una sonrisa.
—Pixie… —murmuró, casi con reverencia—. Vas a arrepentirte de haberme dicho eso.
Me levantó en brazos como si no pesara nada. Dos pasos y me tuvo sentada en el borde de mi escritorio, las piernas abiertas para que él pudiera colocarse entre ellas. La madera fría contra mis muslos contrastaba con el calor de su cuerpo pegado al mío.
Me besó otra vez, de forma profunda y hambrienta. Su lengua invadió mi boca mientras sus manos subían por mis costados. Apartó la camiseta y el sujetador hasta dejarlos arrugados en mi cintura.
Bajó la boca hasta el pecho que había estado torturando antes.
Lo atrapó entre sus labios y succionó con fuerza.
Su lengua giró en círculos rápidos y luego lo mordió con cuidado, a medio camino entre el placer y el dolor, con la intensidad perfecta.
El placer descendió en un relámpago hasta mi entrepierna.
Arqueé la espalda. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando sin darme cuenta. Él gruñó contra mi piel, el sonido vibrando en mi pecho.
La mano libre bajó por mi estómago otra vez. Se metió por dentro de la cintura del pantalón de chándal. Los dedos rozaron el borde de mis bragas y trazaron la línea de la tela, de un lado a otro, presionando lo justo para que sintiera su presencia contra mi monte de Venus.
—Estás empapada. —Su voz sonaba ronca—. Joder, pixie… estás chorreando solo con esto.
Me ardía la cara. Quise cerrar las piernas por instinto, pero él estaba entre ellas y no me dejó.
—No te escondas —dijo, levantando la cabeza para mirarme a los ojos—. Quiero ver cómo reacciona tu cuerpo a mí.
Volvió a besarme mientras sus dedos se colaban por debajo de las bragas. No directamente al clítoris. Primero rozó los labios exteriores, despacio, extendiendo la humedad que ya había allí. Luego separó los pliegues con dos dedos y encontró el punto hinchado.
Lo rozó una sola vez, con suavidad. Casi sin presión.
Me tensé entera. Un gemido ahogado se me escapó contra su boca.
—Así… —dijo—. Rómpete en mis brazos.
Empezó a mover los dedos en círculos lentos, observando mi reacción con sus exóticos ojos mientras ajustaba la presión para llevarme a la locura.
Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando sus dedos, y ni siquiera me importó.
—Mírame.
Abrí los ojos. Los suyos estaban fijos en mí, cargados de una excitación que me caló hasta el alma.
—Vas a correrte pensando en mí —ordenó en voz baja. El tono dominante empujándome un poco más al borde—. Solo en mí. Tu primer orgasmo en compañía lleva mi nombre, pixie.
Aumentó la presión un poco. El pulgar en el clítoris, dos dedos deslizándose en mi interior, curvándose en el punto exacto.
El placer se acumulaba rápido. Sentí las piernas temblar, y mi bajo vientre se contrajo, en pulsaciones que se volvían más intensas cada vez.
—Voy a… —jadeé.
—Lo sé —respondió, sin dejar de mirarme—. Di mi nombre cuando llegues.
Y entonces apretó justo donde lo necesitaba.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Me arqueé contra él, las uñas clavadas en sus hombros. Él se tragó mi voz con un beso. Las contracciones fueron tan fuertes que sentí lágrimas en los ojos.
Cuando empezó a bajar, él disminuyó el ritmo, moviendo los dedos despacio, prolongando las oleadas de placer, hasta que me tembló todo y me dejé caer contra su pecho, jadeando.
Fabio dejó que le abrazara y mantuvo mi peso el tiempo necesario para que recobrara mis fuerzas.
—Yo también puedo ser egoísta, pixie —dijo contra mi pelo—. Tu mensaje de enfado me gustó demasiado. Has despertado el lado oscuro que intento mantener a raya.
No respondí.
Solo me quedé ahí, temblando entre sus brazos, sabiendo que acabábamos de cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
Y lo peor, me estaba costando lamentarlo.