El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 24
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El gimnasio estaba abarrotado a esa hora de la tarde, porque la mayoría de la gente entrenaba por la mañana antes de la primera clase o al terminar.

Rebecca y yo tuvimos que ocupar dos cintas no contiguas.

Me había puesto los cascos y escuchaba Be quiet and drive (far away) de Deftones, lo que combinaba perfectamente con el cabreo monumental que tenía desde la tarde anterior.

Ajusté la velocidad y empecé a correr. Al principio, mi cabeza seguía llena de imágenes superpuestas, labios con diferentes temperaturas, lenguas con distinto sabor.

Pero a los diez minutos, cuando el ritmo se volvió constante y mis pulmones empezaron a arder, la presión en mi interior se aflojó un poco.

Correr era mi forma de desaparecer sin irme del todo.

El mundo se redujo al golpe repetitivo de mis pies contra la cinta, al sonido de mi respiración, al escozor en mis músculos y el reflejo borroso de mi cara en el espejo frente a la cinta.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que se balanceaba con cada zancada, la piel enrojecida, y los ojos concentrados en un punto inexistente.

Durante unos segundos no fui hija, ni hermana, ni amiga, ni la chica de nadie, solo un cuerpo huyendo de sí mismo.

Cuando bajé la velocidad, con las piernas temblando y el pecho agitado, Rebecca me estaba observando desde los bancos de abdominales.

Me apresuré en poner mi toalla en la colchoneta que quedaba libre a su lado, antes de que alguna de las decenas de cuerpos sudorosos que pululaban por allí, se me adelantara.

Me quité los auriculares, y me dejé caer a su lado.

—¿Qué tal la merienda con Steinbeck?

—Bien. —Me tumbé sobre mi espalda y alcé las piernas.

Rebecca arqueó una ceja, esperando.

—¿Y eso te cabrea? —preguntó burlona.

—No, lo que me cabrea es Fabio. —Las palabras salieron sin que pudiera meditarlas antes.

—¿Fabio estuvo en la cita?

—Sí... Bueno, no —empecé y me detuve. Tragué saliva—Ayer se pasó.

Rebecca parpadeó, observándome con evidente curiosidad.

—Dan y yo nos despedimos en el aparcamiento, me besó por fin y fue genial… —expliqué, notando que me ponía roja—. Después apareció Fabio y me dijo que Dan no sabía cómo quería ser besada. Y entonces hizo un numerito de cavernícola en celo, tirándome del pelo y asfixiándome con la otra mano.

—¿Disculpa? ¿Te ha hecho daño? —Rebecca estaba furiosa.

—No, no me hizo daño en absoluto —murmuré y hundí la cara en las manos, derrotada—.

Fue… quiero decir… a cualquier persona le hubiera gustado…

y no es justo, porque Dan no va a hacer algo así, a no ser que se lo pida, pero si se lo pido ya no va a ser lo mismo, y…

el beso de Dan había sido bueno. Pero después de lo que hizo Fabio, cómo voy a… Joder, voy a matarle.

Rebecca me estaba mirando boquiabierta y con el ceño ligeramente fruncido, tratando de descifrar mi caótica explicación.

—Ah, ya veo —parpadeó, pensativa—. Ya veo.

—¿Ya ves? ¿Qué es lo que ves?

—Eh, no lo pagues conmigo. —Plantó las palmas de sus manos en el aire frente a mí, en un gesto defensivo.

—Perdona. —Mi tono se suavizó y ella me dedicó una mirada piadosa.

—Estás hecha un lío.

—¡No! Lo tengo muy claro, muy claro. No es eso…

El silvido bajo de mi amiga me dejó apocada.

—Ya…

—Deja de decir eso. —Ninguno de sus yas me estaba ayudando en nada.

—Estás jodida. —Se recostó contra la pared, cruzándose de brazos.

—Gracias.

—Creo que…

Levante un dedo y lo planté frente a su cara.

—No lo digas… Ya sé que eres team Fabio. Pero ni siquiera hay bandos, ¿vale? Está todo en tu cabeza. Lo único que siento por Fabio es un cabreo de campeonato. Solo Rob me sacaba de mis casillas de esa forma. Así que Fabio Schwarz es oficialmente mi hermano no deseado número dos.

—Un hermano que te sujeta del cuello y te pone tontorrona.

