El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 21
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Invitar a Dan a desayunar fue una idea impulsiva que tuve a las dos de la madrugada, cuando el insomnio y la culpa hicieron equipo para liarme.

Lo pensé mejor por la mañana, mientras sacaba el pan de molde y comprobaba que todavía quedaba cacao en la despensa. El mensaje ya estaba enviado y era demasiado tarde para echarme atrás.

A estas alturas, añadir a Charlie a nuestras quedadas era nuestro salvavidas. Una forma de quitarnos la presión de una cita romántica. También lo hice porque era una cobarde, pensé mientras limpiaba las migas de la tostadora.

Dan respondió a una hora más decente.

Vale ? ? A Charlie le encanta desayunar fuera.

Me quedé mirando la pantalla, sin saber qué responder. Al final solo mandé un pulgar arriba y me odié un poco por ello.

Llegaron a las diez. Charlie entró primero, como si la casa fuera suya, arrastrando una mochila con ruedas que hacía un ruido estrepitoso contra las baldosas del recibidor.

—¡Erika! —Me abrazó, estrellándose contra mi estómago sin calcular bien el impacto.

—Yo quiero tortitas.

—Charlie… —lo amonestó su hermano mayor, mientras yo le despeinaba el pelo, que olía a champú de fresa.

Dan se quedó en la puerta, observándonos. Llevaba una camiseta gris sencilla y vaqueros oscuros. El pelo todavía un poco húmedo, peinado hacia un lado. Sonrió, pero no dio un paso hasta que le invité a pasar. Charlie ya estaba sentado a la mesa.

—Gracias por invitarnos.

—Gracias por venir.

La formalidad entre nosotros era un poco incómoda.

Nos movimos por la cocina de forma tan educada que resultaba torpe.

Yo preparé tostadas mientras él buscaba los vasos sin preguntar dónde estaban.

Me imaginé el día en el que hubiera estado en mi casa las suficientes veces como para saber dónde encontrar todo.

Sirvió zumo de naranja para los tres. Charlie habló sin parar de un videojuego nuevo mientras untaba Nutella en su rebanada de pan.

—Y entonces el dragón te persigue, pero si te escondes detrás de la roca grande, no te ve. Porque es tonto.

—Pensaba que era al revés. —Le pasé una servilleta antes de que el cacao llegara a su camiseta—. Que se supone que son criaturas astutas.

Me relajé y empecé a disfrutar. Si ese era el tráiler de algo que podría repetirse cada domingo, estaría encantada de vivir la película entera.

Dan me sonrió, mientras cortaba la fruta en trozos pequeños para su hermano.

Yo rellené su taza de café sin que me lo pidiera y comimos alrededor de la mesa en un ambiente agradable.

—¿Puedo poner dibujos? —Charlie se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando un rastro marrón en su sudadera.

—Sí —dijimos Dan y yo al mismo tiempo. Nos miramos y sonreímos, sabiendo que ambos queríamos un momento de intimidad. Luego apartamos la vista como si nos hubiéramos pillado haciendo algo prohibido.

Charlie se fue al sofá con su plato en una mano y el mando en la otra. El murmullo de voces animadas envolvió la cocina rompiendo la poca tensión que quedaba en el aire.

Me senté en la encimera, agarrándome al borde con los dedos.

—Siento no haber podido ir a tu casa el otro día.

—No te preocupes. —Dan no sonaba molesto, pero tampoco cálido. Sonaba… dudoso.

—Quería arreglarlo con un desayuno… —me reí de mí misma—. Tal vez debería haber sido una cena.

Dan negó con la cabeza despacio, frotándose la nuca.

—No hace falta que lo arregles.

¿Entonces porque había estado tan distante? En la playa ni siquiera habíamos hablado.

Dan se apoyó también en la encimera, frente a mí, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. No había enfado en su cara, si no algo peor, una especie de decepción educada. Del tipo que se retira en silencio.

Me mordí el labio, planteándome subir las escaleras y encerrarnos en mi cuarto. Intentar encajar nuestras piezas para que no quedaran más dudas, pero los dos éramos inseguros, demasiado cautelosos. Necesitábamos estar seguros del otro antes de lanzarnos.

—Me gusta mucho pasar tiempo contigo —confesé, con la voz más pequeña de lo que pretendía.

Él esbozó una sonrisa ladeada.

