23
Pegué la nota de Fabio en la pared, justo encima del escritorio, entre una foto antigua donde Jane y yo sujetábamos cucuruchos de helado a medio derretir y el horario de clases de ese curso.
Erika Summers es la clase de flor que brota entre dos piedras.
La leí otra vez, aunque ya me la sabía de memoria. Nunca se me había ocurrido que nacer a pesar de una ligadura de trompas podría ser una señal de fortaleza.
Me até el pelo frente al espejo, me apliqué corrector en las ojeras y cogí la sudadera del respaldo de la silla antes de salir del cuarto.
La cocina estaba más iluminada que el resto de la casa, porque mi madre había subido las persianas. Por el olor, se le habían vuelto a quemar las tostadas.
—Buenos días. —Me estiré para coger mi taza favorita de las estanterías más altas.
Mi madre estaba de espaldas, sacando platos del lavavajillas con movimientos mecánicos.
—Buenos días —respondió sin girarse. —Hay pan en la bolsa. No vaciaste el lavavajillas anoche, Erika.
—Lo siento, se me olvidó.
—Ya. —El silencio que siguió fue roto por el tintineo de los platos contra la encimera.
Mi padre hojeaba el periódico con las gafas puestas, ya vestido para irse, con la corbata perfectamente anudada. Rob estaba sentado a la mesa, con el móvil apoyado contra el vaso de zumo, riéndose de algo que le habían enviado.
En mi casa solo las mujeres teniamos que hacer labores domésticas. Mis padres seguían atrapados en los ochenta.
—¿De qué te ríes? —curioseó mi madre. Su tono cambió por completo al dirigirse a su hijo predilecto.
—Nada, una tontería. Kyle es idiota. —Rob bloqueó el móvil, todavía sonriendo.
—Eso ya lo sabíamos.
Mi madre dejó la mantequilla sobre la mesa con un golpe seco. Estaba estresada porque aparte de servir a dos zánganos, tenía que prepararse para ir a trabajar.
—Voy mal de hora… —la escuché murmurar. Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico.
Me senté y sorbí mi café, notando en mi labio superior la grieta en la taza. La razón de que nadie más la usara.
—¿Erika, puedes recoger tú la mesa y meter todo en el lavavajillas? Hoy llego tarde. —Mi madre se ajustó el reloj, comprobándolo—. Tengo una reunión a primera hora.
—Yo también. —Mi padre dobló una esquina del periódico—. Rob, acuérdate de cerrar bien.
Así que sabían que él entraba más tarde que yo a clase… Lo que no significaba que le fueran a pedir a él que hiciera los platos, no se le fuera a partir un dedo.
—Sí, sí. —Rob bebió el resto de su zumo de un trago y se levantó, dejando el vaso en el fregadero sin enjuagarlo.
—Oye, mamá, ¿te acuerdas de lo del sábado? El partido.
—Claro —respondió ella enseguida, casi interrumpiéndolo. No hubo mención a que coincidiera con mi cumpleaños. El evento más importante del día era el partido de Rob—. Lo tengo apuntado. ¿A qué hora empieza?
—A las once.
Me llevé la taza a los labios y bebí un sorbo demasiado largo que me quemó la lengua.
—El sábado también es mi cumple, por si no lo recordáis —intenté sonar casual.
—Claro que sí, Erika. —Mi madre ya estaba buscando las llaves del coche en el bol de la entrada.
Mi padre se puso de pie, y dobló el periódico con precisión.
—Después del partido, vamos a comer a Owens. O si hace bueno, organizamos una fiesta en el jadín —sonrió orgulloso de su propia idea.
Yo también sonreí por inercia y porque era lo que se esperaba.
Besó a mi madre en la mejilla y le revolvió el pelo a Rob al pasar.
—Que tengáis un buen día.
—Igualmente.
Salieron a la vez y Rob subió a su cuarto, saltando escalones de dos en dos.
Me terminé el café que ya estaba tibio, recogí la mesa y lo metí todo en el lavavajillas.
En el poyete de la ventana de la cocina, descansaban las macetas de mi madre.
Pensé en las flores, lo delicadas que eran si ella no les daba el cuidado exacto que necesitaba cada especie.
En cómo algunas crecen en sitios imposibles.
Y en cómo no importa si están ahí o no hasta que alguien se para a mirarlas.
Durante la clase de finanzas personales mi cabeza estaba en cualquier parte menos en la pizarra.
El profesor hablaba sobre tasas de interés y amortización, dibujando gráficos que me recordaban a montañas rusas. Tomé apuntes en modo automático, sin tener ni idea de lo que estaba escribiendo.
Dan estaba sentado a mi lado, subrayando con cuidado y usando dos colores diferentes para diferenciar conceptos. La semana pasada nos habíamos emparejado para el ejercicio de llevar las cuentas de una casa. Un trabajo sobre presupuestos caseros que duraría todo el semestre.
Cuando el profesor terminó la explicación, nos dejó parte de la clase para trabajar en las cantidades de nuestros sueldos que destinaríamos a cada grupo de gastos.
—Oye. —Dan estaba inclinado hacia mí—. Creo que podemos subir el presupuesto para restaurantes un cinco por ciento.
Asentí, sin repasar sus cuentas.
—¿No quieres saber cómo lo he logrado?
—Sí.
