El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 22
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Me cambié en el vestuario del instituto sin prisa, porque sabía que Rob todavía tardaría al menos veinte minutos en terminar su entrenamiento. Mi coche seguía en el taller para un cambio de pastillas de freno, así que no me quedaba otra que esperar a mi hermano.

Me até las zapatillas, recogí el pelo en una coleta alta y puse música en mi móvil.

Salí al exterior. El aire de la tarde estaba recién lavado por una tormenta rápida que había caído durante la última clase. El sol brillaba en el asfalto mojado y olía a tierra mezclada con hierba cortada.

Me puse un auricular, buscando alguna canción que me ayudara a estrujarme al máximo durante la carrera.

Dan estaba en la escalinata, con una mochila colgada de un hombro y una sonrisa cálida.

Me quité el auricular, sorprendida. Y, por qué no admitirlo, contenta.

—Hola —le sonreí.

—¿Por qué corres en el campus?

—Mi coche está en el taller y tengo que esperar a mi hermano.

Dan echó un vistazo a su coche aparcado a pocos metros de nosotros y pareció agobiado.

—Puedo acercarte a casa, pero tengo que pasar antes por el dentista. Tengo una cita en media hora.

Se acercó un par de escalones.

—No te preocupes, ya me he vestido y acordado una hora con mi hermano.

Dan asintió y miró mis zapatillas nuevas.

—Son bonitas… no pises ningún charco.

—Vale, papá —le dediqué una sonrisita bromista, sabiendo que ya iba con la hora pillada—. Que te sea leve el dentista.

—Gracias, Erika. Ahora estoy incluso más ansioso —se quejó, aunque su expresión era risueña.

—Pide la anestesia nada más entrar —le aconsejé muy seria.

—Solo me van a hacer una limpieza.

—Deberías pedirla, aun así. Por si acaso.

Él puso una mueca y nos reímos.

Mi móvil vibró en la mano, con un mensaje de Fabio.

Ven al campo de fútbol.

Levanté la vista y miré alrededor pero no había nadie más que algunos estudiantes dispersándose hacia el parking.

—¿Todo bien? —Su curiosidad era evidente.

—Sí… —Me guardé el móvil en el bolsillo de la sudadera—. Mi madre para recordarme que llame a mi abuela.

No me sentí muy orgullosa de haberle mentido.

Asintió, sin hacer preguntas.

—Nos vemos mañana.

—Sí.

Nos despedimos con un gesto sencillo. Él levantó la mano y yo asentí. Esta vez no hubo beso, teniendo en cuenta que estábamos en mitad de la escuela.

Cambié de dirección y fui hacia el campo de fútbol, acelerando el paso hasta que el corazón me latió desbocado.

El campo estaba vacío. Las porterías solitarias recortadas contra el cielo anaranjado del atardecer. El césped estaba mojado y verde después de tanta lluvia. En el suelo, cerca de la línea de banda, había un cartón apoyado contra una mochila.

ESPERA AQUÍ.

—¿En serio? —dije en voz alta, aunque no había nadie cerca para escucharme.

Volví a mirar la mochila y la reconocí como la de Fabio. Había un papel saliendo del bolsillo externo con mi nombre escrito. Lo saqué y lo desdoblé con curiosidad. Era otro juego de adivinanza. ¿Por qué no me lo había dado entre clases en lugar de liar todo esto solo para entregarme un papel?

Entonces vi a Fabio. Subió por las gradas y se detuvo en la fila más alta. Nuestras miradas se cruzaron, y él se inclinó para levantar una cartulina blanca.

GRACIAS POR VENIR.

Me encogí de hombros y alcé la voz.

—¡Me has pedido que venga! —Mi voz resonó en el campo vacío.

Fabio sonrió apenas, como si hubiera previsto exactamente esa respuesta. Bajó el primer cartel y levantó otro.

NO

Antes de que pudiera decir nada, me mostró un tercero.

GRACIAS POR VENIR AL MUNDO, PIXIE.