—Cállate. —Sacudí mi mano delante de su cara.

Después saqué el móvil del bolsillo de la sudadera con un gesto brusco, antes de que pudiera pensarlo mejor.

Eres un capullo por lo de ayer. No vuelvas a intentar arruinarme un momento con Dan de esa forma.

Lo envié antes de que la adrenalina saliera del edificio y me disuadiera.

—¿Qué le has dicho?

La empujé, bloqueando el móvil y dejándolo boca abajo en el banco.

—¿Te sientes mejor?

Asentí, pero no estaba segura.

Rebecca se rio, de mí, la muy cabrona se estaba riendo de mí.

—Sí, definitivamente estás jodida.

Nos duchamos rápido. El agua caliente me relajó los músculos, pero no consiguió apagar el incendio que llevaba dentro. Me vestí sin mirarme demasiado al espejo.

Dejé a Rebecca en su casa. Ella se bajó del coche y se inclinó por la ventanilla antes de irse.

—Oye.

—¿Qué?

—Escríbeme si hay novedades con algunos de los dos.

Solté un bufido.

—Búscate una vida —le grité a su espalda, mientras se alejaba.

El camino a casa fue con la radio apagada, dejando que el silencio se tragara todo. Cuando entré por la puerta del garaje, Rob estaba sacando una cerveza de la nevera.

—¿Has cogido mi cargador otra vez? —increpé, viendo que no estaba en la encimera de la cocina donde lo había dejado enchufado esa mañana.

—No. —Rob cerró la nevera de un golpe.

—Como lo encuentre en tu cuarto…

—¡Qué miedo! —se burló él, fingiendo que temblaba.

—Imbécil.

—¿Qué coño te pasa?

—Nada. Que estoy harta de que actúes como si todo en esta casa te perteneciera —le solté, antes de poder frenarme—. Te crees que eres el protagonista de todo.

Rob se quedó mirándome, con la cerveza todavía en la mano, completamente desconcertado.

—¿De qué hablas, Erika?

—Olvídalo.

Di media vuelta y subí las escaleras de dos en dos.

—¡Erika! —Me llamó, pero ya estaba arriba.

Entré en mi cuarto y cerré de un portazo. La habitación estaba a oscuras, apenas iluminada por la claridad azulada que entraba por la ventana. Me quedé quieta junto a la puerta, al ver una silueta.

El corazón se me subió a la garganta porque no parecía Gary. Estaba a punto de girar sobre mis talones cuando mi visión se acostumbró lo suficiente a la penumbra como para reconocerle.

—¿Qué haces aquí? —Mi tono era cortante. Demasiados enfados acumulados.

Fabio no se movió. Estaba apoyado contra el marco, con los brazos cruzados, como si fuera lo más normal del mundo estar en mi habitación a oscuras.

—Tu ventana estaba abierta —dijo en voz baja y controlada.

—Eso no es lo que te he preguntado. —Le di la espalda, incómoda con la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su mera presencia.

Dejé la mochila en la silla. Intenté actuar con normalidad, aunque nada en esta situación era normal.

Le oí moverse, pasos lentos y deliberados que me pusieron aún más nerviosa.

—He venido por tu mensaje —dijo, desde algún lugar detrás de mí.

Me quité la sudadera despacio, dejándola caer sobre la silla, todavía sin mirarlo. Llevaba solo una camiseta de tirantes debajo y el aire frío de la ventana abierta me erizó la piel.

—¿Has venido a disculparte?

—No.

Fabio se detuvo detrás de mí, tan cerca que podía oír su respiración. Tan cerca que si daba un paso atrás, chocaría con él. El calor de su cuerpo obró un cambio en el aire de mi habitación.

Apoyó una mano a cada lado de mi cuerpo, dejándome atrapada entre el yeso frío y el calor que emanaba de él, sin tocarme. Se inclinó hasta que su boca quedó junto a mi oído. Su aliento rozó mi piel y se me pusieron los pelos de punta.

—He venido porque al leerlo me he dado cuenta de algo —susurró—. Eso es justo lo que quiero.

Su nariz rozó mi oreja, despacio, provocándome cosquillas que se extendieron por todas partes. Mi mejilla estaba fría contra la pared mientras todo lo que estaba en contacto con él, ardía.

—Quiero arruinarte, pixie.