—Nos he apuntado a un gimnasio más barato y también he cambiado la compañía telefónica, tenemos una nueva oferta durante un año. —Acercó el cuaderno, girándolo para que pudiera verlo.
—Vale, pero… ¿no deberíamos invertirlo?
Nos inclinamos los dos sobre el papel. Su brazo rozó el mío, en un contacto casual y tibio.
—Bueno, las citas para mantener nuestro amor intacto también son importantes —susurró con una sonrisa coqueta—. ¿Qué tal si invertimos un dos porciento y el resto para salidas?
—Hecho.
Dan cambió las cifras usando típex en lugar de borrones como hacía yo. Su meticulosidad era adorable.
—No ha sido complicado ponernos de acuerdo.
Le sonreí de vuelta. Por un momento olvidé que era un ejercicio de clase.
Se hizo un silencio cómodo. Dan cerró el cuaderno, tamborileando los dedos en la portada.
—Y ya que tenemos presupuesto… —Vaciló un momento—. ¿Te apetece merendar? Podríamos ir al sitio nuevo de la esquina. Dicen que los gofres son para morirse.
Asentí, sabiendo que esa vez no iba a estar Charlie para hacer de carabina. Esta vez era oficialmente una cita.
—Sí —respondí sin pensármelo, había aprendido la lección y no pensaba rechazarle—. Me apetece.
Dan asintió, satisfecho.
—Genial. Te espero en la salida a las cinco.
—Vale.
La clase continuó y el profesor volvió a la pizarra para explicarnos el próximo ejercicio, donde aprenderíamos lo básico para hacer la declaración de la renta. Yo abrí el cuaderno, escribí la fecha en la esquina e intenté concentrarme en las fórmulas que copiaba de forma mecánica.
Después de la última clase, historia, me encontré con Dan en la entrada y caminamos juntos hacia el sitio nuevo.
Resultó ser una cafetería pequeña con mesas de madera desgastada y luces cálidas que colgaban del techo en cables desnudos.
El olor a bizcocho y canela hizo que me rugiera el estómago, pero, por suerte, el hilo musical y la gente charlando en sus mesas enmascaró el ruido.
Dan pidió dos chocolates calientes y un gofre para compartir.
—Prueba esto —empujó el plato hacia mí—. Es increíble.
Le di un bocado y la masa aliñada con Nutella se deshizo en mi boca con la textura y el sabor perfectos.
—Ummm.
—¿Ves? Te lo dije. —Se recostó en la silla, relajado, con las manos alrededor de su taza.
Hablamos del trabajo y de que el profesor siempre se equivocaba al escribir en la pizarra, y luego encima se enfadaba cuando alguien lo corregía.
—Ayer vi unos libros de actividades para niños en el supermercado y quería cogerle uno a Charlie, pero no sabía si le gustaría el del cuerpo humano o el de dinosaurios.
—Esta semana son los dinosaurios —respondió Dan con un brillo cariñoso en los ojos que me provocó una mezcla extraña de ternura y envidia. No recordaba nunca haber tenido esa relación con Rob.
—Esta tarde me paso y se lo cojo.
—No tienes que comprarle nada. Además, cambia de intereses más que de pijama, la semana pasada eran los astronautas.
—Es un niño, es normal.
—Es un huracán.
Me reí, y Dan me observó por encima de su taza.
Bebí un sorbo de chocolate, para ocultar mi sonrojo. Estaba demasiado dulce, pero me gustó de todas formas.
—¿Puedo preguntarte algo? —Dan dejó su taza en la mesa.
—Claro.
—¿Fabio Schwarz y tú seguís… tonteando?
Se me tensó el estómago. No era una pregunta casual. Dan había estado observando.
No supe qué contestarle. Nada había ocurrido entre nosotros desde las escaleras del sótano, pero tampoco quería asegurar que no volvería a pasar nada.
Quería que Fabio me diera lecciones de todas las otras cosas que aún no había intentado.
Y había algo más si me permitía ser sincera.
La idea de no volver a ser besada por él…
no estaba preparada para despedirme de algo que me gustaba tanto.
Mi falta de respuesta debió de ser clara.
Dan asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Fabio y yo somos amigos —me apresuré en decir, y no mentía. Desde el numerito de los carteles le consideraba uno de mis mejores amigos.
—¿Un amigo con derechos?
Abrí la boca, pero Dan sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa tensa.
—No te estoy recriminando nada, es normal tener esa clase de amistades cuando estás soltera. Supongo que si tuvieras novio sería distinto. —Aunque su expresión era suave, sus ojos me contemplaron con intensidad, esperando una respuesta sin querer admitir que había hecho una pregunta.
—Claro… si tuviera novio, sería distinto —comenté, notando que no había suficiente aire en mis pulmones.
Sus hombros se relajaron un poco.
Nos quedamos en silencio un momento. El ruido de la cafetería nos rodeaba: tazas tintineando, conversaciones bajas, música suave de fondo.
Terminamos el chocolate y hablamos de otras cosas. Cuando salimos a la calle, la tarde se había vuelto repentinamente fría, así que caminamos deprisa de vuelta al campus.
Dan me acompañó al lugar donde tenía mi coche aparcado y cuando me apoyé contra la puerta para despedirme, se inclinó hacia mí antes de que pudiera decir nada más.