23 #2
Esta vez no fue el beso prudente de despedida cuando me dejó en casa después de encontrarnos en el supermercado. Esta vez me sostuvo por la cintura, y no dejó espacio entre nuestros cuerpos.
Cerré los ojos, lista y deseosa, después de tantos días de sequía, de recibir mi primer beso de verdad de parte del chico que quería que fuera mi novio.
Dan sabía a chocolate, probablemente al igual que yo. Su forma de besar tenía una cadencia previsible, y eso era… reconfortante. No había sorpresas, podía hacer eso con él sin meter la pata.
Cuando nos separamos, Dan apoyó la frente un segundo en la mía, sin soltarme todavía. Nuestras respiraciones pausadas.
—Luego te escribo —prometió con una sonrisa pequeña en las comisuras de los labios.
Asentí, incapaz de poner en orden todo lo que estaba sintiendo.
Le vi alejarse hacia su coche. Abrió la puerta, se giró una última vez y me saludó con la mano antes de montarse y arrancar. Las luces traseras se alejaron por la calle, giraron en la esquina y desaparecieron.
Solo entonces me permití soltar el aire que llevaba reteniendo. Me pasé una mano por la cara, intentando ordenar el caos que tenía en la cabeza. ¿Debería sentir…
—¿Qué tal? —La voz me pilló desprevenida.
Me giré bruscamente. Fabio estaba a unos metros, apoyado en la valla metálica del parking, con las manos metidas en los bolsillos de su bomber.
¿Había visto el beso?
—Muy bien. Hemos ido a merendar a un sitio nuevo que ponen unos gofres buenísimos, tengo que llevarte, te van a encantar…
y tienen dulce de leche también. Eso os encanta a los brasileños ¿no?
—conforme vomitaba todo eso, fui extrañamente consciente de que no había hablado con él desde lo de los carteles.
—Gofres, ¿eh? —murmuró él, impasible—. ¿Están mejor que el beso que te acaban de dar? Porque no lo has mencionado.
—Ah… es que pensaba que no te iba a interesar. Los gofres te gustan, Dan no —me encogí de hombros, soltando una risita nerviosa.
—Soy tu profesor. Claro que me interesa tu progreso. —Fabio se separó de la valla y caminó hacia mí.
Asentí, leyendo las letras blancas de su sudadera que se veían a través de la chaqueta abierta
Mi corazón dio un vuelco cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez.
—Gracias por lo del otro día. —Me enderecé, cruzándome de brazos.
Fabio asintió despacio, con esa expresión suya que nunca dejaba claro si algo le daba igual o si simplemente no quería mostrarlo.
Se hizo un silencio tenso. A lo lejos, alguien cerró un coche con un pitido agudo.
Fabio dio un paso más hacia mí,
—Es una pena. —Ladeó la cabeza ligeramente.
—¿Qué? —Me distraje con su fragancia y las cosas que mi cuerpo había aprendido a asociar con ella. Todo mi ser se tensó, implorando más cercanía. Implorando por volver al lugar que llevaba días echando de menos.
—Que Dan no sepa leerte.
—¿De qué hablas?
Fabio dio otro paso, y tuve que reclinarme contra la puerta de mi coche. Él levantó la mano y deslizó los dedos desde mi sien hasta la nuca, una caricia que me erizó la piel. Enredó la longitud de mi cabello en su mano, como si fuera una cuerda, y dio un pequeño tirón que me obligó a mirarlo.
—De que no tiene ni idea de cómo quieres ser besada.
Fabio no preguntó. Tampoco vaciló. Su boca cubrió la mía sabiendo exactamente dónde encajaba cada rincón.
Su otra mano subió, lenta e inexorable por mi estómago, trazando un camino entre mis pechos que me provocó unas cosquillas intensas.
Los dedos se cerraron alrededor de mi garganta, suaves, pero haciendo toda una declaración de intenciones.
La yema del pulgar descansó justo donde mi pulso latía desbocado, tal vez midiendo cuánto me aceleraba.
Me temblaron las rodillas.
Fabio separó los labios unos centímetros, y noté su aliento caliente contra mi boca abierta.
—Así —susurró, la voz tan baja que vibró contra mi piel—. Así es como quieres ser besada.
Intenté responder, pero solo salió un sonido ahogado que me avergonzó.
Fabio esbozó una sonrisa peligrosa contra mis labios y volvió a besarme. Un beso profundo y devastador. Su lengua buscó la mía con una paciencia que contrastaba con la firmeza de sus manos en mi garganta y en mi pelo. Cada roce de sus labios era una orden disfrazada de caricia.
Mi cuerpo reaccionó por cuenta propia. Mis manos agarraron las solapas de su chaqueta en un intento de mantenerme en pie. Una de ellas buscó el calor de su pecho, clavando un poco las uñas en su pectoral. Él respondió con un gruñido bajo que me recorrió entera.
Su lengua se hundió más profundo, explorando y reclamando, mientras su pulgar acariciaba la base de mi garganta, siguiendo el ritmo de mi respiración entrecortada.
Ni siquiera podía pensar en respirar bien. Acabé mareada, con los pulmones ardiendo y la cabeza dando vueltas.
Un claxon sonó detrás de nosotros, rompiendo el beso de golpe.
Fabio no se sobresaltó y ni siquiera miró hacia el coche para comprobar de quién se trataba.
—Nos vemos, Pixie —gruñó, caminando hacia atrás unos pasos antes de girarse completamente. El aire frío del parking me golpeó la piel donde habían estado sus dedos y sentí la ausencia como un vacío físico.
El coche de su primo estaba detenido al borde de la acera, con las luces de emergencia parpadeando. Alex estaba al volante, mirando su móvil, ajeno a todo.
Fabio abrió la puerta del copiloto y subió sin echar otro vistazo atrás. Como si esa clase de besos destroza almas fuera algo habitual en su día a día.
El coche arrancó y se perdió calle abajo.
—Mierda —solté en voz alta, al vacío del aparcamiento.
Abrí la puerta y me dejé caer en el asiento del conductor. Mi frente se apoyó contra el volante, mientras trataba de recomponerme lo suficiente para conducir, sin causar ningún accidente.
Cuando mi respiración se recuperó, arranqué el motor y apreté el volante, mientras fantaseaba con todas las formas en las que podría asesinar al chico más follable de Sydney Grammar.