El aire se me quedó atascado en el pecho. El ruido del viento moviendo el borde del cartel se apagó y ya solo escuchaba el latido sordo de mi corazón en los oídos.

—Fabio… ¿Qué… —empecé a decir, pero la voz se me rompió a mitad.

Desde un lateral del campo apareció Rebecca, caminando con decisión, con sus botas militares haciendo crujir la gravilla del borde. Levantó su propio cartel, escrito con rotulador morado.

GRACIAS POR HABER NACIDO.

Me llevé una mano a la boca.

Jane apareció desde el otro lado, caminando despacio, con una sonrisa suave.

GRACIAS POR SER NUESTRA AMIGA.

La letra era redonda, decorada con pequeñas flores en las esquinas, muy diferente a la de Fabio.

Zack se unió después, rascándose la nuca con una mano mientras sostenía el cartel con la otra, incómodo incluso haciendo algo bonito.

GRACIAS POR LLEVARNOS SIEMPRE A TODAS PARTES.

Y por último, Troy y Bobbie aparecieron juntos desde detrás de las gradas, sosteniendo un cartel enorme entre los dos. Estaba torcido, escrito con rotulador grueso negro, con alguna letra al revés.

ERIKA SUMMERS, NOS ALEGRA QUE HAYAS NACIDO.

No pude evitarlo, rompí a llorar. Las lágrimas me cayeron sin pedir permiso, silenciosas, desordenadas, calientes. Me tapé la boca con ambas manos, riéndome y llorando a la vez, sin saber muy bien qué hacer con todo eso que se me acumulaba en el pecho.

Estaba demasiado avergonzada y emocionada como para hablar con ellos en ese momento. De alguna forma lo sabían, porque uno a uno, bajaron las gradas y me dijeron adiós en la distancia.

Di un paso atrás, abrumada, intentando procesar que habían hecho esto. Y entonces choqué con alguien.

—¿Qué coño ha sido eso? —La voz de Rob sonó sorprendida a mi espalda.

Me giré. Estaba ahí, con su bolsa de deporte colgada del hombro, el pelo todavía húmedo de la ducha. Me miraba con el ceño fruncido. Sus ojos fueron de mí al cartel que tenía a mis pies.

—¿Qué es eso, Erika? —repitió más fuerte y con una seriedad que no acostumbraba a ver en él.

Me sequé la cara con el dorso de la mano, manchándome la palma de rímel corrido.

—Nada. Algo entre mis amigos y yo.

Rob volvió a mirar hacia las gradas, que ahora estaban vacías.

—Vámonos —dije y eché a andar hacia el aparcamiento.

Rob dudó. Abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero la volvió a cerrar mientras me seguía en un silencio confuso.

—Vale.

En el coche tampoco dijo nada. Algo extraño para él.

Aproveché para tratar de resolver el acertijo de Fabio.

—¿Es por tu cumpleaños? —preguntó tras diez minutos. Giró en una esquina demasiado rápido para mi gusto.

—Supongo.

—No es hasta la semana que viene —murmuró él—. Que forma tan extraña de decir “feliz cumpleaños”.

No respondí nada.

—Tus amigos son raros.

El resto del viaje lo hicimos en silencio. Cuando llegamos a casa, Rob apagó el motor y se bajó, pero yo me quedé donde estaba.

—¿Vienes o qué? —preguntó ya girado hacia la casa.

—Voy a terminar esto primero.

En lugar de marcharse, Rob se dio la vuelta y se inclinó sobre mi ventana para curiosear la nota.

—¿Qué es?

Levanté la vista, extrañada. Rob no solía interesarse por mis cosas.

—No es nada, es un juego. Vete a casa, ahora entro.

—Si tú lo dices —dijo, finalmente y me dejó en paz.

Me llevó cuarenta minutos descifrar el maldito código de Fabio. Cada vez los ponía más difíciles. Pero cuando por fin, pude leer la frase entera, algo estalló en mi pecho.

Erika Summers es la clase de flor que brota entre dos piedras .