—A mí también. —Se acercó un paso, apoyando una mano en la encimera cerca de la mía, sin tocarme—. Por eso he venido.

Asentí, sabiendo exactamente a qué se refería. Y noté que esa certeza era más cómoda que excitante.

—¿Y ahora qué? —traté de sonar inocente y provocativa a la vez. No tenía ni idea de si había salido bien. Hasta que Dan sonrió, y por primera vez en toda la mañana, fue una sonrisa genuina, sin sombras de duda.

—Ahora me gustaría besarte… ¿puedo?

Noté un pinchazo en mi estómago y una vocecita que decía: «hubiera preferido que lo hicieras sin preguntar».

Asentí con vehemencia. Tal vez para sacudirme las dudas.

Un brillo de deseo relampagueó en sus ojos, que descendieron a mis labios. Besar era algo que ahora sabía hacer. Gracias a mi práctica con Fabio, no tuve miedo.

Nuestros labios se encontraron, suaves y dudosos. Noté su sabor. Tan diferente. Podría acostumbrarme a él, saborearlo hasta que borrara cualquier otro.

En la puerta apareció Charlie, con el bigote de cacao intacto y los ojos brillantes.

—¿Vamos al parque?

Dan se giró hacia él, con un ligero rubor en las mejillas y algo que me pareció frustración.

—Claro, campeón. Pero solo a la zona de tu edad, no quiero sustos esta vez.

—Valeeee…

—¿Nos acompañas? —me incluyó.

Asentí y fui a por una sudadera mientras ellos me esperaban en la entrada.

Caminamos hasta el parque más cercano. Charlie iba delante, dando saltitos y hablando de todo lo que veía.

Dan me tomó de la mano. La suya estaba un poco más caliente que la mía. Lo que resultaba muy agradable.

En el parque, Charlie nos obligó a hacer de piratas. Dan fingió que le capturaba y Charlie se retorcía de risa. Me di cuenta de que llevaba veinte minutos sin pensar en nada que no estuviera pasando delante de mis ojos.

—Ojalá hubiéramos tenido algo así de pequeños —dije para llenar un momento de silencio.

—Y este suelo tan blandito, mis rodillas lo hubieran agradecido —respondió él y nos reímos.

La lluvia repentina nos obligó a salir corriendo y regresar a mi casa entre risas.

Antes de subirse al coche, Charlie me abrazó otra vez, casi tirándome.

—¡Adiós, Erika! ¡La próxima vez haces tortitas!

—Te lo prometo por la luna.

Después de dudar un segundo, Dan se inclinó y me dio un beso breve en la mejilla.

—No hagas planes para mañana —dijo, y me gustó que por una vez fuera un poco menos respetuoso y un poco más decidido. Me dio esperanzas de que lo que había echado en falta aún podría aparecer.

—De acuerdo.

Los vi entrar en el coche y alejarse por la calle. Cuando doblaron la esquina y desaparecieron, entré y cerré la puerta. La casa se quedó demasiado silenciosa.

Volví a la cocina donde los platos seguían en la mesa.

El vaso de Charlie tenía una marca de labios de chocolate en el borde.

Recogí despacio, lavando cada plato concienzudamente, para que nadie en casa se quejara de que había traído invitados.

El agua caliente me quemaba las manos, pero no la cerré.

Me sequé con un trapo y miré el reloj. Eran las once y cuarto, el día acababa de empezar, pero ya me sentía exhausta.

Agarré mi móvil. Tenía un mensaje de Jane.

¿Cómo ha ido?

Me quedé mirando la pantalla, el cursor parpadeando en la casilla de respuesta.

Bien, lo hemos arreglado.

Escribí finalmente. Tres puntitos aparecieron. Luego:

¿Significa eso que no vas a admitir lo de Fabio?

Mi corazón se aceleró.

¿Admitir el qué?

Su respuesta no se hizo esperar.

Que ha empezado a gustarte.

Somos amigos. No le quiero para nada más.

No podía culpar a Jane por confundir lo mío con Fabio, cuando yo misma había estado actuando como una novia celosa.

Sigue repitiéndolo hasta que te lo creas.

Fue su chocante respuesta.

Bloqueé el móvil sin responder. Todavía no estaba lista para explicar algunas cosas en voz alta. Ni siquiera a mí misma.